BUENOS AIRES. 2 PARTE. LA CIUDAD Y EL BARRIO - LA BOCA

Extractos del artículo incluido en el catálogo de la exposición “El grabado social y político en la Argentina del siglo XX
Museo de Arte Moderno, 1992.



“Las guerras mundiales y la destrucción siempre renovada por el militarismo imperialista, no impidieron que una parte de la humanidad se siguiera interrogando acerca del sentido de la vida. Mientras que por un lado, la violencia y el genocidio consensuado por algunas sociedades, sellaron definitivamente una de las constantes más crueles de este siglo, por otro, hubo quienes se cuestionaron qué caminos habría que buscar, para que la vida del hombre desarrollara al máximo sus posibilidades humanas.
De acuerdo con ello, la polarización del campo ideológico fue un hecho. Si las ideologías reaccionarias perpetuaron bajo otros disfraces, el principio de dominación del hombre por el hombre, la denuncia cáustica de políticas demagógicas y la señalización de la inhumanidad de sistemas obsoletos, fue un compromiso asumido por ideologías revolucionarias.
En esta controvertida época debe ubicarse al grabado, que no pudo sustraerse a la convivencia y al diálogo con otras formas ideológicas. Esta disciplina artística, ubicada históricamente en el centro del hecho comunicacional gráfico, afianzó en el siglo XX su posición radicalizada, y se puso del lado de los discursos que tematizaron la lucha de clases y la injusticia social.”

“En el caso de los artistas, el lugar de la producción estuvo hasta cierto punto legitimizado socialmente. La cuestión socio-política designó una zona de reflexión que se sumaba a todo un proyecto de búsqueda artística, tanto en el orden estilístico como existencial o autobiográfico.
En cambio, la producción gráfica obrera de utilización propagandística, señaló el lugar que el sistema no pudo tolerar; a nivel de significaciones, el logotipo gremial puede resultar ilustrativo. Allí la marca del artista como individualidad creativa no es relevante; ha sido desplazada por la presencia colectiva de la organización proletaria, con intereses reivindicativos precisos. De ahí que a nivel simbólico se sintetiza a través de la imagen, la fuerza de un contra-Poder cuestionador. Por ello el Poder se obstinó en desarticular el contenido de aquellos discursos colectivos. A la clausura de periódicos le sucedió la eventual destrucción de sus imprentas, además de la incautación de bibliotecas o el previsible destino de la cárcel para los propagandistas.”



El libro: lugar de intercambio de los discursos sociales.
“La nómina de ilustraciones ejecutadas por grabadores que frecuentaron la temática social y política es abundante, ya que este quehacer acompañó el desarrollo de nuestra literatura hasta la actualidad.
El grabado aplicado a la ilustración de obras literarias ha planteado cuestiones complejas. En principio, al trabajo sobre material plástico le acontece aquel realizado sobre la fuente literaria.
El artista deberá entonces evadir los anclajes del sentido reiterativos, arriesgándose por el camino de una interpretación personal. Sobre esta condición: la de transformar a la configuración icónica en lugar de emisión de otros sentidos, está fundamentada la eficacia de su discurso plástico.
Cabe aclarar que la consideración del libro como soporte susceptible de ser manipulado, condicionó aspectos de índole formal. Portada o bien ocultamiento de la imagen en el interior de las páginas.
El avance en la lectura indicó al grabador que la introducción de la viñeta como cierre de un capítulo, proporciona el descanso visual necesario al corte narrativo. Aspectos formales pero sin duda organi-zativos, donde el artista retomó frecuentemente la tradición del diseño tipográfico artesanal, para designar: obra, autor e ilustrador tanto como su año de edición. Una ejemplificación pertinente es Historia de Arrabal de Manuel Gálvez (1922), con alrededor de setenta xilografías de Adolfo Bellocq.
El conjunto de la obra mencionada (es decir lo literario y lo plástico), participa de la tradición simbóli-
ca que ha tematizado como denuncia la explotación femenina, en tanto parte de la cuestión social.”

Historia de Arrabal es la historia de Rosalinda Corrales, una atractiva proletaria convertida luego en prostituta. Allí el mensaje trasciende el caso individual y persigue la concientización. En efecto, autor e ilustrador coinciden en señalar que por encima de las condiciones deplorables en la vida de una mujer de los años ’20, existe otra vida con valores definidos: el amor por el compañero, la amistad y la solidaridad. La contradicción existente entre esas dos situaciones, la que se está viviendo y la que se anhela, organiza un sistema de relaciones humanas donde cada cual tiene lugar: desde el mero espectador, pasando por el explotador y cómplice hasta el que, esclarecido con ideales sociales revolucionarios, apuesta a torcer el rumbo al previsible destino de los oprimidos.
Y bien, para la construcción de los personajes, Bellocq trabajó sobre la base de la intensificación de los contrastes formales y gestuales. De acuerdo con ello, la belleza es atributo de aquellos que son buenos y tal vez un poco ingenuos, mientras que siempre la fealdad es atributo de los malvados e inescrupulosos.
Sobre el fondo del escenario del suburbio portuario, con vista del Riachuelo, La Boca, Dock Sud o la Isla Maciel, queda atrapada una variada galería social que hace causa común con la temática frecuentada por Bellocq en lo que se conoce como la primera época de producción (1916-1930).
En efecto, allí están todos: los changadores, las mujeres de barrio, las operarias, los rufianes, los oradores, un criollo ex-soldado de la guerra del Paraguay, las prostitutas, los marineros, los músicos y hasta los policías participan a su modo de esta novela.
Con relación a la edición de las obras literarias, hay que considerar aún la variedad de núcleos editores con políticas culturales de divulgación popular definidas, e identificadas además, con distintas vertientes ideológicas de izquierda.”

{NOTA_EPIGRAFE_1}

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{NOTA_EPIGRAFE_6}

El libro: lugar de intercambio de los discursos sociales.
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“La nómina de ilustraciones ejecutadas por grabadores que frecuentaron la temática social y política es abundante, ya que este quehacer acompañó el desarrollo de nuestra literatura hasta la actualidad.
El grabado aplicado a la ilustración de obras literarias ha planteado cuestiones complejas. En principio, al trabajo sobre material plástico le acontece aquel realizado sobre la fuente literaria.
El artista deberá entonces evadir los anclajes del sentido reiterativos, arriesgándose por el camino de una interpretación personal. Sobre esta condición: la de transformar a la configuración icónica en lugar de emisión de otros sentidos, está fundamentada la eficacia de su discurso plástico.
Cabe aclarar que la consideración del libro como soporte susceptible de ser manipulado, condicionó aspectos de índole formal. Portada o bien ocultamiento de la imagen en el interior de las páginas.
El avance en la lectura indicó al grabador que la introducción de la viñeta como cierre de un capítulo, proporciona el descanso visual necesario al corte narrativo. Aspectos formales pero sin duda organi-zativos, donde el artista retomó frecuentemente la tradición del diseño tipográfico artesanal, para designar: obra, autor e ilustrador tanto como su año de edición. Una ejemplificación pertinente es Historia de Arrabal de Manuel Gálvez (1922), con alrededor de setenta xilografías de Adolfo Bellocq.
El conjunto de la obra mencionada (es decir lo literario y lo plástico), participa de la tradición simbóli-
ca que ha tematizado como denuncia la explotación femenina, en tanto parte de la cuestión social.”

Historia de Arrabal es la historia de Rosalinda Corrales, una atractiva proletaria convertida luego en prostituta. Allí el mensaje trasciende el caso individual y persigue la concientización. En efecto, autor e ilustrador coinciden en señalar que por encima de las condiciones deplorables en la vida de una mujer de los años ’20, existe otra vida con valores definidos: el amor por el compañero, la amistad y la solidaridad. La contradicción existente entre esas dos situaciones, la que se está viviendo y la que se anhela, organiza un sistema de relaciones humanas donde cada cual tiene lugar: desde el mero espectador, pasando por el explotador y cómplice hasta el que, esclarecido con ideales sociales revolucionarios, apuesta a torcer el rumbo al previsible destino de los oprimidos.
Y bien, para la construcción de los personajes, Bellocq trabajó sobre la base de la intensificación de los contrastes formales y gestuales. De acuerdo con ello, la belleza es atributo de aquellos que son buenos y tal vez un poco ingenuos, mientras que siempre la fealdad es atributo de los malvados e inescrupulosos.
Sobre el fondo del escenario del suburbio portuario, con vista del Riachuelo, La Boca, Dock Sud o la Isla Maciel, queda atrapada una variada galería social que hace causa común con la temática frecuentada por Bellocq en lo que se conoce como la primera época de producción (1916-1930).
En efecto, allí están todos: los changadores, las mujeres de barrio, las operarias, los rufianes, los oradores, un criollo ex-soldado de la guerra del Paraguay, las prostitutas, los marineros, los músicos y hasta los policías participan a su modo de esta novela.
Con relación a la edición de las obras literarias, hay que considerar aún la variedad de núcleos editores con políticas culturales de divulgación popular definidas, e identificadas además, con distintas vertientes ideológicas de izquierda.”