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Press Kit Yves Klein Retrospectiva

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Prensa Publicada

  • Título: Yves Klein: Retrospectiva, el dueo del color azul
    Autor: Victoria Verlichak
    Fecha: 06/06/2017
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    La exhibición “Yves Klein. Retrospectiva”, en Fundación Proa, despliega la intensa trayectoria del artista francés que experimentó e iluminó la escena del arte de la segunda mitad del siglo XX. Aún cuando su resplandor duró siete años, su estela continúa alumbrando el arte de las nuevas generaciones tras 55 años desde su desaparición. El suyo fue un vuelo informado por la búsqueda de un camino espiritual hacia lo absoluto, por la pintura, acciones, performances, escritura, filosofía oriental y música (compuso su primera “Sinfonía monótona” en 1947, consistente en el sonido de un acorde sostenido durante 20 minutos, seguido de 20 minutos de silencio).

    Fundación Proa presenta la primera retrospectiva del audaz artista en el país con 76 obras y alrededor de 100 documentos. Es coordinada con los Archivos Yves Klein de París, con curaduría de su director Daniel Moquay, quien estuvo en la inauguración junto a Rotraut Uecker, viuda de Klein. Uecker se mostró feliz de ver la obra de Klein aquí y lo recordó como alguien organizado y metódico, sereno y reflexivo, sincero y tenaz.

    Te quiero azul

    Hijo de padres artistas, Yves Klein (1928-1962) vivió 34 años. Viajó extensamente por Italia, Alemania, España, donde residió un tiempo para enseñar judo y aprender español. Es que primero se dedicó al judo, que estudió y practicó también en Japón. Ese deporte –destreza, repetición y equilibrio– y ese viaje de 1952 contribuyeron a su libertad artística y a su preocupación espiritual. Su obra sigue vigente y vigorosa, incluso en el mercado; en la edición de la feria TEFAF Spring dos galerías ofrecían piezas suyas en Nueva York, a donde viajó en 1960.

    Precursor del happening, pionero del arte conceptual, creador de un nuevo azul en la historia del arte, transitó un camino desde un arte objetual hacia una sensibilidad inmaterial. Su trabajo, presentado por primera vez en 1955, llegó a manifestar la inexistencia de límites o mandatos estéticos en cuanto al aspecto de la obra, a eliminar –a veces– casi por completo el objeto artístico privilegiando una idea.

    Pinturas, objetos, esculturas, fotomontajes, proyecciones de sus antropometrías (obras de 1960 en las que cuerpos de mujeres fueron untados de pintura y plasmados en papeles en el piso o las paredes, en público), fotografías, escritos, proyectos de arquitectura y urbanismo, reflejan el enorme carisma y curiosidad del artista.

    Muestran su vínculo con lo alquímico (pintó con fuego y oro, intercambió simbólicamente obra –destruida en el instante de cambiar de manos– por oro, que terminó en el fondo del Sena) y con los Rosacruces, su visión del presente y del futuro, su interés por el color y por el vacío (una de sus muestras constituyó en una sala absolutamente vacante).

    Klein decía: “Con el color alcanzo un sentimiento de plena identificación con el espacio y estoy completamente liberado (…) Busco, por sobre todas las cosas, alcanzar en mis creaciones esa ‘transparencia’, ese ‘vacío’ inmensurable en donde reside el permanente y absoluto espíritu liberado de todas las dimensiones”.

    ¿Por qué eligió el azul? ¿Porque es el preferido de la mayoría de las personas? No. Porque, entre otras cosas, eligió y “firmó” metafóricamente el cielo de la Riviera francesa. A los 19 años decidió dividir el mundo entre su amigo el artista Arman (cuyo “retrato en relieve” se exhibe aquí) y con el poeta Claude Pascal. Arman eligió la tierra, Pascal las palabras y Klein el cielo, el espacio que envuelve al planeta. Es imposible sustraerse a la invitación a la meditación al mirar una suerte de pileta –en la segunda sala de Proa– repleta de pigmentos azules que irradian buena vibración y serenidad.

    Historia

    Pero no todo es azul. La muestra reúne sus primeras pinturas monocromáticas de 1955 (rosa, oro, azul cielo, verde, rojo, naranja); sus célebres monocromos azul ultramarino saturado; las pinturas de fuego y las Cosmogonías -de lluvia y viento-; las obras en oro, las series de Esculturas Esponjas en base a esponjas naturales, que representan algo más que ciertas formas de la naturaleza ya que todos los cuerpos físicos absorben la energía que los rodea.

    Adriana Rosenberg, directora de Proa, recuerda que a finales de 1988, Pierre Restany (fundador del Nuevo realismo, que integraba Klein) hizo su último viaje a la Argentina. En la comida donde se despidió de Jorge Romero Brest (con quien estudió y trabajó la directora de Proa), juntos recordaron a Yves Klein, que era admirado por ambos. “Pero cada uno tenía sus preferencias: Romero Brest consideraba que la invención del color Blue le garantizaba a Klein un lugar privilegiado en la historia del arte del siglo XX, mientras que Restany rescataba la inmaterialidad, el vacío y las performances del artista”.

    A tono con su programa educativo, Proa, junto a FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales) está llevando a cabo el curso virtual “El salto al vacío” (en alusión a la performance y fotomontaje del mismo nombre) para investigar el contexto y la obra del relevante artista. Con visitas guiadas y catálogo ilustrado la muestra puede verse hasta el 31 de julio.



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  • Título: Yves Klein en Proa: visita guiada en 3 videos
    Autor: JAQUEALARTE
    Fecha: 05/06/2017
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    La muestra retrospectiva de Yves Klein en Fundación Proa puede visitarse hasta el 31 de julio.

    La misma reúne sus primeras pinturas monocromáticas de 1955; sus célebres monocromos azul ultramarino saturado; las pintura de fuego y las Cosmogonías -de lluvia y viento-; las series de Esculturas Esponjas y las obras en oro –resultados del trabajo de varios años combinando práctica pictórica, espiritualidad, la fuerza de la naturaleza y la exploración de un camino hacia lo absoluto.

    Klein es también uno de los precursores del happening con la realización de sus Antropometrías en público, el Salto al Vacío, el proyecto de iluminación del Obelisco de la plaza Concorde, entre otros proyectos que integran la exposición a partir de documentos, registros, escritos, y una exhaustiva presentación de material de los Archivos del artista.



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  • Título: Retrospectiva de Yves Klein en PROA
    Autor: FmCultura
    Fecha: 02/06/2017
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    La Fundación PROA inauguró “Yves Klein. Retrospectiva”, la primera retrospectiva en la Argentina del artista francés Yves Klein. La exposición puede visitarse hasta el 31 de julio, de martes a domingos de 11 a 19 horas.

    Yves Klein nació Niza en 1928, fue una figura importante dentro del movimiento dadaísta, produjo la mayor parte de su trabajo en los años 50 y falleció joven, de un ataque al corazón, a los 34 años, en la ciudad de París en 1962.

    La exposición que ofrece PROA cuenta con la curaduría de Daniel Moquay, director de los Archivos Yves Klein, y casado con Rotraut Klein, viuda del artista. Está compuesta por 70 obras que incluyen sus producciones más emblemáticas, como sus cuadrados de azul ultramarino saturado, resultado de un nuevo color en la historia del arte: el International Klein Blue.

    Entre las obras de azul profundo realizadas por Klein que se pueden ver en Proa están la piscina repleta del pigmento azul, ramas o pequeña escultura de yeso, copias de “La victoria de Samotracia” y de “La Venus de Alejandria”

    Si bien el “azul Klein” es el color con el que más se lo asocia, sus pinturas monocromáticas trabajan también con el dorado y el rosa, tres colores que se pueden ver en tres cuadros colocados uno junto a otro en una de las paredes de una sala de PROA.



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  • Título: Yves Klein: Retrospectiva
    Autor: MutualArt
    Fecha: 20/05/2017
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  • Título: Porque este amor es azul
    Autor: Eugenia Via
    Fecha: 19/05/2017
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    Vivió sólo 34 años y produjo apenas durante siete de su corta existencia. Y aun así el francés Yves Klein se convirtió en uno de los artistas más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Pionero del arte pop y el arte perfomático, es famoso por haber inventado su propio “azul”, el International Klein Blue (IKB), pero como demuestra la enorme retrospectiva que le dedica Proa, fue mucho más que eso: un deportista, un artista paradójico que se relacionó con la política francesa, que vivió en constante frenesí creativo y que experimentó con diversos materiales, desde el fuego hasta las esponjas y el oro, entre la alquimia, el cálculo y el glamour.

    Cuando París estornuda, toda Europa se resfría. El refrán, vigente durante siglos, estaba quedando en desuso. O París había dejado de estornudar, o la salud de Europa ya no dependía de Francia. Ese fue el marco en el que Yves Klein (1928- 1962) desarrolló su obra y su fama. Vivió 34 años, y los vivió como si supiera que así de corta y así de intensa sería su vida. Ni una gota de azar ni de ingenuidad en el desarrollo del artista que en siete años de producción de obra logró posicionarse como un referente indiscutible del arte francés, e internacional, del siglo XX. 

    Cuenta su mujer que en el departamento parisino de 35 metros que compartían, Klein produjo vorazmente y al borde del agotamiento físico. No descansaba. Desde que decidió dejar de ser un jugador de judo para ser un artista –como sus dos padres–  su búsqueda, su trabajo y la exposición del mismo (categorías indisociables en la obra de Klein) fueron ambiciosas, apasionadas y carismáticas, como él mismo. 

    Una anécdota lo expresa y da un indicio de su personalidad: experto en artes marciales, practicaba judo desde pequeño y fue a competir al instituto más prestigioso de Japón, donde ganó el cuarto dan, grado máximo otorgado para los europeos en el país. Pero cuando llegó a París no le reconocieron el título ganado en Japón. Klein, que no sólo competía como un desafío sino que necesitaba del reconocimiento externo como el pez necesita el agua, se tomó un avión  a España, donde sí era reconocido el título. Allí se dedicó a la enseñanza. Pero ya nada tenía la misma gracia. El grado más alto había sido alcanzado, por lo cual, allí decidió cambiar de rumbo –un nuevo campo de posibilidades, descubrimientos, desafíos y fama– y dedicarse al arte. 


    Escultura-esponja azul sin título, 1960. Pigmento puro, resina sintética y esponja natural sobre peana en piedra.

    Comenzó a pintar en el año 1950, a los 22 años, con una modalidad que seguiría durante toda su producción: colgaba sus pinturas de forma compulsiva (donde sea, la habitación en la que vivía, el departamento, luego serán las galerías) e invitaba a amigos y críticos a mirar la obra, mientras él generaba un registro escrito  sobre sus impresiones y pensamientos. 1954 fue el año que marcó su carrera pública como artista, con dos libros de dos colecciones de monocromos. Desde ese momento, expuso como mínimo tres veces por año, llegando a exponer o generar eventos públicos once veces en un solo año. Podía hacerlo solo, presentando sus teorías como conferencias en la Universidad de la Sorbona, o convocado por grandes y prestigiosas instituciones, entre ellas el Museo de Arte Decorativo de París, siempre obsesionado con la idea sobre “la evolución del arte hacia lo inmaterial”, paradoja que no pasó desapercibida en su meteorítica carrera, y su necesidad material, física y carnal por ser reconocido y por hacer de su obra una marca registrada. El International Klein Blue es hipnótico, pero es también una alquimia del siglo XX, ligada al mercado y la publicidad.

    ¿Qué hay detrás del azul klein? ¿Qué hay debajo de su teoría alquimista del fuego, las galaxias y todo un vocabulario propio de un mago en el que, sin embargo, no percibimos ni una gota de humanismo? No hay indicios de calidez . Klein creó con libertad absoluta, pero también con la estrategia de un judoka y la matemática de un científico: “Reglas rituales de la cesión de Zonas de sensibilidad pictórico inmaterial. Existen siete series numeradas de zonas pictóricas inmateriales; cada una comprende diez zonas también numeradas. Un  recibo es entregado por cada zona cedida, el mismo indica el peso en oro fino correspondiente al valor inmaterial adquirido”.

    Eran años en que Alemania se afianzaba como la tercer potencia mundial, detrás de Estados Unidos y Japón, mientras Francia perdía prácticamente todas sus colonias y la cultura norteamericana tenía un dinamismo que robaba la corona a París, que supo ser la capital cultural del siglo XIX. En ese marco, en abril de 1958, Klein junto al director de iluminación de la ciudad de París, iluminaron el Obelisco de la Place de la Concorde en azul. Klein le iba a la política cultural de Francia como anillo al dedo. 

    El color azul tiene nacionalidad, azul francés, porque forma parte de la identidad nacional francesa desde el siglo XII, cuando los reyes de Francia lo eligieron para sus escudos y heraldos, hasta que en 1791 aparece en la bandera de Francia y se vuelve el color emblemático de la ciudad parisina. Los pigmentos azules industrializados son un invento  francés y su uso tiene connotaciones claramente políticas. Klein no lo mencionaba. Desligaba su azul de la historia y su nacionalidad y lo relacionaba con el cielo desarrollando una teoría de lo inmaterial. Describía una escena mitológica (Klein era un gran escritor)en la que se dividía los elementos naturales con sus amigos, tocándole a él como misión la investigación del cielo. La escribió, la plasmó en sus esculturas, tiñó esponjas, tiñó todos los objetos con su azul Klein, algunos naturales y otros no, pintó todo lo que le parecía que podía citar lo inmaterial y el cielo, pintó cuadros monocromáticos, expandió el azul Klein por todos lados y en todos los formatos: a través de la música, a través de la presencia de los cuerpos humanos en las pinturas, a través de la intervención de los elementos naturales en las obras. Todo de forma literal. El fuego quemando la hoja, las mujeres haciendo de “pinceles vivientes” para estampar sus cuerpos en los lienzos. La arquitectura del cielo que propone el artista francés es bien terrenal, matérica, alejando al máximo el imaginario de un cielo  misterioso, imperceptible y metafísico.

    Klein, que por la variedad de experimentación y la libertad para plasmar su obra fue un giro indiscutible hacia la concepción modernista del artista, es también una oportunidad para pensar la relación entre las políticas culturales de los países, las gestiones concretas, que pueden crear, promover o silenciar, a los artistas. Klein no tuvo ese problema.


    Relieve planetario azul sin título, 1961. Edición póstuma 2015. Pigmento puro y resina sintética sobre bola de resina.

    Una síntesis de esa  opulencia chic aplicada a las artes visuales es el trío de cuadros que están juntos: Dorado (hojas de oro), Azul Klein y Rosa Dior,  que en su elegancia nos habla más de un arte rico, arte que sólo es posible con un gran apoyo financiero, político y mediático más que en uno cósmico basado en el color, como los cuadrados infinitos de Rothko, o como los cielos de De Staël, ambos contemporáneos.

    La exposición de Proa está guionada por salas, que permiten ver las distintas facetas del multifacético artista. La primera es una introducción cronológica, ricamente documentada de  su vida y su obra, una síntesis de los distintos momentos de la carrera de Klein, desde su nacimiento hasta el año 1959, con material del propio archivo del artista, fotos, piezas artísticas en papel, bocetos y objetos que fueron fundamentales para él. Fotos familiares, la edición de su cuaderno de planchas Yves Peintures, primer gesto público del artista.

    Un video del inicio de su época azul es el anticipo para las siguientes salas, donde se pueden ver sus proyectos de arquitectura y urbanismo, espacios pensados para su arquitectura del aire, edificios que podrían contener sus obras inmateriales. 

    Lo sigue la sala que testimonia su paso de la pintura monocroma a su concentración en el azul  (color que patenta en 1960 como IKB) International Klein Blue, que aparece en una gran pileta plana de pigmento puro. Para el artista el color es la sensibilidad materializada y el azul es el color que representa la profundidad del vacío. Experimenta con ese pigmento  de forma incansable en distintos formatos y técnicas.

    En un rincón, se puede escuchar un audio de Klein conversando consigo mismo, donde se hace una entrevista sobre sus condiciones de producción y sus ideas sobre el arte. Luego, su serie Antropometrías (medidas del Hombre), donde los cuerpos de mujeres hacen de pincel viviente o rodillo, apoyándose en la tela para dejar las huellas de sus formas. Y las esponjas naturales, descubrimiento que fascinó al artista, por su capacidad de absorción del color, unido a sus maravillosas figuras orgánicas. Cosmogonías es su trabajo realizado con fuego, en los que el artista quiere encarnar las marcas de los estados de la naturaleza. Para eso, exponía los soportes a la intemperie e imprimía huellas de plantes o superficies de suelo en papeles.

    El silencio es oro, obra de 1960 realizada con hojas de oro, lleva a a la pregunta inicial, a la linealidad entre la materia, el título y la textura. El oro no es inmaterial, ni silencioso, ni misterioso. Klein trabajó la obra generando un relieve que remitía al suelo de una galaxia,universo en el que imaginamos a Klein feliz, con todas esas paradojas y todo ese glamour.

    Yves Klein Retrospectiva se puede ver en Fundación Proa, Av. Pedro de Mendoza 1929, hasta el 31 de julio del 2017.


    El viento del viaje, 1961. Pigmento puro y resina sintética.



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  • Título: Libertad de color azul, Yves Klein
    Autor: SONIA VILA
    Fecha: 09/05/2017
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    Sólo siete años le fueron suficientes a Yves Klein (Francia, 1928-1962) para construir las bases del arte conceptual. Éste, entendido como la experiencia estética más allá de la materialidad del objeto. De 1955 a 1962, cuando murió de un infarto al corazón a los 34 años de edad, produjo mil 200 obras. Y no sorprende el número, sino la propuesta. Se planteó desde sus primeros ejercicios buscar la libertad plástica; esa que encontró en el monocromo, en el fuego, en el cuerpo, en la acción, en el vacío.

    El vacío con que llenó en 1958 la galería Iris Clert en París, la cual sus muros pintados de un solo pigmento absorbieron la presencia del artista, misma que se convirtió en arte. El espectador no miró un objeto, sino que vivió la obra. La inmaterialidad de la estética. “Desde hace 50 años trabajo en el archivo de Klein y creo que en el siglo XX sólo hubo dos personas que dominaron el arte, Marcel Duchamp e Yves Klein”, ataja en entrevista Daniel Moquay, responsable de Yves Klein Archives, en París.

    Y por primera vez, la cosmovisión del artista francés, pintada principalmente en azul, se exhibirá en México. Será una revisión retrospectiva de quien fuera cinturón negro de judo en el Museo Universitario Arte Contemporáneo. Moquay, quien hace la curaduría, señala que desde 1989, cuando expuso obra de Klein en la Bienal de Sao Paulo, no se presenta una muestra en América Latina. El MUAC es la segunda sede de esta exhibición que ahora ocupa la Fundación Proa en Argentina.

    “Siempre ha sido un artista con reconocimiento, sobre todo de los propios artistas y es cierto que ahora se cotiza bien el mercado, la última mejor venta fue una pieza en 50 millones de dólares, y después una pieza de fuego vendida en 36 millones de dólares en Nueva York”, refiere sobre Klein, quien fue rechazado en 1955 por el Salón des Réalités Nouvelles, al presentar un cuadro de un solo color.

    Si bien la vida artística de Klein es breve, en realidad la curaduría implica la selección de obra. En este caso se presentarán más de 70 piezas y un centenar de documentos que dan cuenta del planteamiento del arte inmaterial. Desde sus  primeras pinturas monocromáticas,  esculturas con esponjas, cuadros hechos de fuego, sus happening hasta la patente del International Klein Blue, un nuevo tono de azul que él registro como propio el 19 de mayo de 1960.

    “Es un color con una base química, se obtiene con éter y extractos de petróleo, y creemos que era muy tóxico, pensamos que fue el causante de su muerte. Porque era un hombre deportista, era cinturón negro en judo que es un alto nivel de deporte, pero el veneno de la base del pigmento debía usarse con máscara y nadie le decía eso y pudo causarle los tres infartos”, relata el curador. El 11 de mayo de 1962, Klein sufrió un primer infarto durante el Festival de Cine de Cannes; cuatro días después sufrió en París el segundo ataque, y falleció el 6 de junio del mismo año por un tercer paro cardiaco. 

    Materia en estado primigenio

    Si bien Klein, hijo del pintor paisajista Fred Klein y de la pintora informal Marie Raymond, trabajó con todas las herramientas y las disciplinas de manera simultánea, destaca en primera instancia el trabajo monocromático. Primero en colores como amarillo, rojo, naranja y dorado. Cuadros de un solo tono que para él resolvían el problema del arte. Al entender que la conexión de la pintura ya no era con el ojo humano, sino con la experiencia de la vida. No pretendía mostrar algo, sino hacer vivir algo, hacer sentir a través de la unicidad del pigmento.

    “Con el color alcanzo un sentimiento de plena identificación con el espacio y estoy completamente liberado. Busco, por sobre todas las cosas, alcanzar en mis creaciones esa transparencia, ese vacío inmensurable en donde reside el espíritu”, escribió el artista en su diario.

    En un trazo cronológico, sigue la época azul, apunta Moquay. El azul, dice, era para el artista la totalidad de la materia. Un azul ultramar intenso contenedor del cuerpo primigenio. La materia en su estado más natural en relación con la vida. “Trabajó con varios colores, pero se dio cuenta que tenía que elegir uno, y eligió el azul, y la suerte de que en aquel tiempo encontró una técnica distinta del color que no afectaba la intensidad con los barnices, que eran tóxicos”.

    Y el azul llevado a su mayor exploración resultó en las antropometrías. Pinturas sobre lienzo blanco hechas con los cuerpos de mujeres desnudas. Ellas embarraban toda su piel en la tinta para luego impregnarse sobre el lienzo. Pero más allá del resultado pictórico, la acción destacó como un performance en marzo de 1960. Fue en la Galerie d’Arts Contemporains en París donde tres modelos pintaban su silueta sobre la tela, mientras una orquesta tocaba Sinfonía monótona, compuesta por un periodo de 20 minutos de un mismo sonido y otro periodo de silencio total. 

    Se produjeron en promedio, dice Moquay, cerca de 150 antropometrías sobre papel y 30 sobre seda.  “Hace unos meses presentamos la sinfonía monótona en San Francisco y generó el mismo impacto de esa primera ocasión, es una composición de Klein muy intensa”, apunta quien coordina el archivo en colaboración con la viuda del artista  Rotraut Klein-Moquay. De las acciones convertidas en pinturas también sobresalen los cuadros hechos con fuego. En un video de los archivos en París, se mira a Klein con un soplete de gran tamaño quemando el lienzo, y un bombero detrás apagando el fuego.

    Aunque para el curador la pieza El vacío condensa en gran medida la búsqueda estética de Klein. Coloca la experiencia por encima del objeto. La obra ocurrió en la galería Iris Clert en París; ésta quedó vacía por completo y sus muros pintados de blanco. Klein permaneció un tiempo en el espacio para llenarlo de su propia sensibilidad y ofrecerla como obra de arte a los tres mil espectadores. Era el arte “aquí y ahora”.

    “La obra la realizó el 28 de abril del 58 en su cumpleaños 30, y su intención era rellenar la galería de su sensibilidad, y entonces en lugar de ofrecer una obra que se cuelga sobre las paredes, hizo un espacio para experimentar. Él decía que si la gente era capaz de interesarse en los monocromos, no veía por qué no iban a vivir la experiencia del vacío llenado con su presencia”, describe.

    Así se entiende cómo su arte se situaba en los límites de la percepción donde, afirma el curador, la vista del objeto artístico se hace posible sólo a través de facultades sensoriales. Mirar a partir de sentir, de oler, o de palpar. Moquay señala que en suma a la experiencia, la obra de Klein proclamó un arte como parte integral de la vida. Él mismo dijo: “la pintura tiene conexión con la única cosa en nosotros que no nos pertenece: nuestra vida”.

    ¿Dónde y cuándo?

    La retrospectiva Yves Klein se presentará del 26 de agosto al 14 de enero de 2018, en el Museo Universitario Arte Contemporáneo.



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  • Título: Visitamos a Yves Klein en Fundacin Proa!
    Autor: Beth, the jewish school
    Fecha: 02/05/2017
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    ¡Visitamos a Yves Klein en Fundación Proa!

    ¡6to grado visitó la exposición de Yves Klein!
    Los chicos disfrutaron de una exposición histórica en Fundación Proa, donde realizaron un acercamiento a una importante figura dentro del movimiento del neodadaísmo.
    ¡Una visita llena de historia del arte y cultura!


     

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  • Título: El azul del cielo
    Autor: Gustavo Alvarez Nuez
    Fecha: 01/05/2017
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    La Fundación PROA presenta una retrospectiva de Yves Klein, el artista que puso patas arriba el concepto de vanguardia con sus pinturas monocromo.
     

    Ocho años le bastaron al incasable e intrépido Yves Klein (Niza, 1928 – París, 1962) para cimentar una obra que puso patas arriba el arte y el concepto de vanguardia de la época. Monocromos y pinceles vivientes, pinturas de fuego y judo místico, esmoquin negro con pajarita blanca y la invención del International Klein Blue (IKB), salto al vacío y cosmogonías, zona de sensibilidad inmaterial y arquitectura del aire, utopía y esculturas de esponjas, 1001 globos azules y nuevo realismo, retrato relieve y “desaparecer en el vacío”: todos sinónimos de un hombre que murió muy joven –a la edad de 34 años por un paro cardíaco– pero cuyo afán de expansión lo movilizó desde el vamos. Aunque “expansión” no sea la palaba exacta; impulso de vida, arrebato de vida, tal vez se aproximen más aunque tampoco; en verdad, eso es Yves Klein: lo exponencial, lo inclasificable, lo indefinible.

    En 1947, muchos años antes de plasmar la Symphonie Monoton Silence (Sinfonía monótona silencio), a Yves ya se le había ocurrido esta pieza basada en un solo acorde y sonido que acompañó en marzo de 1960 el debut en una galería parisina de sus antropometrías, Anthropométries de l'Époque bleue (Antropometrías de la época azul), la acción de “pinceles vivientes”; dirigidas por él mismo, mujeres desnudas cubiertas de pigmento azul (el ahora legendario IKB) rodaban sobre grandes lienzos, imprimiendo huellas monocromáticas de sus cuerpos durante la ejecución de la Symphonie Monoton Silence.

    El rasgo fundamental de esta composición musical subraya una obsesión que atraviesa toda la obra de Yves: un solo tono (¿cuadro?) y sonido (¿color?) continuo, “estirado, privado de su ataque y de su coda, lo que genera una sensación de vértigo, de aspiración de sensibilidad fuera del tiempo”, como escribió el propio Klein en el texto “La superación de la problemática del arte”, que dio título a un libro publicado en 1959. La insigne y rupturista 4′33″ de John Cage, por ejemplo, con el silencio dominando todo su desarrollo, fue estrenada en 1962. Aclaremos que el compositor estadounidense venía explorando en las bondades del silencio desde hacía un largo rato.

    Pero más allá de si la pieza musical de Yves se produjo antes o después –Diosque, el ascendente músico tucumano, canta: “No importa quién lo dijo primero/ sino quién lo dijo mejor"–, la locomotora Klein se encargó de barrer varios mitos y demoler algunos prejuicios en sólo ocho años de trayectoria que arrancaron en 1955, cuando entregó al jurado del parisino Salon des Réalités Nouvelles su primera pintura monocromática, Expression de l'univers de la couleur mine orange (Expresión del universo de color naranja). Obviamente, fue rechazada. Las razones que le dieron a su madre Marie Raymond –pintora abstracta y bastante prestigiosa en esos años– fueron éstas: "Usted sabe, no es realmente suficiente, si Yves aceptara añadir al menos alguna línea o un punto, o incluso simplemente una mancha de otro color, entonces podríamos mostrarlo, pero un solo color, ¡no! No, eso no es realmente suficiente, ¡es imposible!”.

     

    Si le preguntaban en esas horas por qué esa terquedad –esa hermosa y admirable terquedad, diríamos nosotros– por no conceder ni permitir atisbo alguno de línea o punto, o incluso simplemente una mancha de otro color, Klein hubiese contestado que no solo se negaba a que conviviesen dos colores en una pintura propia –pintadas de modo uniforme, con paneles que no están enmarcados y donde un solo color recubre los márgenes exteriores de los cuadros–, sino que se amparaba en lo siguiente: “La pintura es la ventana de una prisión, cuyas líneas, contornos, formas y composición están todos determinados por barrotes (…) A través del color siento una identificación completa con el espacio, de este modo soy verdaderamente libre”.

    Esa sensación de libertad en todo su esplendor acomete al visitante cuando deja la primera sala de la Fundación PROA –cargada de suculenta información sobre el mes a mes en la travesía de Klein– y se enfrenta a una asombrosa pileta de pigmentos azul ultramar (Pigmento. Instalación creada en 1957. Reconstrucción póstuma, 2017) que le gana la atención al instante. Es que hasta el 31 de julio, las paredes del museo de la Boca –Avenida Don Pedro de Mendoza 1929– cobijan la imperdible Yves Klein. Retrospectiva, ocasión ideal para adentrarse en una aventura estética y espiritual que no ha perdido ningún ápice de vigencia y exhibe una potencia infinita.

    En el universo del arte, ocho años, a veces no son nada para sintetizar o expandir los ribetes de una búsqueda estética; al español Antonio López García le llevó veinte finalizar el retrato de la familia real –entregó el encargo en 2014–, amén de que el príncipe ya es rey. Aunque, otras veces, si lo planteamos en términos de lo que implican los primeros ocho años en el camino de un artista, los ejemplos se tornan modelos o techos de una situación mágica e irreproducible. Esas apariciones pueden no solo modificar las costumbres imperantes, sino también correr los límites de lo permitido. Fue el caso (excepcional) de Los Beatles, entre 1962 y 1970, en el universo pop. Su música maduró exponencialmente disco a disco. Y su influencia sociocultural es testimonio del poder del pop no solo como entretenimiento. Sin comparar: Soda Stereo lanzó en 1984 su álbum debut homónimo, que no presagiaba cumbres como Canción animal (1990) o el desafiante Dynamo (1992).

     

    Ahora bien, el hombre que refutó la nada y descubrió el vacío como un espacio rico en posibilidades, el artista que distribuyó el domingo 27 de noviembre de 1960 en todos los kioscos de París el diario Dimanche “Le Journal d'un seul jour” (Domingo “Diario de un día”), que constaba de todas sus teorías estéticas y el famoso fotomontaje del Salto al vacío, el introductor del judo en su país –cinturón negro 4º dan–, era de los que creían que un artista podía cambiar la vida y brindarle sensibilidad al mundo.

    Considerado por algunos críticos y medios gráficos de aquel momento un vende humo –"Klein vende viento", fue el titular del suplemento parisino Arts en febrero de 1962; todo porque había vendido unas pinturas “inmateriales” que sólo eran un recibo de la operación y cuya transacción supuso para los compradores el desembolso de un lingote de oro–, Yves dejó en claro en el período de las antropometrías que lo suyo no era oficiar como una sucursal europea del action painting estadounidense: “Lo mío es lo contrario al action painting, en tanto yo permanezco completamente ajeno a todo trabajo físico durante la creación”.

     

    No por nada, el italo-argentino Lucio Fontana fue uno de los primeros que adquirió una obra suya –pagó unas exiguas 25 liras, en 1957, el día de la inauguración de la primera muestra de Klein en Milán–, reconocido por sus célebres buchi (agujeros o perforaciones) o tagli (cortes) que efectuaba al lienzo; otro personaje chocante y afilado como Yves. Con el legado de la Bauhaus Dessau, el francés Eugène Delacroix, el holandés Piet Mondrian y el ruso Kazimir Malévich a sus espaldas, contemporáneo del expresionismo abstracto estadounidense, el colectivo Fluxus, la Internationale Lettriste como la Internationale Situationniste y el pop art del Reino Unido, Klein nos ha dejado cierta herencia en la actualidad: el alemán Wolfgang Laib (1950), el británico-alemán Tino Sehgal (1976) y el inglés Nils Norman (1966).

    El poeta persa Omar Khayyam, hacedor de las adorables Rubaiyat, esa oda al vino y al instante, realizó un pacto con dos amigos de su juventud en pleno siglo XI: cada uno se obligaba, en el caso de que triunfase en la vida, a disponer de todos los medios a su alcance para que sus colegas también fuesen exitosos. Más acá en el calendario, en una playa de Niza en el verano de 1946, a Yves y dos amigos –uno de ellos, el escultor Arman Fernández, ha pasado a la posteridad en la sorprendente Retrato relieve de Arman (1962), obra que se halla al final del recorrido de Yves Klein. Retrospectiva– se les dio por hacer un juego: se iban a repartir el mundo entre los tres. Entonces uno escogió el reino animal, otro el dominio de las plantas. Mientras que Yves, ya tendido en la arena y abstraído por el infinito azul del cielo, les expresó: “El cielo azul es mi primera obra de arte”.

    A 70 años de aquella epifanía, su trazo vibrante –hagan el ejercicio frente a sus increíbles monocromos azules que revisten las paredes de PROA: el azul vibra de tal modo que invita a fundirnos en el lienzo– continúa desparramando elogios y obnubilación. Y nos cautiva por un motivo evidente: la sencillez arrancada a una belleza intolerable. Porque en esa repetición, en esa presencia insistente del azul ultramar, se confrontan y se desparraman todas las penas de un mundo habituado a la mutación, al secreto murmullo de lo insondable; la respiración famélica de la libertad. Esa a la que Klein nunca renunció: “Esa sensación de libertad total del espacio sensible puro ejercía sobre mí tal poder de atracción que yo pintaba mis superficies monocromas para ver con mis propios ojos eso de absoluto que tiene lo visible”, escribió.

    ¡Larga vida a lo inmaterial!

    ¡Larga vida a Yves Klein!



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  • Título: Quin era Yves Klein? Vida y obra del padre del arte inmaterial
    Autor: Diego Erlan
    Fecha: 21/04/2017
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    Setenta y seis obras y más de cien documentos pueblan la primera retrospectiva latinoamericana del genial Yves Klein (1928-1963), el artista conceptual creador del llamado “arte inmaterial”, que además fue pionero del happening en los sesenta e inventor de su propio tono vibrante de azul.
     

    En ese compendio de erudición y lirismo llamado Los colores primarios, el escritor Alexander Theroux identifica el azul como el color de las profundidades ambiguas, de los cielos y, al mismo tiempo, de los abismos. En su intensidad se conjugan tanto la fuerza singular como una etérea susceptibilidad. En esta misma línea, Wassily Kandinsky escribió que “cuanto más profundo es el azul, mayor es su poder de atracción sobre el hombre, la llamada infinita que despierta en él un deseo de pureza e inmaterialidad”. Eso es lo que percibió Yves Klein de adolescente, en las playas de Niza, mientras observaba el cielo. Esas características del color lo cautivaron. Aunque el azul haya sido su marca –de hecho, patentó el tono bautizado como International Klein Blue–, el arte de Yves Klein no se limita a un color: es una forma de estar en el universo, en sí mismo y en el vacío. “Con el color alcanzo un sentimiento de plena identificación con el espacio y estoy completamente liberado”, señaló. En solo siete años de vida artística, Klein produjo casi mil trescientas obras, escribió más de mil páginas con ideas, procedimientos y reflexiones metafísicas, y creó ese azul intenso, ultramarino saturado, que lleva su nombre y produce, a la vez, inquietud y calma. Esa es su marca, cierto, pero el legado lo trasciende. Murió a los treinta y cuatro años, en junio de 1962, por el tercer ataque cardíaco que sufrió en solo un par de semanas. En tan poco tiempo, Klein fue el reflejo del agotamiento de los movimientos de vanguardia y, de algún modo, también fue uno de los responsables de toda la explosión posterior: desde los happenings hasta el pop art. Las setenta y seis obras y el centenar el documentos que integran su primera exposición en Buenos Aires, hasta fines julio en Fundación Proa, trazan un recorrido luminoso, en algún punto místico, que se convierte en un viaje de contemplación y silencio.

     

    Liberar al espíritu

    La exploración de Yves Klein comienza en el cuerpo y termina en la inmaterialidad. No había cumplido veinticuatro años cuando le propuso a un amigo, Claude Pascal, viajar de España a Japón montados a caballo. La empresa parecía delirante pero tenía sentido en las permanentes búsquedas de experiencia de Klein. Aunque sus padres eran artistas, este muchacho nacido en Niza en 1928 no se interesaba aún por la pintura. Al principio solo deseaba profundizar sus conocimientos en las artes marciales: en el judo había encontrado un espacio espiritual. Era verano. Era 1952. El viaje sería otra aventura. Sin embargo, no pudieron hacerlo juntos ya que, al poco tiempo, Pascal enfermó. Entonces Klein decidió irse igual, pero tuvo que hacerlo en la bodega de un barco, en un viaje que duró cinco semanas. En Tokio se inscribió en el prestigioso Instituto Kodokan de judo y luego de quince meses llegó a ser 4° dan. “El judo es un arte como lo puede ser la música”, entendía Klein, “ya que se lo debe volver a crear cada vez que queremos verlo de nuevo ante nuestros ojos. Es un arte personal y universal porque es el arte de la lucha, que es como decir la vida misma”.

     

    Lo inmaterial es lo único esencial”, decía Klein. “¿No sería el futuro artista aquel que expresara mediante un eterno silencio un inmenso cuadro sin dimensión?”, es la pregunta que el mismo Klein formula en el Manifiesto del Chelsea Hotel, de 1961, para esbozar lo que sería el arte conceptual.

     

    Klein encontró en el judo un rito codificado y en el tatami un escenario donde desplegar los movimientos fluidos del cuerpo. Así lo registró en su libro Les Fondements du Judo (1954). En la serie “Antropometrías de la época azul” puede observarse cierto paralelismo entre el judo, la pintura y el teatro. Si el judo es el uso de la fuerza del contrincante para la búsqueda a la vez del ataque y el equilibrio, Klein implementó esta sabiduría en sus intervenciones artísticas que no utilizaban el pincel sino una forma de manipular las fuerzas del vacío. “Por sobre todas las cosas, en mis creaciones busco alcanzar esa ‘transparencia’, ese ‘vacío’ inmensurable en donde reside el permanente y absoluto espíritu liberado de todas las dimensiones”, escribió Klein.

     

    Asimilar el vacío

    Los efectos de la Segunda Guerra Mundial se hicieron sentir durante bastante tiempo en los artistas de mediados del siglo XX, como apunta el crítico australiano Terry Smith. Algunos buscaron experimentar con formas para representar este vacío que podía ser tanto físico como espiritual. Lucio Fontana lo hizo en sus pinturas a partir de 1949, al igual que algunos miembros del grupo de artistas japoneses Gutai, en 1954. Así lo hizo también Guy Debord en el antifilme Hurlements en faveur de Sade, proyectado en junio de 1952 o Robert Rauschenberg en las superficies cubiertas de pintura para casas realizadas entre 1951 y 1952. Ese mismo año, John Cage utilizaría esos cuatro paneles titulados White Paintings en la Theatre Piece No. 1 que presentó en el Black Mountain College. Ya había estrenado la pieza 4’33’’ compuesta solo de silencio. Incluso antes, alrededor de 1949, Cage había pronunciado su “Conferencia sobre nada” en el Artist’s Club de Nueva York. No es casual que por esos mismos años Klein componga la Monotone-Silence Symphony, que consiste en veinte minutos de una orquesta emitiendo la misma nota (Re) y otros veinte donde orquesta y público se funden en un absoluto silencio. De esa manera, tanto el noise como el arte abstracto consiguen desarticular, mediante paradojas, nuestro pensamiento. En esa exploración de la mente en blanco y, a través de ella, de la trascendencia (que descubren en la meditación y su relación con la cultura oriental), están implicados tanto Cage como Klein: un mismo camino recorrido con diferentes soportes para asimilar el vacío. Las pinturas que surgen de los happenings de las “Antropometrías” son el rastro de la existencia de ese vacío. La obra ya sucedió: quedan sus huellas. Esos cuerpos de mujeres desnudas, plasmados como sudarios de manchas azules, sugerentes y sexuales a la vez, que contienen aún ese espíritu de transgresión y la música de los movimientos, terminan de construirse en la mente del espectador: funcionan como una mancha de Rorschach de aquel instante. Rotraut Klein-Moquay, la viuda del artista, era una de las modelos cuyo cuerpo protagoniza esa serie de obras. “Yves trabajaba duro, al límite del agotamiento físico”, recuerda ella en el catálogo de esta retrospectiva en Proa organizada junto a los Archivos Yves Klein. “Su aspiración final yacía en esa búsqueda constante de lo absoluto, lo invisible, la sensibilidad.” A esa búsqueda Klein la bautizó “arte inmaterial”.

     

    El arte inmaterial

    Quizá la primera obra de arte inmaterial de Klein haya sido el catálogo Yves Peintures impreso en Madrid por Fernando Franco Sarabia en 1954. En esos 150 ejemplares numerados podían verse una serie de diez monocromos típicos de la obra posterior de Klein, con sus tamaños y títulos, pero que en realidad no existían. Era una suerte de performance. Pierre Restany fue el primero en ubicar a Klein dentro del nouveau réalism. En las tres tendencias que para el crítico integraban uno de los más famosos movimientos vanguardistas franceses, estaban los afiches lacerados de Raymond Hains y Jacques de la Villeglé, las esculturas en movimiento de Jean Tinguely y las pinturas monocromas de Klein. Todos denostaban por igual la pintura en caballete y sus trabajos terminaron acercándose a lo performático.

    Yves Klein

    Acción artística Antropometrías de la época azul, Galerie Internationale d’Art Contemporain, París, 9 de marzo de 1960 © Succession Yves Klein, ADAGP, París / SAVA, Buenos Aires, 2017.

    Un día observé la belleza del azul en una esponja”, dijo Klein, que desde 1958 había empezado a trabajar con ese instrumento barato para pintar sobre los papeles y las telas. Persuadido por la extraordinaria capacidad de la esponja para empaparse totalmente de cualquier líquido, advirtió que gracias a “esa materia salvaje y viva” podía hacer retratos de los lectores de mis cuadros monocromos, que, completamente impregnados y embebidos como esponjas en su sensibilidad, “regresaban ahora del viaje al azul de mis cuadros que emprendieron después de haberlos visto una vez”. De esa manera creó bosques fantásticos, paisajes azules de esponja que terminaron como espacios escenográficos como el que hizo para la ópera de Gelsenkirchen en 1958. Las esponjas tenían una característica cercana a Klein: esa capacidad de empaparse, de absorber y expandir los sentidos. Desde aquel primer gesto conceptual del catálogo sin obra, esta retrospectiva empuja a preguntarse al espectador hasta dónde hubiera llegado Klein con sus ideas. Parecía capaz de todo. Llegó incluso a experimentar con el aire, el fuego y la lluvia en la serie conocida como “Cosmogonías” que, vista hoy, mantiene la belleza arrasadora de la naturaleza.

     

    Klein y Kandinsky: cruces inesperados

    La historia del arte no suele vincular a Klein con Wassily Kandinsky. Aunque sorprendan algunas coincidencias biográficas. En 1896, Kandinsky visita en Moscú una exposición de Monet en la que puede ver, por primera vez, los almiares, esos montículos de heno dispuestos en el campo. En esa serie impresionista, Monet no se interesaba tanto por las formas sino más bien por la luz: esos atardeceres que cambiaban sus colores en torno a las estaciones, esas pinturas de color ocre, verdosas y amarillentas, esas figuras de heno que no hacían otra cosa más que acentuar el silencio. No hay color sin luz. No hay artista sin contemplación. Esa exposición, esos almiares, ese Monet, fue lo que empujó a Kandinsky, de treinta años, a abandonar un puesto de profesor en la Facultad de Derecho para trasladarse a Múnich y dedicarse a la pintura. Era su salto al vacío. Influenciado por la música dodecafónica de Arnold Schoenberg, Kandinsky pinta su serie titulada Improvisación, en la que buscaba crear un paisaje sonoro-visual, lienzos que permitieran al espectador escuchar el sonido interno de los colores. En la profundización de su búsqueda sobre la abstracción, en 1911 rompe con la vanguardia de Múnich que empezaba a cuestionar su camino y funda un nuevo grupo: Der Blaue Reiter (El Jinete Azul), un movimiento integrado por Schoenberg, Franz Marc, Robert Delauney y August Macke. El azul del jinete guardaba un símbolo. Era un color que podía generar una síntesis entre la naturaleza profunda de las cosas –los sentimientos y el inconsciente– y el mundo exterior y el universo. Era el punto exacto donde se conectaban las profundidades: tanto el cielo como el abismo, tanto Kandinsky como Klein. Se dice que el azul es el color más raro en la naturaleza. Quizá sea cierto.

     

    En solo siete años de vida artística, Klein produjo casi mil trescientas obras, escribió más de mil páginas con ideas, procedimientos y reflexiones metafísicas y creó ese azul intenso, ultramarino saturado, que lleva su nombre y produce, a la vez, inquietud y calma.

     

    Si a los treinta años Kandinsky decide dar un vuelco a su vida para abocarse a la pintura, Klein, para festejar su cumpleaños número treinta, decide encerrarse en la galería parisina de Iris Clert y pintar, durante días, las paredes de un blanco impoluto. Dispuesto en ese espacio, solo, abrió las puertas de la galería e inauguró la exposición. Era una nueva instancia de la obra de arte inmaterial. Y, para el espectador, era tal vez, un salto al vacío incomprensible. ¿Es una broma?, se preguntaban los asistentes a esa muestra. Nada de eso. Klein era distinto. La obra –la experiencia– penetraba en el espectador, y esa reflexión lo llevó a crear sus “zonas pictóricas inmateriales”, que vendía en una especie de ritual y a cambio de lingotes de oro de 160 gramos que eran tirados, a su vez, al mar o al río para que volvieran al lugar de donde salieron: la naturaleza. Un acto de comunión con el universo. Michael Blankfort, el coleccionista que adquirió una de esas zonas de arte inmaterial frente al Sena, en París, aquel febrero de 1962, entendió tiempo después que había sido una de las experiencias más radicales de su vida como coleccionista. Klein había logrado convencerlo del sentido y la importancia de lo que estaban haciendo. Lo inmaterial, planteaba el artista, no se puede vender y a su vez puede existir en cualquier parte del mundo: uno lo llevará para siempre. “Lo inmaterial es lo único esencial”, decía Klein. “¿No sería el futuro artista aquel que expresara mediante un eterno silencio un inmenso cuadro sin dimensión?”, es la pregunta que el mismo Klein formula en el Manifiesto del Chelsea Hotel, de 1961, para esbozar lo que sería el arte conceptual. En una civilización materialista como la nuestra, los conceptos de Klein suenan románticos, lugares comunes propios de centros de yoga o escuchados en viajes místicos a Oriente. Más allá del cinismo, frente a las obras monocromas de Yves Klein, frente a sus bosques de esponjas azules y sus cosmogonías, inmerso en los veinte minutos de silencio de su sinfonía monótona, el espectador se enfrenta al vínculo entre el espíritu y la materia: una energía que se convierte en estética.

    Yves Klein. Retrospectiva
    Hasta el 31 de julio en Fundación Proa (Av. Pedro de Mendoza 1929, CABA), de martes a domingos, de 11 a 19.

    proa.org

    Imagen arriba:
    Victoria de Samotracia, pigmento puro y resina sintética sobre yeso con paena de piedra. ©  Succession Yves Klein, ADAGP, París / SAVA, Buenos Aires, 2017.



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  • Título: Yves Klein en La Boca: azul qued
    Autor: Ana Martinez Quijano
    Fecha: 18/04/2017
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    LA FUNDACIÓN PROA EXHIBE UNA MUESTRA DEL SINGULAR ARTISTA FRANCÉS, QUE SE ESPECIALIZÓ EN LA PINTURA MONOCROMÁTICA

    Con la muestra "Yves Klein. Retrospectiva" llegada desde París y curada por Daniel Maquay, la Fundación Proa de La Boca atrae en estos días un público numeroso. Klein dejó una huella en la historia del arte, pero su obra hay que verla: la cualidad que la vuelve inconfundible no se aprecia en las reproducciones. Oscar Wilde aseguraba: "Mirar una cosa es muy diferente que ver una cosa. Uno no ve nada hasta que uno ve su belleza. Sólo entonces existe". En 1955 Klein expuso su primer monocromo color naranja plomo y el jurado rechazó el cuadro: un solo color resultaba poco. El artista inició entonces la extensa búsqueda de pigmentos y procesos técnicos del azul, "lo invisible tornándose visible", señaló. Entretanto, experimentó con una tonalidad de rosa descubierto en Italia y también con el dorado.

    Con su misteriosa energía, el potente efecto luminoso del azul ultramar intenso de Klein hoy reverbera ante nuestros ojos. Si bien ha transcurrido más de media centuria desde su invención y, aunque en la muestra figuran varias reproducciones póstumas de las obras, la irradiación del color llamado International Klein Blue, permanece. El artista comenzó a utilizar el pigmento puro y a aplicarlo sobre distintos soportes con un procedimiento químico y un pegamento especial. Al descubrir la fórmula y la intensidad del fenómeno visual monocromático, Klein pensó en las posibilidades estéticas de su experimento. Y se preguntó a sí mismo: "¿Por qué no?". Así surgieron los monocromos, un arte estrechamente ligado a lo inefable, lo que no se puede traducir en palabras. "Ese azul me aspiraba literalmente, me sumergí totalmente en ese color", cuenta en el prólogo del extenso catálogo de Proa, Rotraut, la mujer de Klein.

    Setenta obras y alrededor de 100 documentos de los Archivos Yves Klein, revelan gran parte de la breve vida (1928- 1962) y los siete intensos años de trayectoria. El artista se adelantó a su tiempo con sus tempranas performances, prenunció el minimalismo y el arte conceptual, además de demostrar su capacidad para movilizar la sensibilidad del espectador.

    Klein no fue el primero que declaró su amor por el color azul. Chagall ya le había rogado a Dios: "Hazme azul". El gran cuestionamiento de Klein era "¿qué había de visible en lo absoluto?" y los monocromos le brindaron respuesta. Luego, con cierta inocencia confesó: "La monocromía me embriaga [...] creo que sólo vivo la auténtica vida plástica a través de la monocromía. Aquí estoy: ¡soy yo mismo! ¡Desde que pinto en monocromo soy feliz por primera vez!" 

    En la galería Colette Allendy, de París, Klein espolvoreó el pigmento puro sobre el piso, en otra sala presentó llamas azules y, en otra, objetos impregnados de azul ultramar: sus rodillos, esponjas y esculturas. Esa noche mil globos ascendieron hasta el cielo y de este modo el arte se transformó en espectáculo. En 1960 Klein exacerbó la teatralidad con sus "Antropometrías", convirtió el Instituto de Arte Contemporáneo en un escenario y utilizó un grupo de mujeres desnudas como "pinceles vivientes". Los cuerpos íntegramente embadurnados con pintura color azul, presionaban y desplazaban sus formas sobre telas y papeles hasta estamparlas. Klein dirigía la acción y un conjunto de cámara: nueve violines que simultáneamente interpretaban la sinfonía "Monocorde". Las pinturas de estas acciones se exhiben en Proa. La influencia de Klein se advierte de inmediato en el arte actual. El artista hizo imprimir sus "Cheques de lo inmaterial", unos certificados de la venta de "sensibilidad" artística que los clientes de la galería podían pagar con oro puro. Los trámites de adquisición se asemejan a los acuerdos con los clientes del artista contemporáneo alemán, Tino Sehgal. El mismo humor los inspira.
    Como cualquier artista mediático de nuestros días, Klein realizó sus cuadros con lanzallamas frente a las cámaras de TV y escoltado por los bomberos. Para superarlo, el español Santiago Sierra hace pintar sus cuadros por un hombre lanzallamas. En un cubículo de Proa se escucha la voz cálida de Yves Klein. Con el simple recurso de proyectar sobre la pared un muy elocuente retrato que mira fijo al espectador mientras corren los textos de la traducción, el observador se interna en el quehacer de un artista cuando con honestidad reflexiona sobre la posibilidad de estar satisfecho, o la importancia de pensar y dar un paso hacia adelante en busca de la perfección. Finalmente, la experiencia sensual de los monocromos acorta la distancia con el espectador, permite establecer una comunicación directa con la obra, el color es un despertador natural de la percepción y la capacidad sensitiva.


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  • Título: ADRIANA ROSENBERG EN ENTREVISTA CON EL CURADOR DE LA RETROSPECTIVA DE YVES KLEIN EN ARGENTINA
    Autor: Adriana Rosenberg
    Fecha: 12/04/2017
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    A finales de 1988, Pierre Restany hizo su último viaje a Argentina y, en la comida donde se despidió de Jorge Romero Brest, juntos recordaron a los artistas que admiraban. Fue el último acto de una larga relación en el que repasaron las infinitas exposiciones y momentos que habían compartido. Yves Klein era admirado por ambos, pero cada uno tenía sus preferencias: Romero Brest consideraba que la invención del color Blue le garantizaba a Klein un lugar privilegiado en la historia del arte del siglo XX, mientras que Restany rescataba la inmaterialidad, el vacío, y las performances del artista. Una admiración genuina y compartida que les permitía demorar el adiós.

    La participación directa de Restany en algunas muestras de Yves Klein y su contacto personal con el artista quedaron plasmados en su libro La otra cara del arte. Fueron Romero Brest y aquella publicación de Restany quienes me mostraron la importancia de los “nuevos realistas”, del diálogo entre París y Nueva York, y de la obra de Klein. Hoy, casi tres décadas después de aquella despedida, y tras muchos años de pensar junto a Daniel Moquay la posibilidad de presentar la obra de Klein en Argentina y hacerla itinerar por Sudamérica, Fundación Proa inaugura con enorme ilusión y pasión esta gran retrospectiva de uno de los artistas más sobresalientes del pasado siglo, cuya influencia sigue siendo enorme en las prácticas artísticas contemporáneas.

    La obra de Klein exige una gran puesta, y es así que a través de setenta y seis obras y más de cien documentos, el visitante podrá recorrer la sucinta pero excepcional producción de Klein: la invención del color, los albores de la performance, las “antropometrías”, los monocromos, el Dimanche con su salto al vacío, su bosque de esponjas, videos, y el enorme enigma que siempre se presenta cuando estamos frente a la obra de arte.

    En uno de los textos contenidos en el catálogo y que actualizan la importancia de Klein, Denys Riout escribe: “Después de haber inmaterializado el azul, después de haber superado la problemática del arte, ¿se puede ir más lejos? Sin duda no, pero ir a otra parte, sí, con seguridad. Y eso es precisamente lo que hizo Klein. Paralelamente al eje monocromía/sensibilidad pictórica inmaterial, no deja jamás de explorar otros caminos, conquistar dominios hasta ahora desconocidos e inventar territorios posibles”. Por su parte, para Klaus Ottmann, la importancia de Klein puede resumirse con una única afirmación: “Haber reimaginado el rol del arte en la sociedad del modo más radical, un modo que no se queda corto en honrar su promesa utópica, aun si eso significara el fin del arte mismo”.

    Este volumen también reúne una serie de textos históricos y las repercusiones que tuvo en la prensa y en el sistema del arte cada una de las exhibiciones de Klein. Y son sus escritos, publicados aquí en español, los que apoyan su visión trascendente del arte y muestran la multiplicidad no solo de su voraz personalidad, sino de su energía para trascender. Una exhaustiva cronología sobre su vida, un apartado especial en las que se reproducen la totalidad de las obras exhibidas, cierran este catálogo con las cariñosas y profundas palabras de Routreau Klein Moquay, quien fuera esposa del artista.

    La exhibición Yves Klein en Fundación Proa llega acompañada de un extenso programa de actividades: un concierto donde se interpretará la Sinfonía Monótona, un coloquio internacional, un desfile de los jóvenes estudiantes de la carrera de Diseño de Indumentaria de la Universidad de Buenos Aires inspirado en la obra del Klein, y una serie de performances dedicadas al artista.

    La riqueza de episodios y anécdotas con las que Daniel Moquay, el curador de esta exposición, relata su relación con Klein merece esta pequeña entrevista donde su palabra pueda tomar ese espacio.

     

    Adriana Rosenberg: ¿Cómo es tu encuentro con la obra de Yves Klein?

    Daniel Moquay: Mi encuentro con la obra de Yves ha sido en 1968. Es el momento en que conozco a Rotraut, su viuda, quien estaba organizando una retrospectiva en Dinamarca, en el Museo Louisiana, donde por primera vez se exponía un conjunto de obras. Fue una exposición fenomenal, el museo también es magnífico. Allí también me encontré con otras personas que conocían bien la obra de Yves Klein como el galerista Iolas, uno de los mejores galeristas del mundo del arte en ese momento.

    Al volver, Rotraut me mostró unas cajas de cartón llenas de papeles, literatura y de páginas escritas por Yves que nadie había leído. Allí estaban todos sus escritos. Desde el fallecimiento de Yves, Rotraut no había tenido oportunidad de ver todo el material que él había dejado. Pasé varios meses leyendo esos escritos en la misma habitación donde Yves realizó su obra. Viví meses tratando de clasificar todo. Había muchas páginas que parecían decir lo mismo una y otra vez pero en realidad no decían exactamente lo mismo. Yves escribía y reescribía sus textos. Me encontré, por ejemplo, con ocho páginas que parecían la misma, ¡pero que no lo eran!. El material que Yves dejó es inmenso. Durante 4 o 5 meses leí y estudié todo lo que fui encontrando; y así entré en la parte más íntima de Yves Klein… y me fascinó. Yo era un novicio y estaba descubriendo un universo increíble; me enamoré de ese universo y de la personalidad de Yves que me parecía extremadamente interesante.

    AR: Este material conforma el actual Archivo Yves Klein. ¿Cuándo y cómo surgió? ¿Y cuáles son sus objetivos futuros?

    DM: El archivo Yves Klein se estableció hace más o menos 25 años. Antes estuvimos organizando muestras e, incluso, produjimos algunos libros, pero no teníamos la posibilidad de tener una estructura como la que representa hoy el archivo. Al principio, yo trabajaba solo. Luego tuvimos una colaboradora, pero todo se hacía de manera muy artesanal. Desde ese entonces hasta hoy, la celebridad de la obra de Yves ha cambiado mucho, también el mercado del arte. He organizado más de 50 exposiciones en el mundo entero. Estuvimos en la XX Bienal de San Pablo, Brasil, en 1989, realizamos exposiciones en casi todos los países de Europa, por supuesto, muchísimas en Alemania, en Japón, en fin… Ahora estamos preparando la gira en América Latina, pero luego iremos al norte de Europa, e incluso a Rusia. En este momento estamos planeando una exposición Yves Klein – Gunther Uecker – Lee Ufan que irá a 5 o 6 museos de Asia donde hay un gran interés por el arte de post-guerra. También colaboramos mucho con museos; de hecho, constato que cada vez hay más personas e instituciones que se interesan por la obra de Yves Klein, quien ha sido seguramente uno de los pioneros del arte contemporáneo de la segunda mitad del siglo XX. El caso es que hoy en día los archivos están trabajando intensamente. Somos un equipo de siete personas dedicados a la obra de Yves; como sabemos, el mundo se ha vuelto más pequeño y comienza a ser difícil responder a todas las demandas.

    El objetivo ineludible es el de añadir al catálogo razonado lo que hemos descubierto en más de 50 años de ejercicio e investigación. A la fecha, el único catálogo razonado existente — publicado en 1969— no está actualizado. Nuestro deber es hacer público todo la que sabemos sobre la obra de Yves.

    AR: ¿Y la colección de obras de Klein?

    DM: La colección de Klein está constituida por las obras que quedaron en manos de Rotraut en el momento de su repentina muerte. Yves siempre había dicho que todo lo que él hacía pertenecía a Rotraut. Lo que ella tiene hoy es un fondo histórico, que ha ayudado a desarrollar gracias a su labor para que se reconozca como una de las mayores expresiones artísticas de la segunda mitad del siglo XX, y que se considere una obra mayor.

     

    AR: ¿En qué radica a tu parecer la actualidad de su obra?

    DM: Es interesante comprender que los mejores defensores de la obra de Yves Klein son los propios artistas. Son sus primeros admiradores y aquellos que reconocen perfectamente el alcance de su obra. Yves es un gran creador que, en muy pocos años, ha dejado una producción que no se agota ni se repite, una obra que seguimos descubriendo aún hoy. Actualmente comienza a revelarse cómo su trabajo ha cambiado la forma de pensar el arte. Es difícil darse cuenta cómo era la escena de los años 50, luego del final de la Segunda Guerra Mundial. Estoy convencido que gracias a su obra hay más espiritualidad y más libertad en el mundo.

    Comenzamos a diseñar esta exhibición hace varios años y para Proa es un orgullo poder inaugurar Yves Klein. Retrospectiva. Acordamos la necesidad de presentar todo el conjunto de obras, como fue la selección para su gira Sudamericana.

    La exposición en PROA —que irá a México y a Brasil— recorre prácticamente toda la producción de Klein. Toma como punto de partida la doble exposición Pinturas monocromas que Yves realizó en 1957 en las galerías de Iris Clert y Colette Allendy. El recorrido por las diversos núcleos hasta sus últimas obras permitirá conocer estas nuevas perspectivas y formas de ver el mundo, y dejar constancia de cómo artistas como Lucio Fontana e Yves han sido capaces de confrontar la escena artística de los años 60, que está monopolizada por los artistas americanos. También creemos que cumpliremos con la demanda de una generación de artistas que han oído hablar del trabajo de Yves pero no conocen su obra.

    AR: Recorramos juntos algunos puntos de su trabajo presente hoy en Proa…

    DM: Pienso que Yves Klein se planteó desde el comienzo una mirada muy amplia de lo que era una obra. Durante toda su vida, utilizó todos los instrumentos, todas las cosas que le habían servido para hacer obra, pensándolos como obra en sí mismos; ya sea el pincel, el rodillo o el plato donde mezclaba los colores. Él consideraba absolutamente todos los instrumentos que había utilizado como una obra en sí. Tanto sus escritos, como incluso todo lo que tocaba, estaban dotados de un valor máximo para Yves. Era una persona muy atenta a todo a su alrededor. Para él, el entorno que posibilitaba la obra era factible de ser obra. En el periódico Dimanche [Domingo, 1960], por ejemplo, todos los artículos fueron escritos por él y cada uno era considerado, también, como obra de arte al mismo nivel que un monocromo.

    En un comienzo, Yves pintaba a partir de modelos, dentro de la tradición académica de la pintura. Él pintaba monocromos azules por lo que las modelos se extrañaban de ver cómo hacía un mundo de color, pero no hallaban absolutamente nada que representara la persona o el cuerpo. Yves solía decir: para crear yo necesito un ambiente. Un día pensó que era necesario hacer más explícita la participación de las modelos en la obra. En vez de dejarla como una especie de objeto ella empieza a ser protagonista.

    Es así que la modelo pasa de ser representada dentro de una tela a dejar su propia huella en ella. La idea surgió de una de sus modelos. Frente al monocromo, propuso: “¿No sería mejor si hacemos nosotras el cuadro? ¿Por qué no participamos directamente?”. Así es como Yves empezó a hacer huellas. Las primeras fueron estáticas y luego incursionó en el movimiento. Era la unión de la sensibilidad del cuerpo y de la emoción de las modelos y el artista. Sería interesante que se pudieran leer las entrevistas con las modelos. Era un mundo ajeno en el que ellas se sentían bien. Él se dio cuenta que había que mostrar cómo se hacían estas cosas. Yves siempre pensó las Antropometrías como obra colectiva. Esa obra colectiva rememoraba otros tiempos, un tiempo lejano. En ese momento Yves resucita, o, mejor dicho, crea un lazo con el arte parietal treinta mil años después.

     

    AR: ¿Cómo llega a realizar las obras de fuego?

    DM: El fuego… Siempre he pensado que Yves Klein era una suerte de Prometeo que ha dado a la humanidad otra forma de mirar al fuego, conocimiento que ha cambiado la forma de ser y de pensar. Otra vez quiso registrar todo esto. Hizo un film donde se ve todo lo que hizo e intentó convencer al público que las obras de fuego eran la huella de la personalidad del ser humano. Yves Klein era una persona muy espiritual y los cuadros de fuego tienen este mensaje. La unión de los modelos y el fuego son obras excepcionales.

    También incursiona en la música, en la Sinfonía-monótonasilencio; un silencio prolongado es gran parte de la obra y se presenta en PROA.

    AR: Qué nos puede decir sobre ese silencio, que algunos postulan anterior a John Cage…

    DM: ¡No es una competición! La última representación se realizó hace unos meses en San Francisco y fue verdaderamente fantástica. El director que estuvo a cargo fue el mismo que trabajó con John Cage. Todo lo que estamos haciendo, ya sea firmado por John Cage o por Yves Klein, se llama música.

     



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  • Título: Yves Klein: el hombre de azul en PROA
    Autor: Beln Papa Orfano
    Fecha: 01/04/2017
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    Fundación PROA exhibe la primera retrospectiva del artista francés que fue precursor del happening, adelantado al arte conceptual y creador de su propio color, el denominado Azul Klein.

    Precursor del happening, adelantado al arte conceptual y creador de su propio color, el denominado Azul Klein. Yves Klein (1928-1962) fue mucho en poco tiempo. Su carrera de apenas siete años los convirtió en un artista de trascendencia internacional y vigencia actual cuya obra aún se presta a interpretaciones. En Fundación PROA se exhibe “Yves Klein. Retrospectiva”, la primera muestra del francés en Argentina con el que la institución abre su calendario de exhibiciones.

    “Sabemos que no se conoce Klein en Argentina por eso la muestra es muy didáctica”, cuenta a la prensa Daniel Moquay, curador y pareja de la viuda de Klein. Para responder a ese mandato la exhibición abre con una importante línea de tiempo donde se destacan su infancia en la localidad francesa de Niza, sus padres artistas y su paso por el judo. Ese deporte lo llevó a viajar por toda Europa y Japón a la par que se interesaba por los procesos creativos y la espiritualidad.

    Mientras se destaca en la disciplina –alcanza el cuarto dan en Judo- consigue trabajos que lo acercan a la creatividad y se familiariza con técnicas que luego aplicará a sus obras. A mediados de la década del 50 inicia su carrera artística formal con una serie de monocromas, obras rectangulares pintadas de un único color. Las hará en naranja, amarillo, verde, rosa y, por supuesto, en azul marino, el color que luego se convertiría en sinónimo de su nombre.

    En la sala dos de PROA cuelgan trabajos de esa época. “Una obra de pintura empieza con dos colores –dice Moquay- pero acá hay un color nada más”. “En vez de ser un cuadro con varios colores el ha escogido que los colores se dispusieran así (y apunta a las obras colgadas en la pared). Luego se da cuenta que tiene que elegir un color solo, y elige el azul”, relata.

    International Klein Blue (IKB) es el nombre oficial del azul ultramarino saturado que adoptó para su carrera artística. Lo creo experimentando con materiales, algunos tóxicos, que a partir del uso constante habrían deteriorado rápidamente su salud, según el curador.  En 1957 presenta una serie de obras que anticiparán sus futuros trabajos: esculturas hechas mediante la técnica del dorado a la hoja, biombos azules, tinas llenas de pigmento puro, todas exhibidas en PROA.

    En 1958 le encargan ambientar el nuevo edificio de la Ópera de Gelsenkirchen para el que realiza seis paneles de tamaño monumental recubiertos en esponjas impregnadas de IKB. Finalizada la ambientación – el curador Daniel Moquay estima que su salud se podría haber debilitado fuertemente en esta época por contacto con pigmentos tóxicos - continúa trabajando con esponjas, un material del que rescata su potencia sensible, y crea la serie Esculturas Esponjas.  

    En los siete años que duró su carrera se aventuró también en el happening y el naciente arte conceptual. De uno de sus atrevimientos nacieron las “Antropometrías de la época azul” (1960), la performance en la que un grupo de músicos ejecutan una sinfonía monótona mientras tres modelos desnudas se untan pintura azul en el cuerpo y estampan sus huellas corporales sobre papeles blancos. Klein transforma a las modelos en pinceles mientras como un director de orquesta da órdenes de espalda a una audiencia vestida de etiqueta. El registro del evento puede verse tanto en PROA como en las numerosas publicaciones en Youtube.

    Seguirá trabajando con la técnica de las “Antropometrías” y las huellas estáticas se volverán dinámicas a medida que agita a sus modelos de un lado a otro del papel, el soporte que le queda más cómodo para su experimentación. A esta altura el azul ya inunda toda su producción.  

    Klein tuvo una corta etapa de producción artística, pero suficiente para erguirse como punto de partida para el arte conceptual, el minimal art y el pop art de las décadas siguientes. Con sus obras cambió el foco perceptual del objeto material hacia la sensibilidad espiritual expresada, por ejemplo, en el color. El 6 de junio de 1962, a los 34 años, muere tras varios infartos en su casa de París.

    “Yves Klein. Retrospectiva” puede verse en Fundación PROA, Av. Don Pedro de Mendoza 1929, hasta el 31 de julio.



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  • Título: Yves Klein en Proa. Meditaciones de una visitante
    Autor: Silvia Di Segni
    Fecha: 29/03/2017
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    Quiero dejar en claro desde el comienzo que me resulta muy difícil ver una muestra con tal placer por el derroche en estos momentos del país y de buena parte del mundo. O en cualquier momento del país y del mundo. Aclarar también que solamente puedo aportar las sensaciones y las ideas que me surgen como alguien que disfruta el arte y transita galerías y museos. En ese marco, me queda clara la creatividad de Yves Klein que se manifestó desde joven diseñando su propia ropa (1), como performer creador del “Teatro del vacío” y el “Diario de un solo día”; como artista obsesionado por valorar al color por sí mismo.


     

    Klein nació el mismo año que Andy Warhol y quizás los una el enorme esfuerzo por hacerse conocer. Pero el consumismo y la frivolidad que se le criticaron a Warhol no ocultan sus planteos políticos y su registro de época. En este sentido, Klein resulta impermeable. A pesar, o quizás por, haber vivido los coletazos de la Gran Depresión de 1929 y el terrible impacto de la Segunda Destrucción de Europa durante su niñez y su adolescencia así como las consecuencias económicas que seguramente se manifestaban en Francia durante buena parte de su vida en la obra de Klein no hay contexto, de algún modo se ubica en el más profundo azul del espacio. Y ése, probablemente, haya sido su objetivo. Klein quiso adueñarse del cielo, de su azul. Y lo logró. El International Klein Blue (IKB) será una hermosa combinación de pigmentos registrada a su nombre el 19 de mayo de 1960.

    El Azul Klein aparece en escena en Proa de manera grandiosa: una suerte de piscina/cielo llena de pigmento (2) sobre la cual el suave movimiento de un péndulo de Foucault, del mismo color, nos recuerda la deriva de nuestro planeta. Diversos objetos serán bendecidos con “su” color: una pequeñísima Victoria de Samotracia, un torso de Venus (3), corales y esponjas marinas (4) y, también, un calco de la cabeza y el torso de su amigo Arman (5).







    Según una versión, ese pigmento sería bastante tóxico y acabaría, muy tempranamente, con la vida de su dueño quien sería llamado por sus críticos, Klein el Monocromo.

    A Klein no le será suficiente pintar de azul con sus manos, también usará a mujeres como “pinceles”. En la performance “Celebración de una nueva era antropométrica” dos mujeres se revuelcan desnudas en IKB ante un Klein vestido de smoking. El público escucha a una orquesta en vivo mientras las “pinceles” apoyan su cuerpo sobre grandes papeles desplegados, siguiendo expresas indicaciones del artista (6).




    Pero vayamos al derroche que aparece, en particular, con el oro. Lo usa con generosidad en fondos como el del calco de Arman y lo deifica en “El silencio es oro” donde sólo aparece este material. El pico de derroche aparece en una serie de performances en que lo tira al Sena. Klein se propone transferir las que llama “Zonas de sensibilidad pictórica inmaterial” a quienes quieran adquirilas y crea reglas para realizar esas transferencias.

    Las zonas podrán ser, por ejemplo, una vista del Sena. El comprador deberá pagar con una cantidad de lingotes de oro fino y recibirá a cambio un elegante recibo que deberá quemar solemnemente, quedando sus datos en el talonario del carnet de recibos (7). La mitad del oro pagado será para Klein, la otra mitad será tirada al río, al mar o cualquier otro lugar donde no pueda ser recuperado (8). A partir de ese momento la zona de sensibilidad pictórica pertenecerá a quien la compre. Me cuesta mucho pensar que el gran escritor Dino Buzzati haya sido uno de esos compradores (9).

    Y vuelvo a las mujeres. Klein no solamente las utilizó como” pinceles”. Decidió pintar con fuego diversos cuadros sobre un cartón especial muy resistente al fuego. En algunos de ellos tomó a una mujer desnuda y contorneó su cuerpo con un soplete. (10). El rechazo que me produce hoy esta idea me hace muy difícil acercarme a esas obras.

    Me pregunto qué impactará más de esta muestra: el maravilloso azul, la creatividad, la misoginia o el enorme esfuerzo por llamar la atención a cualquier precio.



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  • Título: Crear un color que una el cielo con el mar
    Autor: Laura Isola
    Fecha: 27/03/2017
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    Hasta el 31 de julio puede visitarse en Fundación Proa la primera gran muestra a nivel continental de Yves Klein, el notable artista francés que reinventó el color azul.

    A los 19 años Ives Klein comenzó a pintar. Había nacido en Niza en 1928, estudiado en la Escuela Nacional de Marina Mercante y en la Escuela Nacional de Estudios Orientales. Practicaba judo y quizá haya sido ésta su gran pasión y por lo que, tal vez, haya querido pasar a la posteridad. Sin embargo, tomó otras decisiones en su vida. Sobre todo, cuando, al volver de Japón después de haber obtenido un certificado de esta práctica, se encontró que no era reconocido por la Asociación Internacional de Judo de Francia. Ahí pensó que debía intentar como pintor. La  primera determinación y más ajustada con respecto al mundo del arte fue reclamar como suyo el cielo. Eso fue a los 20 años y si sabemos que murió a los 34, en París en 1962, de un ataque al corazón, probablemente por el consumo de anfetaminas, debemos estar preparados para que lo que vendrá en los apuradísimos 14 años sea algo contundente.

    Era amigo de Arman Fernández y Claude Pascal y un día en la playa del sur de Francia se dividieron el mundo: para Arman quedó la Tierra; Pascal se haría cargo de las palabras y Klein se quedó con el espacio aéreo. Como marca de autor, firmó imaginariamente en un borde del firmamento. Como una especie de Anaxímenes, el filósofo presocrático que consideraba que el principio y el fin de las cosas es el aire, pero post Dadá, es decir, con la dificultad de llevar algo más allá del más allá de la vanguardia, Klein consideró que ese azul del cielo que emergía del horizonte no era lo suficientemente azul. Que, desafiando a la Madre Naturaleza muy respetada en temas artísticos, había que darle un nuevo tono. El que patentó como IKB, International Klein Blue, según la sigla en inglés.

    Ives Klein se veía a sí mismo como un conquistador del espíritu, como un arquitecto de las almas, como un chamán. “Pienso que soy un genio”, escribió en su diario en 1955, un tiempo antes de empezar a pintar con la asistencia de su novia Bernardette Allain en la cocina de la casa de sus padres por falta de plata para alquilar algo un poco más grande.

     Si el cielo no fue el límite,  porqué habría de serlo el cuerpo del otro. Klein vuelve a pensar esa relación clásica entre el artista y el modelo vivo. Que está desnudo frente a la mirada del pintor o del escultor, que se lo obliga a quedarse quieto para copiarlo. Ives Klein y sus “pinceles vivientes”: cuerpos de mujeres que el artista francés embadurnaba, en los inicios de los 60, con su azul inventado hacía poco mientras tocaba La Sinfonía monótona que había compuesto a fines de los años 40 y consistía, justamente, en una sola nota durante 20 minutos a los que le seguían 20 de silencio. Esas Antropomorfías, así se llama la serie, extremaron la transacción y produjeron un quiebre en la manera que el arte se piensa (y produce) a sí mismo. Por lo pronto, se anticiparon a varias formas de acciones y performances que se dieron en los siguientes años.

    Mientras pienso que él se creía un genio, algunos lo veían como un charlatán, un narcisista y megalómano. The Void (1958), la famosísima sala vacía que convocó a mucha gente y sus proyectos de arte inmaterial, pudo haber alentado a algunos en estos pensamientos. Todos los que lo conocieron y trabajaron con él corroboran la frase del diario personal.

    Miro por una de las ventanas de Fundación Proa, donde la retrospectiva de Ives Klein toma lugar. Creo ver que el cielo se ha vuelto, exactamente, de ese azul style, porque adentro están los cuadros del hombre que ya lo inventó. Mientras tanto recuerdo su frase: “Al principio no hay nada, luego hay un profundo vacío y después de eso una profundidad azul”.

     

    Ives Klein. Retrospectiva

    Fundación Proa

    Avda. Pedro de Mendoza 1929

    De martes a domingos de 11 a 19


     


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  • Título: Yves Klein y la revolucin azul
    Autor: Mercedes Prez Bergliaffa
    Fecha: 23/03/2017
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    Sus monocromías y performances hicieron temblar el arte en la posguerra europea. Llegan a La Boca sus obras más emblemáticas.

    Dejar mi marca más allá, ¡lo hice cuando era un niño…! Mis manos y pies hundidos en pintura y luego apoyados sobre una superficie. Y allí estaba, cara a cara con mi propia psiquis (…) Luego perdí la infancia... Igual que cualquier otra persona. Repitiendo ese pequeño juego durante mi adolescencia encontré muy rápido la nada. Pero no me gustaba la nada, y entonces llegué a conocer el vacío, el vacío profundo, ¡el azul profundo!”. El artista francés Yves Klein escribía en La verdad deviene realidad uno de sus textos reveladores. Visto en retrospectiva, el escrito funcionó como un índice de sus posteriores búsquedas: indagaciones estéticas acerca de la naturaleza monocromática de la pintura (como pigmento y como materia, como símbolo y como construcción cultural e histórica), acerca del arte conceptual y del arte de acción. La búsqueda vital y profesional de Klein podría resumirse en torno a tres variables que fueron adquiriendo modos diversos a lo largo de su vida: sus indagaciones acerca de la espiritualidad, a través de diversas religiones y sectas; el ejercicio del judo como ritual de exigencia cotidiano; el monocromo para la manifestación de sus problemas e inquietudes acerca de la noción de “inmaterial”.

    Esa búsqueda podrá verse a partir de hoy en Yves Klein. Retrospectiva, en el espacio de la Fundación Proa. Allí se exhiben sus Cosmogonías (obras pintadas al aire libre en las que el artista dejaba que los bastidores sufrieran las consecuencias de estar a la intemperie); las Antropometrías, en las que Klein utilizaba modelos desnudas embadurnadas de pintura tal como si fueran pinceles vivos, gigantes; y sus reconocidas obras monocromas azules. Aun cuando los curadores y otras personas sostengan que lo más importante de la obra de Klein es su trabajo conceptual y sus acciones, a la hora de enfrentarnos con el trabajo del artista, lo que atrae indefectiblemente en él, lo que resulta verdaderamente único, es la calidad matérica, espesa y mate de ese hipnótico y volumétrico color azul que el artista inventó. El público podrá experimentarlo a partir de hoy, en Proa.

    Dueño de una trayectoria poco frecuente –fue apasionado por el judo, interesado por la Orden de los Rosacruces y luego, simplemente, seducido por el concepto de vacío, de lo inmaterial y de lo monocromático–, Klein tiene algo de mito debido a su muerte temprana: si bien la leyenda atribuye su muerte a la toxicidad de las emanaciones provenientes de los químicos que conformaban el International Klein Blue (IKB) –también conocido como el azul Klein, color creado por el artista–, la razón fue un ataque cardíaco (el tercero de tres); quizás el trabajo con los pigmentos tóxicos haya contribuido a que los infartos fueran fatales.
     

    El curador de la muestra y coordinador de los Archivos Yves Klein de París Daniel Moquay –de visita en Buenos Aires para trabajar en la exposición de Proa–, sostuvo una charla con Ñ en la que comenta algunos de los rasgos sobresalientes del artista, sus trabajos y su vida.

    “La obra de Klein es sumamente fácil de comprender”, sostiene, un poco sorpresivamente, Moquay. “No hay ninguna dificultad con ella”.

     

    –¿Cuál fue el inicio de Klein como artista?

    –La carrera de Klein duró sólo 7 años, fue muy corta. Y comenzó en 1955. Antes Klein era prácticamente desconocido. Despuntó de verdad con su exposición de enero del 57 en Italia. Esa muestra fue verdaderamente una revolución. ¡Imaginate! ¡Eran pinturas monocromas y nada más! Además, ¡todas azules! Fue el principio de una gran cosa.

    –¿Por qué son tan importantes sus obras azules?

    –No creo que se trate en absoluto del color sino del monocromo. Del monocromo y del vacío.

     

    –¿Cómo es el uso del monocromo en los trabajos de Klein?

    –En esta exposición sobre la que estábamos hablando, por ejemplo: en la galería había expuestas pinturas monocromas que Klein quería vender a precios distintos. Ante esto las personas se indignaron tanto… Pero Klein explicó que cada una de estas obras tenía una personalidad distinta. Entonces Lucio Fontana –que había sido durante toda su vida muy generoso, y quien era un poco mayor que Klein, con una carrera que funcionaba mejor–, le compró una pieza.

    –¿Fue la única venta que realizó en esa primera muestra “sorpresiva”?

    –No, también había un coleccionista muy conocido en Italia que le dijo al marchand: “No puedo soportar el azul. Para mí no representa nada”. El marchand le dijo: “Bueno, si querés tengo en mi despacho otra obra de Klein, una roja”. El coleccionista le contestó que la compraba. Pero una semana después volvió a aparecer por la galería con el cuadro bajo el brazo, comentándole al galerista: “Mirá, te lo devuelvo, no hay caso. Para mí esto no representa absolutamente nada”. Entonces Fontana compró también esa obra roja.

    –¿Por qué cree que Fontana compró otro trabajo de Klein? ¿Qué cree que le interesaba de él?

    –Bueno, Fontana sabía que Klein no tenía absolutamente ni cinco centavos y que necesitaba dinero para volver a París.

    –Klein practicaba judo de manera muy seria. ¿Cuál era su conexión con este deporte?

    –Klein comenzó a practicar judo en Niza, antes de ir a Japón. Y el judo no es una cuestión de fuerza sino de equilibrio: requiere del gesto de la repetición, repetir una y otra vez el mismo movimiento. El entrenamiento de judo puede demandar repetir la misma acción mil, dos mil veces, hasta que salga exactamente igual, hasta llegar a la forma más idónea necesaria. No es como se ve en la televisión. En el verdadero judo de los japoneses, la base es la perfección de los movimientos. Klein seguía este camino: era un perfeccionista. Esto que aprendió en el judo lo extendió también al arte. Respecto de su práctica, también escribió un libro sobre judo.

    –¿Por qué recurría específicamente a esa santa?

    –Porque había nacido en Niza y esa ciudad está bajo la protección de Santa Rita di Cascia. En Niza también hay una iglesia de Santa Rita, a la que su tía siempre iba.

    Con una vida breve y un accionar prolífico, enérgico, las preguntas de Klein van más allá de lo inmediato. Como él mismo sostenía: “Pintar no es más, para mí, que una función del ojo. Mis trabajos son solamente las cenizas de mi arte”.

    Palabras de un hombre fuera de lo común, que quiso vivir seleccionando solamente lo mejor de sí, en total libertad de cuerpo y mente.

    FICHA
    Yves Klein. Retrospectiva
    Lugar: Proa, Av. Pedro de Mendoza 1929
    ​Fecha: Desde el 18 de marzo hasta el 31 de julio.
    ​Horario: martes a domingos, 11 a 19. 
    Entrada: bono contribución, $50; estudiantes, $30; jubilados, $20; menores de 12, gratis.

     



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  • Título: Inmersin profunda en el azul Klein
    Autor: Fabin Lebenglik
    Fecha: 21/03/2017
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    Se inauguró la muestra de Yves Klein, un artista clave del siglo XX, que murió a los 34 y que sólo pudo dedicarse 7 años profesionalmente al arte, aunque su legado no para de crecer.
     

    es Klein fue uno de los artistas más radicales y visionarios del siglo XX, que con su obra anticipó el happening, el arte conceptual, las performances y el Body Art, entre otras tendencias. 

    La exposición, organizada por la Fundación Proa, los Archivos Yves Klein (AYK) y la Embajada de Francia, con curaduría de Daniel Moquay (director de AYK), incluye 76 obras –y 100 documentos–, desde sus primeros cuadros monocromos. Por supuesto hay también una selección de sus célebre pinturas azules así como de sus experimentos “antropométricos”, que resultaban de cubrir de pintura a mujeres desnudas para que se deslizaran por las telas, utilizándolas como “pinceles vivos”. La exposición presenta además sus esculturas monocromáticas –esponjas, piedras, raíces–, sus cuadros hechos con oro, con fuego y con agua y una serie de films documentales.

    Nació en Niza en 1928 y murió en París, a los 34 años, de un infarto. Su actitud y su corta vida lo vuelven un niño terrible del arte y la cultura, en sentido no sólo simbólico sino también literal. La suya fue “una obra concebida en la pasión, al ritmo de una idea por minuto y construida en siete años de trabajo tenaz”, cuenta la viuda de Yves Klein, Rotraut Klein, casada luego con Daniel Moquay y presente en Buenos Aires para esta exposición de la que participó activamente.

    Los padres de Yves también fueron pintores.

    Klein comenzó a pintar y desarrolló sus primeras teorías sobre la pintura monocromática en 1946. Se dedicó además al judo: viajó a Japón y obtuvo el cinturón negro. En Tokio hizo su primera exposición de pintura monocromática. Del judo Klein rescata para el arte la relación con la filosofía Zen, la unión de cuerpo y mente, la búsqueda del estado de vacío y la práctica continua de la receptividad ante el mundo, tanto como la búsqueda de armonía con la naturaleza. 

    En 1954 Klein publicó un catálogo –que forma parte de los documentos exhibidos en la muestra– con un prólogo mudo de Claude Pascal, en el que sólo hay renglones vacíos como explicación de una larga serie de trabajos monocromáticos. En un gesto inusitado, no se trataba del catálogo de una exposición (de hecho no hubo exposición), sino que el catálogo mismo era la obra.

    En 1955, en París, envió un cuadro monocromático naranja al Salón de Réalités Nouvelles, que fue rechazado por no contener, al menos, otro color. 

    En su búsqueda de pigmentos puros, hacia fines de 1956 descubrió un azul profundo y luminoso que solamente podía fijarse mediante una solución química. 

    Klein siguió la tradición del movimiento romántico, en su búsqueda de valores espirituales absolutos, tomando el color azul como expresión visible de esos valores. Luego patentó la fórmula de su color como “IKB” (International Klein Blue), que aplicaba con rodillos –sin pincel, para que no hubiera huellas del gesto del artista– sobre telas y cuerpos. 

    En una conferencia que dio en 1956 en la Sorbona, dijo que la monocromía pictórica era un intento por despersonalizar y objetivar el color liberándolo de cualquier emoción, para darle cualidad metafísica. El color puro, para Klein, es una puerta de entrada hacia lo inmaterial. Así establece su propia teoría del color, adjudicándole determinadas claves, sentidos y propiedades a cada uno. 

    Klein también se lanzó a la música aleatoria. En 1947 compuso, coherente con su defensa de la monocromía, una “Sinfonía monotonal” –programada ahora como parte de la actividad alrededor de la muestra de Proa–, en la que se alterna una sola nota durante diez minutos, con un silencio de la misma duración.

    Poco después consiguió buena repercusión con su muestra L’Epoca Blu, en una galería de Milán, seguida de grandes exhibiciones en París, Düsseldorf y Londres. El paso siguiente fue cubrir con su IKB varios objetos: esponjas, piedras, ramas. Comenzó a demostrar más interés en el componente inmaterial de la pintura y la energía espiritual pura. Una de las muestras más radicales en este sentido fue la muestra parisina “Exposición del vacío”, de 1958, en que vació el espacio de la galería de todos los objetos (salvo de una vitrina) y pintó la sala completa de blanco. Klein se refirió a esa experiencia como un happening artístico en el que el objeto exhibido era intangible e invisible, en sentido estricto, con lo cual transformar la inmaterialidad se volvía un acontecimiento. 

    Entre sus conceptos de “vacío” y del “período azul”, Klein ideó las “Antropometrías”, que consistían en impresiones corporales obtenidas por los movimientos sobre telas y papeles de mujeres desnudas pintadas con pigmento puro. Para Klein el cuerpo es la expresión más concentrada de energía vital.

    A pesar de que algunos críticos consideraron que Klein generaba más interés en sus acciones, actitudes y presentaciones que en sus obras, el repaso por esta retrospectiva permite apreciar el efecto hipnótico de su obra, la naturaleza casi fisiológica de su trabajo sobre la retina.

    Klein enfurecía al mercado del arte cuando realizaba series de cuadros azules idénticos y luego los ofrecía a muy diferentes precios, según las cualidades particulares que le atribuyera a cada pintura.

    Artistas como Klein borraron los límites del arte más allá del lugar asignado por la época en que vivió.

    * En la Fundación Proa, Av. Pedro de Mendoza 1929, hasta el 31 de julio.



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  • Título: Yves Klein en AL; antesala de Mxico
    Autor: De la redaccin
    Fecha: 20/03/2017
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    La Fundación Proa de Buenos aires inauguró este fin de semana la retrospectiva del artista conceptual que se exhibirá a partir del 26 de agosto en el Museo Universitario Arte Contemporáneo de la Ciudad de  México

    Por primera vez en Latinoamérica se exhibe la obra de Yves Klein (1928-1976), el creador del “International Klein Blue” (IKB). Color único que encandila la mirada de quien ve las pinturas del artista francés. Se trata de una muestra retrospectiva del precursor del happening quien en apenas siete años produjo mil 500 piezas.

    La muestra se inauguró en la sede de la Fundación Proa en Buenos Aires, Argentina, y es la misma que ocupará el Museo Universitario Arte Contemporáneo del 26 de agosto del 2017 al 18 de enero de 2018. Una revisión de los Archivos Yves Klein, que se encuentran en París, a cargo del investigador Daniel Moquay.

    La retrospectiva inicia con las obras monocromaticas más tempranas como el rectángulo butano Expresión del universo de color naranja plomo (1955). Se exhiben también piezas de la serie Antropometrías, hechas en un sentido literal con el cuerpo de mujeres desnudas; modelos bañadas en el azul Klein que imprimen su figura sobre lienzos blancos. De la serie Cosmogonías, donde la naturaleza se convierte en herramienta, destaca el uso de las llamas de un soplete a manera de pincel, y de estas piezas se exhibe Pinturas de fuego

    También las series de Esculturas Esponjas y las obras en oro, un trabajo de varios años que combina práctica pictórica, espiritualidad y la exploración de un camino hacia lo absoluto. En suma, se presentan más de 70 obras.

    El recorrido se complementa con un centenar de fotografías y documentos que dan testimonio de cómo el artista francés que murió a los 34 años de edad trabajó con un arte inmaterial. Por ejemplo, cuando vendió a cambio de oro sus Zonas de sensibilidad pictórica inmaterial; un vacío que intercambió en una transacción convertida en performance.

    De los compradores destaca el guionista Michael Blankfort, que se reunió con Klein a orillas del Sena. Ante un testigo, el artista le dio un recibo para quemar y el comprador entregó varios lingotes de oro; la mitad de estos los arrojó al río con la idea de que el arte es la tierra y algo debe volver a ella.

    A través de sus obras, Klein cambió el foco de atención: del objeto material hacia una “sensibilidad inmaterial”, y así desafió las nociones sobre el arte conceptual. En alguna ocasión el artista dijo sobre su obra: “Con el color alcanzo un sentimiento de plena identificación con el espacio y estoy completamente liberado. Busco, por sobre todas las cosas, alcanzar en mis creaciones esa ‘transparencia’ en donde reside el permanente y absoluto espíritu liberado”. (Con información de EFE)



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  • Título: Azul Yves Klein sobre Buenos Aires
    Autor: Nerea Gonzlez
    Fecha: 19/03/2017
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    Ver nota original (La Capital, Mar del Plata)

    Atravesadas por la filosofía asiática y por la concepción del arte como algo inmaterial, las obras de Yves Klein (1928-1976), el francés que pintó con el fuego y la lluvia y diseñó su propio azul, se muestran por primera vez en forma de retrospectiva en Sudamérica en una muestra en Buenos Aires.

    Klein era cinturón negro de judo e hijo de padres pintores, pero nunca pensó que acabaría dedicándose al arte. Escribió mucho y defendió que el mundo puede plasmarse con un solo color. Fue precursor del “happening” y murió muy joven, con 34 años.

    Lo mató su tercer infarto en dos meses pero antes, en solo siete años de trabajo, le había dado tiempo a completar las 1.500 obras que lo convirtieron en uno de los mayores exponentes del arte contemporáneo del siglo XX.

    Su carrera es un universo de audacias y desafíos a las nociones preconcebidas tan difícil de condensar en unas pocas líneas como en unas pocas salas de museo. El de la Fundación Proa, ubicado en el barrio de La Boca de Buenos Aires, hace, sin embargo, un buen esfuerzo desde este fin de semana con la primera muestra retrospectiva de este autor que visita Argentina.

    “Es el pibe de azul, teníamos que hacerlo en La Boca”, bromeó durante la presentación de la muestra a la prensa Daniel Moquay, coordinador de los Archivos Yves Klein y curador de la exposición, en referencia a los colores del club de fútbol Boca Juniors y al característico tono que tiñe muchas de las obras del artista francés.

    El International Klein Blue (IKB) contrasta con las paredes blancas del Proa en obras como el Relieve planetario azul de 1961, las esculturas de esponja o el Biombo de cinco paneles (1957), traídas desde París para quedarse en Buenos Aires hasta julio.

    La retrospectiva parte de sus obras monocromas más tempranas, como el rectángulo butano de “Expresión del universo de color naranja plomo” (1955), rechazada en Francia en el certamen del Salon des Réalités Nouvelles cuando la presentó.

    “Una obra empieza con dos colores”, cuenta Moquay que le contestaron a Klein, con gran revuelo en la época. Pero él no retrocedió en sus ideas.

    Su particular forma de representar el cuerpo humano en las “Antropometrías” ocupa otra sección destacada. El artista había viajado a Japón, había alcanzado el nivel de cuarto Dan en judo, y, por ello, el cuerpo tiene un papel fundamental en su producción artística, no solo como modelo sino como herramienta.

    También hay algo de la concepción oriental del mundo en la forma en la que las obras invitan a sentarse delante de ellas, a veces incluso con un banco enfrente, como si fuera un jardín zen.

    En las “Cosmogonías” es la naturaleza la que se convierte en herramienta. Las llamas fueron el pincel en las “Pinturas de fuego” y el aire que soplaba en 1961 fue su coautor cuando ató lo que sería “El viento del viaje” sobre un coche de dos caballos.

    Pero para Moquay, la parte más importante de la carrera de Klein es la que no se puede ver, aunque en la muestra aparezca en forma de fotografías y documentos que dan testimonio de que el francés hizo cruzada por un arte “inmaterial”.

    El francés vendió a cambio de oro sus “Zonas de sensibilidad pictórica inmaterial” (Zone de Sensibilité Picturale Immatérielle), un vacío, una nada, que se intercambiaba mediante una transacción convertida en performance.

    Las compraron coleccionistas como el guionista Michael Blankfort, que se reunió con Klein a orillas del Sena. Ante un testigo, el artista le dio un recibo para quemar y el comprador entregó varios lingotes, de los cuales la mitad fueron a parar al río porque el arte es la tierra y algo debe volver a la tierra.

    “Cuando tú has vivido algo así tienes la experiencia para siempre. Es algo que no puedes venderlo (…) Yo pienso que el valor espiritual es mucho más importante”, argumentó Moquay.

    “El arte quizá lo que te da es otra cosa, algo que te rellena. Lo que decía Yves Klein para mí es una cosa lógica”, continuó el especialista, quien, no obstante, reconoció que es difícil “convencer a la gente” de que él era “sincero” cuando decía que no hacía las cosas por dinero.

    Mientras, a su lado, su esposa, la artista alemana Rotraut Klein Moquay grababa su disertación en el Proa con el móvil. Tiene 87 años y su afán por registrarlo todo es el mismo que le llevó a conservar todo lo que produjo su otro marido, el propio Yves Klein.

    Aún hoy, los dos cuentan que siguen sorprendiéndose cuando el hallazgo de un papel con su letra o el descubrimiento de un detalle que había pasado inadvertido en un cuadro revela una nueva forma en la que Klein desafió sus límites, borrando cada frontera imaginada alguna vez para el arte.

    EFE.



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  • Título: Obra de Yves Klein visitar el MUAC
    Autor: Redaccin y EFE
    Fecha: 19/03/2017
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    Ver nota original (El Universal, Cultura, Mxico)

    La exhibición visita por estos días Buenos Aires y llegará a México en agosto

    Atravesadas por la fillosofía asiática y por la concepción del arte como algo inmaterial, las obras de Yves Klein (1928-1976), el francés que pintó con el fuego y la lluvia y diseñó su propio azul, se muestran por primera vez en forma de retrospectiva en Suramérica en una muestra que visitará México a partir del próximo 26 de agosto y hasta enero de 2018, en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC).

    La exhibición visita por estos días Buenos Aires.

    Klein era cinta negra de judo e hijo de padres pintores, pero nunca pensó que acabaría dedicándose al arte. Escribió mucho y defendió que el mundo puede plasmarse con un solo color. Fue precursor del "happening" y murió muy joven, con 34 años.

    Lo mató su tercer infarto en dos meses pero antes, en solo siete años de trabajo, le había dado tiempo a completar las mil 500 obras que lo convirtieron en uno de los mayores exponentes del arte contemporáneo del siglo XX.

    Su carrera es un universo de audacias y desafíos a las nociones preconcebidas tan difícil de condensar en unas pocas líneas como en unas pocas salas de museo. El de la Fundación Proa, ubicado en el barrio de La Boca de Buenos Aires, hace, sin embargo, un buen esfuerzo desde este n de semana con la primera muestra retrospectiva de este autor que visita Argentina.

    "Es el pibe de azul, teníamos que hacerlo en La Boca", bromeó durante la presentación de la muestra a la prensa Daniel Moquay, coordinador de los Archivos Yves Klein y curador de la exposición, en referencia a los colores del club de fútbol Boca Juniors y al característico tono que tiñe muchas de las obras del artista francés.

    El International Klein Blue (IKB) contrasta con las paredes blancas del Proa en obras como el Relieve planetario azul de 1961, las esculturas de esponja o el Biombo de cinco paneles (1957), traídas desde París para quedarse en Buenos Aires hasta julio.

    La retrospectiva parte de sus obras monocromas más tempranas, como el rectángulo butano de "Expresión del universo de color naranja plomo" (1955), rechazada en Francia en el certamen del Salon des Réalités Nouvelles cuando la presentó.

     

    Su particular forma de representar el cuerpo humano en las "Antropometrías" ocupa otra sección destacada. El artista había viajado a Japón, había alcanzado el nivel de cuarto Dan en judo, y, por ello, el cuerpo tiene un papel fundamental en su producción artística, no solo como modelo sino como herramienta.

    También hay algo de la concepción oriental del mundo en la forma en la que las obras invitan a sentarse delante de ellas, a veces incluso con un banco enfrente, como si fuera un jardín zen.

    En las "Cosmogonías" es la naturaleza la que se convierte en herramienta. Las llamas fueron el pincel en las "Pinturas de fuego" y el aire que soplaba en 1961 fue su coautor cuando ató lo que sería "El viento del viaje" sobre un coche de dos caballos.

    Pero para Moquay, la parte más importante de la carrera de Klein es la que no se puede ver, aunque en la muestra aparezca en forma de fotografías y documentos que dan testimonio de que el francés hizo cruzada por un arte "inmaterial".

    El francés vendió a cambio de oro sus "Zonas de sensibilidad pictórica inmaterial" (Zone de Sensibilité Picturale Immatérielle), un vacío, una nada, que se intercambiaba mediante una transacción convertida en performance.

    Las compraron coleccionistas como el guionista Michael Blankfort, que se reunió con Klein a orillas del Sena. Ante un testigo, el artista le dio un recibo para quemar y el comprador entregó varios lingotes, de los cuales la mitad fueron a parar al río porque el arte es la tierra y algo debe volver a la tierra.

    "Cuando tú has vivido algo así tienes la experiencia para siempre. Es algo que no puedes venderlo (...) Yo pienso que el valor espiritual es mucho más importante", argumentó Moquay.

    "El arte quizá lo que te da es otra cosa, algo que te rellena. Lo que decía Yves Klein para mí es una cosa lógica", continuó el especialista, quien, no obstante, reconoció que es difícil "convencer a la gente" de que él era "sincero" cuando decía que no hacía las cosas por dinero.

    Mientras, a su lado, su esposa, la artista alemana Rotraut Klein Moquay grababa su disertación en el Proa con el móvil. Tiene 87 años y su afán por registrarlo todo es el mismo que le llevó a conservar todo lo que produjo su otro marido, el propio Yves Klein.

    Aún hoy, los dos cuentan que siguen sorprendiéndose cuando el hallazgo de un papel con su letra o el descubrimiento de un detalle que había pasado inadvertido en un cuadro revela una nueva forma en la que Klein desa ó sus límites, borrando cada frontera imaginada alguna vez para el arte.



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  • Título: Ives Klein: azul profundo, sagrado y maldito
    Autor: Mercedes Prez Bergliaffa
    Fecha: 18/03/2017
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    Ver nota original (CLARIN, Cultura)

    Buscó hacer arte inmaterial: vendió aire por oro, que tiró al río. Y creó un color especial, que tal vez lo haya matado.
     

    Mañana inaugura una muestra esperada: Yves Klein. Retrospectiva. Será en la Fundación Proa durante la tarde: 180 trabajos y documentos acerca del famoso artista francés que dejó un impacto en la historia del arte a mediados del siglo XX. Se lo considera uno de los grandes referentes del arte monocromo, es decir, del arte realizado con un solo color. Y él mismo se consideraba así: a veces firmaba sus cuadros como “Yves, le monochrome” (“Yves, el monocromático”).

    Pero a este artista se lo reconoce especialmente por la utilización de un pigmento: el “azul Klein” (“International Klein Blue, IKB), color que registró como propio. Cuando visiten la exposición van a comprobarlo: este azul tiene un peso, una materia, un volumen y densidad especiales. No es un pigmento común sino que posee características casi escultóricas: debido a su fuerte grado de impacto perceptivo.

    En la muestra de Proa este “efecto del azul Klein” ocurre muchas veces, especialmente con la instalación, Pigmento (obra original de 1957 pero reconstruida en 2017): una enorme plataforma o caja conteniendo kilos y más kilos sólo de pigmento azul. Es, literalmente, una montaña de azul. Sobre ella pende una bola también azul, que se balancea de vez en cuando. La imagen es fuerte y probablemente sea la única vez en la vida en que una tenga la posibilidad de ver acumulado en tal cantidad algo tan particular, rico y exquisito como es este pigmento Klein.

    Ya a esta altura podríamos mencionar otro tema que toca a las características de los colores en general y que habría que tener en mente al visitar esta exposición: el fuerte impacto emocional que los colores tienen sobre las personas, al igual que sus atributos como construcción histórica y cultural: el rojo significa una cosa en la Argentina y otra diferente en Beijing; el blanco se relaciona con la maldad en Asia del Este y con la pureza en la América moderna. Todo esto Klein lo vio y utilizó al máximo.

    Pero el artista trabajó a lo largo de su carrera contemplando otro tema que consideró fundamental: el de la inmaterialidad del arte. ¿Qué es esto? ¿Cómo podría un artista crear “inmaterialidad” a través de una obra? ¿Esto no es, en realidad, una contradicción…? Bueno: en 1958 Klein expuso y vendió “zonas pictóricas inmateriales y sensibles”, es decir, fragmentos de (a simple vista) la nada, el vacío: la inmaterialidad. Se trató de un trabajo conceptual (esto significa, un trabajo en donde las ideas son más importantes que la técnica o el resultado). Por eso a Klein también se lo asocia con el arte conceptual.

    Varias veces a lo largo de la muestra de Proa podrán contemplar trabajos que son, en realidad, documentos de acciones, performances, que constituyeron hace años otras obras de arte: ocurre con Zona de sensibilidad pictórica inmaterial (1959), una serie de fotografías que dan cuenta de una acción artística que Klein realizó con una chequera y un grupo de barritas de oro puro. En la obra original, Klein vendía un “espacio vacío” a los coleccionistas de arte, venta que quedaba “notificada” a través de un cheque (por eso está expuesta una chequera en la muestra). A cambio, los coleccionistas le daban a Klein una barrita de oro puro. Si el coleccionista lo quería, el trabajo se completaba cuando éste quemaba el cheque y Klein tiraba al río Sena las barras de oro. Eso fue lo que hizo. Las fotos de la acción pueden verse en Proa.

    El curador de la muestra, Daniel Moquay -quien también es director de los Archivos Klein en París, y está casado con la viuda de Klein, Rotraut Klein-Moquay-, sostiene que Klein fue probablemente el artista monocromo más importante de la historia en el área de Europa. Cuando comenzó a crear sus pinturas monocromas, comentó Moquay a Clarín, no se conocían en ese continente las obras de Kazimir Malevich –histórico artista ruso que quebró la historia con su Cuadrado negro sobre fondo blanco”- o de Aleksander Rodchenko; ante lo cual Klein fue, dice Moquay, el artista europeo que rompió con cierta parte de la tradición pictórica occidental, “algo que el resto de los artistas en Europa no se animaron a hacer en ese momento (los años 50); Klein abrió un camino”.

    Klein vivió tan sólo 34 años, falleció a causa de un ataque cardíaco provocado, se sospecha, por la toxicidad del aglutinante con el que mezclaba su famoso azul. Para saber de su vida, al entrar a Proa hay una línea de tiempo ilustrada con videos, objetos y foto. Allí puede observarse la infancia de Klein en Niza, al sur de Francia; páginas escritas de numerosos textos que creó; documentos sobre el judo, actividad que llegó a practicar de manera profesional. Otra informacióndentro de este primer núcleo de la muestra es su interés por las religiones y Órdenes: Klein se acercó, cuandotenía alrededor de 18 años a la Orden de los Rosacruces. Más tarde peregrinó varias veces al santuario de Santa Rita di Cascia en Italia: era la santa patrona de la ciudad en la que Klein había nacido.

    Profundamente interesado por las ideas místicas y por las nociones del infinito, lo indefinible, lo absoluto, el artista llevó esto a sus pinturas confesando: “Existe una sensibilidad pictórica más allá de nosotros mismos. La imaginación es el vehículo de esa sensibilidad. La forma se aparece, entonces, no como un valor lineal sino de impregnación”: de impregnaciones de azul. De un azul infinito, religioso, fascinante. Y maldito.



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  • Título: Yves Klein crea un oasis azul en Buenos Aires
    Autor: Mar Centenera
    Fecha: 18/03/2017
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    Ver nota original (El Pas)

    Argentina acoge la primera retrospectiva de este artista francés que cambió el yudo por una pintura hipnótica

    Yves Klein inventó un azul fulgurante, más intenso que la fusión del cielo y el mar. Con ese color hipnótico, que llegó a registrar, Klein creó cuadros monocromáticos, lo usó sobre modelos desnudas a las que estrelló contra lienzos y logró imprimir sobre él el efecto del viento y de la lluvia. Ese azul que le fascinó y lo convirtió en uno de los grandes artistas europeos de posguerra también lo envenenaba lentamente, por la elevada toxicidad de los adherentes de poliéster con los que mezclaba el pigmento original. Su temprana muerte -de un tercer infarto a los 34 años- interrumpió una muy breve pero prolífica producción artística, de más de 1.200 obras. La cuidada selección de 70 de ellas y un centenar de documentos personales de los Archivos Klein forman parte de la retrospectiva de Yves Klein (Niza, 1928-París,1962) que se inaugura este sábado en Fundación Proa, en Buenos Aires.

    Hijo único de dos artistas muy distintos, la reconocida pintora abstracta Marie Raymond (1908-1989) y Fred Klein (1898-1990), pintor figurativo, amante de los paisajes y los caballos, Klein rechazó en su adolescencia el arte y se decantó por el yudo. Pasó un año y medio en Japón, donde obtuvo el título de cinturón negro y 4º Dan, el máximo concedido entonces a los europeos. A su regreso a Francia no se lo reconocieron, así que se mudó a Madrid, donde se convirtió en entrenador del equipo nacional de yudo. La práctica de ese arte marcial, sumada a su espiritualidad, le guió más tarde en su búsqueda de la energía de lo que no se ve y de su exploración de un camino hacia lo absoluto.
     

    No siempre pintó en azul. En la muestra está su primer cuadro para una exposición, Expresión del universo de color naranja plomo, que fue rechazado en 1955 por el Salon de Réalités Nouvelles de París porque "un único color no era suficiente para construir una pintura". No dio su brazo a torcer, señala el comisario de la exposición y responsable de los Archivos Klein, Daniel Moquay: en su siguiente presentación pública mostró cuadros monocromo amarillos, rosas, rojos, verdes y azules. Pero ya en 1957 Klein se había enamorado de ese color ultramar saturado. Liberó 1.001 globos azules llenos de helio para celebrar la inauguración de su muestra Proposición Monocromo. Época Azul en la galería Iris Clert de París.

    En la retrospectiva en Buenos Aires, entre sus obras azules destaca la piscina de la planta baja, que invita a la contemplación pausada. "En Japón no hay que explicar nada, la obra de Klein se asemeja a un jardín zen", dice Moquay frente a un tríptico formado por tres obras monocromas. Klein explicitó su deseo de provocar un efecto narcotizante en el espectador cuando imagina en Dimanche, diario de un día la distribución de píldoras "que causan una agradable torpeza dinámica, en la que aparece un espacio inmenso, tanto interior como exterior, de color azul, azul monocromo uniforme [...] Es la beatitud de los paraísos artificiales en azul. Todo el mundo se relaja".

    Pinceles de carne y fuego

    El "pibe (niño) azul" -como lo define Moquay en un guiño al público porteño- empapó de ese color esponjas, rodillos, esculturas y el cuerpo de sus modelos, entre las que estaba la joven artista alemana Rotraut Uecker, que después se convirtió en su esposa. Esos "pinceles vivos" dejaron en algunas obras huellas estáticas; en otras, rastros de su movimiento. También pintó con fuego. El control de ese elemento -mediante un lanzallamas de gran potencia que pesaba 60 kilos- le permitió inmortalizar formas femeninas sobre cartones y tablas.

    Su corta carrera se caracterizó por la abundancia de gestos radicales y teatrales, que lo sitúan como precursor de la performance. Salto al vacío, su fotografía en blanco y negro de 1960, muestra a un Klein mago, capaz de desafiar las leyes de la gravedad y quedar suspendido en el aire tras haber saltado por la ventana. Ese mismo año, en la inauguración de la muestra Antropometrías de la Época Azul en París, Klein pintó ante el público presentes varios cuadros con tres modelos desnudas cubiertas por pintura azul. Mientras, nueve músicos tocaban su Sinfonía monótona-silencio, que consistía en una sola nota interpretada durante 20 minutos, seguida por otros 20 minutos de silencio. Moquay se entusiasma al recordar cómo la pieza musical de Klein fue interpretada unos meses atrás en la catedral de San Francisco y busca un lugar idóneo para repetir la experiencia en Buenos Aires.

    La búsqueda del artista por lo inmaterial culminó con la ceremonia realizada a orillas del Sena en 1959 y que bautizó como Zona de sensibilidad pictórica inmaterial (1959). Klein vendió un "espacio vacío" a un coleccionista de arte a cambio de lingotes de oro. El artista le entregó un recibo por la transacción, pero el comprador debía quemarlo y arrojar sus cenizas al río. Las fotos de esa acción, que Moquay considera "la obra más importante de Klein" pueden verse en la retrospectiva. "Mientras Warhol se centró en símbolos que encarnan la lógica de la sociedad de consumo estadounidense, Klein desató su arte inmaterial y espiritual", dice el comisario. El estado zen al que convoca la muestra convierte a Proa en un oasis azul en medio de la ruidosa y acelerada Buenos Aires.



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  • Título: Yves Klein, el artista que cambi pinceles por mujeres e invent su propio azul
    Autor: Jessica Fabaro
    Fecha: 18/03/2017
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    Más de 70 obras desembarcan en PROA, incluyendo las producciones y registros de las performances más emblemáticas. Una muestra extraordinaria.

    ¿Cuán azul es el azul? Cuál de todos los azules, expresa la libertad del espíritu. A falta de una respuesta que colmara sus expectativas artísticas, Yves Klein inventó el International Klein Blue (IKB), “el azul Klein”. "Sentir el alma, sin explicaciones, sin palabras, y representar ese sentimiento, eso es lo que me ha llevado a la monocromía", afirmó Klein.

    Fue uno de los mayores exponentes del arte contemporáneo del siglo XX, fundó el “arte inmaterial”; cambió el pincel por las “antropometrías”, donde usó cuerpos de mujeres para realizar sus trabajos; y dejó un sello que sigue firme hasta hoy.

    Por primera vez, sus obras llegan a Buenos Aires. La retrospectiva que se exhibe en PROA reúne sus primeras pinturas monocromáticas de 1955; sus célebres cuadros de azul ultramarino saturado; las pinturas de fuego; las Cosmogonías de lluvia y viento; las series de Esculturas Esponjas y las obras en oro, resultado del trabajo de varios años combinando práctica pictórica, espiritualidad, la fuerza de la naturaleza y la exploración de un camino hacia lo absoluto.

    Al alcance de todos, está la primera pintura monocroma que presentó en el Salon des Réalités Nouvelles, en 1955. La obra fue rechazada por el jurado, pero Klein se negó a incluir otro color o sumar líneas, o un punto, como le pedían los expertos. "Expresión del universo de color naranja plomo", más conocido como “Yves el monocromo” es uno de los trabajos que llegaron a La Boca para rendir homenaje al artista del color puro.

    Klein cambió el foco perceptual desde el objeto material hacia una "sensibilidad inmaterial", desafiando las nociones preexistentes sobre el arte e inyectándoles un nuevo sentido de espiritualidad.

    "Con el color alcanzo un sentimiento de plena identificación con el espacio y estoy completamente liberado. Busco, por sobre todas las cosas, alcanzar en mis creaciones esa ‘transparencia’, ese ‘vacío’ inmensurable en donde reside el permanente y absoluto espíritu liberado de todas las dimensiones. " Yves Klein.

    En La Boca desembarcaron además los registros de los happenings, del que fue precursor. Entre otros proyectos, se pueden ver sus Antropometrías en público, el Salto al Vacío y la iluminación del Obelisco de la plaza Concorde.

    Provocador e innovador, el francés que murió joven hacía borrosas las fronteras entre el arte y la vida, entre la pintura y la performance, entre los objetos y las ideas.

    Sus trabajos con modelos vivos, por ejemplo, buscaban registrar las energías cósmicas del cuerpo, rociando con pinturas los contornos de las modelos. Esas Antropometrías llaman a la reflexión sobre el tiempo y la presencia física en un plano material. "Klein tuvo la idea de hacer de la modelo, el pincel. La modelo es la actriz, y él la dirige", explicó Daniel Moquay, curador de la muestra.

    La audacia y la experimentación constante de Klein fueron una bisagra en la historia del arte y permitieron la irrupción de otros movimientos como el arte conceptual, el minimalismo y el pop. Su objetivo revolucionario consistía en repensar radicalmente el mundo en términos tanto estéticos como espirituales.

    Azul, rosa, dorado; y otros imperdibles

    La trilogía azul, rosa y dorado está formada por tres cuadros realizados entre 1959 y 1962. Es la obra contemplativa más importante de Klein. No representan nada. Invita a detenerse y apreciar estos tres colores, que para él significaban la pureza.

    Además, hay diferentes antropometrías: la estática, la dinámica y las que creó con fuego. En Antropometría azul dinámica, Klein usó además sus conocimientos de yudo.

    Para no dejar pasar: en una de sus pinturas de fuego, un cuadro de gran tamaño que está en el segundo piso del museo, aparecen dos modelos. Vale la pena quedarse un rato, observar y conectarse con la obra."Parece que los cuerpos están nadando. Me costó darme cuenta de que estaban ahí. Pero para Yves no era difícil. Tenía miles de ideas por segundo", reflexionó Moquay.

    El arte como experiencia inmaterial

    En la recorrida, Moquay rescató "Área de sensibilidad pictórica inmaterial" (Zone de Sensibilité Picturale Immatérielle) como uno de los trabajos más importante en la vida de Klein. Sin embargo, la obra no está ahí. Justamente porque no existe en el orden de lo material. Sí se pueden ver las fotos que muestran la progresión de la acción.

    ¿En qué consistió? Se trataba de un intercambio de un espacio "en apariencia" vacío (la zona inmaterial) por una cantidad de oro. Todo estaba certificado con recibos que decían: "Recibidos x gramos de oro fino contra una zona de sensibilidad pictórica inmaterial". Se constataba lugar, fecha y firma, y un crítico de arte o director de museo oficiaba de testigo. Una vez realizadas las operaciones, el comprador podía optar entre dos posibilidades: o bien entregaba la cantidad de oro convenida y tomaba el recibo -resignando adquirir el auténtico “valor inmaterial” de la obra -, o bien realizaba un elaborado ritual que consistía en la incineración del recibo mientras Klein, como contraparte, tiraba al Sena la mitad del oro recibido. El oro viene de la tierra, y ahí volvía. Klein logró vender ocho de estas piezas entre 1959 y 1962.

    "Cuando has vivido una experiencia así, la tienes para siempre. Lo que el arte te da, va más allá de lo material", dijo el curador. Momentos así se pueden vivir en PROA, gracias a Klein, cuando uno se deja cautivar.



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  • Título: Retrospectiva de Yves Klein, "el pibe azul", en Fundacin Proa
    Autor: Mariana Kozodij
    Fecha: 17/03/2017
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    Por primera vez en el país se presenta un compendio de obras y documentos de Yves Klein que es considerado uno de los pioneros del arte contemporáneo y precursor del happening. Fundación Proa exhibe 76 obras y alrededor de 100 documentos que dan cuenta de la prolífica pero breve carrera del artista francés.

    Yves Klein nació en Niza en 1928 y falleció a la temprana edad de 34 años de un infarto. Su carrera artística de siete años fue meteórica no solo por la cantidad de obras, ebullición de ideas, polémicas, escritos o por pensar una "sensibilidad inmaterial" sino también por ser conocido como el hombre que creó un color: el International Klein Blue (IKB). 

    Y es que para recorrer la propuesta de Proa sobre Klein es necesario, como indica Moquay, sintonizar la filosofía zen que el artista tomó en su viaje a Japón a comienzos de la década del cincuenta. Las obras de la muestra pueden apreciarse en sus diversos paradigmas como estáticas, de batalla y dinámicas lo que permite un juego de contemplaciones distintas en conjunto y de forma aislada. 

    Si el visitante queda sumergido en la obra de piso donde el azul Klein, registrado por el artista en 1960, no dejará de sentirse atrapado al chocar con la colección de esponjas o al romper con el monocroma y recorrer las obras de fuego. Es que justamente la propuesta en la obra de Klein es ver qué es lo que pasa alrededor con los contextos, con el agua, con el viento o el incendio de las figuras que se esconden en los cuadros. 

     

    La muestra además cuenta con un espacio para escuchar a Klein en "Diálogo conmigo mismo" con la grabación original de 1961 que habilita a conocer más sobre las ideas del artista y su archivo personal que desde hace 25 años viene curando Moquay junto con la viuda de Klein, Rotruat. 

    "Es interesante comprender que los mejores defensores de la obra de Yves Klein son los propios artistas", asegura Moquay en diálogo con Adriana Rosenberg-, directora de Proa. Y esa defensa está centrada en la labor del autor de "El Salto en el vacío" no solo por la calidad de sus obras sino por su forma de pensar al arte hacia un lugar donde está sin estar; "lo inmaterial" como un velo eterno. 

     

    Azul inmortal 

    Klein estaba preocupado por ampliar los horizontes del arte y en el color tuvo una de las posibles respuestas. Mientras en 1956 vacacionaba en su Niza natal, el artista realizó diversos experimentos con un polvo de un pigmento ultramarino en crudo al que le agregó aglutinante polimérico para mantener su luminosidad; un azul que cuatro años más tarde logró patentar como International Klein Blue (IKB) y que trasladó a gran parte de sus obras siendo una firma personal de un lenguaje propio y receptivo. 

    Antes de su patentamiento, en 1957 Klein inauguró una exposición en Milán donde inició su "Revolución Azul" con el monocromático y que fue extiendo en diversos objetos como su colección de esponjas, globos y esculturas.  Incluso para sus "pinceles vivientes"; cuerpos que no dudaron en sumergirse en su pintura para crear trazos únicos sobre lienzos, cartones y papeles . 

     

    "El azul era para él el espacio cósmico donde soñó levitar libremente, física y espiritualmente", escribió su viuda Rotraut y agregó: "Verdaderas experiencias sensoriales, las obras de Yves Klein son atemporales, universales, más allá de dogmas y religiones". 

     

    Un salto al vacío. Yves Klein y el nuevo arte del Siglo XX

    Con motivo de la primera retrospectiva del artista en Latinoamérica- que luego de su paso por Buenos Aires irá a México y Brasil- Fundación Proa y FLACSO Virtual presentan un curso para estudiar e investigar el contexto de un artista clave para comprender el arte del siglo XX. 



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  • Título: PROA presenta una retrospectiva de Yves Klein, el artista de la "sensibilidad inmaterial"
    Autor: Marcelo Paraj
    Fecha: 17/03/2017
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    Durante tres meses se exhibirán más de 70 obras del multifacético artista francés que dio nombre a un color.

    La primera retrospectiva del artista francés Yves Klein en nuestro país se presenta desde el sábado 18 de marzo en la Fundación PROA, conjuntamente con los Archivos Yves Klein y la Embajada de Francia en Argentina.

    Quien visite la muestra podrá apreciar obras de diferentes períodos de la corta carrera del artista -apenas 7 años de producción- que incluye las pinturas monocromáticas, las pinturas de fuego, las cosmogonías de lluvia y viento, las series de esculturas y las obras en oro, además de unos 100 documentos.

    Creador del concepto de "sensibilidad inmaterial", Klein ha buscado un nuevo sentido de espiritualidad en su obra, aportando a su producción las influencias de oriente aprehendidas durante su estadía de un año y medio en Japón.

    A la muestra en PROA se suma un intenso programa de extensión cultural que se desarrollará durante la exhibición y que incluye charlas, seminarios y un programa educativo.

    La muestra podrá visitarse hasta el 31 de julio en PROA, Av. Pedro de Mendoza 1929, en el barrio porteño de La Boca.



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  • Título: Llega la muestra de Yves Klein, el artista que reinvent el azul
    Autor: Diego Rojas
    Fecha: 16/03/2017
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    Polémico y radical, el artista francés, que murió a los 34 años en 1962, es considerado un precursor del arte contemporáneo
     

    A partir del sábado 18 de Marzo y hasta el 31 de Julio, por primera vez en la Argentina, se podrá visitar la obra de Yves Klein. Considerado un neodadaísta (el dadaísmo había precedido a los surrealistas antes de la Primera Guerra Mundial), Klein -nacido en 1928 en Niza, Francia, y fallecido 34 años después en París- se convirtió en uno de los mayores exponentes del arte contemporáneo del siglo XX.

    Hasta hoy su obra sigue inspirando a nuevos artistas por su audacia y su visión revolucionaria del arte. Fundador del arte inmaterial, precursor de la música contemporánea y polémico pintor cuyo pincel eran los cuerpos de mujeres desnudas, Klein marcó los desarrollos del arte hasta nuestros días. En esta retrospectiva se podrán apreciar las obras más representativas del artista que contribuyó a crear el arte más actual.

    ¿Se puede realizar un cuadro sin líneas, sin contorno, sin formas, sin personajes? ¿Se puede realizar música sin melodía? ¿Se puede sentir una obra antes que ser comprendida, es decir, que la obra sea total y no atravesada por la intermediación de la línea o la figuración?

    Estas preguntas son respondidas afirmativamente al recorrer la trayectoria de Yves Klein. Hijo de un pintor figurativista y de una pintora abstracta, decidió condensar las corrientes en las que había desarrollado su propio aprendizaje artístico y superar la "problemática del arte", como él la llama en uno de sus escritos, para que la pintura deje de estar en función del ojo -de la mirada- para pasar a ser en función de la propia vida. Retomaba así, a principios de la década del cincuenta, los postulados de la vanguardia de fusionar arte y vida, pero aprovechando las enseñanzas que aquellos precursores habían ofrecido con sus propias obras y conceptos.

    Una de sus intervenciones más impactantes es la famosa serie de monocromos azul marino. Según Klein, con el monocromo -un solo color, "la misma tonalidad, valor, proporción y tamaño", según escribe- se accede a la "libertad total del espacio sensible". Con esta concepción del arte Klein llegó a la creación de un color propio, creado por él mismo, y que registró legalmente y que hasta el día de hoy sigue siendo utilizado por diseñadores de todo el mundo. Este color fue denominado "International Klein Blue" (IKB). La singularidad de este color no está en sus pigmentos sino en el aglutinante de resina sintética que permite mantener su intensidad cromática.

     

    Klein se declaraba "en contra de las líneas y de todas sus consecuencias": para él, el color era lo fundamental: lo dominante, la libertad, el camino a lo absoluto. Según sus palabras: "Las líneas encarnan nuestro estado mortal, nuestra vida emocional, nuestro poder de razonamiento e incluso nuestra espiritualidad. Son nuestra fronteras psicológicas, nuestra historia, nuestra educación y esqueleto, nuestros defectos y deseos, nuestros poderes y estratagemas. El color, por otra parte, es más natural y humano, inunda la sensibilidad cósmica. La sensibilidad pictórica, a diferencia de lo que la línea podría hacernos creer, no está llena de grietas y rincones ocultos. Es como la humedad en el aire; el color no es sino sensibilidad convertida en materia, materia en su estado primigenio".

    Klein introdujo ese mismo concepto en su intervención musical con la Sinfonía monótona, compuesta en 1947, cinco años de la composición de 4'33'' de John Cage, considerado uno de los fundadores de la música contemporánea y experimental (en ella, Cage se posaba frente al piano para, en tres movimientos, dejar fluir el silencio por cuatro minutos con treinta y tres segundos). Su Sinfonía monótona consiste en un sonido de veinte minutos de un solo acorde, seguido de veinte minutos de silencio. Esta sinfonía, decía Klein -que, como se ve, intentaba reflexionar sobre su obra a cada paso- "genera un sensación de vértigo, de aspiración de la sensibilidad fuera del tiempo. Esa sinfonía no existe y al mismo tiempo está ahí, salida de la fenomenología del tiempo, porque no nació ni murió nunca, después de existir, sin embargo, en el mundo de nuestras posibilidades de percepción conscientes: es el silencio… presencia audible". Martín Bauer, director del Teatro Argentino, pondrá una versión de la Sinfonía monótona durante la retrospectiva.

    Una de las acciones más polémicas de Klein son las que realizó con cuerpos de mujeres cubiertos de pintura. Yves Klein rechazaba el pincel por ser demasiado psicológico y por llevar al autor a encerrarse en sí mismo. Con la utilización de cuerpos vivos a modo de pincel el artista lograba una distancia entre él mismo y la obra. "La razón que a mí me empujaba a emplear modelos desnudos no es para nada evidente: era una forma de prevenir el peligro de enclaustrarme yo mismo en los lienzos, en las esferas demasiado espirituales de la creación".  Este tipo de obras denominadas "Antropometrías" se realizaban frente al público, con las modelos desnudas cubiertas en pintura y guiadas por Klein, que al realizar este tipo de acciones se convirtió en un precursor de los happenings que marcarían la loca década de los sesenta. Es lícito preguntarse si, en medio de la irrupción de las mujeres, estas "antropometrías" no podrían ser catalogadas como "cosificaciones" de los cuerpos femeninos y condenadas por el sentido común actual.

    Sin embargo, quizás su faceta más revolucionaria se encuentre en su concepto de "arte inmaterial". Se trata de la creación de un clima pictórico real sin la intermediación de la apariencia física transmitida por líneas, contornos o formas, es decir: invisible. En 1958 realizó una muestra "inmaterial" en la galería Iris Clert, de París: se trataba de un salón blanco vacío. El estado pictórico antes creado con los cuadros monocromos ahora se encontraba en el espacio de la galería vacía. Luego de esta exposición, se propuso instalar varios de estos espacios vacíos en distintos lugares de París. Para resaltar esa inmaterialidad, planteó, por ejemplo, iluminar el Obelisco de la plaza Concorde de tal modo que se tornara azul: así, el color, la cosa tangible, la materia prima quedaría en el exterior dando paso a lo inmaterial en la sala vacía. Klein pidió que se le pagara en oro para remarcar el contraste entre dos materiales puros tales como el oro y el vacío. Luego, tiró al río Sena el oro. En un un mundo artístico atravesado por el mercado, la transacción de ese mineral noble por el vacío mismo implica un gesto radical.
     

    "Tiene una gran actualidad, lo que hizo hace sesenta años sigue teniendo toda su potencia artística y por eso es considerado como un artista de artistas, para quienes sigue siendo una inspiración -dice a Infobae Daniel Moquay, coordinador del Yves Klein Archives y curador de la retrospectiva en Proa-. Si Andy Warhol es considerado como el introductor de la materialidad cotidiana al mundo del arte, el planteo de Klein sobre un arte inmaterial sigue conservando su radicalidad. Es a la vez un antecesor del arte performativo contemporáneo más actual. A la vez, tiene un planteo polifacético: su intervención con la Sinfonía monótona hace que se valorice aquello que queda muchas veces oculto: el silencio. En una reciente exposición en Estados Unidos, se tocó la Sinfonía monótona en una catedral. Los músicos y los cantantes que repetían solamente una nota por veinte minutos y veinte minutos de silencio hacían que fuera una experiencia religiosa".

    -¿Serían aceptadas hoy sus "antropometrías" en las que las mujeres eran los pinceles del artista?

    -Me han dicho que se puede pensar esas acciones como una cosificación de las mujeres. Sin embargo, cada vez que me dijeron esto yo planteé que Klein había realizado lo mismo con modelos masculinos e incluso él había sido un modelo-pincel. Entonces la obra de Klein con los cuerpos le brinda una nueva significación a los cuerpos, pero no en el sentido de su objetivación y cosificación, desnaturalizadora o machista, sino que le otorga formas novedosas de intervención a través del cuerpo mismo.

    Desde este sábado en en la Fundación Proa, que queda en pleno Caminito en La Boca (Pedro de Mendoza 1929), el público local podrá introducirse en esta experiencia de espacio total, de un arte independiente de sus medios, de libertad absoluta. Una obra que sigue influyendo al arte de este siglo XXI y que permite atravesar una experiencia artística radical.

    *Yves Klein. Retrospectiva. A partir del sábado 18 de marzo y hasta el 31 de julio. Fundación Proa, Pedro de Mendoza 1929. De martes a domingo, de 11 a 19. Admisión: hasta las 18. Lunes cerrado.

     



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  • Título: Azul Klein: el plato fuerte de la temporada de arte
    Autor: Marina Oybin
    Fecha: 14/03/2017
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    Crear un color que uniera mar y cielo, sin dimensiones, y que, además, fuera tan deslumbrante que sensibilizara al espectador. Esa búsqueda guió a Yves Klein (Niza, 1928 - París, 1963), artista clave del siglo XX que realizó su prolífica y revolucionaria obra en tan sólo siete años.

    Así podrá comprobarse en la fabulosa retrospectiva que abrirá Proa este sábado, y que será, puede ya asegurarse, una de las principales muestras del año.

    Fue uno de los más importantes precursores de la performance; creó el famoso color International Klein Blue (IKB); llevó hasta las últimas consecuencias la concepción del arte inmaterial con obras con fuego, con lluvia y hasta con viento. Su famosa foto Salto al vacío, arrojándose desde la ventana de una casa en la que había vivido cuando era chico, un poderoso símbolo de conjura a la muerte, devino icónica.

    La primera exposición de Klein en América latina -que se pospuso un año y, con ello, aumentó más aún su natural expectativa- reúne setenta obras, entre las que se incluyen sus famosas monocromías, pinturas de fuego, cosmogonías y esculturas-esponja. Se exhiben también documentos, fotos y escritos del archivo del artista que demuestran su importancia como precursor del happening. En estas obras, utilizó modelos desnudas como "pinceles vivos" que al apoyarse sobre el lienzo dejaban rastros dinámicos de los movimientos del cuerpo o, en otros casos, huellas estáticas.

    En forma exclusiva, LA NACION accedió al montaje de esta muestra que incluye piezas históricas que son joyas. En el recorrido, el equipo de producción terminó de llenar con pigmentos azul IKB una piscina que ocupa parte de la sala dos en la planta baja y que es un singular espacio ceremonial que invita a la contemplación de ese color hipnótico. "Este ambiente evidencia la espiritualidad que buscaba Klein, el pintor del vacío", señala Daniel Moquay, curador de la muestra, apasionado director del Archivo Yves Klein en París, casado con Rotraut Klein, viuda del artista.

    Klein creó y patentó su inolvidable azul como IKB en 1960 para resguardar la composición química del color. No lo hizo con fines económicos. Para llegar a este tono fulgurante experimentó con el químico Edouard Adam hasta lograr que el espectador se sintiera "impregnado" por el color. Con su azul pintó lienzos, alfombras, globos terráqueos, hizo copias en yeso de obras emblemáticas y usó el color para sus performances en las que las modelos dejaban la impronta de sus cuerpos en la tela.

    Usó un fijador llamado rhodopas, con el que logró conservar intacto el tono azul fulgurante después de más de medio siglo. Cuando Klein hizo sus obras no se sabía que se trataba de un producto tóxico. "El fijador del IKB pudo haberle provocado la muerte, pero en ese tiempo nadie lo sabía. Rotraut, que también es artista y colaboraba con él, me contó que no usaban máscaras y que a veces el galpón donde trabajaban se llenaba de un humo extraño", dice Moquay. "Hoy ese producto sólo se usa con máscaras. Niki de Saint Phalle, la mujer del escultor y pintor Jean Tinguely, gran amigo de Yves Klein, también usaba esa sustancia, que terminó causándole la muerte." Klein murió muy joven, a los 34 años, tras su tercer ataque cardíaco.

    "Sentir el alma, sin explicaciones, sin palabras, y representar ese sentimiento, eso es lo que me ha llevado a la monocromía", afirmó Klein. Con sus pinturas monocromas, no apuntaba a un simple recurso estético, sino que buscaba que el color sensibilizara al espectador. Al principio hizo pinturas monocromas de distintos colores. Luego las pintó con su particular azul ultramar.

    No le resultó fácil mostrarlas: en Proa se exhibe la primera pintura monocroma que presentó en el Salon des Réalités Nouvelles en 1955 y fue rechazada: el jurado le aconsejó que incluyera un color más o sumara líneas o un punto. Klein no lo hizo. Consideraba que "el color puro representaba algo en sí mismo" y se negó a abandonarlo a tal punto que más tarde se hizo llamar Yves el Monocromo.

    En el desarrollo de su arte inmaterial, Klein hizo ceremonias en las que intercambió láminas de oro por un recibo que le entregaba al "comprador" y que éste debía quemar para desprenderse de lo material. Se quedaba con la mitad de las láminas de oro (que para él representaba la pureza) y la otra mitad la arrojaba al río Sena como forma de devolverla a la naturaleza. Con esta acción artística compartida, Klein quería generar una emoción mutua, que perdurase en la memoria.

    "Mientras Andy Warhol pintaba diseños de dólares, a Klein le interesaba conservar la impresión de un momento como se conserva la de un viaje. El inmaterial parece una broma, pero Klein guiaba a la gente por el camino de la sensibilidad: pensaba que hay posibilidades de ser rico teniendo poco", señala Moquay.

    Para contar con las medidas de seguridad adecuadas, hizo sus obras con fuego sobre lienzos en el Centro de Experimentación de la Sede del Gas de Francia. Realizó los trabajos con un lanzallamas de altísima potencia que pesaba 60 kilos mientras un bombero a su lado apagaba el fuego cuando se volvía peligroso. Además, pintó de blanco impoluto una galería y decidió pasar allí un tiempo hasta llenarla "con su presencia y su sensibilidad". Para capturar la impronta de la lluvia y del viento, colocó sobre el techo de su auto lienzos apenas pintados y viajó durante diez horas de París a Niza para materializar en las telas la memoria de un momento.

    A Klein lo fascinaba la idea de conservar la impresión de un instante efímero. Además de hacerlo con su arte inmaterial, contrató dos fotógrafos que lo seguían a todos lados para registrar sus acciones.

    Curiosidades del especialista y su objeto de estudio

    Cuando Daniel Moquay, actualmente el mayor especialista en la obra del francés, conoció a Rotraut Klein -viuda de Yves- no sabía quién era el artista. Con el tiempo, se interesó a tal punto en su obra que fue el primero en leer sus escritos.

    Klein escribió muchos textos en francés y en español. Reconocido yudoca cinturón negro, hizo su entrenamiento espiritual y físico en Tokio; en 1954 asumió como director de la Federación Española de Judo en Madrid. Escribió todos sus textos en francés y en español; y hasta un libro de yudo en español. Rotraut, nacida en Alemania, no leía fluidamente estos idiomas.

    Todo Klein para agendar

    Retrospectiva

    Desde el sábado hasta el 31 de julio, en Proa (Av. Pedro de Mendoza 1929), de martes a domingos, de 11 a 19

    Un salto al vacío

    Proa y Flacso darán un curso sobre el artista

    Sinfonía monótona

    En abril se presentará un concierto basado en la mítica Sinfonía monótona, de Yves Klein, una pieza de una sola nota

    Danza butoh

    En mayo, Magy Ganiko ofrecerá una performance en las salas de Proa con eje en la sensibilidad inmaterial

    Más actividades

    Habrá un coloquio internacional (junio) y un desfile por La Boca (julio), con diseños de alumnos de Diseño de la UBA

     



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  • Título: Retrospectiva de Yves Klein en Proa
    Autor: Ramona
    Fecha: 13/03/2017
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    La exhibición cuenta con más de 70 obras, incluyendo las producciones más emblemáticas de Klein, uno de los mayores exponentes del arte contemporáneo del siglo XX y creador de un nuevo color en la historia del arte: el International Klein Blue (IKB).

    La muestra reúne sus primeras pinturas monocromáticas de 1955; sus célebres cuadros de azul ultramarino saturado; las pinturas de fuego; las Cosmogonías de lluvia y viento; las series de Esculturas Esponjas y las obras en oro, entre otras – el resultado de una carrera fugaz pero prolífica, que combinó práctica pictórica, espiritualidad, la fuerza de la naturaleza y la exploración de un camino hacia lo absoluto.

    Klein es también uno de los precursores del happening con la realización de sus Antropometrías en público, el Salto al Vacío y la iluminación del Obelisco de la plaza Concorde, entre otros proyectos que integran la exposición a partir de documentos, registros, escritos y una exhaustiva presentación de material de los Archivos del artista.

    A través de sus obras, Klein cambió el foco perceptual desde el objeto material hacia una "sensibilidad inmaterial", desafiando las nociones preexistentes sobre el arte e inyectándolas de un nuevo sentido de espiritualidad a través del color puro.


    Inauguración sábado 18 de marzo de 2017 a las 17hs



    Fundación Proa
    Av. Pedro de Mendoza 1929 CABA
    @FundacionPROA



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  • Título: Fundacin Proa - Yves Klein: A retrospective
    Autor: e - flux
    Fecha: 13/03/2017
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    Together with Yves Klein Archives and the support of the French Embassy in Argentina and Tenaris, Fundación Proa presents Yves Klein. A retrospective, the first retrospective in Latin America of Yves Klein (1928–62), one of the most influential figures of the post-war era, whose short but extraordinarily creative career continues to inspire new generations of artists worldwide.

    The exhibition brings together more than 70 works and approximately 100 archival documents that include his first monochromatic paintings of 1955; his famous works saturated in International Klein Blue; his fire paintings; planetary-reliefs; his rain and wind Cosmogonies; the Anthropometries; his series of Sponge-Sculptures; his works on gold; and his Leap into the Void, amongst others.

    Covering painting, sculpture, performance, theatre, music, film, and architecture, the French artist combined artistic practice with spirituality, the power of the force of nature and the exploration of a path to the absolute. He shifted the focus from the material object to a "immaterial sensibility," challenging the preexistent notions about art and infusing them with a new sense of spirituality through pure color. His works with "human paintbrushes," were naked women where covered in paint and directed to leave their imprints on paper, sought to register the cosmic energies of the body. These Anthropometries reflected upon time and physical presence in a material plane.

    This retrospective shows us an innovative and bold artist that constantly blurred the lines between art and life, painting and performance, objects and ideas. Rethinking his own age from an aesthetic and spiritual perspective, he acted as a bridge for future artistic movements such as pop, conceptual, installation, and performance art.



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  • Título: Yves Klein. Retrospectiva
    Autor: WIPE
    Fecha: 13/03/2017
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    CUANDO
    Todos los Domingos, Martes, Miércoles, Jueves, Viernes, Sábados 11:00 hs. Hasta el 31 de JULIODONDE
    Fundación Proa, Av. Pedro de Mendoza 1929, CABA

    Yves Klein. Retrospectiva

    Curadores: Daniel Moquay, Yves Klein Archives.

    La exhibición, de carácter retrospectivo, presenta las obras más emblemáticas de Yves Klein, uno de los mayores exponentes del arte contemporáneo del siglo XX, por primera vez en Argentina. El artista, de trayectoria audaz e infinita, continúa inspirando a las nuevas generaciones de artistas, a nivel internacional. 

    La muestra reúne sus primeras pinturas monocromáticas de 1955; sus célebres monocromos azul ultramarino saturado; las  pintura de fuego y las Cosmogonías -de lluvia y viento-; las series de Esculturas Esponjas y las obras en oro –resultados del trabajo de varios años combinando práctica pictórica, espiritualidad, la fuerza de la naturaleza y la exploración de un camino hacia lo absoluto. Klein es también uno de los precursores del happening con la realización de sus Antropometrías en público, el Salto al Vacío, el proyecto de iluminación del Obelisco de la plaza Concorde, entre otros proyectos que integran la exposición a partir de documentos, registros, escritos, y una exhaustiva presentación de material de los Archivos del artista.



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  • Título: Retrospectiva Yves Klein en la Fundacin Proa
    Autor: Institut Francais Argentine
    Fecha: 13/03/2017
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    La exhibición presenta, por primera vez en Argentina, las obras más emblemáticas del artista francés Yves Klein, uno de los mayores exponentes del arte contemporáneo del siglo XX. La muestra reúne más de 70 obras provenientes de los archivos Yves Klein de París y de colecciones privadas. Presenta sus primeras pinturas monocromáticas de 1955; sus célebres monocromos azul ultramarino saturado; las pinturas de fuego y las Cosmogonías -de lluvia y viento-; las series de Esculturas Esponjas y las obras en oro –resultados del trabajo de varios años combinando práctica pictórica, espiritualidad, la fuerza de la naturaleza y la exploración de un camino hacia lo absoluto. Klein es también uno de los precursores del happening con la realización de sus Antropometrías en público, el Salto al Vacío, el proyecto de iluminación del Obelisco de la plaza Concorde, entre otros proyectos que integran la exposición a partir de documentos, registros, escritos, y una exhaustiva presentación de material de los Archivos del artista. Habrá un coloquio internacional en eco a esta muestra.


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  • Título: Ya inaugura Yves Klein en PROA
    Autor: Leedor.com
    Fecha: 13/03/2017
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    Los Archivos Yves Klein, la Embajada de Francia en la Argentina y Tenaris,  presentan la primera retrospectiva del artista francés en nuestro país. 

    Así, llegarán a Argentina as obras más emblemáticas de Yves Klein, uno de los mayores exponentes del arte contemporáneo del siglo XX y creador de un nuevo color en la historia del arte: el International Klein Blue, IKB. El artista, de trayectoria audaz e infinita, es muy reconocido por las nuevas generaciones de artistas, quienes rescatan tanto sus gestos performáticos como sus notables escritos y la audacia en sus obras.
     

    La muestra reúne sus primeras pinturas monocromáticas de 1955; sus célebres monocromos azul ultramarino saturado; las pintura de fuego y las Cosmogonías -de lluvia y viento-; las series de Esculturas Esponjas y las obras en oro –resultados del trabajo de varios años combinando práctica pictórica, espiritualidad, la fuerza de la naturaleza y la exploración de un camino hacia lo absoluto.

    Klein es también uno de los precursores del happening con la realización de sus Antropometrías en público, el Salto al Vacío, el proyecto de iluminación del Obelisco de la plaza Concorde, entre otros proyectos que integran la exposición a partir de documentos, registros, escritos, y una exhaustiva presentación de material de los Archivos del artista.

    La muestra podrá visitarse del sábado 18 de marzo al 31 de julio de 2017.



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  • Título: Yves Klein y otros maestros del color
    Autor: Julio Sanchez
    Fecha: 12/03/2017
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    No exige habilidad técnica; no hay composición ni anécdota. El color se aplica con pincel, rodillo, aerosol o aerógrafo, y se elimina cualquier rasgo que identifique a su autor. A ojos del profano, parece una tomadura de pelo. Pero la pintura de un único color tiene una profunda base conceptual y simbólica explorada por varios artistas.

    El monocromo floreció en la Europa de posguerra de la mano de Yves Klein -cuya primera retrospectiva en América Latina se presenta en Fundación Proa el sábado próximo-, Lucio Fontana y Piero Manzoni, entre otros. Aunque ya Kasimir Malevich y Alexandr Ródchenko lo habían explorado como una forma de llegar al grado cero de la pintura (como en el Cuadrado blanco sobre fondo blanco de Malevich, al que Fundación Proa también dedicó una muestra el año pasado).
     

    La generación europea de 1950 exigía postulados filosóficos, mientras que los minimalistas estadounidenses de los años 60 hicieron suyas las palabras de Frank Stella: "Lo que ves es lo que ves". Una definición tautológica que eludía cualquier tipo de referencias simbólicas o realistas.

    Para Plotino -filósofo griego neoplatónico (205-270)-, el universo es indiferenciado y Uno en esencia; sólo en apariencia es Múltiple y está gobernado por la diferencia. En la pintura europea, la cuestión de lo Uno y lo Múltiple reside en la relación figura-fondo; el fondo representa el campo potencial del ser, de donde pueden emerger diferentes figuras así como también disolverse. Al retratar sólo el fondo, la pintura monocromo estatuye la supremacía de lo Uno. 

    Dentro del campo de la abstracción hay pocos argentinos que sigan esta tradición. En 2010, María José Herrera reunió monocromos de Horacio Zabala, Eduardo Costa y Marcelo Boullosa. Costa acumulaba capas de pintura hasta lograr un volumen con formas geométricas, Zabala interpela el color desde una base más lingüística y conceptual, mientras Boullosa plantea "una mínima variación tonal y lumínica".

    El monocromo pasa a la tercera dimensión en escultores como Ana Lizaso o Eric Franco. Ambos trabajan metal pintado y formas geométricas; las de ella, más complejas; las de él, basadas en la tríada de módulos. Entre los más jóvenes, Agustina Quiles (La Plata, 1985) activó el debate sobre la abstracción monocroma con sus papeles de seda, muy livianos, tanto que sufren desgarros y roturas.

    Wabi Sabi es un concepto estético de Japón que apunta a la belleza de lo imperfecto, incompleto e impermanente como sucede en las piedras enmohecidas, las rajaduras de la porcelana, el óxido de los metales y el paso del tiempo sobre las cosas. Sin proponérselo (o quizá a conciencia) Quiles actualiza este concepto.

    A continuación, algunos de los ejemplos más destacados.

    Yves Klein

    Francia, 1928-1962

    El color del infinito

    Cuando había conseguido logros como campeón de judo, en 1948, Yves Klein pintó sus primeros monocromos en Niza, influenciado por el budismo zen (que conoció de primera mano en Japón) y el esoterismo occidental (formó parte del capítulo Rosacruz).

     

    Klein comenzó a concentrarse en el azul como el color del infinito. Mientras descansaba en una playa, miró el cielo radiante y tuvo una especie de epifanía que llamó "viaje realista e imaginario". En 1955 creó -junto con el químico Edouard Adam- un pigmento azul con propiedades especiales de densidad y luminosidad que llamó IKB (International Klein Blue). Y pintó monocromos con los bordes ligeramente redondeados, que se colgaban distanciados de la pared como si flotaran en el espacio.

    Once de ellos fueron expuestos en enero de 1957 en la galería Apollinaire de Milán. Todos tenían el mismo tamaño y estaban pintados del mismo color azul, aunque tenían precios distintos, pues cada uno generaba diferentes espacios de sensibilidad pictórica, según el autor.

    El mismo año, en la galería parisina de Iris Clert, Klein celebró el inicio de la Época Azul soltando 1001 globos de ese color con la primera representación pública de la Sinfonía monótona. Estaba compuesta por una sola nota, como si fuera la traducción musical del monocromo.

    Lucio Fontana

    Ítalo-argentino, 1899-1968

    Una nueva dimensión

    Aproximadamente entre 1958 y 1969, Fontana creó una serie de telas monocromas tajeadas. En 1965 escribió: "Como pintor, trabajo en mis telas perforadas y no quiero hacer pintura, quiero franquear el espacio, crear una nueva dimensión para el arte, unir estrechamente el cosmos como si se expandiera infinitamente más allá del plano limitante del cuadro".

    El tajo que Fontana practicaba en sus telas no era un gesto destructivo sino un canal o puente entre el espacio finito de la tela y el espacio infinito más allá de ella. Gran parte de su obra consiste en monocromos que fueron tajeados (Tagli) o perforados (Buchi).

    En la Fundación Klemm de Buenos se conserva Pasa un jet, que quiere partir hacia el infinito (1962, bastidor gris con tres tajos), y en el Museo Thyssen Bornemisza de Madrid, Venecia era toda de oro (1961), un óleo luminoso y dorado logrado con materia espesa, aplicada en círculos y con el característico tajo en el medio.

    Anish Kapoor

    Bombay, 1954

    El abismo primordial

    "Soy un artista abstracto y gracias a la abstracción he llegado al origen de las cosas", afirma Kapoor. El color le permite investigar tres cuestiones centrales en su obra: la búsqueda del origen, la presencia y no presencia del objeto (que está y no está) y la autogeneración o autocreación.

    Sus primeras esculturas cubiertas de pigmento tenían el nombre genérico de 1000 nombres, que se entronca directamente con la tradición de los mil nombres de Ganesha, los mil de Shiva y los mil de Vishnú, y su correlato monoteísta en Occidente: los 72 nombres de Dios de la Cábala hebrea o los 99 nombres de Alá en el islam.

    De todos los colores, el rojo es su preferido, porque "es el color de lo físico, de la tierra, de lo corpóreo, del nacimiento, de la sangre y también de la violencia". Con el rojo creó sus obras más monumentales, como Tarantara (1999), Mi patria roja (2003), Marsyas (2003) y Leviatán (2011).

    En los últimos años ha utilizado el vantablack, la sustancia más oscura que existe, hecha a partir de nanotubos de carbono que absorben el 99.96% de la radiación de luz visible. Kapoor lo define de forma más poética: "Más negro que el ala de un cuervo en la noche". Y lo usa para evocar el abismo primordial, antes de la existencia de todo ser visible o invisible.



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  • Título: Proa presenta la primera retrospectiva de Yves Klein en nuestro pas
    Autor: Marta Gravinese
    Fecha: 10/03/2017
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    Conjuntamente con los Archivos Yves Klein, la Embajada de Francia en la Argentina y Tenaris Del Sábado 18 de marzo al 31 de julio de 2017 .

    La exhibición cuenta con más de 70 obras y alrededor de 100 documentos, incluyendo las producciones más emblemáticas del artista francés, uno de los mayores exponentes del arte contemporáneo del siglo XX y creador de un nuevo color en la historia del arte: el International Klein Blue (IKB). De trayectoria audaz e infinita, Klein es muy reconocido por las nuevas generaciones, quienes rescatan tanto sus gestos performáticos como sus notables escritos y la audacia en sus obras.

    La muestra reúne sus primeras pinturas monocromáticas de 1955; sus célebres cuadros de azul ultramarino saturado; las pinturas de fuego; las Cosmogonías de lluvia y viento; las series de Esculturas Esponjas y las obras en oro –resultado del trabajo de varios años combinando práctica pictórica, espiritualidad, la fuerza de la naturaleza y la exploración de un camino hacia lo absoluto. 

    Klein es también uno de los precursores del happening con la realización de sus Antropometrías en público, el Salto al Vacío, la iluminación del Obelisco de la plaza Concorde, entre otros proyectos que integran la exposición a partir de documentos, registros, escritos y una exhaustiva presentación de material de los Archivos del artista.

    A través de sus obras, Klein cambió el foco perceptual desde el objeto material hacia una "sensibilidad inmaterial", desafiando las nociones preexistentes sobre el arte e inyectándolas de un nuevo sentido de espiritualidad a través del color puro: "Con el color alcanzo un sentimiento de plena identificación con el espacio y estoy completamente liberado (...) Busco, por sobre todas las cosas, alcanzar en mis creaciones esa "transparencia", ese "vacío" inmensurable en donde reside el permanente y absoluto espíritu liberado de todas las dimensiones"  (Yves Klein)

    El grado en que Yves Klein empujó su experimentación con ideas y materiales es impactante para un tiempo en que las prácticas conceptuales no eran tan comunes. Sus trabajos con modelos vivos intentan registrar las energías cósmicas del cuerpo, rociando con pinturas los contornos de las modelos. Estas Antropometrías reflexionan sobre el tiempo y la presencia física en un plano material.

    Esta primera gran retrospectiva de Yves Klein en América latina nos muestra a un artista provocador e innovador, que constantemente hacía borrosas las fronteras entre el arte y la vida, entre la pintura y la performance, entre los objetos y las ideas. Repensando su propia época desde una perspectiva espiritual y estética, actuó como bisagra con las generaciones venideras, permitiendo la irrupción de otros movimientos como el arte conceptual, el minimalismo y el pop. Su objetivo revolucionario consistía en repensar radicalmente el mundo en términos tanto estéticos como espirituales.

    La muestra de Yves Klein se acompaña de un intenso programa de extensión cultural que se desarrollará durante la exhibición. Incluye charlas y seminarios y un programa educativo especialmente diseñado para comprender la relevancia del artista francés y para disfrutar en familia los aspectos más interesantes de la muestra. Junto con la exhibición se publicará un catálogo ilustrado que incluye imágenes a todo color de los  principales trabajos de Klein, incluyendo sus Antropometrías, Cosmogonías, pinturas de fuego, relieves planetarios y monocromos azules, así como sus relieves corporales y esponjosos, arquitectura aérea y trabajos inmateriales, incluyendo además una extensa documentación sobre su trabajo pensada para estudiantes y especialistas. 

    Sumado a esto, los programas educativos paralelos ProaTv y ProaRadio y la Audioguía online para acercarse más en profundidad a las obras desde cualquier dispositivo móvil.  Proa ofrece, en su conjunto, la posibilidad de apreciar desde distintas perspectivas el trabajo de uno de los artistas más innovadores de la escena artística del siglo XX.

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  • Título: El artista que invent un azul propio para llenar el vaco
    Autor: Mercedes Prez Bergliaffa
    Fecha: 09/03/2017
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    Ver nota original (CLARIN, Cultura)

    Fanático del judo, amante de la espiritualidad y exótico pintor monocromo (siempre pintaba con un solo color), al famoso artista francés Yves Klein se lo reconoce especialmente por crear parte de su obra con un color específico: el azul. Klein realizó cantidades de trabajos monocromáticos solamente con azul. Hasta se bautizó un color, el “azul Klein”, en su honor. Un color que podríamos sospechar signó su vida: el mismo azul que lo fascinó como para crear obras estrellando modelos desnudas pintadas de azul contra las telas de los bastidores (las modelos serían algo así como “pinceles vivientes, desnudos”), un azul que más tarde lo llevaría a marcar la historia del arte, también fue la causa de su muerte: Klein murió por envenenamiento gracias a la composición química y venenosa de ese color, el “azul Klein”.

    Desde el sábado de la semana próxima, en la Fundación PROA podrá verse, por primera vez en la Argentina, un gran conjunto de sus obras con el título Un salto al vacío. Yves Klein y el nuevo arte del siglo XX. Son más de 70 obras y 100 documentos personales que proceden del Archivo Klein, en París. Es una muestra de carácter retrospectivo; más pequeña que la realizada en el Centro Pompidou de París en 2006, pero muy significativa. Aquí en la Argentina, la única institución que conserva trabajos de este artista singular es la Fundación Klemm. El fallecido Federico Klemm había comprado, en su momento, una obra maravillosa pintada con el famoso y profundo azul.

    Incluyendo sus primeras pinturas monocromáticas, las pinturas de fuego (Klein utilizaba lanzallamas y modelos para “pintarlas”, e inmediatamente tenían que acudir los bomberos a ayudar en su “finalización”); la serie de las Cosmogonías; las Esculturas Esponjas y los trabajos en oro, entre otros, podría decirse que la exposición de Proa brindará un panorama exhaustivo sobre este personaje original, heredero del neodadaísmo, artista conceptual y de acción antes que pintor, figura influyente para los artistas de la performance y del arte minimalista de la mitad del siglo XX. El curador de la muestra, Daniel Moquay –responsable de los Archivos Klein en París- habló con Clarín sobre la exposición que se inaugurará en PROA. Moquay, además, está casado con la viuda de Klein, Rotraut Klein-Moquay.

    Klein se preguntaba: “¿No será el artista del futuro (por ejemplo, el de los años 2000) quien exprese a través de un eterno silencio una pintura inmensa que no tenga dimensiones? Es necesario crear y recrear una fluidez física constante en orden a recibir la gracia que permita una creatividad positiva del vacío”. Klein se hacía, entonces, preguntas conceptuales, espirituales, sobre la propia acción, significado y objetivos de pintar: realizaba una pintura de acción con trasfondos reflexivos, en las que tanto lo que pintaba como el acto de pintar tenían la misma importancia.

    -¿Existió una “revolución azul”, a partir de Klein y de su “azul Klein”?

    -No lo sé. Sí puedo decirte que la carrera de Klein duró solamente siete años. Fue super corta. Comenzó verdaderamente en 1955. Y la primera cosa que creó Klein fueron los monocromos: pinturas monocromáticas en azul, todas del mismo tamaño, que él quería vender a distintos precios a pesar de ser todas similares. Ante esto, la gente decía: “¿Pero qué es ésto? ¿Es un chiste? ¿Es un juego? ¡Si son todas las mismas pinturas! Por supuesto que ninguna era igual: tenían su personalidad.

    Fanático del judo, amante de la espiritualidad y exótico pintor monocromo (siempre pintaba con un solo color), al famoso artista francés Yves Klein se lo reconoce especialmente por crear parte de su obra con un color específico: el azul. Klein realizó cantidades de trabajos monocromáticos solamente con azul. Hasta se bautizó un color, el “azul Klein”, en su honor. Un color que podríamos sospechar signó su vida: el mismo azul que lo fascinó como para crear obras estrellando modelos desnudas pintadas de azul contra las telas de los bastidores (las modelos serían algo así como “pinceles vivientes, desnudos”), un azul que más tarde lo llevaría a marcar la historia del arte, también fue la causa de su muerte: Klein murió por envenenamiento gracias a la composición química y venenosa de ese color, el “azul Klein”.

    Desde el sábado de la semana próxima, en la Fundación PROA podrá verse, por primera vez en la Argentina, un gran conjunto de sus obras con el título Un salto al vacío. Yves Klein y el nuevo arte del siglo XX. Son más de 70 obras y 100 documentos personales que proceden del Archivo Klein, en París. Es una muestra de carácter retrospectivo; más pequeña que la realizada en el Centro Pompidou de París en 2006, pero muy significativa. Aquí en la Argentina, la única institución que conserva trabajos de este artista singular es la Fundación Klemm. El fallecido Federico Klemm había comprado, en su momento, una obra maravillosa pintada con el famoso y profundo azul.

    Incluyendo sus primeras pinturas monocromáticas, las pinturas de fuego (Klein utilizaba lanzallamas y modelos para “pintarlas”, e inmediatamente tenían que acudir los bomberos a ayudar en su “finalización”); la serie de las Cosmogonías; las Esculturas Esponjas y los trabajos en oro, entre otros, podría decirse que la exposición de Proa brindará un panorama exhaustivo sobre este personaje original, heredero del neodadaísmo, artista conceptual y de acción antes que pintor, figura influyente para los artistas de la performance y del arte minimalista de la mitad del siglo XX. El curador de la muestra, Daniel Moquay –responsable de los Archivos Klein en París- habló con Clarín sobre la exposición que se inaugurará en PROA. Moquay, además, está casado con la viuda de Klein, Rotraut Klein-Moquay.

    Klein se preguntaba: “¿No será el artista del futuro (por ejemplo, el de los años 2000) quien exprese a través de un eterno silencio una pintura inmensa que no tenga dimensiones? Es necesario crear y recrear una fluidez física constante en orden a recibir la gracia que permita una creatividad positiva del vacío”. Klein se hacía, entonces, preguntas conceptuales, espirituales, sobre la propia acción, significado y objetivos de pintar: realizaba una pintura de acción con trasfondos reflexivos, en las que tanto lo que pintaba como el acto de pintar tenían la misma importancia.

    -¿Existió una “revolución azul”, a partir de Klein y de su “azul Klein”?

    -No lo sé. Sí puedo decirte que la carrera de Klein duró solamente siete años. Fue super corta. Comenzó verdaderamente en 1955. Y la primera cosa que creó Klein fueron los monocromos: pinturas monocromáticas en azul, todas del mismo tamaño, que él quería vender a distintos precios a pesar de ser todas similares. Ante esto, la gente decía: “¿Pero qué es ésto? ¿Es un chiste? ¿Es un juego? ¡Si son todas las mismas pinturas! Por supuesto que ninguna era igual: tenían su personalidad.

    Antropometría, Yves Klein, 1960.

    -¿Cuál fue la importancia de esta obra monocromática de Klein, a nivel histórico y conceptual?

    -Probablemente el trabajo de Klein ha significado una especie de liberación para otros artistas, quienes se sintieron aliviados al ver que existía un hombre que tenía el coraje de hacer una pintura monocroma y nada más. Para la fecha en que Klein hacía esto (fines de los años ‘50) tomar estas decisiones artísticas respecto de la obra era un poco difícil. También creo que no se trata del color. En Klein se trata del vacío.

    -Hubo otros artistas que crearon obras monocromáticas con anterioridad. ¿Por qué piensa que Klein fue tan fundamental?

    -En los años de las dos guerras mundiales, y aun en los años ‘20, nadie conocía a Kazimir Malevich, por ejemplo, porque su obra estaba en Rusia y era regulada. No era como ahora, que los artistas viajan seguido, que todo se conoce rápido... Por eso cuando Klein hizo su exposición de monocromos en 1957 el éxito fue total. El artista italiano Piero Manzoni, por ejemplo, no hacía pinturas monocromáticas antes de haber visto las de Klein. Por lo tanto, si no hubiera existido Klein, Manzoni -un artista importante- tampoco hubiera existido.

    -¿Cuál fue el impacto de las pinturas azules de Klein cuando las creó en los años ‘50?

    -En enero del ‘57, Klein hizo una muestra en Milán, después otras dos en París. Después otra en Alemania, y luego otra más en Londres. Te puedo asegurar que en aquel tiempo no había otro artista que hiciera exposiciones así, tan seguidas, y en varios países. En este caso fue un fenómeno. ¿Y para qué? ¡Sólo para enseñar monocromos!

    -¿Por qué tenían tanto éxito esta pinturas azules? ¿A qué se debía?

    -No tengo la menor idea. Pero sí puedo decir que han tenido un éxito terrible, enorme, no ya sobre los coleccionistas, pero sobre todo en otros artistas. Sin Klein no existiría el Grupo Zero, por ejemplo, que se hizo alrededor de Klein. Son los artistas, quienes hicieron a Klein. Ni los coleccionistas ni los museos lo hicieron.

    -¿Qué fue lo más importante en su producción?

    -Seguramente ha sido el concepto de lo inmaterial. Klein primero trabajó en torno al concepto de monocromo, luego el del vacío. Y esto es simple, doy un ejemplo: el pintor vivió unos días dentro del interior de la galería en donde exponía, para pintar y dar vuelta por ahí. En este caso pintó todo de blanco. Consideraba que el lugar se llenaba de su emoción, de su espíritu. Cuando pensó que el espacio ya le pertenecía, justo al cumplir 30 años, dijo: “Ahora podemos abrir las puertas y dejar entrar al público”. Por supuesto, el público se mostró sorprendido y desconcertado. Pero si existe un artista que sólo pinta cuadros monocromos, ¿por qué no puede pintar todo el lugar de blanco?, se dijeron. La pintura también tiene una sensibilidad propia.

     

    El color que le dio sentido y le quitó la vida

    Yves Klein vivió sólo 34 años: la leyenda cuenta que murió envenenado por el “azul Klein” (International Klein Blue, lo patentó en 1960), un pigmento especial, opaco, con un cuerpo diferente al de otras pinturas; con una materialidad y espesor singulares. Aunque la causa específica de su muerte fue un tercer ataque cardíaco.

    Hijo de padres artistas (su madre fue una pintora abstracta y su padre, un pintor figurativo), Klein nació en 1928 en Niza, Francia, y murió en 1962 en París. Quedó categorizado -dentro de la historia del arte- como un artista que borró los límites entre la escultura, la pintura y el arte de acción.

    Esto se podrá ver en Fundación PROA, con el auspicio de la Embajada de Francia, desde la semana próxima. Están sus “pinturas de fuego” por ejemplo, y sus “Antropometrías”, en las que Klein “movía” (pintaba) sobre la tela de un cuadro a mujeres desnudas impregnadas de azul: eran sus pinceles. El artista “Imprimía” con ellas bastidores o grandes superficies de papel; es decir, despersonalizaba y desmaterializaba el objeto artístico.

    Precursor del happening con la realización de sus Antropometrías en público, el “Salto al Vacío”, el proyecto de iluminación del Obelisco de la plaza Concorde, entre otros proyectos que integran la exposición, a partir de documentos y registros de los Archivos del artista.

    Uno de los rasgos relevantes de Klein es su interesante búsqueda espiritual: de joven fue seguidor de la Orden Rosacruz y más tarde, junto a la práctica profesional del judo (fue cinturón negro y vivió 15 meses en Japón), se interesó por el budismo zen y las filosofías orientales.

    Por el toque provocador y de “espectáculo” de algunas de sus performances, ciertos investigadores catalogan a Klein como un “bromista crítico”, comparándolo, en ese sentido, con Marcel Duchamp. Sus acciones y su azul ultramarino irrumpieron en una Europa desolada, gris y destruida por la Segunda Guerra Mundial. En ese escenario y aún hoy el “azul Klein” hipnotiza y transporta a una dimensión singular.

    La muestra estará hasta el 31 de julio y PROA desarrollará un programa paralelo, con charlas y actividades diversas.



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  • Título: En la trastienda
    Autor: Celina Chatruc
    Fecha: 05/03/2017
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    Visita guiada por la ciudad

    Con la apertura de Xul Solar. Panactivista, pasado mañana en el Museo Nacional de Bellas Artes, la agenda artística porteña comenzará a levantar temperatura. El miércoles, el protagonista será Daniel Joglar en Ruth Benzacar y el jueves, Gastón Pérsico en el Malba. El sábado 11 será el turno de Gabriel Chaile en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el lunes 13, de Teresa Pereda en Elsi del Río. Al día siguiente, en Fototeca FoLa, la artista brasileña Angélica Dass brindará una conferencia sobre su proyecto Humanae. La apertura al público de su muestra será el miércoles 15, junto con otras dos dedicadas a Vivian Maier y a las fotografías que integraron El silencio, libro con imágenes de Dani Yako y textos de Martín Caparrós. Desde ese día también se exhibirán las obras de los artistas argentinos seleccionados para el Premio Braque en el Centro de Arte Contemporáneo de la Untref. Y el sábado 18 llegará a Fundación Proa la esperada retrospectiva de Yves Klein, que se demoró casi un año. El mes cerrará con la inauguración de General Idea en Malba. Mientras tanto, en el Espacio de Arte de la Fundación OSDE se exhibe hasta fin de abril una colectiva curada por Santiago Villanueva con obras de importantes artistas como Roberto Aizenberg, Jacques Bedel, Juan Del Prete y Jorge Diciervo.



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  • Título: La revolucin del color: tras las huellas de Yves Klein
    Autor: Marina Oybin
    Fecha: 31/01/2017
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    En Fundación Proa. La primera retrospectiva del artista francés en América Latina llegará en julio a Buenos Aires; su curador, Daniel Moquay, adelanta algunas claves

    A ritmo vertiginoso, en apenas siete años, Yves Klein realizó toda su producción. A pesar de su prematura muerte, a los 34 años, se convirtió en un artista clave del siglo XX. Su primera retrospectiva en América Latina, que reunirá más de medio centenar de obras -monocromías, esculturas, trabajos realizados con fuego, antropometrías, cosmogonías, relieves y esculturas-esponja-, se podrá ver en Fundación Proa desde julio próximo.

    Durante su paso por Buenos Aires para ajustar detalles de la exposición, su curador, Daniel Moquay, conversó con LA NACION sobre la muestra y el legado de este artista al que define como revolucionario. Director del Archivo Yves Klein en París y casado con Rotraut Klein, viuda del artista, Moquay es especialista en la obra de Klein y organizó retrospectivas en los principales museos del mundo. Ahora proyecta muestras del artista en Rusia, Turquía, Irán e Israel.

    Inolvidable azul Klein

    "El azul es lo invisible haciéndose visible", dijo Yves Klein, quien se consideraba a sí mismo un pintor del espacio. El azul, el color de cielo, del mar, de la inmensidad, fue su sello. Usó un fijador con el que logró conservar intacto el tono azul fulgurante después de medio siglo. Moquay reveló a LA NACION que Klein no patentó el famoso International Klein Blue (azul Klein internacional), hecho que figura en libros y notas periodísticas, sino que dejó constancia de la técnica en un gabinete de invenciones, sin intención de beneficio económico.


    Más allá de la materia

    Desde 1958, Klein sostuvo que la idea como obra de arte es más importante que la propia obra material. Hizo obras con fuego, con lluvia y hasta con viento. Las Cosmogonías son soportes pintados al aire libre para que los agentes atmosféricos actuaran sobre ellos. Llevó hasta las últimas consecuencias la concepción del arte inmaterial, a tal punto que hizo ceremonias en medio de la naturaleza en las que intercambió láminas de oro, que arrojó al río Sena, por un recibo que le entregaba al "comprador" y que éste debía quemar. "No había obra; se trataba de una experiencia performática emocionante, compartida con el artista. El inmaterial existe: cuando uno tiene una emoción es algo que lleva consigo para siempre: eso es la obra inmaterial, la más importante de Klein", afirma Moquay.


    El espíritu de la monocromía

    "Sentir el alma sin explicaciones, sin palabras, y representar ese sentimiento, eso es lo que me ha llevado a la monocromía", afirmó Klein, que pintaba con un rodillo; le parecía una forma más anónima de expresión, ya que no quedan las huellas del pincel. "Sus monocromías -dice Moquay- son universales y sofisticadas, no necesitan explicación: se comprenden en cualquier lugar del mundo."


    Pinceles vivos

    Muchas veces después de la sesión de poses, las modelos se sorprendían al ver el resultado del trabajo de Klein: curiosamente se trataba de pinturas monocromas, sin figuras humanas. Más tarde, Klein utilizó a los modelos desnudos como "pinceles vivos" que al apoyarse sobre el lienzo dejaban marcas y formas. En las Antropometrías, como las llamó el crítico Pierre Restany, Klein volvió al desnudo sin usar medios tradicionales de representación.

    "La forma del cuerpo humano, sus líneas, su color entre la vida y la muerte no me interesan; sólo me importa el clima de las sensaciones", aseguró el artista. Las modelos se esparcían pintura sobre sus cuerpos, que presionaban o arrastraban sobre hojas de papel. Klein les indicaba cómo hacerlo: había pinturas performáticas con huellas estáticas y otras con rastros dinámicos que evidencian los movimientos del cuerpo.

    En 1960 presentó Antropometrías de la época azul, una de sus performances más importantes. Siguiendo sus indicaciones, tres modelos embadurnadas con color azul dejaban la impresión de sus cuerpos sobre el lienzo, mientras los músicos interpretaban la Sinfonía monótona silencio, creada por el artista, que podría ser presentada en el marco de la exposición.

    Precursor de la performance

    Moquay considera que hay dos artistas que marcaron el siglo XX: en la primera mitad del siglo, Marcel Duchamp; luego, Klein, uno de los más importantes precursores de la performance, "con una obra totalmente actual, que abrió caminos en la experimentación". Para el especialista, la obra de Klein representa un paradigma que se opone al de la pintura de Warhol: "Mientras Warhol se centró en símbolos que encarnan la lógica de la sociedad de consumo estadounidense, Klein desató su arte inmaterial y espiritual", dice Moquay. Y agrega: "Podés hacerte dueño de la obra de Klein sin comprarla: la llevás en el corazón para siempre, es como una familia".

    Un salto al vacío

    La famosa foto de Klein arrojándose desde la ventana de una casa en las afueras de París, en el barrio en el que había vivido cuando era chico, es imposible de olvidar. Klein incluyó esa foto (1960) en la tapa del periódico que publicó en el tercer festival parisino de arte vanguardista. Se reprodujeron miles de ejemplares que el artista, con amigos, distribuyó en kioscos de París. Ese salto es una especie de conjura contra la muerte. Para lograr esa toma, repitió el salto varias veces. Reconocido yudoca cinturón negro, Klein se tiró sin temor: sus compañeros de yudo, en la calle, lo atajaron con un tapiz debajo del cual colocaron varios colchones.



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  • Título: La Razn
    Autor: Yves Klein, la promesa en Proa
    Fecha: 31/01/2017
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    El temor, el vértigo y la sorpresa que han deparado los primeros días de Donald Trump como presidente de Estados Unidos dispararon, a la vez, las ventas de una obra notable de la literatura universal: “1984”, de George Orwell. Lo había escrito en 1948, como una feroz descripción de los totalitarismos (sobre todo, apuntando al estalinismo). En los últimos días, “1984” volvió a estar entre los libros más vendidos en Estados Unidos a través de Amazon, el gigante digital del comercio online. Y lo mismo ocurre en la plataforma LibriRed de las librerías españolas.

    Un portavoz de Signet Classic, que tiene ahora los derechos del libero de Orwell, confirmó esta condición de bestseller. Orwell -nacido en la India británica en 1903 y muerto en Londres en 1950- también fue autor de “Rebelión en la granja”, además de gran periodista y ensayista. Y describió la Guerra Civil española, en la cual había estado, en “Homenaje a Cataluña”.

    En la Fundación Proa, en La Boca, continúan dos importantes muestras. Una, sobre un colectivo internacional de historietistas y la otra, “Entre Nos” celebrando las dos décadas de vinculación de estas salas con el barrio de la Boca.

    Proa, también, confirmó que entre marzo y junio y por primera vez en nuestro país habrá una retrospectiva de uno de los más notables exponentes del arte contemporáneo: Yves Klein (1928-1962) con el auspicio de la Embajada de Francia y la curaduría de Daniel Maquay. Llegarán un centenar de piezas que conformaron la estética de los 60, con el surgimiento de la performance y el happening (y de los cuales nuestro país también tiene su brillo a partir de Marta Minujín, la movida del Di Tella y otros excelentes artistas).

    El Internacional Klein Blue (IKB), de 1956, es una de las obras icónicas de Klein, quien murió cuando apenas tenía 34 años. Está considerado un “maestro del conceptualismo”.



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  • Título: Yves Klein llega a Buenos Aires
    Autor: Rubn H Rios
    Fecha: 21/01/2017
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    Entre marzo y junio de este año, en la Fundación Proa y por primera vez en la Argentina, se verá una retrospectiva de uno de los más grandes exponentes del arte contemporáneo.

    Entre las muestras internacionales programadas en Buenos Aires para 2017, la primera expo‐ sición retrospectiva de Yves Klein (1928-1962) en Argentina y América Latina, que se inaugurará en marzo en Fundación Proa, reúne todos los requisitos para transformarse en la más atractiva. Auspiciada por la Embajada de Francia y coordinada con los Archivos Yves Klein de París, con la curaduría de Daniel Maquay, la muestra presentará más de cien piezas que influenciaron consi‐ derablemente en las estéticas de los años 60, en especial con el surgimiento de la performance y el happening, y la invención de un color de la gama del azul ultramar saturado, el famoso Inter‐ national Klein Blue (IKB) creado en 1956. La exhibición es un recorrido de las obras más icónicas de Klein, fallecido a los 34 años en 1962, uno de las mayores figuras del arte de vanguardia del siglo XX y maestro del conceptualismo contemporáneo.

    Hijo de padres pintores, después de pasar un año y medio aprendiendo judo en Japón a prin‐ cipios de 1950, Klein se instaló en París y se dedicó al arte. Su primera exposición de pinturas mo‐ nocromáticas en varios colores se llevó a cabo en 1955. En 1957 inauguró en Milán una exposi‐ ción individual en IKB soltando 1.001 globos azules llenos de helio en SaintGermain-des-Prés de París. Al año siguiente, presentó The Void, que consistía sólo en una galería de arte vacía. En Sal‐ to al vacío, fotografía en blanco y negro de 1960, se muestra elevándose desde un edificio como un superhéroe. Su performance más importante se realizó en marzo de ese año, en París, en la exposición Antropometrías de la época azul. En esa ocasión, Klein apareció vestido con un frac blanco, dirigiendo a tres modelos desnudas (concebidas como pinceles vivientes) cubiertas con 

    pintura azul, cuyos movimientos eran impresos en un lienzo blanco, mientras nue- ve músicos tocaban su Sinfonía monótona-silencio, una sola nota de 20 minutos, seguida por otros más de si‐ lencio. Además, Klein experimentó con fuego, lluvia y viento.

    La muestra de Fundación Proa reúne las primeras pinturas monocromáticas de 1955, los mo‐ nocromos IKB, las pinturas de fuego y las Cosmogonías –de lluvia y viento–, las series de escultu‐ ras-esponjas y las obras en oro. El inmaterialismo de Klein se observa en las Cosmogonías, que son sopor- tes pintados al aire libre para que los elementos atmosféricos incidan sobre ellos. Klein es uno de los precursores del happening con la realización de sus Antropometrías o el pro‐ yecto de iluminación del obelisco de la plaza Concorde. En estas obras se refleja el experto yudo‐ ca (llegó a cuarto dan), el iniciado en los arcanos de la Orden Rosacruz y su resistencia a los for‐ malismos académicos, empezando por el expresionismo abstracto.



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  • Título: Yves Klein, Mir y Freund en Buenos Aires
    Autor: Mercedes Ezquiaga
    Fecha: 27/12/2016
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    El neodadaísta Yves Klein, el pintor catalán Joan Miró, el ítalo-argentino Lucio Fontana, las fotógrafas estadounidenses Diane Arbus y Vivian Maier y la francesa Gisele Freund, además del filósofo Georges Didi-Huberman en calidad de curador, protagonizarán algunas de las más relevantes exposiciones nacionales e internacionales programadas para el año próximo.

    De marzo a junio de 2017, en la Fundación Proa, se verá la "Retrospectiva" del francés Yves Klein (1928-1962), más de 30 obras emblemáticas de uno de los mayores exponentes del arte contemporáneo del siglo XX, por primera vez en la Argentina.
     

    Subastan un cuadro nunca expuesto de Frida Kahlo

    Dedicada al artista de trayectoria audaz e infinita, la muestra reunirá sus primeras pinturas monocromáticas de 1955; sus célebres monocromos azul ultramarino saturado; las pinturas de fuego y las Cosmogonías -de lluvia y viento-; las series de Esculturas Esponjas y las obras en oro –resultados del trabajo de varios años combinando práctica pictórica, espiritualidad, la fuerza de la naturaleza y la exploración de un camino hacia lo absoluto.

    En octubre, en el Museo Nacional de Bellas Artes se podrá ver "Miró: la experiencia de mirar", un conjunto de pinturas, esculturas y dibujos de las dos últimas décadas de la vida del artista (1963-1983), obras pertenecientes a la colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid.

    Le otorgan a Marta Minujín el premio Velázquez 2016

    Pero antes, el museo que dirige Andrés Duprat programó, a partir de febrero, una gran exposición dedicada a Alejandro Xul Solar (1887-1963), pintor, escritor, inventor de lenguajes, visionario vanguardista y gran amigo de Jorge Luis Borges, en un itinerario realizado junto a la Fundación Pan Klub, que abordará su vínculo con la pintura, la música, la arquitectura y lo esotérico.

    En el mismo Bellas Artes, pero entre mayo y junio, se verán obras del pintor, ceramista y escultor nacido en Rosario Lucio Fontana (1899-1968), y en julio, una muestra dedicada al maestro Luis Felipe Noé.

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    El Malba, en tanto, presentará a partir del 24 de marzo la primera exposición retrospectiva en América latina del colectivo canadiense General Idea -de los primeros en incorporar el tema del sida a su obra- bajo el titulo "Tiempo partido", curada por su director artístico Agustín Pérez Rubio.

    Y a partir de julio las fotografías de "En el principio", más de cien imágenes de la estadounidense Diane Arbus, proveniente de la colección del Museo Metropolitano de Nueva York. Para el cierre del calendario, desde el 3 de noviembre, "México Moderno (1900-1950)" mostrará un amplio panorama de la vanguardia mexicana en un recorrido de 140 obras clave de artistas como Diego Rivera, Frida Kahlo, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo, José Clemente Orozco y otros.

    Por su parte, la Fototeca Latinoamericana (FoLa) confirmó que a partir de marzo se verá una exposición sorprendente de la aficionada neoyorquina Vivian Maier (1926-2009), una mujer que trabajó como niñera y que a su muerte, ocurrida en la pobreza, dejó cien mil fotos sin revelar de una belleza sorprendente.

    Además, en junio albergará una exposición de "Fotografía Contemporánea Mexicana", mientras que en agosto FoLa funcionará como sede -fuera de Europa- del prestigioso festival PhotoEspaña.AR, que cumple veinte años. Por último, en noviembre se presentarán más de cien fotografías del archivo Harry G. Olds, recuperadas por Alfredo Srur, un estadounidense que tomó miles de instantáneas de la Argentina y Chile durante los cuarenta años que vivió aquí.

    El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires abrirá su calendario 2017 a partir de abril con dos artistas argentinos: el arquitecto tucumano afincado en Berlín Tomás Saraceno (1973), quien realizará su primer proyecto de gran escala en un museo de la Argentina: un entramado inspirado en la morfología de las telas de araña, con sus tramas y tejidos, como cuerpos articulados en el tejido cósmico; y Diego Bianchi (1969), quien a través de sus obras indaga en los procesos de obsolescencia y decadencia de los objetos de consumo.

    Siempre en el Mamba, a partir del 26 de octubre se verá una exhibición de la berlinesa Gisele Freund (1908-2000), pionera de la fotografía color, única mujer entre los fundadores la Agencia Magnum de fotoperiodismo y socióloga, cuyo trabajo sentó las bases críticas de la historia de la fotografía.

    En noviembre, el museo que dirige Victoria Noorthoorn exhibirá una retrospectiva de Liliana Maresca (1951-1994), que incluirá mucha obra inédita, sobre todo vinculada a proyectos colectivos como Una Bufanda para la ciudad, Lavarte, La Kermesse y La Conquista.

    Causa expectativa la llegada a la Argentina del historiador y ensayista francés Georges Didi-Huberman, curador de la exhibición "Sublevaciones", un proyecto en colaboración con el Jeu de Paume (París), el Museo Nacional de Arte de Catalunya (MNAC, Barcelona), el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC, México) y el MUNTREF, que se verá entre junio y septiembre de 2017. Se trata de pinturas, fotografías, videos e instalaciones vinculadas a rebeliones o revoluciones de distintos momentos en la historia de la humanidad.

    El Centro Cultural Recoleta exhibirá hasta el 24 de abril "El museo de los mundos imaginarios", con curaduría de Rodrigo Alonso, muestra que explora los universos creados por la imaginación de un conjunto de 30 artistas argentinos que trabajan en diferentes medios y formatos.

    Luego, vendrá en la sala Cronopios, "Íconos argentinos. Homenaje", con curaduría de Renata Schusseheim y fotos de Gianni Mestichelli.

    La programación seguirá con la exhibición "Antihomenaje Dada (101 años de Cabaret Voltaire)", curada por Emilio García Wehbi y Ricardo Ibarlucía, así como exposiciones individuales de Santiago Sierra (en el marco de la Bienal de Performance) y el colectivo Oligatega Numeric. Finalmente, otro de los platos fuertes del Recoleta será la muestra del fotógrafo documental francés Raymond Depardon, que fue vista hace poco en el Grand Palais de París.

    El Macba (Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires), que a partir de marzo estrena la dirección artística de Jimena Ferreiro en reemplazo de Teresa Riccardi, anticipa para 2017 una nueva lectura de su colección permanente bajo la curaduría de Rodrigo Alonso; y muestras del estadounidense Tony Oursler y el artista argentino Gabriel Valansi, en el marco de la Bienal de Performance 17. Además, a mediados de año se presentará la obra del germano Jürgen Klauke, quien toma su propio cuerpo como medio expresivo, y para cerrar el año una retrospectiva dedicada al argentino Eduardo Mac Entyre.

    El Faena Arts Center de Buenos Aires alojará a partir de febrero la obra del artista nacido en Hawai Cayetano Ferrer, ganador del premio Faena 2015, una exposición que va a explorar el arte industrial y decorativo y las conexiones arquitectónicas entre Los Ángeles y Buenos Aires, con curaduría de Jesús Fuenmayor.

    El Espacio de Arte de Fundación OSDE, que dirige la historiadora María Teresa Constantin, presentará a partir del 23 de febrero la muestra "Contradicciones de lo real", dedicada a una "poética del extrañamiento" en el arte; otra en mayo dedicada a José Alejandro Restrepo; Matilde Marín en agosto y, para el final en noviembre, una gran muestra dedicada a Fray Guillermo Butler (1880-1961), reconocido por sus temas sacros y los paisajes de las Sierras de Córdoba.

    El Museo Enrique Larreta reabrirá sus puertas recién entre marzo y mayo del año entrante, luego de permanecer cerrado en estos meses por refacciones y restauraciones en la casa del escritor, como por ejemplo la puesta a punto de los pisos que son originales de principios de siglo XX, mientras que su impactante jardín ya puede ser visitado por el público.

    El área de artes visuales del Centro Cultural San Martín, a cargo de Mariano Soto, anunció por su parte una nueva Convocatoria Abierta para recibir proyectos para sus distintos ciclos y espacios expositivos, que formarán parte de la programación a lo largo de todo 2017. Pueden aplicar hasta el 10 de marzo artistas con instalación, fotografía, pintura, video arte, dibujo, escultura o performance.

    Finalmente, el Espacio Fundación Telefónica presentará a partir de abril y hasta agosto la exposición "Julio Verne. Los límites de la imaginación", con objetos, en muchos casos inéditos, ilustraciones, inventos e ingenios presentes en sus novelas y instalación audiovisual para adentrarse en su literatura.



     

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