Prensa Publicada

  • Título: Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX.
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    Fecha: 03/01/2011
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    La exposición “Las Pampas” reúne un conjunto único de piezas que da cuenta de las diversas culturas que poblaban este territorio durante el convulsionado período de organización social y política. Más de 500 trabajos de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano son apreciados en la exhibición por su extraordinario capital artístico, el valor de la artesanía en plata y los diseños textiles. Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Fernando Benedit, Las Pampas permite comprender la diversidad y riqueza de aquella escena histórica a través de la contemplación de piezas ineludibles en la conformación de una iconografía de las pampas.
    En Fundación Proa, Av. Pedro de Mendoza 1929. Hasta el domingo 9 de enero.

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  • Título: La herencia olvidada .
    Autor: Andrea Castro.
    Fecha: 30/12/2010
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    Las salas de Proa están en penumbras. Sus guías se cansan de repetir a los visitantes que esto se debe a la conservación de las piezas que integran la muestra: una razón muy válida si tenemos en cuenta que la mayoría de ellas son textiles del siglo XIX. Este inconveniente, sin embargo, es la clave para crear un contexto perfecto e ideal,en el cual resuenan demasiadas ausencias.Porque,si la presencia de piezas es abrumadora,la casi total inexistencia de los hombres y mujeres que les dieron vida es brutal.Ya desde la primer sala, el excelente diseño expositivo de Luis Fernando Benedit,nos hace sentir dentro de un paraíso perdido, donde todo nos es ajeno pero,a la vez,cercano. Las acertadas proyecciones,las instalaciones,que incluyen metafóricos maniquíes negros,y la disposición de las originales vitrinas,nos acercan a la cultura de las Pampas,de una manera nueva y muy diferente a la que tradicionalmente utilizan los museos etnográficos.Las Pampas:Arte y Cultura en el Siglo XIX es una muestra para vivenciar.
    El primer espacio está dedicado a las mujeres de los caciques,cuyos sosías pueblan la sala luciendo sus mejores galas. Ataviados con los tradicionales quetpám e iculla, ostentan,sobre el fondo renegrido de ambos tejidos,toda la belleza de su segundo ropaje: sus joyas o “prendas” de plata.Tocados, aros, gargantillas, collares, pinches y pectorales conformaban por aquel tiempo símbolos que daban cuenta del poder económico y del capital político de cada cacique.Pero también, transformaban a las mujeres en un instrumento sonoro, aumentando su belleza y fuerza seductora,sobre todo cuando se mecían sobre los caballos. A pesar de que las descripciones de los viajeros hablan de las interminables procesiones de las que participaban las mujeres de cada uno de los caciques,no debemos pensar en ellas como personas dignas de una posición privilegiada ya que,al igual que las cautivas y los niños,constituían la principal fuerza de trabajo. Ellas eran las constructoras y la base de la comunidad, tejían, cuidaban el ganado, armaban los toldos y hasta construían arados,entre otras numerosas tareas. Justamente es la segunda sala la que nos introduce en la vida cotidiana y política de estos pueblos,a través de sus objetos cotidianos entre los que se destacan los juguetes de los niños,los magníficos mantos tehuelches,las palas de telar hechas con costillas de ballena y las ubres y testículos del ganado bovino,utilizados para acarrear agua.El centro del espacio,dominado por un círculo de ponchos,emula el modo en el que se organizaban las asambleas y parlamentos y da escalofríos por la belleza de las prendas y por la energía que desprenden esas falsas almas allí reunidas. Empalmando con el siguiente espacio se comienza a desarrollar aquí el tema de la platería ecuestre: el adorno de sus caballos era,para el cacique,tan importante como el de sus mujeres. Es muy interesante la comparación que se realiza entre las estilizaciones del pehuén (araucaria)y del búho, que aparecen en algunas piezas,y las abstracciones naturalistas del estilo Art Decó.
    La sala tres está dedicada al caballo,ese animal extranjero que se hizo inseparable de sus nuevos amos y les permitió el desarrollo del comercio con el mundo criollo y,a la vez,la ostentación de un nuevo poder en la guerra.Sus cabezas enjoyadas nos miran desde las paredes reafirmando las palabras de Lucio V. Mansilla: “el caballo indio es único(…) creemos que las extraordinarias características del animal se debieron, en gran medida, al especial respeto que por él sentía el indio. Era antes que nada su amigo”.
    La última sala nos sorprende con una ondulante sucesión de ponchos, frente a los cuales serpentean en el aire las fajas mapuches. El poncho,ese permanente y fiel acompañante en la inmensidad de las pampas,era una prenda masculina tejida por una mano femenina. Ponchos pampeanos,araucanos,pehuenches y ranqueles exhiben aquí sus eternos colores y sus magníficos diseños(algunos de ellos parecen teñidos al batik)ganándole la partida a los austeros y tristes tejidos industriales ingleses.
    Las Pampas es una muestra que emociona por el alto grado de simbolismo que demuestra su montaje,por las sensaciones encontradas que provoca tanto en los visitantes como en el personal del museo(una de las guías me confió que se sentía especialmente perturbada cuando caía la tarde y los caciques reunidos en el Parlamento de la segunda sala parecían cobrar vida a la luz de los últimos rayos del sol)y por la labor de algunos de nuestros artistas plásticos que pone en evidencia: es notable la cantidad y calidad de las piezas cedidas por la Fundación García Uriburu.

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  • Título: (Indoamericanas): Civlización y (ex?) Barbarie .
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    Fecha: 27/12/2010
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    Lo que puede una muestra en Proa...

    La prestigiosa galería de arte Proa inauguró hace unas semanas una muestra llamada Las Pampas, arte y cultura del siglo XIX, que exhibe numerosos ejemplos de platería y textiles de los pueblos originarios del sur del país.
    Resulta sin dudas llamativo que una exhibición que hasta hace poco hubiera correspondido a un museo de antropología se haga en una (reconocida) galería de "arte". Esta re-contextualización lleva a una re-significación y a títulos como el de la nota de arriba: "nuestros sofisticados pampas" . Lo que era "bárbaro" ahora es "sofisticado": más de un prócer de la patria se debe estar revolcando en su tumba.
    La entusiasmada cronista -que en la nota realiza un contrapunto con la imagen de Patoruzú- afirma:
    "Los caciques y pueblos que poblaban nuestras Patagonia y Pampas eran grandes peleadores, inteligentes estrategas, artistas exquisitos, cuidadosos orfebres, sabios tejedores… Todo esto lo puede comprobar ahora usted mismo, en la exposición... ".
    Quizás nada cambie en la vida cotidiana de los descendientes de estos ahora elogiados pueblos originarios, pero la iniciativa -y su repercusión- no dejan de sorprenderme....

    La muestra se puede visitar en la Fundación Proa, Pedro de Mendoza 1929 (la Boca), hasta el 9 de enero.

     

     

    Fuente: Clarín



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  • Título: La herencia olvidada .
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    Fecha: 27/12/2010
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    Las salas de Proa están en penumbras. Sus guías se cansan de repetir a los visitantes que esto se debe a la conservación de las piezas que integran la muestra: una razón muy válida si tenemos en cuenta que la mayoría de ellas son textiles del siglo XIX.  Este inconveniente, sin embargo, es la clave para crear un contexto perfecto e ideal, en el cual resuenan demasiadas ausencias. Porque, si la presencia de piezas es abrumadora, la casi total inexistencia de los hombres y mujeres que les dieron vida es brutal. Ya desde la primera sala, el excelente diseño expositivo de Luis Fernando Benedit, nos hace sentir dentro de un paraíso perdido, donde todo nos es ajeno pero, a la vez, cercano. Las acertadas proyecciones, las instalaciones, que incluyen metafóricos maniquíes negros, y la disposición de las originales vitrinas, nos acercan a la cultura de las Pampas, de una manera nueva y muy diferente a la que tradicionalmente utilizan los museos etnográficos. Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX, es una exhibición para vivenciar y conocer en profundidad, no solo el  inmenso legado artístico y cultural de nuestros pueblos originarios sino, también, la estructura política, económica y social de los verdaderos dueños de estas tierras. Parece una obviedad, pero la revalorización y difusión del legado de nuestras culturas  originarias, generalmente opacado por la magnificencia de los grandes imperios americanos o fríamente analizado desde la perspectiva del hombre blanco que las diezmó, es mucho más que justa y necesaria.

    El primer espacio está dedicado a las mujeres de los caciques, cuyos sosías pueblan la sala luciendo sus mejores galas. Ataviados con el tradicional quetpám (paño cuadrangular a moda de vestido) y cubiertos con la iculla (tejido que cubre los hombros), ostentan, sobre el fondo renegrido de ambos tejidos, toda la belleza de su segundo ropaje: sus joyas o “prendas” de plata. Tocados, aros, gargantillas, collares, pinches y pectorales conformaban por aquel tiempo símbolos que daban cuenta del poder económico y del capital político de cada cacique. Pero también, transformaban a las mujeres en un instrumento sonoro, aumentando su belleza y fuerza seductora, sobre todo cuando se mecían sobre los caballos. A pesar de que las descripciones de los viajeros hablan de las interminables procesiones de las que participaban las mujeres de cada uno de los caciques, no debemos pensar en ellas como personas dignas de una posición privilegiada ya que, al igual que las cautivas y los niños, constituían la principal fuerza de trabajo. Ellas eran las constructoras y la base de la comunidad, tejían, cuidaban el ganado, armaban los toldos y hasta construían arados, entre otras numerosas tareas. Justamente es la segunda sala la que nos introduce en la vida cotidiana y política de estos pueblos, a través de sus objetos cotidianos entre los que se destacan los juguetes de los niños, los magníficos mantos tehuelches, las palas de telar hechas con costillas de ballena y las ubres y testículos del ganado bovino, utilizados para acarrear agua. El centro del espacio, dominado por un círculo de ponchos, emula el modo en el que se organizaban las asambleas y parlamentos y da escalofríos por la belleza de las prendas y por la energía que desprenden esas falsas almas allí reunidas. Empalmando con el siguiente espacio se comienza a desarrollar aquí el tema de la platería ecuestre: el adorno de sus caballos era, para el cacique, tan importante como el de sus mujeres Es muy interesante  la comparación que se realiza entre las estilizaciones del pehuén (araucaria) y del búho, que aparecen en algunas piezas, y las abstracciones naturalistas del  estilo Art Decó.   

    La sala tres está reservada al caballo, ese animal extranjero que se hizo inseparable de sus nuevos amos y les permitió el desarrollo del comercio con el mundo criollo y, a la vez, la ostentación de un nuevo poder en la guerra. Sus cabezas enjoyadas nos miran desde las paredes reafirmando las palabras de Lucio V. Mansilla: “el caballo indio es único (…) creemos que las extraordinarias características del animal se debieron, en gran medida, al especial respeto que por él sentía el indio. Era antes que nada su amigo”.
    La última sala nos sorprende con una ondulante sucesión de ponchos, frente a los cuales serpentean en el aire las fajas mapuches. El poncho, ese permanente y fiel acompañante en la inmensidad de las pampas, era una prenda masculina tejida por una mano femenina. Ponchos pampeanos, araucanos, pehuenches y ranqueles exhiben aquí sus  eternos colores y sus magníficos diseños (algunos de ellos parecen teñidos al batik) ganándole la partida a los austeros y tristes tejidos industriales ingleses. Resguardados tras un vidrio e impecables a pesar del paso del tiempo, se exhiben el poncho que le regalaron al General San Martín durante el cruce de los Andes, el que perteneció al cacique Calfucurá y el que Mariano Rosas le regalara a Lucio Mansilla, su propio poncho, el tejido por su mujer principal: “entre los indios un gaje de amor; como el anillo nupcial entre los cristianos”.

    Las Pampas es una muestra que emociona por el alto grado de simbolismo que demuestra su montaje, por las sensaciones encontradas que provoca tanto en los visitantes como en el personal del museo (una de las guías me confió que se sentía especialmente perturbada cuando caía la tarde y los caciques reunidos en el Parlamento de la segunda sala parecían cobrar vida a la luz de los últimos rayos del sol) y por la labor de algunos de nuestros artistas plásticos que pone en evidencia: es notable la cantidad y calidad  de las piezas cedidas por la Fundación García Uriburu.

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  • Título: Nuestros sofisticados pampas: exponen sus ponchos y sus joyas.
    Autor: Mercedes Pérez Bergliafa.
    Fecha: 23/12/2010
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    La complejidad en el diseño de sus manufacturas muestra la riqueza de la cultura originaria.

    Patoruzú no es un dibujito de historieta. Patoruzú existió. Vivió a través de Namuncurá, Catriel, Yanquetruz, Painé y tantos otros caciques importantes que reinaron en nuestras tierras durante doce mil años. Si, escuchó bien: doce mil años.

    Pero todo tiene un final. El final del poderío de estos caciques en nuestro país fue en el siglo XIX. “La conquista del desierto”, llevada a cabo por el general Julio Argentino Roca fue la cereza que coronó el postre. Una vez derrotados los indios, llegó la hora de la repartija de tierras.

    Al contrario de lo que se plantea en la popular historieta, los caciques como Patoruzú (quien en realidad encarnaba, en la historia de Dante Quinterno, al último de los tehuelches) no eran ningunos ingenuos en la vida real. Eran luchadores y realistas. No se dedicaban sólo a comer empanadas de la Chacha y hacer el bien sin mirar a quién. Para nada. Los caciques y pueblos que poblaban nuestras Patagonia y Pampas eran grandes peleadores, inteligentes estrategas, artistas exquisitos, cuidadosos orfebres, sabios tejedores… Todo esto lo puede comprobar ahora usted mismo, en la exposición Las Pampas, arte y cultura del S XIX . Usted se sorprendería, y mucho, si se acercara hasta la Fundación Proa y observara allí esta inusual exhibición. Se sorprendería de identificarse tanto con lo que se exhibe allí, y de no haberse dado cuenta nunca. Por ejemplo, ¿usted usa ponchos en invierno? Bueno, allí verá colecciones enteras de distintas prendas exquisitamente diseñadas, tejidas y teñidas. Hasta el poncho que llevaba San Martín al cruzar los Andes está. También se pueden ver los ponchos que usaban el general Lucio V. Mansilla y el cacique Calfucurá. Si observara estas prendas, de muchos estilos distintos y sofisticados que en la exposición están clasificados, enseguida encontrará su poncho, y el nombre y categoría a los que corresponde. Sabrá que eran las mujeres quienes los tejían para sus hombres. Y que llevan tejida, diseñada, toda una cosmovisión. Signos. Cruces.

    “La muestra presenta un gran respeto por los pueblos originarios”, cuenta su curadora, Claudia Caraballo de Quentin. “Casi todo lo que existe relativo al arte Pampa es lo que está exhibido. No hay mucha documentación ni información sobre todo esto. Por eso, cuando empecé a investigar sobre la platería pampa, por ejemplo, me llevó siete años”, aclara la curadora.

    Sobre cómo comenzó su interés por estos objetos tan especiales, explicó Caraballo: “Tenía un tío coleccionista, que me iba regalando cuando era chica cosas que a él no le gustaban, que eran los objetos con menos detalles, menos labrados. Con el tiempo fui descubriendo que estos eran objetos pampas. “ Rica platería, preciados adornos y ornamentos, lujosos rebenques, rastras, cuchillos, estribos y cabezadas que adornan al caballo (el amigo indispensable de nuestros indios de las llanuras), nos hablan a las claras de una cultura compleja, con creencias muy fuertes que se traslucen a través de su producción artística, y con una estructura social organizada. Esto se va a través de lo exhibido. Por ejemplo, la ornamentación que llevaba encima el caballo, así como los adornos y joyas de las mujeres, indicaban el estatus del cacique al que pertenecían, y su jerarquía. Los cronistas de las Pampas narraron haber visto atravesar la llanura a un cacique a caballo, seguido por un grupo grande de mujeres. En la escena, el brillo y el sonido de la platería eran impresionantes, decían.

    Gran parte de esta sorpresa puede verse ahora en Proa. Otro gran descubrimiento es comparar a Patoruzú con los caciques reales. Dése cuenta, de una vez por todas, que los verdaderos caciques eran muchos más sofisticados que en la historieta de Quinterno. La exposición nos abre los ojos a nuestro verdadero pasado, y también a nuestro presente. Recorrer esta muestra significa descubrirnos a través de la historia de nuestros objetos cotidianos, diarios. Creáme que vale la pena.

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  • Título: Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX.
    Autor: Andrea Castro
    Fecha: 22/12/2010
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    Las salas de Proa están en penumbras. Sus guías se cansan de repetir a los visitantes que esto se debe a la conservación de las piezas que integran la muestra: una razón muy válida si tenemos en cuenta que la mayoría de ellas son textiles del siglo XIX.  Este inconveniente, sin embargo, es la clave para crear un contexto perfecto e ideal, en el cual resuenan demasiadas ausencias. Porque, si la presencia de piezas es abrumadora, la casi total inexistencia de los hombres y mujeres que les dieron vida es brutal. Ya desde la primera sala, el excelente diseño expositivo de Luis Fernando Benedit, nos hace sentir dentro de un paraíso perdido, donde todo nos es ajeno pero, a la vez, cercano. Las acertadas proyecciones, las instalaciones, que incluyen metafóricos maniquíes negros, y la disposición de las originales vitrinas, nos acercan a la cultura de las Pampas, de una manera nueva y muy diferente a la que tradicionalmente utilizan los museos etnográficos. Las Pampas: Arte y Cultura del Siglo XIX, es una exhibición para vivenciar y conocer en profundidad, no solo el  inmenso legado artístico y cultural de nuestros pueblos originarios sino, también, la estructura política, económica y social de los verdaderos dueños de estas tierras. Parece una obviedad, pero la revalorización y difusión del legado de nuestras culturas  originarias, generalmente opacado por la magnificencia de los grandes imperios americanos o fríamente analizado desde la perspectiva del hombre blanco que las diezmó, es mucho más que justa y necesaria.

    El primer espacio está dedicado a las mujeres de los caciques, cuyos sosías pueblan la sala luciendo sus mejores galas. Ataviados con el tradicional quetpám (paño cuadrangular a moda de vestido) y cubiertos con la iculla (tejido que cubre los hombros), ostentan, sobre el fondo renegrido de ambos tejidos, toda la belleza de su segundo ropaje: sus joyas o “prendas” de plata. Tocados, aros, gargantillas, collares, pinches y pectorales conformaban por aquel tiempo símbolos que daban cuenta del poder económico y del capital político de cada cacique. Pero también, transformaban a las mujeres en un instrumento sonoro, aumentando su belleza y fuerza seductora, sobre todo cuando se mecían sobre los caballos. A pesar de que las descripciones de los viajeros hablan de las interminables procesiones de las que participaban las mujeres de cada uno de los caciques, no debemos pensar en ellas como personas dignas de una posición privilegiada ya que, al igual que las cautivas y los niños, constituían la principal fuerza de trabajo. Ellas eran las constructoras y la base de la comunidad, tejían, cuidaban el ganado, armaban los toldos y hasta construían arados, entre otras numerosas tareas. Justamente es la segunda sala la que nos introduce en la vida cotidiana y política de estos pueblos, a través de sus objetos cotidianos entre los que se destacan los juguetes de los niños, los magníficos mantos tehuelches, las palas de telar hechas con costillas de ballena y las ubres y testículos del ganado bovino, utilizados para acarrear agua. El centro del espacio, dominado por un círculo de ponchos, emula el modo en el que se organizaban las asambleas y parlamentos y da escalofríos por la belleza de las prendas y por la energía que desprenden esas falsas almas allí reunidas. Empalmando con el siguiente espacio se comienza a desarrollar aquí el tema de la platería ecuestre: el adorno de sus caballos era, para el cacique, tan importante como el de sus mujeres Es muy interesante  la comparación que se realiza entre las estilizaciones del pehuén (araucaria) y del búho, que aparecen en algunas piezas, y las abstracciones naturalistas del  estilo Art Decó.
    La sala tres está dedicada al caballo, ese animal extranjero que se hizo inseparable de sus nuevos amos y les permitió el desarrollo del comercio con el mundo criollo y, a la vez, la ostentación de un nuevo poder en la guerra. Sus cabezas enjoyadas nos miran desde las paredes reafirmando las palabras de Lucio V. Mansilla: “el caballo indio es único (…) creemos que las extraordinarias características del animal se debieron, en gran medida, al especial respeto que por él sentía el indio. Era antes que nada su amigo”.

    La última sala nos sorprende con una ondulante sucesión de ponchos, frente a los cuales serpentean en el aire las fajas mapuches. El poncho, ese permanente y fiel acompañante en la inmensidad de las pampas, era una prenda masculina tejida por una mano femenina. Ponchos pampeanos, araucanos, pehuenches y ranqueles exhiben aquí sus  eternos colores y sus magníficos diseños (algunos de ellos parecen teñidos al batik) ganándole la partida a los austeros y tristes tejidos industriales ingleses. Resguardados tras un vidrio e impecables a pesar del paso del tiempo, se exhiben el poncho que le regalaron al General San Martín durante el cruce de los Andes, el que perteneció al cacique Calfucurá y el que Mariano Rosas le regalara a Lucio Mansilla, su propio poncho, el tejido por su mujer principal: “entre los indios un gaje de amor; como el anillo nupcial entre los cristianos”.

    Las Pampas es una muestra que emociona por el alto grado de simbolismo que demuestra su montaje, por las sensaciones encontradas que provoca tanto en los visitantes como en el personal del museo (una de las guías me confió que se sentía especialmente perturbada cuando caía la tarde y los caciques reunidos en el Parlamento de la segunda sala parecían cobrar vida a la luz de los últimos rayos del sol) y por la labor de algunos de nuestros artistas plásticos que pone en evidencia: es notable la cantidad y calidad  de las piezas cedidas por la Fundación García Uriburu.

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  • Título: Pichi Malen en Fundación Proa, último de sus conciertos del año.
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    Fecha: 17/12/2010
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    Presentando su cautivante repertorio de cantos mapuches sagrados y populares, que mezcla con breve explicaciones y relatos, Beatriz Pichi Malen se presentará el 18 de diciembre a las 20 hs. en el Auditorio Proa, en el cuarto y último de sus conciertos del año.

    “Con todo el cuidado, la compañía y espontaneidad de nuestra gente es como llegamos a transmitir nuestros cantos de esta manera, fortaleciéndonos porque tenemos la aprobación de nuestro pueblo”, señaló Pichi Malen, que ha recopilado parte de sus interpretaciones en dos discos, Plata y Añil.

    Descendiente del cacique Ignacio Coliqueo, Pichi Malen cuenta con una extensa trayectoria artística, con varias presentaciones en decenas de ciudades de América Latina, Estados Unidos y Europa, y sus composiciones han sido incluidas en varias antologías de música étnica.

    En el concierto de cierre del año, casi despojado de tecnología, Pichi Malen interpretará a capella un variado repertorio de temas en su propia lengua, rescatando del olvido el patrimonio cultural de los mapuches, invocando los símbolos de esta cultura.

    En 2002, Pichi Malen realizó en Fundación Proa una serie de conciertos muy recordados.

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  • Título: Una canción antigua: Beatriz Pichi Malen.
    Autor:
    Fecha: 15/12/2010
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    La cantante mapuche presenta piezas religiosas y populares, todas propias de la cultura aborigen.

    Con su cautivante repertorio de cantos mapuches sagrados y populares, Beatriz Pichi Malen se presentará el 18 de diciembre a las 8 en el Auditorio Proa, ubicado en Pedro de Mendoza 1929, en La Boca.

    La cantante de origen mapuche presenta las canciones religiosas y populares propias de su pueblo, y las explica al público y agrega relatos y anécdotas que nos ponen en contacto con la identidad argentina a menudo más olvidada
     
    Este es el cuarto y último concierto del año que la cantante realiza en la Fundación Proa. Pichi Malen explicó cómo se originó su espectáculo: "Con todo el cuidado, la compañía y espontaneidad de nuestra gente es como llegamos a transmitir nuestros cantos de esta manera, fortaleciéndonos porque tenemos la aprobación de nuestro pueblo"

    La cantante recopiló parte de sus interpretaciones en dos discos, Plata y Añil. Desciende del cacique Ignacio Coliqueo, y cuenta con una extensa trayectoria artística, que la llevó a escenarios de América Latina, Estados Unidos y Europa.

    Pichi Malen interpreta gran parte de su repertorio a capella un variado siempre en su propia lengua, rescatando del olvido el patrimonio cultural de los mapuches, invocando los símbolos de esta cultura. Las entradas del show de este sábado pueden adquirirse en la boletería de la fundación y salen 30 pesos.

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  • Título: Recital de Beatriz Pichi Malen en la Fundación Proa.
    Autor: Araceli Otamendi
    Fecha: 12/12/2010
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    Ver nota original ( Revista Archivos del Sur)

    El sábado fuí al recital de Beatriz Pichi Malen en el auditorio de la Fundación Proa. La cantante se presenta en el marco de la muestra Las Pampas.
    Beatriz Pichi Malen es una cantante de origen mapuche, descendiente del Cacique Coliqueo. La artista está dedicada a la búsqueda y difusión de la cultura de sus ancestros a través de recitales, discos y ediciones de canciones mapuche.
    Beatriz Pichi Malen interpreta a capella casi sin tecnología, un variado repertorio de temas en lengua originaria, rescatando así del olvido el patrimonio oral de su pueblo.
    La artista va acompañando las canciones con relatos y breves explicaciones
    para introducir al público en la cultura mapuche. Interpreta cantos sagrados, cantos populares, cantos de pena y dolor, cantos profanos. Pichi Malen tiene una voz bellísima, cautivadora y en los cantos que ella interpreta hay mucho de agradecimiento a la naturaleza. En muchas de sus canciones se van proyectando en una pantalla escenas de su pueblo, en la Patagonia argentina, escenas de la naturaleza,  animales corriendo y también de ritos como el de una sanación, donde con palabras y cantos de su gente, se invoca la cura de una enfermedad.
    Beatriz Pichi Malen interpretó varias canciones como Kona tayul – Canto sagrado de la fuerza -, Luwan tayul – Canto sagrado del guanaco -, Kawello tayul – Canto sagrado al caballo-, Pewen tayul – Canto sagrado al pewen – ; Küruf TAyul -Canción sagrada del viento -; Pewebn Tayul – Canción sagrada del árbol de la araucaria -; Canto de amor, Canción para dormir a un niño.
    Y también, una canción nacida del relato de Ángela Canicul, Pewman ñi chao – Soñé con mi padre – entre varias canciones más.
    Fue una experiencia inolvidable compartir esas canciones tan hermosas entonadas por una intérprete excepcional.
    El próximo concierto será el sábado 18 de diciembre a las 20.

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  • Título: Canto en nombre del pueblo mapuche.
    Autor:
    Fecha: 11/12/2010
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    Ver nota original (Tiempo Argentino)

    Beatriz Pichi Malen, cantante.
     
    –¿Llevaste la música mapuche a Europa?
    –Sí, ya he hecho más de diez viajes. La verdad que no me puedo quejar: llevé la música mapuche a todos lados. Los viajes nunca son placenteros porque uno está con la tensión de estar trabajando, no paseando,  y hay que cuidarse por las presentaciones. Y siento tremendas responsabilidades porque canto en nombre del pueblo mapuche. Cuando me miran, miran al pueblo mapuche.
    –¿Cómo definirías la cultura mapuche?
    –Es una sociedad horizontal, un círculo en el cual todas las personas somos únicas e irrepetibles, pero a la vez nadie es absoluto. La diferencia está dada en que es una sociedad donde somos todos necesarios.
    –¿Cómo te reciben en Europa?
    –Las personas en Europa tienen una sensación de vacío. A veces me doy cuenta de que están como secos y necesitan ser regados por el arte genuino de la gente de la tierra. Todo lo que es genuino no necesita defensa, entonces a la larga se sienten profundamente conmovidos. En Europa hasta el aire es antiguo, las construcciones, la tierra, las piedras, son del siglos viejos. Parece que ha pasado mucho tiempo y la gente se olvidó que está viva.
    –¿Y cómo es acá?
    –Acá no hay mucha necesidad de explicar demasiadas cosas. Uno nace y está todo a su disposición, es como la tierra.
    Hoy y el 18 a las 20, en Auditorio Proa

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  • Título: Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX Fundación Proa.
    Autor:
    Fecha: 11/12/2010
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    Ver nota original (Revista Lunfarda)

    A partir del 30 de octubre, Fundación Proa presenta Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX, un conjunto único de piezas reunidas por primera vez en el marco de una histórica exhibición. Más de 500 trabajos de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano son apreciados en la exhibición por su extraordinario capital artístico, el valor de la artesanía en plata y los diseños textiles. Bajo la dirección general de
    Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Fernando Benedit, Las Pampas… nos permite comprender la diversidad y riqueza de aquella escena histórica a través de la contemplación de piezas ineludibles en la conformación de una iconografía de las pampas.
    Museos públicos y colecciones privadas integran el patrimonio que permite reconstruir los usos y costumbres de una época. La historia, visitada desde la estética del presente, jerarquiza los valores de las culturas desde sus objetos artísticos y de la vida cotidiana.
    A partir de los relatos de viajeros e intelectuales –como Lucio V. Mansilla–, la literatura permitió siempre comprender ese período. La exhibición Las Pampas… aporta un nuevo relato: a través de la contemplación de los objetos y de su valor estético, nos atrevemos a imaginar un paisaje poblado por caciques a caballo y mujeres enjoyadas dominando la inmensidad de la llanura.
    Las Pampas… está organizada en cuatro salas que representan los diversos temas fundantes de nuestra cultura: la mujer, el caballo, la organización social y política, el cacicato, la orfebrería y el adorno como símbolo de poder, junto al poncho con su riqueza de diseños y alusión a las jerarquías. San Martín, Mansilla y el cacique Calfucurá están presentes con sus prendas. El poncho de San Martín, cedido por el
    Museo Histórico Nacional, propone al espectador imaginar el cruce de los Andes y los sueños cumplidos del prócer, así como revivir el momento en el que Lucio V. Mansilla protegió su vida gracias al poncho regalado por el cacique.
    Desde la escena del arte, Fundación Proa propone revisitar nuestra historia y valorar la riqueza y la creatividad que las diversas culturas produjeron en el pasado. Las piezas presentes son imágenes permanentes de nuestro acervo simbólico.

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  • Título: Encuentros y diálogos en Proa: Teresa Pereda y Luis Pincén .
    Autor:
    Fecha: 10/12/2010
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    Ver nota original (Arte en la red )

    Sábado 11 de diciembre, 17 hs.

    La configuración de una historia conjunta que abarque tanto a quienes ya estaban como a quienes llegaron de otras tierras será uno de los ejes sobre los que girará la visita guiada a la muestra Las Pampas que, en el marco del ciclo Encuentros y Diálogos, realizarán de manera conjunta la artista e investigadora Teresa Pereda y Luis Pincén, bisnieto del caquique Pincén. La cita es el sábado 11 de diciembre a las 17hs.

    Curadora de varias muestras de platería y textiles mapuche, Pereda señala que las pampas fue un corredor cultural y comercial que abarcó las actuales provincias de Buenos Aires, La Pampa, sur de San Luis, Neuquén y Río Negro. La interculturalidad generó un panorama dinámico que fue una de sus características más notables.

    “El recorrido”, enfatiza Pereda, “no será meramente descriptivo, sino interpretativo de planos simbólicos, en los que se hace imperioso dar lugar a la ética de la trascendencia que caracterizó a las culturas originarias.”

    Las pampas, gigantesco desierto llamado “tierra adentro”, escenario de violentas contiendas, dio marco a devastaciones, expulsiones y migraciones. “Fue también una frontera étnica, cultural y política”, dice Pereda, “y asimismo una frontera física que se materializó en las líneas de fortines (comenzados a construir en 1736), levantadas para separar al territorio indígena de Pampa y Patagonia del estado naciente. A modo de sobrevivir, los pueblos originarios optaron por dos instancias: la cultura de la resistencia y la cultura del mestizaje”.

    Hoy, estas regiones se presentan como un territorio multiétnico y pluricultural en el que los pueblos originarios trabajan intensamente por la reafirmación de la propia identidad, la recuperación histórica y cultural, la defensa de la tierra y la lengua, la educación bilingüe, la autogestión y el protagonismo de las propias comunidades en la sociedad actual.

    La exhibición Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX reúne un conjunto único de más de 500 trabajos de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano, que son apreciados en la exhibición por su extraordinario capital artístico, el valor de la artesanía en plata y los diseños textiles. Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Fernando Benedit, permite comprender la diversidad y riqueza de aquella escena histórica a través de la contemplación de piezas ineludibles en la conformación de una iconografía de las pampas.

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  • Título: Hay tesoros bajo la tierra.
    Autor:
    Fecha: 07/12/2010
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    La muestra de arte aborigen en la Fundación Proa, en el barrio por- teño de La Boca, justo frente al río, es una lección viva de historia y de antropología, así como un homenaje al arte y la cultura de los pueblos originarios del siglo XIX. Se exhiben más de 500 objetos de plata y ponchos antiguos, como el que perteneció a San Martín y a Lucio V. Mansilla, autor del libro Una excursión a los indios ranqueles. También hay algunos ponchos hechos en Gran Bretaña. El diseño expositivo de la muestra, que es excelente, estuvo a cargo del artista Luis Benedit. Puede visitarse hasta el 9 de enero del próximo año. ¿Damos una vuelta?

    En muchas zonas de la Argentina, hay tesoros bajo la tierra sin nada que señale su presencia. A veces, a tres metros de profundidad o más, se encuentran objetos de plata valiosísimos, tanto por el metal como porque son verdaderas obras de arte. “Cuando un lonco o cacique –o incluso un capitanejo– moría, lo enterraban a mucha profundidad, y junto a él sepultaban su caballo favorito, su viuda o sus viudas, y todas sus posesiones en plata, que a veces eran cuantiosas. Por último, alisaban la tierra para que nada indicara que allí había una tumba”, dice Claudia Caraballo de Quentin, una coleccionista que ha dedicado parte de su vida a buscar (y encontrar) piezas de arte elaboradas por los pueblos originarios de la Argentina.
    En estos días, en la Fundación Proa, ese templo del arte situado en La Boca, a pocos metros de la calle Caminito, hay una muestra que estará abierta al público hasta el 9 de enero próximo. No solo se exhiben objetos de plata, sino que también hay ponchos antiguos, como el que usó el Padre de la Patria para abrigarse durante el cruce de los Andes, o el que le regaló el cacique ranquel Yanquitruz Guor (más conocido como Mariano Rosas) a Lucio Mansilla, o el que abrigó al lonco Calfucurá frente a los vientos helados de la Patagonia.
    Pero antes de seguir, volvamos a los tesoros enterrados. La idea de los aborígenes era, precisamente, que permanecieran ocultos, de modo que nadie molestara el viaje hacia el más allá del lonco fallecido, y que en esa travesía lo acompañaran sus mujeres, su caballo y sus posesiones para que no realizara en soledad el trayecto eterno. Ellos guardaban el secreto (que las nuevas generaciones no conocen) para evitar rapiñas, tanto por parte de otros aborígenes como de hombres blancos. ¿Alguien descubrió un tapao (que es como denominan algunos al túmulo) y discretamente evitó comunicarlo? Tal vez. Lo cierto es que esa costumbre –que antes que ellos practicaron los egipcios con sus faraones– desapareció con el avance de la civilización.

    Un viaje al pasado
    A Claudia Caraballo siempre le interesaron las artesanías. Una vez visitó a un amigo de su familia, John Walter Maguire, quien tenía trabajos en plata realizados por mapuches o ranqueles, y causaron en ella un deslumbramiento. Maguire no se limitó a introducirla en la admiración por esos trabajos, sino que también le enseñó el fervor. “De todos modos, tardé muchos años en comprender la importancia de esas obras. Los aborígenes usaban la plata porque ese metal brilla y por la misma razón que ha fascinado a todos los pueblos de la antigüedad y aun a los contemporáneos: no por su valor monetario, sino porque es un metal tan noble como el oro”.
    Pero los aborígenes no explotaban minas de plata. Cerros como el de Potosí fueron saqueados por los conquistadores, pero no por los pueblos originarios. ¿De dónde sacaban el metal para hacer sus artesanías?
    –Conseguían de los blancos monedas de plata, las fundían y hacían piezas de adorno para sus mujeres, por ejemplo. El orgullo del cacique era que su mujer (o sus mujeres, porque no eran monógamos) fueran las más adornadas, las que lucían peinetones, collares, pulseras y otros adornos de plata. Cuando realizaban intercambios con los blancos, pedían azúcar, tabaco, yerba y aguardiente, y sobre todo plata, en monedas o en lingotes.
    Se supone que no todas las mujeres llevaban adornos...
    –Por supuesto que no. Las jerarquías eran rígidas. Había (aunque no siempre) un cacique o lonco principal, que estaba incluso por encima de otros caciques, como fue el caso de Mariano Rosas, que mandaba a otros caciques, como Epumer, que era su hermano, o Baigorrita. Mariano Rosas se llamaba Yanquetruz Guor, que significa “Zorro Cazador de Leones”. Juan Manuel de Rosas, que lo tuvo como cautivo en su campo de Monte, lo bautizó con su apellido y fue su padrino. El Restaurador Rosas le enseñó todas las tareas rurales, así como los secretos de la política. A Mariano Rosas lo llamaban “el Bismarck de las Pampas”, porque lo comparaban con el gran canciller alemán.
    Estaban los caciques y luego…
    –Los capitanejos, que también tenían mando y eran bígamos y podían conseguir adornos de plata para sus mujeres, aunque no tantos como los loncos. Después de los capitanejos venían los lanceros o indios de lanza, guerreros bravos pero sin mando. Por último, la chusma, formada por los ancianos, los niños (que al crecer podían ser lanceros o capitanejos) y algunos aborígenes no aptos para el combate.
    ¿Y las mujeres?
    –No tenían peso social, salvo las del cacique o lonco. Aun así, no tenían ningún mando; debían criar a los niños, tejer las ropas de sus hombres en los telares, limpiar la vivienda (que solían ser toldos de cuero), cocinar, y cuando dejaron el nomadismo, sembrar, regar y cosechar.
    –En definitiva, eran las únicas que trabajaban…
    –Los hombres hacían la guerra, cazaban y no realizaban tareas de mujeres.
    ¿Ni siquiera los hombres de la chusma?
    –Ni siquiera.
    Como los diputados
    En una de las salas de la exposición hay un grupo de aborígenes que lucen lujosos ponchos, sentados en círculo. “Cuando tenían que decidir algo importante, como un combate contra el blanco o contra una tribu enemiga, o un malón para robar vacas o caballos y objetos de plata (y, a veces, llevar como cautivas a mujeres blancas, lo que provocaba los celos feroces de las mujeres mapuches o ranqueles o de la etnia que fuera), se reunían en asamblea, presidida por el lonco”, comenta Claudia. “Era una suerte de parlamento en donde todos opinaban y tomaban las decisiones por consenso. Como no desarrollaron la escritura, era importante hablar con elocuencia para convencer a los demás mediante sus argumentos”.
    Como los diputados o senadores actuales. Mariano Rosas fue el gran orador.
    –Algo así. Se sabe que tenía un gran poder de convicción. Juan Manuel de Rosas lo apreciaba muchísimo. Un par de años después de que Mariano Rosas había fallecido de muerte natural, los ranqueles fueron diezmados, así como los mapuches patagónicos y los pampas.
    En los grabados antiguos, o en dibujos de viajeros, como algunos que hay en la exposición, se ve a algunos aborígenes (como al lonco Baigorrita) vestidos con uniformes militares de coronel o comandante. ¿Por qué?
    –Les encantaban los uniformes militares, con las charreteras doradas y los botones de metal. Por otra parte, una de las estrategias que tenían los gobiernos para que los aborígenes dejaran de robar caballos o vacas y de atacar en malón a las poblaciones era nombrar coronel al cacique. La vida militar les gustaba. Hubo muchos aborígenes en las guerras de la Independencia.
    Por qué ver la muestra
    ¿Por qué un coleccionista presta sus obras a un museo como Proa?
    –Es fundamental mostrar las piezas de colección, porque es importante que todos los argentinos conozcan su pasado y sepan de qué eran capaces los pueblos originarios. Además, porque todas las prendas de plata para adornar un caballo, o las alhajas de las mujeres, o los rebenques y las fustas, o las boleadoras no son artesanías, sino arte.
    ¿Cuál es la diferencia?
    –Una es la originalidad. No hay en la muestra dos ponchos iguales, o dos adornos femeninos iguales. Son piezas únicas, obras de arte. En cambio, si hacés una canasta y otras veinte iguales, estás en presencia de artesanías.
    ¿Vinieron aborígenes a la muestra?
    –Vino Luis Pincén y le pareció maravillosa, lo que más le gustó fueron las lanzas.

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  • Título: Beatriz Pichi Malen .
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    Fecha: 06/12/2010
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    La cantante de origen mapuche Beatriz Pichi Malen en una de sus canciones.
    Beatriz Pichi Malen se presentó recientemente en la Fundación Proa en el marco de la muestra Las Pampas.

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  • Título: Beatriz Pichi Malén recupera la música del pueblo Mapuche.
    Autor:
    Fecha: 06/12/2010
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    Una de las voces más destacadas de la música mapuche se presenta en cuatro conciertos exclusivos en los que recupera los sonidos de la cultura de su pueblo. Sábados 11 y 18 de diciembre a las 19 en el Auditorio de la Fundación PROA.

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  • Título: Beatriz Pichi Malén recupera la música del pueblo Mapuche.
    Autor:
    Fecha: 06/12/2010
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    Una de las voces más destacadas de la música mapuche se presenta en cuatro conciertos exclusivos en los que recupera los sonidos de la cultura de su pueblo.
    Pichi Malen interpreta un variado repertorio de cantos en su propia lengua en un espectáculo casi ritual que revela la fuerza y la sutileza de la música tradicional mapuche.

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  • Título: Beatriz Pichi Malen
    Autor:
    Fecha: 04/12/2010
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    Beatriz Pichi Malen, una de las voces más privilegiadas de la msica mapuche, se presenta encuatro conciertos exclusivos en el Auditorio Proa los sbados de noviembre y diciembre. Esta reconocida cantante recupera e interpreta a capella un variado repertorio de temas en su lengua originaria, rescatando del olvido el patrimonio oral de su pueblo.

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  • Título: Encuentros y diálogos en PROA: Luis González recorrerá con el público la muestra Las Pampas .
    Autor:
    Fecha: 03/12/2010
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    Ver nota original (Arte en la red)

    El vínculo que se da en la platería pampeana entre las tecnologías complejas y las milenarias tradiciones incaicas será uno de los aspectos sobre los que dialogará con el público Luis González el próximo sábado 4 de diciembre a las 17 hs., en el marco del programa Encuentros y diálogos.

    Doctor en Ciencias Antropológicas por la Universidad de Buenos Aires y docente en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), González recorrerá con el público la muestra Las Pampas: Arte y Cultura en el siglo XIX, que da cuenta de las diversas culturas que poblaban este territorio durante el convulsionado período de organización social y política

    “La platería de las pampas”, señala González, “constituye un caso de estudio particularmente interesante para observar el modo en que una tecnología compleja se incorpora a sociedades seminómadas en el marco de acelerados procesos de competencia por el prestigio, recogiendo y modificando algunos de los elementos y sentidos de la milenaria tradición metalurgista andina con la que tuvieron contactos”.

    Los Andes sudamericanos fueron uno de los centros de invención de la metalurgia, comparable a los más reconocidos del mundo antiguo. Las evidencias del trabajo con metales se remontan a casi cuatro milenios atrás y en su largo desarrollo la tecnología indígena alcanzó niveles notables de sofisticación técnica.

    Para González, “un rasgo particular de los bienes de metal andinos es que casi con exclusividad estuvieron ligados a la comunicación de estatus sociales diferenciales, a través de las íntimas relaciones simbólicas que los materiales guardaban con el universo mítico-religioso y cuya máxima sistematización tuvo lugar con el estado incaico”.

    Luis R. González dirige y participa en proyectos de investigación arqueológica con sede en el Museo Etnográfico. En particular, estudia la trayectoria histórica de la producción de metales en la región, en sus facetas técnicas y simbólicas. Sobre el tema publicó más de un centenar de trabajos y participó en numerosas reuniones científicas en el país y el extranjero.

    Las Pampas: Arte y Cultura en el siglo XIX reúne un conjunto único de más de 500 trabajos de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano, que son apreciados en la exhibición por su extraordinario capital artístico, el valor de la artesanía en plata y los diseños textiles. Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Fernando Benedit, Las Pampas… permite comprender la diversidad y riqueza de aquella escena histórica a través de la contemplación de piezas ineludibles en la conformación de una iconografía de las pampas.

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  • Título: Indigenous Handcraft.
    Autor:
    Fecha: 29/11/2010
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    The Proa Foundation (1929 Pedro de Mendoza Avenue, La Boca) presents the largest collection of indigenous handicrafts ever seen on Argentina. Under the name “The Pampas: Art and Culture in the XIX Century” you might enjoy a unique collection of pieces which records the diversity of cultures that inhabited this territory. More than 500 silverworks, ponchos and everyday objects valued by their extraordinary artistic capital.

    The silverworks and textiles are the stars of this exhibition. These handicrafts lead us to the understanding of the diversity and richness of that historical scene through the contemplation of key pieces in the formation of a Pampa iconography. Not only are they patrimony, but also history to reconstruct the traditions and habits of an era.
    The exhibition is organized in 4 halls which represent the diverse founding topics of our culture: the woman, the horse, the social and political organization, the caciques, the work of precious metals and the ornament as symbol of power, along with the poncho with its design richness and its allusion to hierarchies. You can also see the poncho which our liberator José de San Martín used while crossing the Andes, loaned by the National History Museum.

    The exhibition and its silverworks, ponchos and common use objects, is an authentic gathering of our recent past and a chance for those who want to learn more about our past and our culture. You might visit it until next January 4th, Tuesdays to Sundays from 11AM to 7PM. For more information, visit the Proa Foundation website.

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  • Título: Recomendable: Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX.
    Autor:
    Fecha: 26/11/2010
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    En la Fundación Proa, Av. Pedro de Mendoza 1929, Boca, de martes a domingos de 11 a 19 hs. La muestra de platería, ponchos, boleadoras, aperos para caballos de las tradiciones Pehuenches, Ranqueles, Araucanos y Mapuches es extraordinaria en un sitio arquitectónicamente internacional.

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  • Título: El Desierto Artificial
    Autor: Juan Batalla
    Fecha: 25/11/2010
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    Arte grande y omisiones en la muestra sobre las Pampas en el 19 de Proa.
    Por Juan Batalla

    En el siglo 19 el territorio pampeano asistió a la consolidación de una cultura interétnica y tribal, cuando grupos de tehuelches, pehuenches y otras etnias adoptaron una lengua franca común, el araucano, e incorporaron a otros grupos venidos de Chile (que huían de la “Guerra a Muerte”), así como a realistas fugitivos, bandoleros, cautivas, artesanos, desertores, entre otros personajes que se adaptaron a la vida y a la cultura de los nativos indígenas. Habitaron en tolderías y ocuparon todo el territorio al sur del Río Salado de la provincia de Buenos Aires, aprovechando que ya desde el 18 el creciente uso del caballo resolvía el problema de las grandes distancias en las llanuras. A mediados del 19 hubo una interesante etapa de relativa paz, cacicatos poderosos, comercio y expansión de esta forma de vida. Pero el entonces muy joven estado argentino planteó a esta cultura diversas etapas de lucha, negociación y combate. El Malón Grande de 1874 provocó la reacción que llevó primero a cavar la Zanja Alsina, en una escalada que culminó con la famosa Campaña del Desierto encargada por el presidente Avellaneda al Gral Roca, la cual resultó en muchísimas víctimas y la rendición araucana.
    La exposición que presenta la Fundación Proa examina esta etapa histórica a través de una serie de objetos artísticos que dan cuenta de lo allí sucedido por entonces. La prejuiciosa visión de que en las pampas solo había desierto a ser ocupado por el nuevo estado, es así desafiada por las magníficas piezas que evidencian, primero belleza, y luego un tipo de conocimiento y sensibilidad singulares. Ante la magnificencia de esta producción artística no se puede sino lamentar la evidente incapacidad de los hombres de entonces para integrar a estos otros habitantes del suelo argentino.
    Pero algo más nos perturba luego de visitar Proa: es la sensación de que una oportunidad de exhibición muy valiosa ha sido parcialmente malograda. Pese a haber aquí reunidas muchas piezas de enorme calidad e importancia, una serie de factores atentan contra la posibilidad de una gran muestra.

    "Las Pampas, arte y cultura" se desarrolla en cuatro salas. La primera aborda los adornos y el lugar de la mujer en la organización social. Encontramos una variedad de joyas de uso personal, y aunque las hay también realizadas con cuentas de vidrio de diversos colores y otros materiales, son principalmente de plata. El de la platería pampa es un fenómeno que tuvo su auge en el tiempo que enfoca esta muestra. Llegado el metal a las llanuras a partir del comercio con los criollos, y también como botín de los malones, los caciques contaron con plateros propios que tomaban estilos por entonces en boga pero los simplificaban y volvían su arte más austero, acaso más minimalista, influenciados por un modo chileno. La plata, aún más opaca que la criolla, siempre representó a la luna, y resaltó aspectos de una cosmovisión tanto como señaló jerarquías: las mujeres honradas por sus hombres con estos adornos eran distinguidas y señaladas en su posición social.
    Pero es aquí donde el diseño expositivo de Luis F. Benedit empieza a revelar   excesos arquitectónicos y ensimismamiento, que vuelven a las piezas incapaces de desplegar toda su retórica. Contando tanto esta como las demás salas con muy buen metraje para desplegar los objetos, el espacio se vuelve en contra al abigarrarse los conjuntos de manequíes que representan a mujeres enjoyadas, algo que se hace extensivo a muchas instancias de la muestra, en las que las vitrinas y los diferentes despliegues no permiten que cada pieza reverbere con singularidad. Y la luz tenue, bajísima, así como resulta adecuada en los subsiguientes despliegues de textiles debido a las necesidades de conservación que estos conllevan, es una elección menos feliz cuando se trata de exhibir platería.
    En la sala 2 los problemas se agudizan: no se hace foco en las piezas importantísimas que aquí se encuentran. Hay un par de tremendos mantos tehuelches pintados sobre cuero de guanaco. Famosísimos, presentes en muchos catálogos y libros internacionales, nos topamos con quizá el más interesante del que se tiene conocimiento, parte de la colección del Museo Quai Branly. Una maravilla de 163 x 145 cm., con dibujos repletos de simbolos mayormente abstractos y una fluidez estupefaciente en el trazo. Vale, por supuesto, la visita a Proa solo para ver estas piezas únicas. Hay también un círculo de manequíes  que lucen ponchos pampas. Es la reproducción de un lonco, reunión delibertativa de caciques y capitanejos, dentro de esta fase dedicada a pensar la organización social y política de los cacicatos. Mientras que, en la siguiente etapa, la sala 3 despliega una vasta  variedad de aperos pampas. Aunque el diseño expositivo de Benedit vuelve a incurrir en la acumulación desmedida de piezas en espacios reducidos de exhibición (vitrinas) que impiden individualizar correctamente cada obra, no se puede sino admirar  la riqueza de las colecciones públicas y privadas aquí reunidas. Enseguida evocamos la famosa Vuelta al malón de Della Valle, la carrera altiva de retorno a las tolderías. La imagen del caballo pampa engalanado, insólitamente dócil al hombre como lo pinta la literatura de aquel entonces. Y, ciertamente, se sale de Proa con ganas de volver a la Excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla, libro irreemplazable para comprender el mestizaje y el tipo de relaciones que se desarrollaron.
    Claro, los admiradores de don Lucio V. experimentaremos en la sala 4 la intensidad de la presencia de los ponchos de tres figuras cruciales decimonónicas: el suyo propio, que el cacique Mariano Rosas le regalara para sellar una hermandad y ponerlo a resguardo de sus propios hombres, junto a los del Gral. San Martín y Calfucurá. Un lujo hallarse frente a estas piezas reunidas aquí, provenientes del Museo Histórico Nacional y del Ricardo Güiraldes, de Areco.
    Muchos ponchos más se exhiben en la sala. La variedad enorme en los ornamentos, los diseños , los lenguajes cifrados en la lana, apabullan y descubren un mundo de sensibilidad exquisita. Cada grupo que habitó esta suerte de confederación de pueblos indígenas desarrolló un estilo propio y la exhibición lo evidencia con certeza. A pesar de la notoria falta de epígrafes claros para muchas piezas, otra cuestionable decisión en la puesta. Probablemente este lugar autónomo de Benedit con respecto al guión, ocurre debido a la ausencia de una curaduría sólida que tome las riendas de Las Pampas: arte y cultura. Fue organizada por Claudia Caraballo de Quentin, conocedora y coleccionista. Pero otras voces discurren también, según los distintos ángulos que la muestra abarca. Lo mismo ocurre en el libro editado especialmente para la ocasión, organizado por Caraballo, que contiene un estupendo catálogo de piezas de las distintas colecciones que aportaron a la muestra. En él encontramos varios textos sólidos, pero acaso el más interesante venga de la mano de la sapientísima Ruth Corcuera. Pero aún así, se evidencia como un proyecto que partió de la existencia de piezas a las que se forzó a encajar en un diseño expositivo y en un guión limitados.
    Esta ausencia de un desarrollo intelectual entusiasta termina por dejar baches como el borramiento de toda huella de espiritualidad y cosmovisión trascendente en los pueblos pampas. Una omisión imperdonable, ya que niega una estructura, un complejo filosófico al que es necesario asomarse si se desea entender los procesos históricos o artísticos. Al tomar la visita guiada, las responsables nos señalan que el proyecto se propone ceñirse al revelado de un proceso histórico, evitando tanto esteticismos como impulsos interpretativos de este momento distante. No hay propósito de indagar en los mitos, en el universo simbólico. Parecemos hallarnos ya muy lejos y haberse clausurado con candado el posible conocimiento sobre una cultura muy diferente. Lo cual es inexplicable, y aquí se revela la mayor de las falencias de esta muestra. El siglo 19 no tuvo lugar hace 3000 años, los mapuches siguen vivos e integran sus comunidades destacados intelectuales, cuyas voces hubiesen resultado sumamente útiles para que no quede ese siglo con su producción artística aislado y desolado, repitiendo y actualizando en el presente el espejismo del desierto del que la muestra pretendía librarnos. Los videos y proyecciones también resultan operativos a esa visión falsa, ya que muestran el paisaje, el entorno natural, y nunca la continuidad de personas que llevan aún hoy esa cultura adelante. En una de las proyecciones, sí vemos a los araucanos del siglo 19, en la representación de los dibujantes blancos. Pero no hay voces actuales, y pienso en videastas como Jeanette Paillán, poetas como Lionel Lienlaf, y otros tantos artistas y académicos mapuches que viven en Chile, en Argentina y en otras partes del mundo. Por supuesto, no es que resistamos la idea de una muestra que se enfoca en un período determinado. Es que la falta de un diálogo fructífero con el presente, que aparece en aspectos como la omisiones que señalábamos, entre otros, vuelve necesario este acercamiento a un pensamiento que es el que impregnó el corpus artístico exhibido en Proa. El desierto resurge pavoroso.
    El diseño de exposición fallido, la falta de profundización en una cultura aún viva, generan un artificio, un travesti cultural que no refleja la irradiación de un pueblo que hoy se expresa con extraordinaria vigencia y fuerza, aquí desaprovechadas. La idea de que Occidente no puede pensar simbólica y conceptualmente en empatía con otra cultura, desmorona la posibilidad que habilitaba la calidad y cantidad de obras de arte. Aunque, en definitiva, sigue resultando muy recomendable visitar la muestra dada la importancia superlativa de algunas de ellas, a las que es estupendo conocer o reencontrar.



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  • Título: Beatriz Pichi Malen. Conciertos de Música Mapuche - Fundación PROA .
    Autor:
    Fecha: 25/11/2010
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    Beatriz Pichi Malen, una de las voces más privilegiadas de la música mapuche, se presenta en cuatro conciertos exclusivos en el Auditorio Proa los sábados de noviembre y diciembre. Esta reconocida cantante recupera e interpreta a capella un variado repertorio de temas en su lengua originaria, rescatando del olvido el patrimonio oral de su pueblo.
    El concierto, casi despojado de tecnología, revela las distintas composiciones musicales mapuches: cantos sagrados, cantos populares, cantos de pena y de dolor, y cantos profanos, invocando los símbolos de esta cultura.
    Pichi Malen acompaña las canciones con breves explicaciones y relatos, en un concierto cautivador y casi ritual que revela la fuerza y la sutileza de la música tradicional mapuche.
    Descendiente del cacique Ignacio Coliqueo, Pichi Malen está dedicada a la búsqueda y difusión de la cultura de sus ancestros a través de recitales, discos y ediciones de cancioneros mapuche.
    En su extensa trayectoria artística, cuenta con varias presentaciones en decenas de ciudades de América Latina, Estados Unidos y Europa. Editó dos discos y sus canciones forman parte de importantes compilaciones internacionales de música étnica. En el año 2002 realizó en Fundación Proa una serie de conciertos muy recordados.

    + info: http://www.pichimalen.com/
    Noviembre: Sábado 27 - 19 hs.
    Diciembre: Sábados 4, 11 y 18 - 20 hs.

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  • Título: El sabor del arte y la cultura de Las Pampas está La Boca.
    Autor:
    Fecha: 24/11/2010
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    Ver nota original (Pantalla Diez)

    Los argentinos conocemos la profundidad de nuestra nación a partir de la palabra impresa. De tal modo, al siglo XIX y su consiguiente telurismo lo aprehendemos de la literatura gauchesca. La asimos y nos representamos un mundo de sentidos con sus respectivas materialidades. Ahora tenemos en el barrio porteño arrabalero por excelencia la posibilidad de desafiar nuestras representaciones sobre Las Pampas y enriquecerlas con una muestra. PantallaDiez te la recomienda y te cuenta de qué va la cosa.

    Bajo el título de “Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX” se están exhibiendo más de 500 piezas de platería y textiles producidos por los pobladores originarios de las Pampas.

    Fundación Proa junto al auspicio permanente de Tenaris/Organización Techint lanzaron esta iniciativa que tiene como propósito descubrir el intercambio de técnicas y modalidades que se dieron en la producción artística de las culturas de los pobladores originarios en las llanuras del Cono Sur de América.

    La muestra está organizada en diferentes núcleos que dan cuenta de cada una de las técnicas empleadas en las diferentes zonas geográficas de Las Pampas y significó un gran esfuerzo de curaduría en virtud de que los objetos provienen de diferentes fuentes: museos públicos, como el Museo Etnográfico “Juan B. Ambrosetti” y el Museo Histórico Nacional, y colecciones privadas.

    El diseño expositivo está a cargo del artista plástico Luis Fernando Benedit, quien comenzó su obra abrevando de las tendencias más significativas del arte de posguerra, como el informalismo. A través de casi cincuenta años fue construyendo una obra prolífica que lo encarama como una de las personalidades del arte argentino.

    La muestra se complementa con un libro editado por Claudia Caraballo de Quentín llamado “Arte de las pampas en el siglo XIX”. Este material compila una serie de textos que son prácticamente lo único que se ha escrito en la materia. Los textos son los siguientes: “Los pueblos originarios de las regiones meridionales en el siglo XIX” de Raúl Mandrini; “Diseños y colores en la llanura” de Ruth Corcuera; “De los metales precolombinos a la platería pampa” y “El poncho inglés” de Claudia Caraballo de Quentín. A su vez, cuenta con más de 200 ilustraciones y la catalogación de las 500 piezas exhibidas.

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  • Título: No solo de malones vivían los pampas.
    Autor: Eduardo Iglesias Brickles
    Fecha: 21/11/2010
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    Ver nota original ( Testigo ocular We)

    Qué era La Argentina en el siglo XIX? Es la pregunta que se hace el visitante al salir de la muestra que está montada en la Fundación Proa, en la Vuelta de Rocha, desde el 30 de octubre.
    El siglo XIX argentino es muy largo y abarca demasiados desniveles como para intentar hacer una síntesis, y entre todos los items que conformarían aquel universo, el de los habitantes originarios de nuestro territorio es el que ha estado menos iluminado.

    Esa región conocida genéricamente como “la pampa”, va desde el océano atlántico hasta la cordillera, y desde el sur de Córdoba hasta la mitad de la Patagonia. Una inmensidad, que podría contener a Portugal, España y Francia, era recorrida por una cultura seminómada y ágrafa, que estaba en constante desarrollo en sus artesanías y orfebrerías, a partir del fluido comercio que tenían hacia el este y el oeste.
    Sin la variedad y el lujo de las culturas del Perú y el Alto Perú, estas tribus errantes desplegaron sugestivas capacidades artísticas.
    En sus diseños, se pueden leer las categorías de su organización social, y toda una simbología de la forma que está vinculada a los ritos, a la descripción del entorno, y a las jerarquías que ellos establecieron en su búsqueda de un equilibrio cósmico.
    La muestra impresiona por su montaje, que es apoyada por la proyección (casi innecesaria) de paisajes de la pampa. De todas maneras, el visitante no puede dejar de tener presente, el contexto mayor del siglo XIX, que contiene a una Argentina que está entrando a formar parte del mercado mundial, dato que se hace presente en la muestra, a través de los ponchos de confección industrial que se importaban desde Inglaterra.

    Esa relación desigual, entre un poncho artesanal, que se confeccionaba para una persona en particular y el textil industrial, que tejía miles de metros por día, es lo que marca la tensión de una convivencia incómoda, que se resolverá dentro del siglo XIX con la expansión del capitalismo. No hay posibilidad de parangón entre la calidad y la belleza de una prenda y otra. Pero los ponchos ingleses eran infinitamente más baratos.
    También conmueve la orfebrería de plata, que abarca mates, enseres de cocina, joyas, adornos, aperos para las monturas, cuchillos, espuelas y rastras. Impresiona más sabiendo que no eran pueblos mineros, y que toda la plata que conseguían era producto del intercambio y también del saqueo. Queda por saber los porcentajes de uno y de otro.
    Hasta ahora, los relatos de viajeros –como Lucio V. Mansilla–, o poemas como el Martín Fierro, desde diversos puntos de vista, nos dieron una versión de ese período. Esta exhibición incorpora una nueva perspectiva para abordar ese relato.
    La contemplación de los objetos por su valor estético, actúa como disparador para la imaginación y da una visión inédita de los pobladores originarios de nuestro país.

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  • Título: Beatriz Pichi Malen .
    Autor: Araceli Otamendi
    Fecha: 21/11/2010
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    La cantante de origen mapuche Beatriz Picihi Malen se presentará en la Fundación Proa el sábado 27 de noviembre, en el marco de la muestra Las Pampas.

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  • Título: El camino interminable
    Autor: Albino Dieguez Videla
    Fecha: 21/11/2010
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    Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX es el título de la muestra que reúne en la Fundación Proa más de quinientas piezas de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano, que dan cuenta de las diversas culturas que poblaban este territorio durante el convulsionado período de organización social y política.
    Objetos de museos públicos y colecciones privadas integran la exposición que permite reconstruir los usos y costumbres de una época, a la vez que permite comprender la diversidad y riqueza de aquella escena histórica a través de piezas ineludibles en la conformación de una iconografía de las pampas.
    Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Benedit, la exhibición está organizada en cuatro ejes -la mujer, el caballo, el poncho y la organización social y política- con el propósito de dejar de lado los estereotipos asociados con la pampa y las tribus indígenas.
    El gran desafío es revalorizar la concepción que existe del pueblo originario y de su producción artística, así como conocer un poco más estas comunidades, a través de estos objetos hechos durante el siglo XIX a partir de su relación con el mundo criollo, en su vínculo con el contexto.
    La idea ha sido ofrecer al espectador un nuevo relato y que -a partir de contemplación de los objetos- pueda imaginar un paisaje poblado por caciques a caballo y sus mujeres enjoyadas, lejos de una idea que viene desde la conquista del desierto, de un territorio donde supuestamente no había nada, excepto nómades y salvajes.
    Se quiso ampliar el concepto de "las pampas", un territorio muy extenso, en el que conviven muchas comunidades indígenas muy distintas entre sí, con mucho diálogo y en hábitats muy disímiles, climas húmedos, cordillerano, el desierto o lo patagónico.
    Hay que pensarlo como un vaivén, donde hubo muchos momentos de paz, donde se pudieron establecer alianzas, estrategias, y dejar de lado esa idea de que siempre hubo conflicto con el indio.
    Además, hubo mucho comercio, fue un territorio muy fluido. Los ponchos ocupan un espacio destacado en el recorrido: se puede ver el que le regalaron a José de San Martín durante el cruce de los Andes; el poncho que le dio el cacique ranquel Mariano Rosas al general Mansilla -mencionado en "Una excursión a los indios ranqueles" y otro, que perteneció al gran cacique Calfucurá, cedido por el Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes.
    Esta sala forma parte de un recorrido exhaustivo por los colores, motivos y diseños de una prenda fundamental en la dinámica social del siglo XIX, que acá se divide en pehuenches, pampas y ranqueles tejidas en lana de oveja así como ejemplares del poncho inglés realizados en paño.
    Resulta llamativo el adorno y diseño de joyas de las mujeres mapuches y araucanas, en exhibición en la primera sala: piezas de playa, monedas y cuentas de vidrio de diferentes colores que se lucían en ocasiones especiales y presentaban una imagen de lujo y poder, que además, producían un sonido sensual por el movimiento provocado cuando iban a caballo.
    Las mujeres constituían la principal fuerza de trabajo: la labor doméstica, la atención de la familia, el cuidado de los rebaños, el suministro de agua y leña, la recolección, el tejido y el hilado eran sus obligaciones, a la vez que curtía cueros, confeccionaba enseres y herramientas en madera, se explica en las paredes de la sala.
    Además, un conjunto de piezas y objetos de uso cotidiano confeccionadas en cuero, madera y piedra resumen la vida diaria en las tolderías en el siglo XIX, el nucleo de la vida social aborigen.
    Un círculo de ponchos ubicado en el centro de la sala emula el modo en que se organizaban las asambleas y parlamentos, espacios de discusión y plataforma política de cada comunidad.
    No hay que pensar el parlamento de una forma ordenada, los indígenas tiene una cultura completamente distinta a la nuestra. En el mundo indígena es importante la conexión con el mas allá, con lo divino, y eso se logra a través de bebidas o de alucinógenos.
    Piezas de platería que utilizaban los caciques para adornar con lujo sus caballos, con gran sofisticación de los rebenques, las rastras, los cuchillos, los estribos y las cabezadas definen el protagonismo que el caballo adquirió en tierras pampeanas durante el siglo XIX y completan el recorrido de la exhibición.
    Con el auspicio de Tenaris-Organización Techint, "Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX" se podrá visitar hasta el 4 de enero en la Fundación Proa, Pedro de Mendoza 1929, en el barrio de La Boca, de martes a domingos de 11 a 19.

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  • Título: Beatríz Pichi Malen y Las pampas: arte y cultura en el Siglo XIX .
    Autor:
    Fecha: 20/11/2010
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    BEATRIZ PICHI MALEN | Concierto de música mapuche
    Nov: sábado 27 | Dic: sábados 4, 11 y 18 - 19 hs.
    Una de las voces más destacadas de la música mapuche se presenta en cuatro conciertos exclusivos en los que recupera los sonidos de la cultura de su pueblo. Pichi Malen interpreta un variado repertorio de cantos en su propia lengua en un espectáculo casi ritual que revela la fuerza y la sutileza de la música tradicional mapuche.

    LAS PAMPAS: Arte y Cultura en el Siglo XIX
    Una muestra histórica que permite rescatar el extraordinario capital artístico, el valor de la artesanía en plata y los diseños textiles de las culturas que poblaron el territorio de las pampas hace dos siglos. Más de 500 piezas de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano en exhibición.

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  • Título: Raúl Mandrini/Conciertos de música contemporánea en Fundación Proa .
    Autor:
    Fecha: 20/11/2010
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    Fuente Revista Archivos del Sur.
    Beatriz Pichi Malen Salas de exhibición de la muestra Las Pampas (Buenos Aires) En el marco de la muestra Las Pampas inaugurada recientemente en la Fundación Proa se realizará un recorrido hoy a las 17 por las salas de exhibición junto a uno de los más destacados historiadores: Raúl Mandrini, quien dará un panorama del contexto social, político e histórico y dialogará con el público. También habrá...

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  • Título: Raúl Mandrini/Conciertos de música contemporánea en Fundación Proa .
    Autor: Araceli Otamendi
    Fecha: 20/11/2010
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    En el marco de la muestra Las Pampas inaugurada recientemente en la Fundación Proa se realizará un recorrido hoy a las 17 por las salas de exhibición junto a uno de los más destacados historiadores: Raúl Mandrini, quien dará un panorama del contexto social, político e histórico y dialogará con el público.

    También habrá un ciclo de conciertos de música contemporánea
    ALVIN LUCIER + ENSAMBLE ALTER EGO
    Ciclo de Conciertos de Música Contemporánea
    Miércoles 24 de noviembre18.30 hs. Entrevista al compositor Alvin Lucier por Pablo Gianera
    20.30 hs. Concierto del Ensamble Alter Ego
    El compositor Alvin Lucier, uno de los pioneros de la música experimental, dialogará con Pablo Gianera en el marco del XIV Ciclo de Conciertos de Música Contemporánea. Posteriormente, elEnsamble Alter Ego ejecutará un programa de música contemporánea que incluye "Silver Streetcar for the Orchestra", de Lucier.

    La cantante Beatriz Pichi Malen, una de las voces más destacadas de la música mapuche se presentará en cuatro conciertos.
    BEATRIZ PICHI MALEN | Concierto de música mapuche
    Noviembre: sábado 27 | Diciembre: sábados 4, 11 y 18 - 19 hs.
    Una de las voces más destacadas de la música mapuche se presenta en cuatro conciertos exclusivos en los que recupera los sonidos de la cultura de su pueblo. Pichi Malen interpreta un variado repertorio de cantos en su propia lengua en un espectáculo casi ritual que revela la fuerza y la sutileza de la música tradicional mapuche.

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  • Título: Ecos Ancestrales en Las Pampas Andinas.
    Autor:
    Fecha: 20/11/2010
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    Fuente: lanacion.com

    Pampas en Proa
    Más de 500 piezas procedentes de colecciones públicas y privadas, reunidas en una exposición de valor histórico que revisa la cultura de un pueblo olvidado y muchas veces ignorado
    Viernes 19 de noviembre de 2010 | Publicado en edición impresa. Por Alicia de Arteaga. LA NACION

    Se diría que las salas de Proa, con su memoria del siglo XIX, estuvieron esperando la llegada de este bosque de ponchos que inunda de color, de historia y de mensajes silenciosos las paredes de las viejas casas sureñas convertidas en sede de la Fundación por el milanés Beppe Caruso. Una curva sensual guía el recorrido expositivo que encuentra estricto remate en los ponchos de guarda pampa, emblema inconfundible, prenda de amor, de respeto y de poder, entre mapuches, pehuenches, tehuelches, pampas y ranqueles.
    El largo trabajo de investigación y la pasión empeñados por la coleccionista Claudia Caraballo de Quentin constituyen el prólogo necesario de esta imponente reconstrucción de un tiempo y una cultura, presentes en la selección de 500 piezas de platería y ponchos del siglo XIX, expuestos por decisión de Adriana Rosenberg, presidenta de Proa, en las dos plantas de calidad museística.
    "Honorable homenaje a un mundo tan cercano y casi desconocido, subestimado, muchas veces olvidado", justas palabras de Luis Fernando Benedit, responsable del diseño expositivo, de la arquitectura interior de Las pampas, arte y cultura en el siglo XIX. Hace mucho tiempo que Benedit mantiene un registro de las costumbres y los usos de nuestra tierra. Arquitecto y pintor, sus acuarelas acortan la distancia entre el rancho, el gaucho, la pulpería caricaturesca de Molina Campos y el arte contemporáneo. En esta oportunidad, la propuesta del diseño es resultado del diálogo fecundo y constante con Claudia Caraballo, directora general de la exposición, trabajadora incansable, decidida, desde hace tiempo, a rendir homenaje al indio de las pampas, sin traicionar ni la memoria ni los orígenes.
    El eje motivador de la exposición tiene mucho que ver con trabajos recientes de Benedit, quien en sus últimas carbonillas retrata a los herederos -o desheredados-, descendientes de los caciques que en 1875 formaron "el malón grande", el último gran designio de los indios pampeanos.
    Nadie mejor que Benedit, entonces, para darle un continente al contenido y presentar de manera "honorable" el testimonio de un pueblo con el soporte técnico en el montaje de Patricio López Méndez y el grupo Signo. Al recorrer las salas y demorarse en las vitrinas pintadas de gris cobalto, sorprende la austera y refinada elegancia de esta piezas de platería, facones, estribos, pavas, rastras, rebenques, enseres de la vida cotidiana que, en su simplicidad, toman distancia del oropel barroco y de la híbrida filigrana del modelo colonial.
    Antecedente excluyente del proyecto de Caraballo de Quentin es el libro Platería de las pampas (Larivière, 2008), en cuyas páginas traza el mapa estético de la platería mapuche -equidistante de la platería colonial y virreinal- para convertirse en la expresión de un pueblo. La rueda casi fantasmal, que emula un parlamento deliberativo tocado por una luz cenital, remite al tiempo de caciques dueños de la tierra y de mujeres emperifolladas con sus ajuares festivos, siluetas recortadas contra el paisaje sin límite.
    "Recuerdo que la casa más cercana era como un borrón en el horizonte. Esa distancia infinita se llamaba pampa." La cita es de Jorge Luis Borges, está extraída de una entrevista del New Yorker (1970) y prologa aquel primer libro de la coleccionista Claudia Caraballo de Quentin, profundizado hoy por el exhaustivo libro-catálogo que acompaña la exposición (ver recuadro).
    El siglo XIX es el recorte histórico de esta narración visual a través de piezas que integran colecciones públicas y privadas. El Museo Etnográfico, el Histórico, el Gauchesco Ricardo Güiraledes, el Pampeano de Chascomús y la Fundación García Uriburu enriquecen con sus préstamos el acervo cedido por coleccionistas que aman lo que han atesorado con genuina pasión. Un coleccionismo de hallazgos y no de millones, de búsquedas y no de récords, en el que figuran los nombres de Ruth Corcuera, Matteo Goretti, Ricardo y Belén Paz, Pepe Pérez Gollán, los Eguiguren, Octavio Caraballo, Elena Olazábal de Hirsch, Mimí Bullrich, Marcos Bledel y los Casal, entre muchos otros.
    El siglo XIX marca un quiebre histórico y define un modelo de país, agroexportador y eurocentrado; más cerca en la formulación de su ADN de los salones parisinos, donde el italiano Giovanni Boldini pinta a la Giovinetta Errázuriz (ver recuadro), que del mundo cada vez más distante del desierto conquistado; el mundo perdido más allá de la calle ancha de Barracas, congelada en la visión iconográfica de Carlos Morel.
    Atrás quedaban las luchas por la "frontera interior", el encuentro del indio y el blanco para muchos resumido en la visión, ¿maniquea?, de La vuelta del malón, de Angel Della Valle. En la pintura que forma parte del imaginario colectivo (Colección MNBA), los indios desaforados enarbolando flechas y lanzas escoltan a la cautiva ceñida al cuerpo de su captor que cruza la escena a galope corrido.
    La muestra está organizada en cuatro módulos asociados a temas centrales de la cultura de las pampas: la mujer, el caballo, la organización social y política, el cacicato, la orfebrería y el adorno como símbolo de poder. Expresión cabal de la jerarquía, los ponchos tienen su propio lenguaje (ver recuadro) y expresan en la policromía de las guardas o en los modelos monocromáticos del poncho inglés -"descendido" de los barcos y manufacturado en talleres británicos para proteger al indio de las inclemencias del tiempo- la trama de una identidad. En la vitrina, el "trofeo" mayor son los ponchos de San Martín, Lucio V. Mansilla y el cacique Cafulcurá, esas piezas de museo representan tres mundos y tres visiones de la realidad en la Argentina del siglo XIX.
    Ficha. Las pampas: arte y cultura en el siglo XIX , en Fundación Proa (Av. Pedro de Mendoza 1929), hasta el 9 de enero. Realizada gracias al aporte permanente de Tenaris-Organización Techint. Actividades educativas:
    http://www.proa.org/esp/education.php

    Con la mirada en Europa
    Una casualidad quiso que el mismo día de la apertura de la muestra de Las Pampas en Proa, a miles de kilómetros, en Sotheby´s de Nueva York, un coleccionista pagara el récord de 6 millones de dólares por el Retrato de Giovinetta Errázuriz, hija de Josefina de Alvear, casada con don Matías Errázuriz, embajador de Chile en Buenos Aires, quien encargó a René Sergent el palacio, que es hoy Museo de Arte Decorativo. Madame Errázuriz encarna el gusto dominante de una época y la fascinación por París, los salones y los retratos. Ella misma fue retratada por Sorolla y el imponente cuadro está ubicado en la entrada del Palacio Errázuriz. Todo esto sucedía en el siglo XIX, el lapso de tiempo que la muestra de Proa pone en foco en un singular contrapunto, disparador inmediato de las cuestiones de identidad.
    Años atrás, de visita en Buenos Aires, la psicoanalista francesa Françoise Dolto quedó sorprendida ante el número de argentinos que eran carne de diván. En tren de explicarlo, aludía a la necesidad de buscar las raíces, de saber si la identidad había quedado atrapada en algún barco o había que hilar más fino en la entretela de una cultura olvidada.

    Mucho más que un Catálogo
    Por Carmen María Ramos
    Arte de las pampas en el siglo XIX, de Claudia Caraballo de Quentin (Ediciones Larivière), acompaña la exhibición de Proa y refleja el valor de una cultura relegada o considerada, en el mejor de los casos, referente de un arte menor. La autora ofrece en este libro un amplio panorama de la producción artística de los pueblos originarios que habitaron la región pampeana y patagónica de la Argentina. La platería, el ajuar de la mujer, los objetos de uso doméstico y los textiles -entre los que se destacan los ponchos- son objeto de análisis e inéditos estudios técnicos de Raúl Mandrini, Carlos Aldunate del Solar, Sergio Caviglia, Ruth Corcuera y Graciela Suárez, con fotografías de José Luis Rodríguez, Michel Riehl y Fernando Urquijo. La obra, de 340 páginas, impulsa a una relectura de la originalidad creativa de los grandes cacicatos del siglo XIX, momento en que los diseños, los colores, la riqueza de los materiales, los objetos realizados en cuero, madera o piedra y el refinamiento en el manejo de la plata por parte de estos pueblos alcanzaron su máximo esplendor.
    Pampas en Proa - lanacion.com

    Una cosmovisión compartida
    Los tejidos pampas son valiosos testimonios culturales; en ellos se advierten registros de la tradición oral y diseños similares realizados por distintas comunidades
    Viernes 19 de noviembre de 2010 | Publicado en edición impresa
    Por Ruth Corcuera
    Una representación del mundo, de los límites entre el bien y el mal, del mensaje de las estrellas, del tiempo y del color, atraviesa los tejidos pampas del siglo XIX. El fondo común del estilo andino, desarrollado en múltiples colores y diseños es, así, la base de una cotidianidad que convive con un ideal de trascendencia. Los mapuches desplazaron a otros grupos étnicos, como los tehuelches. Sin embargo, en ambas comunidades y en prendas distintas hay diseños similares, atribuibles a una concepción del espacio dividido en cuatro grandes zonas, concomitante con una posible "cosmovisión compartida". Por su parte, los pueblos ágrafos utilizaron diseños y colores para perpetuar la tradición oral que daba identidad al grupo. Es decir, darles imagen a esas palabras que no están escritas. La reiteración de motivos posee el mismo objetivo que la música en las sociedades arcaicas: la reiteración refuerza la invocación. Todas son, finalmente, piezas de un lenguaje que busca conmover a los dioses y lograr el equilibrio cósmico. Las grecas en tejidos, en la pintura de los quillangos tehuelches y en los cueros de caballos responde a rogativas, donde también se advierten referencias a las genealogías de ciertos grupos o a jefes tribales. El poder está inscripto en distintos soportes, y ocupa un rol central: la etnografía señala la necesidad de ostentar prestigio a través de los textiles. Las cuatro diagonales en triángulo, propias del cuadrado mapuche que representa a la tierra, es el espacio donde juegan las fuerzas del mal que acechan las bases del bien. Diseños y colores oscilan entre niveles mágico-religiosos y empírico-naturales. Los tejedores mapuches acuden a sus antiguas tradiciones y las trasladan a textiles en los cuales la naturaleza posee elementos sobrenaturales. La simplicidad y el buen estado de conservación del instrumental con el que se realizaban estos textiles evidencia que, con instrumentos sencillos, era posible lograr técnicas complejas, y eso mismo caracteriza a esta cultura textil prehispánica, ejemplo de laboriosidad. La urdimbre es, así, el eje dominante: una técnica que, según estudios, acompaña a la región desde hace cinco mil años. Por eso, ponchos y otros tejidos actúan como un registro de la vida de estos pueblos.
    Una cosmovisión compartida - lanacion.com
    el dispensador dice: "cada comarca tiene su tejido"... "cada comarca tiene su alfarería"... y dichas frases contienen una visión cosmogónica precisa, diferenciadora de las culturas de las llanuras y también de las andinas, buenas conocedoras de sus terruños, de sus ciclos, de sus necesidades, de sus tiempos. El poncho define una relación entre el hombre y su entorno, un vínculo que no siempre lo entiende el mundo occidental cuando se echa uno encima, porque las culturas europeas suelen andar tras los apuros y justamente el poncho es un arma contra ellos (afanes ligeros), sus atropellos y también de los desprecios. Mucho dicen sus fibras, otro tanto sus colores, pero mucho más expresan las manos que los diseñan, las arrugas que los piensan... tomando el tiempo adecuado para elaborar algo que es mucho más que una vestimenta. ¿Cómo entenderlo?, el poncho es parte de un legado ancestral, mitológico y legendario, y quien se lo pone, aún no sabiéndolo, será protegido por miradas de otros tiempos, esperanzas focalizadas en distintos cielos, adoradoras de la naturaleza íntima, intensa, inmensa, en una consubstanciación que va más allá del tejido, más allá de sus fibras, e incluso más allá de su mentor... no hay frío que los traspase, no hay agua que lo sacuda, el poncho es eco de soledades, fragancia de caballo, bosta y pradera, lejanías sin distancias, cercanías sin presencias, silencios sin banderas. No hay mejor lanza que una guitarra, no hay mejor daga que la mirada... Hoy los ponchos trascienden las fronteras americanas e invaden el mundo de las comodidades, circulando por culturas lejanas que poco saben de los aires pampeanos y sus espíritus liberados, que menos conocen a las brisas andinas y sus ánimas ambulantes... sin embargo los ponchos llevan consigo, en su esencia, ondas, vibraciones de eternidad que protegen a quien lo lleva con gentileza. Ofreciendo una protección que va más allá del cuerpo, introduciéndose en su alma... pero los ponchos NO se heredan, cuando el alma parte el mismo se entierra. Legado perdido en la noche de los tiempos de estos lares, nunca respetado por los conquistadores. Sucede igual con la alfarería... la tinaja que se quiebra debe ser enterrada para la eternidad y nunca molestada... de allí que los cuerpos de los nativos americanos fuesen siempre cuidadosamente protegidos por tinajas y ponchos en una unión definitiva entre fibra y tierra, envolviendo el espíritu. No tienes idea lo que significa el sueño bajo un poncho... Finalmente, lo que de la tierra sale, a la tierra vuelve. Noviembre 20, 2010.-

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  • Título: Las Pampas.
    Autor:
    Fecha: 20/11/2010
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    Ver nota original (Revista Debate)

    La exhibición “Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX” reúne un conjunto de piezas que da cuenta de las diversas culturas que poblaban el territorio argentino en ese período. Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Fernando Benedit, está integrado por más de quinientos trabajos de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano. Hasta el 4 de enero de 2011 en Fundación Proa (Avenida Pedro de Mendoza 1929); de martes a domingos, de 11 a 19.

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  • Título: Raúl Mandrini estará en los Encuentros y Diálogos de Fundación PROA .
    Autor:
    Fecha: 19/11/2010
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    Ver nota original (Arte en la red)

    Un panorama del contexto social, político e histórico de las pampas en el siglo XIX

    El sábado 20 de noviembre, el ciclo Encuentros y diálogos en la exhibición Las Pampas contará con el historiador y docente Raúl Mandrini, un destacado especialista en las culturas de las poblaciones originarias en el territorio pampeano.

    Mandrini brindará un panorama sobre el contexto social, político e histórico que posibilitó la producción de las comunidades de las pampas en el siglo XIX. El público podrá recorrer la muestra junto a este destacado especialista y compartir con él sus impresiones.
    Las próximas semanas, los encuentros estarán dirigidos por Daniel Molina, Luis González, Teresa Pereda y Luis Pincén.

    Raúl Mandrini es profesor de historia por la Universidad de Buenos Aires. Es docente titular en la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires e investigador del Instituto de Estudios Histórico-Sociales. Sus trabajos se han concentrado en la historia de las poblaciones originarias de la región pampeana y sus adyacencias. Además de artículos en revistas y libros, es autor de Volver al país de los araucanos (con S. Ortelli, 1992) y Los indígenas de la Argentina. La visión del “otro” (2004).



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  • Título: Actividades en la exposición Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX .
    Autor:
    Fecha: 19/11/2010
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    Ver nota original (Laberintos del Arte.)

    Mañana, sábado 20 de noviembre a las 17 hs. el ciclo Encuentros y Diálogos en la exhibición Las Pampas contará con el historiador y docente Raúl Mandrini, un destacado especialista en las culturas de las poblaciones originarias en el territorio pampeano. Mandrini brindará un panorama sobre el contexto social, político e histórico que posibilitó la producción de las comunidades de las pampas en el siglo XIX. El público podrá recorrer la muestra junto a este destacado especialista y compartir con él sus impresiones. Las próximas semanas, los encuentros estarán dirigidos por Daniel Molina, Luis González, Teresa Pereda y Luis Pincén.

    Noviembre:
    - Sábado 27 - 17 hs. Daniel Molina
    Una mirada histórica sobre el arte y la artesanía de los pueblos pampas

    Diciembre:
    - Sábado 4 - 17 hs. Luis González
    La platería y su contexto de producción desde la antropología y la historia de los pueblos originarios
    - Sábado 11 - 17 hs. Teresa Pereda – Luis Pincén
    La artista contemporánea e investigadora dialoga con un especialista en culturas originarias y descendiente del pueblo mapuche
    Asimismo, a partir del sábado 27 de noviembre se podrán disfrutar Conciertos de música Mapuche a cargo de Beatriz Pichi Malen, una de las voces más privilegiadas de la música de este pueblo. Beatriz recupera e interpreta a capella un variado repertorio de temas en su  lengua originaria, rescatando del olvido el patrimonio oral de su pueblo. El concierto, casi despojado de tecnología, revela las distintas composiciones musicales mapuches: cantos sagrados, cantos populares, cantos de pena y de dolor, y cantos profanos, invocando los símbolos de esta cultura. Pichi Malen acompaña las canciones con breves explicaciones y relatos, en un concierto cautivador y casi ritual que revela la fuerza y la sutileza de la música tradicional mapuche. Descendiente del cacique Ignacio Coliqueo, Malen está dedicada a la búsqueda y difusión de la cultura de sus ancestros a través de recitales, discos y ediciones de cancioneros mapuche.
    Noviembre: Sábado 27 - 19 hs.
    Diciembre: Sábados 4, 11 y 18 - 19 hs.

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  • Título: Pampas en Proa.
    Autor: Alicia de Arteaga
    Fecha: 19/11/2010
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    Ver nota original ( La Nación)

    Más de 500 piezas procedentes de colecciones públicas y privadas, reunidas en una exposición de valor histórico que revisa la cultura de un pueblo olvidado y muchas veces ignorado

    Se diría que las salas de Proa, con su memoria del siglo XIX, estuvieron esperando la llegada de este bosque de ponchos que inunda de color, de historia y de mensajes silenciosos las paredes de las viejas casas sureñas convertidas en sede de la Fundación por el milanés Beppe Caruso. Una curva sensual guía el recorrido expositivo que encuentra estricto remate en los ponchos de guarda pampa, emblema inconfundible, prenda de amor, de respeto y de poder, entre mapuches, pehuenches, tehuelches, pampas y ranqueles.
    El largo trabajo de investigación y la pasión empeñados por la coleccionista Claudia Caraballo de Quentin constituyen el prólogo necesario de esta imponente reconstrucción de un tiempo y una cultura, presentes en la selección de 500 piezas de platería y ponchos del siglo XIX, expuestos por decisión de Adriana Rosenberg, presidenta de Proa, en las dos plantas de calidad museística.
    "Honorable homenaje a un mundo tan cercano y casi desconocido, subestimado, muchas veces olvidado", justas palabras de Luis Fernando Benedit, responsable del diseño expositivo, de la arquitectura interior de Las pampas, arte y cultura en el siglo XIX. Hace mucho tiempo que Benedit mantiene un registro de las costumbres y los usos de nuestra tierra. Arquitecto y pintor, sus acuarelas acortan la distancia entre el rancho, el gaucho, la pulpería caricaturesca de Molina Campos y el arte contemporáneo. En esta oportunidad, la propuesta del diseño es resultado del diálogo fecundo y constante con Claudia Caraballo, directora general de la exposición, trabajadora incansable, decidida, desde hace tiempo, a rendir homenaje al indio de las pampas, sin traicionar ni la memoria ni los orígenes.
    El eje motivador de la exposición tiene mucho que ver con trabajos recientes de Benedit, quien en sus últimas carbonillas retrata a los herederos -o desheredados-, descendientes de los caciques que en 1875 formaron "el malón grande", el último gran designio de los indios pampeanos.
    Nadie mejor que Benedit, entonces, para darle un continente al contenido y presentar de manera "honorable" el testimonio de un pueblo con el soporte técnico en el montaje de Patricio López Méndez y el grupo Signo. Al recorrer las salas y demorarse en las vitrinas pintadas de gris cobalto, sorprende la austera y refinada elegancia de esta piezas de platería, facones, estribos, pavas, rastras, rebenques, enseres de la vida cotidiana que, en su simplicidad, toman distancia del oropel barroco y de la híbrida filigrana del modelo colonial.
    Antecedente excluyente del proyecto de Caraballo de Quentin es el libro Platería de las pampas (Larivière, 2008), en cuyas páginas traza el mapa estético de la platería mapuche -equidistante de la platería colonial y virreinal- para convertirse en la expresión de un pueblo. La rueda casi fantasmal, que emula un parlamento deliberativo tocado por una luz cenital, remite al tiempo de caciques dueños de la tierra y de mujeres emperifolladas con sus ajuares festivos, siluetas recortadas contra el paisaje sin límite.
    "Recuerdo que la casa más cercana era como un borrón en el horizonte. Esa distancia infinita se llamaba pampa." La cita es de Jorge Luis Borges, está extraída de una entrevista del New Yorker (1970) y prologa aquel primer libro de la coleccionista Claudia Caraballo de Quentin, profundizado hoy por el exhaustivo libro-catálogo que acompaña la exposición (ver recuadro).
    El siglo XIX es el recorte histórico de esta narración visual a través de piezas que integran colecciones públicas y privadas. El Museo Etnográfico, el Histórico, el Gauchesco Ricardo Güiraledes, el Pampeano de Chascomús y la Fundación García Uriburu enriquecen con sus préstamos el acervo cedido por coleccionistas que aman lo que han atesorado con genuina pasión. Un coleccionismo de hallazgos y no de millones, de búsquedas y no de récords, en el que figuran los nombres de Ruth Corcuera, Matteo Goretti, Ricardo y Belén Paz, Pepe Pérez Gollán, los Eguiguren, Octavio Caraballo, Elena Olazábal de Hirsch, Mimí Bullrich, Marcos Bledel y los Casal, entre muchos otros.
    El siglo XIX marca un quiebre histórico y define un modelo de país, agroexportador y eurocentrado; más cerca en la formulación de su ADN de los salones parisinos, donde el italiano Giovanni Boldini pinta a la Giovinetta Errázuriz (ver recuadro), que del mundo cada vez más distante del desierto conquistado; el mundo perdido más allá de la calle ancha de Barracas, congelada en la visión iconográfica de Carlos Morel.
    Atrás quedaban las luchas por la "frontera interior", el encuentro del indio y el blanco para muchos resumido en la visión, ¿maniquea?, de La vuelta del malón, de Angel Della Valle. En la pintura que forma parte del imaginario colectivo (Colección MNBA), los indios desaforados enarbolando flechas y lanzas escoltan a la cautiva ceñida al cuerpo de su captor que cruza la escena a galope corrido.
    La muestra está organizada en cuatro módulos asociados a temas centrales de la cultura de las pampas: la mujer, el caballo, la organización social y política, el cacicato, la orfebrería y el adorno como símbolo de poder. Expresión cabal de la jerarquía, los ponchos tienen su propio lenguaje (ver recuadro) y expresan en la policromía de las guardas o en los modelos monocromáticos del poncho inglés -"descendido" de los barcos y manufacturado en talleres británicos para proteger al indio de las inclemencias del tiempo- la trama de una identidad. En la vitrina, el "trofeo" mayor son los ponchos de San Martín, Lucio V. Mansilla y el cacique Cafulcurá, esas piezas de museo representan tres mundos y tres visiones de la realidad en la Argentina del siglo XIX.

    Ficha. Las pampas: arte y cultura en el siglo XIX , en Fundación Proa (Av. Pedro de Mendoza 1929), hasta el 9 de enero. Realizada gracias al aporte permanente de Tenaris-Organización Techint. Actividades educativas: http://www.proa.org/esp/education.php

    CON LA MIRADA EN EUROPA
    Una casualidad quiso que el mismo día de la apertura de la muestra de Las Pampas en Proa, a miles de kilómetros, en Sotheby´s de Nueva York, un coleccionista pagara el récord de 6 millones de dólares por el Retrato de Giovinetta Errázuriz, hija de Josefina de Alvear, casada con don Matías Errázuriz, embajador de Chile en Buenos Aires, quien encargó a René Sergent el palacio, que es hoy Museo de Arte Decorativo. Madame Errázuriz encarna el gusto dominante de una época y la fascinación por París, los salones y los retratos. Ella misma fue retratada por Sorolla y el imponente cuadro está ubicado en la entrada del Palacio Errázuriz. Todo esto sucedía en el siglo XIX, el lapso de tiempo que la muestra de Proa pone en foco en un singular contrapunto, disparador inmediato de las cuestiones de identidad.
    Años atrás, de visita en Buenos Aires, la psicoanalista francesa Françoise Dolto quedó sorprendida ante el número de argentinos que eran carne de diván. En tren de explicarlo, aludía a la necesidad de buscar las raíces, de saber si la identidad había quedado atrapada en algún barco o había que hilar más fino en la entretela de una cultura olvidada.

    MUCHO MAS QUE UN CATALOGO
    Por Carmen María Ramos

    Arte de las pampas en el siglo XIX, de Claudia Caraballo de Quentin (Ediciones Larivière), acompaña la exhibición de Proa y refleja el valor de una cultura relegada o considerada, en el mejor de los casos, referente de un arte menor. La autora ofrece en este libro un amplio panorama de la producción artística de los pueblos originarios que habitaron la región pampeana y patagónica de la Argentina. La platería, el ajuar de la mujer, los objetos de uso doméstico y los textiles -entre los que se destacan los ponchos- son objeto de análisis e inéditos estudios técnicos de Raúl Mandrini, Carlos Aldunate del Solar, Sergio Caviglia, Ruth Corcuera y Graciela Suárez, con fotografías de José Luis Rodríguez, Michel Riehl y Fernando Urquijo. La obra, de 340 páginas, impulsa a una relectura de la originalidad creativa de los grandes cacicatos del siglo XIX, momento en que los diseños, los colores, la riqueza de los materiales, los objetos realizados en cuero, madera o piedra y el refinamiento en el manejo de la plata por parte de estos pueblos alcanzaron su máximo esplendor.

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  • Título: Las Pampas.
    Autor:
    Fecha: 17/11/2010
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    Ver nota original (La espada vengadora)

    El tema del exterminio del aborigen, acá en la Argentina, resulta difícil de creer. Porque somos todos criollos, en mayor o menor grado (un tema de porcentajes digamos). Y el criollo es el resultado de la mezcla del aborigen y el español primeramente y, luego, rubios, morenos, pelirrojos (y lo que les guste: chinos, árabes, zulúes). No se lo quiere ver, no se lo ve y no sé entiende muy bien por qué.
    Por ejemplo el encanto del acento cordobés, ¿no se lo debemos a los comechingones? Apuesto a que sí. Y la erre correntina es idéntica a la de los guaraníes. Y después están las mezclas de las mezclas, mucho más interesantes que las denominaciones de origen. Ahora se usa decir: ojo que los mapuches son chilenos. Es verdad, pero Guillermo el Conquistador era francés (normando si prefieren) pero se convirtió en inglés. Hay que ir a Proa y tratar de sostenerle la mirada al Calfucurá.

    Hay épocas en que la crítica de arte no está a la altura de las obras que juzga y, otras, al revés, en que las obras no están a la altura de la crítica. Sobre estos tiempos no vamos a opinar pero me complace repetir lo que me dijo Sara García Uriburu sobre "Las Pampas" en Proa: "es la muestra del año". Como es una mujer seria inmediatamente aclaró que no es que haya visto todas. Me encanta Sara, es dificilísimo arrancarle un comentario negativo sobre un artista y en cambio disfruta cuando elogia.

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  • Título: Arte y Cultura en el Siglo XIX.
    Autor: María Cristina Faleroni
    Fecha: 17/11/2010
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    Ver nota original (Blog Vista de Arte)

    Las Pampas
    Arte y Cultura en el Siglo XIX

    La exhibición reúne más de 500 objetos y piezas de platería y textiles, pertenecientes a museos públicos y colecciones privadas. Tiene como propósito descubrir el intercambio de técnicas y modalidades que se dieron en la producción artística de las culturas de los pobladores originarios en las llanuras del Cono Sur de América. La muestra plantea una serie de núcleos que dan cuenta de la identidad de cada una de ellas, a través de las diversas técnicas empleadas en las distintas zonas geográficas.

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  • Título: Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX.
    Autor:
    Fecha: 14/11/2010
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    Ver nota original (Wasapix)

    Someone may ask about this in the middle of this blog, but as you know this is subjective, I have Spanish blood and years ago I played in a band called The Pampa’s Brothers, so it became obvious that i felt something special when i’ve seen the press release of this interesting exhibition at the Fundación PROA in Buenos Aires (Argentina). I’ve selected some of the items that for sure some lucky people hanging around there in Buenos Aires have no excuse about to not stop at the exhibition “Las Pampas: Arte y Cultura en el siglo XiX” programmed until January 4th 2011. A must see of arts and culture from one of the most beautiful region in the world. If you get there and wish to share with us your exhibition experience you can send to us some shots and we may post them to complete this article with your credits, just drop us an e-mail to: raw[at]wasapix[dot]com

    from proa.org
    La exhibición reúne más de 500 objetos y piezas de platería y textiles, pertenecientes a museos públicos y colecciones privadas. Tiene como propósito descubrir el intercambio de técnicas y modalidades que se dieron en la producción artística de las culturas de los pobladores originarios en las llanuras del Cono Sur de América. La muestra plantea una serie de núcleos que dan cuenta de la identidad de cada una de ellas, a través de las diversas técnicas empleadas en las distintas zonas geográficas.
    A partir del 30 de octubre, Fundación Proa presenta Las Pampas: Arte y Cultura en el siglo XiX, un conjunto único de piezas reunidas por primera vez en el marco de una histórica exhibición. Más de 500 trabajos de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano son apreciados en la exhibición por su  extraordinario capital artístico, el valor de la artesanía en plata y los diseños textiles. Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Fernando Benedit, Las Pampas… nos permite comprender la diversidad y riqueza de aquella escena histórica a través de la contemplación de piezas ineludibles en la conformación de una iconografía de las pampas. Museos públicos y colecciones privadas integran el patrimonio que permite reconstruir los usos y costumbres de una época. La historia, visitada desde la estética del presente, jerarquiza los valores de las culturas desde sus objetos artísticos y de la vida cotidiana. A partir de los relatos de viajeros e intelectuales –como Lucio V. Mansilla–, la literatura permitió siempre comprender ese período. La exhibición Las Pampas… aporta un nuevo relato: a través de la contemplación de los objetos y de su valor estético, nos atrevemos a imaginar un paisaje poblado por caciques a caballo y mujeres enjoyadas dominando la inmensidad de la llanura. Las Pampas… está organizada en cuatro salas que representan los diversos temas fundantes de nuestra cultura: la mujer, el caballo, la organización social y política, el cacicato, la orfebrería y el adorno como símbolo de poder, junto al poncho con su riqueza de diseños y alusión a las jerarquías. san martín, mansilla y el cacique Calfucurá están presentes con sus prendas. El poncho de San Martín, cedido por el Museo Histórico Nacional, propone al espectador imaginar el cruce de los Andes y los sueños cumplidos del prócer, así como revivir el momento en el que Lucio V. Mansilla protegió su vida gracias al poncho regalado por el cacique. Desde la escena del arte, Fundación Proa propone revisitar nuestra historia y valorar la riqueza y la creatividad que las diversas culturas produjeron en el pasado. Las piezas presentes son imágenes permanentes de nuestro acervo simbólico. Las Pampas: Arte y Cultura en el siglo XiX es posible gracias a museos públicos y colecciones privadas que cedieron sus obras para esta exhibición, y al auspicio de Tenaris – Organización techint.

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  • Título: Riquezas que brotaron de la inmensidad, la soledad y el silencio.
    Autor: Diego Rojas
    Fecha: 13/11/2010
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    Ver nota original (Tiempo Argentino)

    Muestra en la Fundación Proa : Las Pampas, el arte y la cultura en el siglo XIX.
    Por primera vez se reúnen en una exhibición histórica piezas pertenecientes a la tradición de la pampa y a la Patagonia argentina y chilena. Más de 500 trabajos de platería, ponchos, joyas y objetos de uso cotidiano.

    La pampa, esa manera de definir al vértigo horizontal, ha sido descripta muchas veces como un paisaje repetido e igual a sí mismo. Como el vacío fundamental sobre el que se erigió la arquitectura de la patria. Sin embargo, esas visiones olvidan rescatar no sólo la vida social que se desarrollaba antes, durante y después de la llegada de los españoles, sino que niega sus aportes a la cultura. La muestra que se exhibe en la Fundación Proa, en el marco de las actividades del Bicentenario, plantea una resignificación de una geografía que fue, históricamente, un espacio esencial para la creación literaria y política. Basta recordar que los primeros versos de La cautiva, de Esteban Echeverría, se ocupan de describirla: “...el desierto, / inconmesurable, abierto / y misterioso a sus pies / se extiende; triste el semblante / solitario y taciturno / como el mar...”.

    “No son artesanías –define Claudia Caraballo, encargada de la dirección general de la muestra–, esa condición implicaría la repetición en serie de un objeto. Esta exposición ofrece obras únicas.” Se refiere a los ponchos, joyas, boleadoras, adornos, rebenques, cuchillos, estribos y cabezadas que componen un mapa de la producción que caracterizó al siglo XIX en Tierra Adentro, que es como se llamaba al territorio que excedía las fronteras militares de la “civilización”. Una región que, con la invasión española, también encontró una manera de afianzar sus costumbres y productos, claro que antes del exterminio. El caballo y las tecnologías funcionaron para reorganizar las emanaciones culturales de ese vasto desierto. No por nada la muestra se llama Las pampas: arte y cultura en el siglo XIX, un señalamiento, no sólo del carácter único que resalta Caraballo, sino un reconocimiento del aura con que los objetos se exhiben al visitante, que se ve transportado a un espacio del que todo lo que se conoce es debido a los pocos testimonios de los extranjeros y criollos –cautivos y visitantes– que sobrevivieron a la oralidad y al tiempo.
    Unos maniquíes negros resaltan el esplendor de las joyas que adornaban las ropas y las cabelleras de las mujeres mapuches, esposas de los caciques. Monedas de plata fundida por los hombres que se convertían en símbolos, no sólo de la jerarquía que esas mujeres ocupaban, sino de la cosmovisión de un pueblo. Los pájaros sagrados, los puntos cardinales, el espacio mismo se expresan a través del cincelamiento que se dibuja en las joyas, pero que también se percibe en el material con que fueron realizadas: la plata reproduce el resplandor del sol y origina, según la mapuche, la conexión con el Universo y con lo divino. Joyas que también originaban un particular sonido ante el movimiento de quienes las portaban.
    El rol de la mujer se detalla en los utensilios que poblaban las tiendas donde habitaban estos pueblos nómades –aunque luego se fueron asentando al desarrollar la ganadería–. Ollas, cucharas, telares y mantas muestran el rol en la división del trabajo que ocupaban. Dos mantas tehuelches, una de cuero de caballo y otra de oveja, de las únicas cinco en el mundo que se conservan, se muestran en una vitrina y ofrecen una visión del rigor laborioso que empeñaban esas mujeres en la elaboración de las prendas.
    Si la mujer era la que se adornaba con plata refulgente y era ama en el hogar, el hombre se ocupaba de la provisión de lo necesario para la vida y de la guerra. Las boleadoras servían para cazar ñandúes, ciervos y pájaros, y para cada animal existía un tamaño de bola y una consistencia. El caballo se incorporó a la vida india a tal punto que hubo jinetes expertos que usaban sus habilidades como un modo de defensa y también para el ataque: para asegurar el triunfo del malón, que proveía de víveres y armas, pero también de cautivas, y era signo de la amenaza del indio”, así como su fortaleza y su valor. A tal fiel acompañante los caciques dedicaban grandes ornamentos en forma de espuelas, rebenques, monturas, estribos, cabezadas hechas en plata. En época de guerra, el caballo era montado por jinetes expertos que no sólo eran diestros en su manejo, sino que podían llevar arrastrando lanzas de más de cuatro metros, como las que se muestran en Proa. Lanzas que, con fuerza y puntería extraordinarias, se tiraban al enemigo que, después de un vuelo tembloroso pero firme, se cargaban una víctima. El caballo era tan apreciado que, al fallecimiento del cacique, era sacrificado y enterrado junto a su dueño, para que lo acompañe más allá la muerte, junto a las joyas y objetos preferidos (también eran sacrificadas las varias mujeres del jefe tribal para que no se perdiera el lazo que los unía aquí en la tierra).
    La organización social en Tierra Adentro también implicaba una división política que tenía su propio parlamento. En esas reuniones, el cacique tenía la voz principal, pero de la capacidad oratoria y el convencimiento, que se producía en rondas de discusión que podían durar días, daban cuenta de los problemas y soluciones de la vida en sociedad. El “parlamentar”, forma elevada del ritual de la oratoria, también se activaba a la hora de negociar con el Estado. Lucio V. Mansilla (ver aparte) cuenta en Ranqueles que el parlamento con Mariano Rozas, realizado a través de lenguaraces (intérpretes) duró más de nueve horas. En la exhibición, un círculo de maniquíes emponchados representa al parlamento indio que escucha a su cacique.
    Los ponchos forman parte esencial de la exposición. Ponchos pampas, mapuches y, más complejos, los que se elaboraban al otro lado de la cordillera. Ponchos manufaturados y artesanales. Ponchos de telar y ponchos de máquina. Ponchos históricos. Cada diseño es único. “El mapa que las mujeres dibujaban en sus telares es impresionante –destaca Caraballo–: cada línea de color implica cálculos matemáticos infernales que estas mujeres, que carecían de grafía, de estudios y de luz, resolvían para realizar cada prenda.” Algunos ponchos parecen anticipar la moda hippie, dibujados con un estilo que bien podría confundirse con el batik. Los ponchos ingleses, que proveían del producto no sólo a los hombres de campo argentinos, sino que los exportaban desde sus talleres de Manchester y Liverpool a toda América, descollan por una elegancia sin igual, con cuellos que destilan un aire modernísimo. El poncho con el que San Martín cruzó los Andes, el que llevaba puesto (y que conserva el rastro de las batallas) el mítico cacique Cafulcurá. El poncho que le regaló Mariano Rozas a Mansilla acompañándolo con las siguientes palabras: “Si alguna vez no hay paces, mis indios no lo han de matar, hermano, viendo ese poncho.”
    El cuadro La vuelta del malón, de Ángel Della Valle –que se expone en el Museo Nacional de Bellas Artes– muestra la imagen de un malón regresando victorioso a tierra adentro, llevando consigo su botín, entre el cual se ve, una blanca cautiva desvanecida. Los signos de la obra son los que marcarían esa dicotomía fundante de la Argentina, la que marca las diferencias entre la civilización o barbarie, división que aún hoy marca los escenarios históricos que transcurrimos. La muestra de Proa propone una excursión a los supuestos territorios de lo indómito, que luego fueron arrasados por el exterminio. Sirve para pensar una región con sus propios elementos civilizatorios y, también, barbáricos. Y para suponer que la dicotomía es falsa porque, lo demuestra nuestra historia, la consigna “Civilización o barbarie” sería correcta si se cambiara la conjunción disyuntiva “o” por la copulativa “y”.<



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  • Título: Blogeros agendando.
    Autor: Alicia de Arteaga
    Fecha: 12/11/2010
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    Ver nota original (Blog de Alicia Arteaga - La Nación)

    Ayer cerró en Córdoba AFUERA la fabulosa movida orgnizada por Pancho Marchiaro del Centro Cultural España con curadurìa  de Rodrigo Alonso y Gerardo Mosquera. Vinieron todos: Saraceno, Tiravanija, Gerardo Mosquera, Douglas Crimp, una lección cordobesa. ¡¡¡Bravo!!

    Hoy cierra la muestra de abstracción colección Daimler Benz, y es la última semana para ver la muestra de Alfredo Prior, un artesano de la pintura en el mejor sentido, maestro del color, de la sutileza, zen en tonos verdes y azules. En el mismo museo de Costantini no perderse el video de Silvia Rivas, en la línea de trabajo de la suiza Pipilotti Rist. Muy Bueno.

    Mañana inaugura, a las 19,  Bueno Aires Photo, 6 edición, al mediodìa, a puertas cerradas, encuentro íntimo con galeristas, artistas y coleccionistas. Miércoles pausa por el censo: recomiendan los que saben recibir a censistas en el lobby de los edificios,  por razones de seguridad.

    Jueves día D para la muestra de Platería Ponchos del siglo XIX en las colecciones de Claudia Caraballo y otras procedencias. A las 19, en Pedro de mendoza al 19.00, Fundación Proa. Jueves también en el salòn Posadas del Palacio Duhau, tendremos un  diálogo público con el gran artista de la fotografía Dino Bruzzone organizado por Arte al Día.

    Mañana subasta de arte argentino en Arroyo. Maestros de la pintura al mejor postor. En Praxis muestra de 85 fotografías que serán subastadas a beneficio de EMA, 1 de noviembre en el MALBA. Blogeros: agendando!! .
    BUENA SEMANA CON MUCHO ARTE

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  • Título: Las Pampas en el siglo XIX, la nueva apuesta de la Fundación Proa .
    Autor:
    Fecha: 11/11/2010
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    Ver nota original (Notio)

    “Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX” es el título de la muestra que reúne más de 500 piezas de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano que reflejan la esencia de diversas culturas que poblaron el territorio.

    La idea de la exposición es reconstruir los usos y costumbres de una época, al tiempo de comprender la riqueza histórica del país a través de piezas únicas y fundamentales a la conformación de una iconografía de las pampas.
    Objetos de colecciones privadas y museos públicos serán presentados bajo la dirección general de de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Benedit.
    La exhibición fue pensada en torno a cuatro ejes: la mujer, el caballo, el poncho y la organización social y política de una época. Se buscará dejar de lado los estereotipos asociados con la pampa y las tribus indígenas.
    “El gran desafío es revalorar la concepción que existe del pueblo originario y de su producción artística, así como conocer un poco más estas comunidades a través de objetos hechos durante el siglo XIX a partir de su relación con el mundo criollo, en su vínculo con el contexto”, señaló Camila Villarruel, del departamento de educación de Proa, en una recorrida por la muestra.
    A partir de la contemplación de estos objetos se busca ofrecer al espectador un relato de la historia en el que pueda imaginar un paisaje poblado por caciques a caballo y mujeres enjoyadas, “lejos de una idea que viene desde la conquista del desierto, de un territorio donde supuestamente no había nada, excepto nómades y salvajes”, agregó.
    Se trata de ampliar el concepto de `las pampas`, un territorio muy extenso, donde conviven muchas comunidades indígenas muy distintas entre sí, con mucho diálogo y en hábitats muy disímiles, climas húmedos, cordillerano, el desierto o lo patagónico.
    “Hay que pensarlo como un vaivén, donde hubo muchos momentos de paz, donde se pudieron establecer alianzas, estrategias, y dejar de lado esa idea de que siempre hubo conflicto con el indio. Además, hubo mucho comercio, fue un territorio muy fluido”, sostuvo.
    Los ponchos se destacan en la muestra, se puede ver el que le regalaron a José de San Martín durante el cruce de los Andes; el poncho que le dio el cacique ranquel Mariano Rosas al general Mansilla -mencionado en “Una excursión a los indios ranqueles”- y otro, que perteneció al gran cacique Calfucurá, cedido por el Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes.
    Las joyas de las mujeres mapuches y araucanas ocupan la primera sala en la exhibición: monedas y cuentas de vidrio de diferentes colores que se lucían en ocasiones especiales y presentaban una imagen de lujo y poder.
    La labor doméstica, la atención de la familia, el cuidado de los rebaños, el suministro de agua y leña, la recolección, el tejido y el hilado eran algunas de las obligaciones oblligaciones de las mujeres, a la vez que curtían cueros, confeccionaban enseres y herramientas en madera, se explica en las paredes de la sala.
    Un círculo de ponchos ubicado en el centro de la sala emula el modo en que se organizaban las asambleas y parlamentos, espacios de discusión y plataforma política de cada comunidad.
    “No hay que pensar el parlamento de una forma ordenada, los indígenas tiene una cultura completamente distinta a la nuestra. En el mundo indígena es importante la conexión con el más allá, con lo divino, y eso se logra a través de bebidas o de alucinógenos”, explicó Villarruel.
    “Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX” se podrá visitar hasta el 4 de enero en Fundación Proa, Avenida Pedro de Mendoza 1929, en el barrio de La Boca, de martes a domingos de 11 a 19.

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  • Título: Fundación PROA Muestra Las Pampas.
    Autor:
    Fecha: 10/11/2010
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    Ver nota original (Abuelos en la red.)

    “En la pampa las impresiones son rápidas, espasmódicas, para
    luego borrarse en la amplitud del ambiente, sin dejar huella.”
    Ricardo Güiraldes. Don Segundo Sombra.

    Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX reúne un conjunto único de piezas que da cuenta de las diversas culturas que poblaban este territorio durante el
    convulsionado período de organización social son apreciados en la exhibición por
    su  extraordinario capital artístico, el valor de la artesanía en plata y
    los diseños textiles. Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin
    y con el diseño expositivo de Luis Fernando Benedit, Las
    Pampas… nos permite
    comprender la diversidad y riqueza de aquella escena histórica a través de la
    contemplación de piezas ineludibles en la conformación de una iconografía de las
    pampas.
    Museos públicos y colecciones privadas integran el patrimonio que permite reconstruir los usos y costumbres de una época. La historia, visitada desde la estética del presente,
    jerarquiza los valores de las culturas desde sus objetos artísticos y de la vida
    cotidiana.
    A partir de los relatos de viajeros e intelectuales –como Lucio V. Mansilla–, la literatura permitió siempre comprender ese período. La exhibición Las
    Pampas… aporta un nuevo
    relato: a través de la contemplación de los objetos y de su valor estético, nos
    atrevemos a imaginar un paisaje poblado por caciques a caballo y mujeres
    enjoyadas dominando la inmensidad de la llanura.
    Las Pampas… está organizada en cuatro salas que representan los diversos temas fundantes de nuestra cultura: la
    mujer, el caballo, la organización social y política, el cacicato, la orfebrería
    y el adorno como símbolo de poder, junto al poncho con su riqueza de diseños y
    alusión a las jerarquías. San Martín, Mansilla y el cacique Calfucurá
    están presentes con sus prendas. El poncho de San Martín, cedido por el Museo
    Histórico Nacional, propone al espectador imaginar el cruce de los Andes y los
    sueños cumplidos del prócer, así como revivir el momento en el que Lucio V.
    Mansilla protegió su vida gracias al poncho regalado por el
    cacique.
    Desde la escena del arte, Fundación Proa propone revisitar nuestra historia y valorar la riqueza y la creatividad que las diversas culturas produjeron en el pasado. Las piezas
    presentes son imágenes permanentes de nuestro acervo
    simbólico.
    Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX es posible gracias a museos públicos y colecciones privadas que cedieron sus obras para esta exhibición, y al auspicio de Tenaris – Organización Techint.
     
    Créditos de la exhibición
    Dirección general: Claudia Caraballo de Quentin
    Diseño expositivo: Luis Fernando Benedit
    Producción: Graciela Esnal / Camila Jurado

    Montaje
    Grupo Signo: Esteban Campili / Matías Dinenzon / Federico Ezequiel Fischbarg / Eduardo Gismondi / Sergio Lamanna / Patricia Cecilia Lissa / Eduardo Patricio López Méndez / Hernán
    Soriano / Eugenio Ángel Tornadú / María Pía Villalonga
    Fundación Proa / Juan Pablo García / Diego Mur

    Educación: Paulina Guarnieri / Carolina Rodríguez Pino
    Educadores: Rosario García Martínez / Lucía Marocchi / Bárbara Paulin / Juanita Sánchez / Camilla Villarruel

    Prestadores
    Museo Etnográfico “Juan B. Ambrosetti”, Buenos Aires.
    Fundación García Uriburu, Buenos Aires
    Museo Gauchesco y Parque Criollo Ricardo Güiraldes, Provincia de Buenos Aires
    Museo Histórico Nacional, Buenos Aires
    Museo Pampeano de Chascomús, Provincia de Buenos Aires
    Colecciones Privadas, Argentina

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  • Título: Pampa y pompa.
    Autor:
    Fecha: 10/11/2010
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    Ver nota original (La espada vengadora)

    Hace unos días, justo la semana de la muerte de NK se inauguró una muestra en PROA a la que vale la pena ir. Ya que hoy es el día de la tradición posteo lo que María Moreno descubrió en esa muestra. Salió en Radar de Pagina 12.

    Pampa y pompa

    Ignoradas, olvidadas o desconocidas durante décadas, han sobrevivido hasta nuestros días una cantidad importante de piezas de las culturas indígenas de la frontera pampeana. Los significados de los colores en los ponchos, el idioma de la plata repujada, los símbolos que identificaban a cada cacique, el rito en sus instrumentos musicales y varios enigmas esperan ser interpretados en ellos. Claudia Caraballo de Quentin, sutil y perspicaz coleccionista desde hace años, ha comenzado con ayuda de amigos, historiadores y antropólogos, la delicada tarea de entenderlos. La muestra Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX, de la que es directora general y que se inauguró ayer en Proa, expone objetos de caciques como Namuncurá, Catriel, Foyel, próceres como San Martín y Rosas, plateros, cautivas, mestizos, Lucio V. Mansilla, y la sombra de una economía informal de trueque, regalo y robo durante la guerra entre los blancos y los indios.

    Ni el Parlamento de Budapest con sus cuarenta y cinco kilos de oro en revestimientos, ni la iglesia de Santa Prisca en Taxco con más cantidad aún y sus columnas decoradas con granadas y conchas, ni la cueva de Alí Babá tienen la magnificencia de la última muestra de Proa: Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX. La lata del dato precisa: “más de quinientos trabajos de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano pertenecientes a la tradición de las pampas y la Patagonia argentina y chilena de hace dos siglos”. No podía haber estado en mejor lugar, nada de museos especializados, sino un Centro de Arte Contemporáneo, porque lo que la muestra prueba es que hubo una especie de Bauhaus de los pajonales que nunca se vio, como ahora, toda junta. No creo que ninguna otra muestra, ni allí, ni en ninguna otra parte, la emparde, al menos, durante este año.

    Leer en esta muestra una mera historia de vencedores y vencidos, sin sus matices, sus negociaciones, sus esencias rotas, sería equivalente a leer Operación Masacre como un policial. La dirección general es de Claudia Caraballo de Quentin (Luigi) y el diseño expositivo de Luis Fernando Benedit. Desde su oficina de la calle Libertador –piso sugestivamente 19 aunque no escrito XIX–, a Claudia Caraballo le gusta explayarse sobre esta patriada de patrimonios sobre cuyo espacio Adriana Rosemberg, la directora de Proa, no dudó un segundo. Para memorizar la muestra, que se inauguró el jueves, usa de machete sus dos libros, Arte de las pampas en el siglo XIX y Platería de las pampas (Ediciones La Rivière); al primero lo editó, al segundo lo coordinó, pero los dos tienen muchos especialistas invitados. Claudia es nieta de Alfredo Hirsch, presidente de Bunge y Born y fundador del Otto Krause –según ella un coleccionista ecléctico, mientras todos compraban sólo impresionistas– y que mereció una sala (la primera a la izquierda) en el Museo de Bellas Artes. También fue el tipo que se le plantó al general Roca para decirle: “Acá hay que hacer elevadores de granos para exportar”. “Pero usted ¿qué edad tiene?”, preguntó el autor de la Campaña al Desierto. “Veintitrés”, dijo el esteta-empresario.

    –Además, yo tenía un tío que era coleccionista de cosas criollas. El me regalaba siempre algo: una fusta, un cuchillito. Cuando tuve más o menos 16 años conocí a John Walter Maguire. Era muy amiga de la hija y con ella formábamos parte de un grupo de esos que siempre se juntan los sábados. Y este señor, coleccionista, tenía un cuartito y yo lo veía que estaba siempre haciendo algo. No sabía qué. Un día me invitó a entrar. Fue la primera vez que yo vi cosas que eran muy diferentes a las coloniales. Me acuerdo de unos calzoncillos cribados. Tenía muchas piezas de soga de tendón de avestruz. Fue muy amoroso. Me dedicó su libro Loncagüé sobre la vida y el arte en la llanura: “Para Claudia, de este admirador, para que Loncagüé la acompañe para siempre”.

    En las cuatro salas que ocupa la muestra hay series ordenadas de joyas y adornos de mujer, platería y objetos ecuestres, escenas de hogar y del comercio con sus puestas austeras de sillitas, morteros y bateas. Las vitrinas dejan bajarse a tomar agua –como diría el finado Miguel Briante a quien seguramente le gustaría Las Pampas...– en el espacio vacío entre piezas.

    –Fijate que hay muchísimos objetos y no dan sensación de abigarramiento –dice el historiador Raúl Mandrini, que colaboró en los libros y la muestra, mientras relojea un mate de plata con tres patas de cobre–. Ya me lo quisiera para mí. Pero a esas bombillas no las usaban todos, eh. En un texto de Armagna, el médico militar francés que anduvo por las pampas y que visitó a Catriel, en las tolderías de Cipriano, dice algo así: “El último día de nguillatun, los caciques y los invitados especiales tomamos mate con bombillas de plata, los demás indios con bombillas de latón”.

    La reconstrucción del parlamento podía sugerir un coloquio entre maniquíes o de espantapájaros, pero nada de eso. La luz baja sobre esos soportes antropomorfos de lana negra, de perfil bajísimo tras el lujo de los ponchos –lujo de diseño pero también de símbolos–, no sugiere la cita fashion de una derrota sino la de una conspiración, como la de 1874, en que Namuncurá, Pincén, Baigorrita y Juan José Catriel armaron “el malón grande”.

    “Pensé: ¿hacemos una carpa o un toldo? No. Eso es un cacherío. Patricio López Méndez respetó exactamente el diseño de Tato Benedit”, Claudia Caraballo siente que eligió bien.

    Es una pegada que a la primera sala la abra un piquete arty de mujeres con lloven ngutroe y tupu (imposible tentar un artículo determinante o indeterminante). Prefiero el que la ficha detalla como “lloven ngutroe: tocado de lana de oveja tejida y bordada, recubierta parcialmente por cupulitas de plata cosidas de factura mapuche; tupu: aguja de plata con disco de círculos concéntricos y centro floral de ocho pétalos”. Le hubiera quedado bien a Victoria Ocampo, que tenía algún rasgo de su antepasada, la india Agueda. Y hubiera matado de envidia a Coco Chanel.

    LAS PISTAS DE LOS CACIQUES

    Sobre la mesa de mármol grande como una pista, Claudia Caraballo manipula los dos libracos lujosos en donde ha sugerido, coordinado, propuesto, reclamado con esa obsesión de los fanáticos benignos que se disgusta por una mínima manchita y entonces hay que organizar una comisión para convencerlos de que es una cosa de nada, que el resto es monumental. Señala las fotografías y va contando los indicios.

    –Yo descubrí que en la platería pampa, sobre todo en la parte del sur del río Colorado, en cosas de mapuches, tehuelches y pehuenches, la presencia del triángulos y la semiesfera repujada. Entonces lo llamé a Aldunate (Carlos Aldunate del Solar, director del Museo Chileno de Arte Precolombino) y le dije: “Carlos, yo necesito entender el kultrum” (el instrumento de percusión mapuche). Entonces, divino, me indicó un artículo sobre el kultrum sin decir que era de él. El triángulo está muy presente porque la parte de arriba del kultrum se forma con cuatro triángulos. Yo no afirmo nunca nada: siempre digo “posiblemente”. Luego empecé a obsesionarme mirando las semiesferas repujadas. Diez días antes de cerrar este libro, me iluminé: ¡si es la parte convexa del kultrum! Acá adentro (señala la imagen de un tamborcito ritual) ellos ponían dos pepitas de oro, dos de plata, dos de trigo, dos de maíz –a mí me dijeron que eran dos, yo nunca abrí ninguno, por Dios que nunca lo hice–: eran signos para que no falte la comida, que no falte el dinero. La platería es muy abstracta, entonces representaron el kultrum en esta semiesfera. Yo digo posiblemente sea. ¿Ves en la agarradera de ese cuchillo los puntos del kultrum?

    No, no los miro, me obsesiona la pava de plata batida y burilada (en la muestra y en el libro), tan de entrecasa y de almacén de ramos generales, apenas arañada y con el asa y la perilla de una madera que parece no haber sido sobada hace mucho.

    –¿Esta pava? La compré en Saráchaga por cien dólares. Fui con mi marido y dije ¡esto es pehuenche! En todo el borde hay un pequeño puntilleo, ¿ves? No bien tuve mis primeras piezas empecé a hacer comparaciones. Hasta les pedí a mis amigos que me prestasen las suyas para poder estudiar. Todos dicen: “Esta es la colección de Claudia”. ¡No! Tengo amigos sumamente generosos porque me han dejado las piezas por un largo tiempo.

    Lo que hacés es empírico. Y por ahora no tenés quién te refute.

    –A mí me llamó la atención que nadie me haya escrito para decirme: “Esto no es así”. ¿Cómo empiezo el descubrimiento de estas piezas? Agarré las cuatro cabezadas de Maguire que he visto en lo de él y pensé: “Si Maguire dice que ésta le perteneció a Ramón Platero, ésta a Mariano Rosas, ésta a Vicente Pincén y ésta a Nahuel Payún, y las cadenas y los detalles son diferentes, quiere decir que cada cacique tiene sus diseños: un Nahuel Payún no se va a poner cosas que no sean propias. Porque cada uno tenía un platero o retrafe. Estaba Manuel Virhué, que trabajó para Calfucurá; Ramón Cabral, que también era cacique. Entonces empecé a agrupar los distintos tipos de eslabones (señala una cabezada hecha de semiesferas planas unidas por una argolla) para identificarlos.

    La diferencia está en los eslabones.

    –Y cada eslabón no se encuentra en piezas de ningún otro.

    Entonces el eslabón es el logo. Esa es tu hipótesis.

    –Puede que el cacique y los capitanejos usen la misma figura como una camisa de Gap. Pero te quiero contar cómo llego a descubrir que esta cabezada es realmente de Mariano Rosas. Vi ese adorno del capullo de rosa, una flor que no está en la fauna autóctona, como el cardo santo, por ejemplo, que usan mucho. ¿Cómo era posible una rosa? De repente me di cuenta. Una amiga mía, la mujer del embajador Carlos Ortiz de Rosas, tenía un anillo con las armas de familia de los Rosas y aparece la misma rosa que está en la platería. Porque Mariano había sido raptado por Rosas en su niñez, pasó tiempo con él y después se volvió a los toldos, siendo su ahijado.

    Una rosa que viene de “Rosas” y no de “las rosas”.

    –Y mirá esta flecha para abajo (señala un estribo, unos aros, un cuchillo), es de Pincén. El otro día vino Luis Pincén, si vieras la emoción que sintió.

    En una testera hay un rostro de mujer con tocado de plumas de ñandú. Las cadenas van formando v cortas. Claudia Caraballo –que ya no es la chica de 16 años que espiaba los calzoncillos cribados en el cuarto de Maguire– le discute al maestro que sean rayos estilizados, para ella son aves en vuelo, esa recurrencia de la pampa. La cabezada es de Ramón Platero posiblemente.

    –Yo veía esta carita acá y me preguntaba ¿va a ir un cacique a la guerra con la imagen de una mujer en la cabezada? Entonces pensé: “Esta debe ser la cabezada que él le hace a la mujer y tiene un tocado de plumas como para decir “blanca”.

    Entonces, ¡es Fermina Zárate, la de Una excusión a los indios ranqueles!

    Fermina Zárate (cautiva del cacique Ramón el Platero) se quedó en los toldos a causa de sus hijos mestizos, sin culpar a Dios de que la hubieran agarrado los indios, sino a los cristianos que no cuidaban a sus mujeres.

    –Mirá esto: ¿dónde hay huevos periformes? Los de ñancul (buteo polyosoma), uno de los pájaros que adoraban. Me di cuenta.

    Cada vez que asocia, Claudia Caraballo pone la cara de ¡Eureka! que Sherlock Holmes se negaba a poner –era flemático– cuando deducía por unas huellas en un piso en el que se había volcado creosota que el asesino era rengo.
    LA EVIDENCIA ESTA EN LOS PONCHOS

    Las imagino montadas de a tres, a lo dama y sobre la misma yegua –mujer principal, hermana, una cautiva– levantando en el galope un humo rosado como en aquella película de Solanas (efecto crepúsculo en la pampa), lloven ngutroe en tirabuzones de plata y tupu tamaño cd de estrellita central, chinas como las que venían zalameras a justificar ante Mansilla las vueltas de los principales de la tribu para mostrarse. Pero hubo también caperas tehuelches que hacían capas de chulengo nonato y las pintaban para cada uno –había de joven, de casada, de viuda, de solterona, de caballo, de perros–, para todos “un nombre dibujo” según el código descubierto por Sergio Caviglia (“animal-pelo-hacia afuera”, “hombre-pelo-hacia adentro”). Y tejedoras mapuches que, entre el corral y el toldo, desarrollaban técnicas más propias del matemático y del geómetra que de la tejedora que no escarda sino que va retorciendo la lana virgen con un palito: el ikat (se hacen ataduras en la urdimbre, hasta 1600, según cálculo para las guardas escalonadas y se cubren con greda que, después de teñir, se quita) y el plangit (se pellizca un poco de la urdimbre y se ata la base fuerte antes de teñir, luego se desata).

    ¿Cómo calculaban si siempre teñían antes de tejer? ¿A ojo sabio o con regla comprada? La escolástica del poncho habla de “teñido por reserva”. La experta Graciela Suárez menciona tramas múltiples alternadas y secuenciales múltiples, toda una ingeniería en blando. Fui a releer lo que alguna vez me dijo el músico Juan Namuncurá:

    –¿Tecnología huinca? No conozco muchas obras occidentales que sean como las de Machu Picchu. En la civilización incaica no hubo artesanos: hubo ingenieros, arquitectos, diseñadores. Pero, claro, el indígena no sabe. Al indígena hay que ayudarlo: “Tome esta beca y haga canastitas”. Pero si vamos a hacer revisionismo, el indígena al que todos consideran un simple artesano está así porque ha habido no sólo un robo de la tierra sino una destrucción en el plano artístico, cultural y científico. Yo siempre voy a comparar con otras culturas que han tenido continuidad, mientras la de nosotros ha sido destruida. Cuando los incas se reunieron para hacer la Puerta del Sol, indudablemente tienen que haber participado un astrónomo, un matemático, un físico... ¿Quién la hizo? ¿Quién la talló? ¿De dónde se trajeron las piedras? Para que toda esa gente se haya puesto a hacer eso de la noche a la mañana tiene que haber habido una escuela, una transmisión de esos conocimientos, que le dieron un formato académico a la usanza indígena. Pero ésa es la gente que fue asesinada: desde ideólogos hasta científicos. Con lo que nos ha quedado estamos empujando para salir adelante de nuevo. Pero durante mucho tiempo era mejor una copa soplada en Venecia que un cerámico de un horno aymará.

    Estas comunidades ágrafas de la pampa juntan en sus diseños estética, identidad, amenaza y fe, pero nunca gratuidad. Cada poncho habla como si escribiera pero el código es difícil de interpretar.

    –Así como para los caciques la plata no era una riqueza en sí misma sino un elemento de prestigio y cada pieza no sólo es de una gran habilidad técnica sino simbólica, el poncho tenía funciones que excedían lo meramente utilitario –dice Mandrini–. Era expresivo. Significaba poder y protección. Por eso Mariano Rosas le regaló un poncho a Mansilla diciéndole que mientras lo usara, aún en guerra, nadie lo iba a tocar. Para los distintos grupos de la pampa, es un código de adscripción en donde, si bien hay una tecnología común, hay pequeñas diferencias.

    El catálogo indica que el poncho de Mansilla está en la sala de arriba junto a uno de San Martín y otro de Calfucurá. No lo creo. En el nº 4 de la revista Las ranas, la mansillista Adriana Amante ha hecho un dossier sobre el general en donde figura una crónica de Miguel Angel Cárcano en que se cuenta que a ese poncho se lo ha comido la polilla. Este debe ser falso, me encocoro, me contagio el arte de la asociación de Claudia Caraballo y, antes de visitar la muestra, consulto la revista. Leo la crónica de Cárcano: “¡Mónica, Mónica! Traéme el poncho de Mariano Rozas”. “¡Miguel Angel!, has de creer que es el único objeto que me queda de aquella gran amistad y extraordinaria empresa (...).” “¡Mónica, Mónica!, traéme el poncho de mi compadre.” “Es la prenda que más quiero, Miguel Angel.”

    Mónica aparece en la puerta del escritorio con una caja de cartón atada con cintas de seda blanca. El general se apresura a colocarla sobre el escritorio y desata los moños rápidamente. El poncho está dormido ante tanto papel que lo envuelve. El general lo despierta, lo acaricia, lo toma con ambas manos y levantándolo frente a la ventana va desdoblándolo con cuidado. De pronto vuela de sus pliegues una polilla, después otra, son muchas las que revolotean doradas en los rayos del sol. El poncho suspendido contra la luz aparece cubierto de agujeros luminosos. El general lo estruja entre sus manos. Vuelan las últimas polillas. Hace de él un envoltorio y lo tira sobre el sofá.

    –Mónica, Mónica, ¿qué has hecho de mi poncho? ¡El único recuerdo que aún me quedaba de mis pasadas hazañas está destruido!

    ¡Proa, te agarré! ¡Este poncho no puede ser el legítimo! Camino a la muestra y voy paladeando mi triunfo, pero me detengo en los ponchos ingleses de tejido industrial con tramas de William Morris, en los Poncho Patria que también eran ingleses y usaban los blandengues.

    Ni miro el poncho que Mariano Rosas le regaló al general Mansilla. Leo: “Poncho con laboreo realizado en faz de urdimbre. Actualmente carece de flecos, y no se puede determinar si los tuvo porque en el borde de urdimbre se le ha cosido un ribete de una cinta de algodón. El borde de la boca también presenta un ribete cosido. Según documentación, podrían ser ribetes de protección adornado por el propio Mansilla, aunque la calidad de las cintas utilizadas es diferente. Se han realizado numerosas reparaciones, incluyendo retejidos” (las itálicas son mías) .¡Ah, bueno! ¡Es él! Todo coincide. Sigo leyendo: “Estos últimos (los retejidos) se hicieron por el derecho de la prenda (éste está claramente determinado por las terminaciones trenzadas del llancal) dejando allí bordes e hilos sueltos, lo que nos indicaría que fueron realizados por una persona que ignoraba las convenciones de uso de la pieza”. ¡¡¡¡Mónica, Mónica!!!!

    LA PLATA DE ABAJO

    Dice Mandrini que cada pieza ha sido comprada, conseguida, regalada o robada. Que el comercio con la Araucaria era fluido, que de ahí venían monedas, plata en barra y chafalonías que se cambiaban por ganado. La frontera era tutti frutti. Ramón Cabral (El Platero) era hijo de cautiva, Panguithruz Güor se hizo Mariano Rosas y gaucho de lujo. La tecnología huinca llegó hasta las mismas trutrukas, esos instrumentos de sonido tristísimo que acompañan la densidad monótona del kultrum en las rogativas: si antes eran de caña calentada, ahora son de manguera revestida con lana de colores. ¿En dónde terminan ellos? ¿En dónde terminamos nosotros?

    Pero no es lo mismo vender o regalar que haberse quedado en bolas. Ramón el platero fue sacado de Carriló y convertido en teniente coronel de indios; en 1882 formó parte de la expedición que fundó Victorica. Murió en La Blanca, bautizado en rigor mortis, lejos de sus fuelles fabricados con la panza seca de una vaca y cuyos picos estaban hechos con el caño de una carabina recortada. El gran Inacayal, “salvado” por el perito Francisco Moreno, murió en el Museo de La Plata, donde custodiaba las calaveras de otros guerreros de su raza (pasó sus años de cautiverio borracho y saludando al sol con el torso desnudo mientras murmuraba en su lengua y en pena porque sus mujeres eran sirvientas del huinca). Ignacia y Ramona Rosas, sobrinas tataranietas de Mariano, que todavía viven, ¿vendrán a reclamar el poncho? No, si ya era de Mansilla, lo único que le quedaba de sus hazañas.

    Claudia Caraballo: “Cabe decir que la mayoría de estas piezas están todavía enterradas. Yo estoy convencida de que sí. Cuando se aran los campos aparecen boleadoras, pero los enterratorios están tres metros más abajo. De vez en cuando aparece alguien y dice: “Yo sé en qué parte de la pampa están... Pero a esto no lo digas”.

    La pampa entonces no era esa ausencia de acontecimientos que decía el filósofo Vicente Fatone: es civilización en tesoros que llevan escrito a través de joyas y enseres el nombre en símbolo de la gente de Caulamantu, Nau Payán, Relmo, Pichún, Melideo, Raiman, Jacinto, Cristo, Pichún Gualá, Painé, Namuncurá, Catriel, Foyel y siguen los nombres.

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  • Título: Trastienda de Buenos Aires.
    Autor: Alicia de Arteaga
    Fecha: 09/11/2010
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    Ver nota original (Blog de Alicia Arteaga - La Nación.)

    La semana pasada fue una seguidilla de inauguraciones y vernissages postergados por el luto nacional. Punto más alto la apertura, en la Fundación Proa, de la muestra de Ponchos y textiles del siglo XIX, dirigida por Claudia Caraballo de Quentin, impulsada por Adriana Rosenberg, dueña de casa, presidenta de Proa.

    En mi columna de hoy, Martes Visuales (LN), avanzo con la hipótesis, que tiene tela par cortar, de la identidad de los argentinos y la revisitada frase borgeana: “descendemos  de los barcos”. Identidad fragmentada en un contrapunto, entre el retrato de Boldini, de la niña récord (ver LN) encargado por Josefina de Alvear de Errázuriz, paradigma de la “mirada europea”;  y estos objetos y piezas de la vida cotidiana de los indios de las pampas creados con un concepto minimalista regido por la idea moderna: diseño hace a la función. El  poncho y la platería cautivaron a Claudia Caraballo, heredera de la tradicón Hirsch del coleccionismo (ver colección en el MNBA) y ella misma gran coleccionista de bronces de alta época.
    Claudia ha corrido el telòn de un mundo que no mirábamos. Al igual que lo hizo años atrás el anticuario Ricardo Paz, cuando dejò las cómodas lombardas y las tapicerías de Flandes para mirar con otros ojos los muebles  y textiles del monte santiagueño.
    Hora de mirar lo nuestro con otros ojos. Gran trabajo de Luis F. Benedit, Patricio López Méndez y equipo.
    Gran esfuerzo de Caraballo, Corcuera y toda la gente que investigó para hacer realidad esta muestra imperdible. Hasta enero en PROA. Mucho público en la apertura: conocedores y coleccionistas como los Pereda,Vicente Centurión, Ruth Corcuera, César y Silvia  Terán, los Milberg (Dimity y Horacio), Dudu von Thielmann, Jean Louis y Meme Lariviere, Alberto Sendrós, Inés Díaz, Marcos Espinosa,  Nicolás García Uriburu, Octavio Caraballo  y Johnny Casal propietario de un espléndido poncho pampa probablemente de los campos de Monte donde los Casal tienen su “rancho” lejos del mundanal ruido. Sergio Quentin fue un cicerone de ley.

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  • Título: Las Pampas- Arte y Cultura en el Siglo XIX en Fundación Proa .
    Autor: Araceli Otamendi
    Fecha: 09/11/2010
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    Ver nota original (Barco de Papel)

    Se inauguró en la Fundación Proa la muestra "Las Pampas- Arte y Cultura en el Siglo XIX". Se trata de una extraordinaria exposición que incluye colecciones de varios museos públicos y colecciones privadas, una muestra que presenta la cultura de una época, la historia,visitada desde la estética del presente, jerarquíza los valores de las culturas desde sus objetos artísticos y de la vida cotidiana.

    A partir de los relatos de viajeros e intelectuales –como Lucio V. Mansilla**–, la literatura permitió siempre comprender ese período. La exhibición Las Pampas… aporta un nuevo relato: a través de la contemplación de los objetos y de su valor estético, nos atrevemos a imaginar un paisaje poblado por caciques a caballo y mujeres enjoyadas dominando la inmensidad de la llanura.

    Las Pampas… está organizada en cuatro salas que representan los diversos temas fundantes de nuestra cultura: la mujer, el caballo, la organización social y política, el cacicato, la orfebrería y el adorno como símbolo de poder, junto al poncho con su riqueza de diseños y alusión a las jerarquías.

    San Martín, Mansilla y el cacique Calfucurá están presentes con sus prendas. El poncho de San Martín, cedido por el Museo Histórico Nacional, propone al espectador imaginar el cruce de los Andes y los sueños cumplidos del prócer, así como revivir el momento en el que Lucio V. Mansilla protegió su vida gracias al poncho regalado por el cacique.**
    Desde la escena del arte, Fundación Proa propone revisitar nuestra historia y valorar la riqueza y la creatividad que las diversas culturas produjeron en el pasado. Las piezas presentes son imágenes permanentes de nuestro acervo simbólico.
    Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX es posible gracias a museos públicos y colecciones privadas que cedieron sus obras para esta exhibición, y al auspicio de Tenaris – Organización Techint.
    “En la pampa las impresiones son rápidas, espasmódicas, para luego borrarse en la amplitud del ambiente, sin dejar huella.” Ricardo Güiraldes.

    Los pueblos originarios en el siglo XIX
    Las pampas y la Patagonia eran el hogar de una población aborigen de varios miles de personas que se remontaba a más de doce mil años.
    A mediados del siglo XIX, estos pueblos originarios ocupaban el espacio delimitado por la frontera, un amplio arco con sus extremos apuntando al sur que se extendía desde el litoral atlántico bonaerense hasta la costa del Pacífico.
    La diversidad de paisajes y los escasos recursos de ese territorio obligaron a sus pobladores a movilizarse hacia el norte en búsqueda de tierras fértiles.
    El contacto con los europeos cambió la vida de los aborígenes de las pampas transformando su tecnología, economía y organización socio-política. Este proceso contribuyó a una creciente homogenización cultural y lingüística de la región que culminó en el siglo XIX, sin borrar las particularidades de cada grupo.
    A mediados del siglo XIX, los grandes cacicatos conducidos por poderosos jefes indígenas controlaban el territorio; la sociedad aborigen alcanzó entonces sus formas más complejas de organización económica, social y política.
    La consolidación del Estado argentino y su decisión de controlar las tierras dominadas por las sociedades aborígenes impulsaron, a partir de 1876, el avance militar sobre esos territorios con el fin de incorporarlos a la joven nación, sometiendo a sus pobladores originarios. El proceso duró algunas décadas y tuvo un alto costo para las poblaciones aborígenes; los descendientes de los que sobrevivieron a la ocupación son los que hoy mantienen vivas las tradiciones de sus ancestros, a quienes llaman “los antiguos”.


    Las mujeres, fuerza de trabajo y capital político
    Los procesos económicos que tuvieron lugar en el siglo XVIII contribuyeron a definir el orden social que caracterizó a los grandes cacicatos del siglo XIX, donde la riqueza –posesión de ganados, objetos de plata y esposas– se consolidó como factor determinante de jerarquía social. Las esposas, por las que se pagaban al padre bienes muchas veces cuantiosos, constituían –al igual que las cautivas y los niños– la principal fuerza de trabajo. Eran responsables de los quehaceres domésticos y la atención de la familia, cuidaban los rebaños, procuraban agua y leña, recolectaban semillas y frutos, hilaban y tejían prendas –sobre todo ponchos y mantas– para uso familiar y para comerciar, curtían los cueros, confeccionaban enseres y herramientas en madera –incluso arados–, y tenían a su cargo el acarreo de las pertenencias. También representaban un capital político, ya que los matrimonios consagraban y fortalecían lealtades y alianzas.

    La platería araucana o ecuestre mapuche
    En Chile, la platería de uso ecuestre es conocida como “platería ecuestre mapuche”, mientras que en Argentina se la denomina “platería araucana”.
    Esta platería tiene sus raíces en las postrimerías del siglo XVIII, cuando los plateros españoles llegaron a Chile. Establecidos en la zona de Arauco, enseñaron a los indígenas a confeccionar prendas de plata, sobre todo para el caballo. Al comienzo fueron los españoles quienes idearon modelos de arneses para los jefes indígenas y hacendados. Pronto, los plateros indígenas, habiendo aprendido el oficio de los europeos, crearon sus propios diseños en sus talleres. Como pasaba en las pampas, los jefes más pudientes tenían la mayor cantidad de objetos de plata, con lo que mostraban su importancia y su poder. Esto explica el auge de la platería durante el siglo XIX.
    La platería ecuestre araucana, si bien contemporánea de las joyas para la mujer, tiene un estilo propio. Sin embargo, en ciertas piezas de esta platería se pueden identificar los mismos motivos que se observan en la de uso femenino. Los motivos representados no son meras decoraciones, sino que están directamente relacionados con la cosmovisión mapuche.

    La platería pehuenche
    Los pehuenche habitaban al pie de ambas vertientes de la Cordillera de los Andes, en la zona donde crece el árbol de la araucaria o pehuén (Araucaria araucana), que corresponde al sur de Mendoza y al norte de Neuquén en el actual territorio argentino.
    Los pehuenche dominaban los pasos cordilleranos, permitiéndoles controlar el tráfico del ganado, de la sal y el comercio fronterizo que en esa época era muy abundante. Esta fue sin duda la fuente de su poder y riqueza.
    Antiguamente se pensaba erróneamente que toda la platería pampa carecía de ornamentación; hoy se sabe que la única que tiene la propiedad de ser lisa, salvo algunas excepciones, es la pehuenche.

    La sociedad en la toldería
    La toldería fue el núcleo de la vida social y sus habitantes estaban, o se consideraban, unidos entre sí. Cada toldo reunía a una familia formada por padre, esposa o esposas, hijas solteras, hijos solteros y casados, nietos. A su vez, todas las familias de una toldería formaban un linaje que reconocía un antepasado común y llevaban un mismo nombre gentilicio, aunque no todas tenían la misma jerarquía. El jefe de una de ellas ejercía el mando del grupo y su importancia en el cacicato dependía de sus cualidades personales, la antigüedad de su linaje y la cantidad de guerreros que lo apoyaban. Junto a los descendientes del linaje, vivían en la toldería otros dos grupos: los cautivos, que se sumaban a la fuerza de trabajo familiar, y los agregados o allegados: indígenas y blancos refugiados que vivían a expensas del cacique y desempeñaban para él diversas tareas: lo acompañaban en los malones, participaban en juntas y parlamentos, actuaban como espías o informantes y, en el caso de los blancos que sabían escribir –y por ello gozaban una situación privilegiada-, como secretarios a cargo de la correspondencia.

    Una segunda distinción entre hombres y mujeres determinaba la división del trabajo. Los hombres tenían a su cargo la guerra y la obtención y circulación de ganados. Las mujeres y niños se ocupaban de las innumerables tareas domésticas.
    Los cautivos blancos, en su mayoría mujeres y niños, eran un núcleo importante. Su adaptación a la vida en la toldería era muy dura, aunque los niños pequeños eran incorporados a la familia y tratados como hijos propios. Las cautivas más afortunadas podían llegar a convertirse en concubinas del jefe del toldo, aunque eso no las libraba de las tareas más pesadas.
    Dentro de la toldería, existía una tercera división muy marcada entre el estrato dominante de los guerreros (conas) y la chusma, formada por indias, cautivas y cautivos, niños y ancianos. Sobre esta –principalmente sobre las mujeres– recaía la mayor carga laboral.

    Los parlamentos
    La institución más tradicional y característica de la vida política indígena eran las grandes asambleas, juntas o parlamentos. En ellos participaban todos los conas u hombres de lanza quienes, en ocasión de reuniones importantes, llegaban desde muy lejos. En esos parlamentos, que eran cuidadosamente preparados y podían durar varios días, los principales jefes exponían sus ideas en larguísimos y complejos discursos, haciendo gala de sus dotes oratoria.
    Hacia mediados del siglo XIX los grandes caciques fueron adquiriendo autoridad y poder en los parlamentos y esto les otorgó una influencia decisiva en las resoluciones A los parlamentos correspondía decidir sobre los asuntos fundamentales del mundo indígena y, en particular, consagrar a los grandes caciques y resolver los asuntos relacionados con la guerra y la paz.

    Los mantos tehuelche
    Quizá los bienes más característicos y preciados de la cultura tehuelche sean los grandes mantos y capas de piel o cuero pintados. Realizados originalmente con pieles de guanaco –recurso fundamental para la supervivencia de esas poblaciones–, se utilizaron más tarde cueros de caballo y oveja cuando este animal de origen europeo se incorporó a la vida de las poblaciones aborígenes meridionales. Cueros y pieles eran provistos por los hombres mediante la caza, pero eran las mujeres quienes preparaban los cueros, confeccionaban los mantos y capas, y realizaban las pinturas que los adornaban.
    Además de su valor como abrigo –eran imprescindibles durante el crudo invierno patagónico–, mantos y capas expresaban, especialmente en los dibujos pintados en ellos, la identidad de quienes los usaban y la visión tehuelche del mundo social y simbólico. Los dibujos, de varios colores y carácter geométrico, se vinculan a aquellos que también aparecen en pinturas rupestres y piedras grabadas. Al menos en algunos casos, mantos y capas acompañaban a sus dueños después de la muerte.

    El poder de los grandes cacicatos
    El cacicazgo era generalmente hereditario, pero contaban también otras condiciones personales. El cacique debía ser valeroso, magnífico jinete, hábil en el manejo de las armas, dotado de condiciones de mando, capaz de movilizar un gran número de conas y experto en cuestiones pecuarias. Además, debía poseer dotes de orador para dirigir y controlar las asambleas y parlamentos, en particular si había otros jefes que cuestionaran sus opiniones.
    Otro factor importante en el fortalecimiento de su autoridad era el manejo de información, que los caciques recogían a través de una vasta red de espías e informantes, por intermedio de los comerciantes o pulperos, y –gracias a las gestiones de sus secretarios– de los diarios que llegaban a sus manos y la correspondencia que intercambiaban con destacados personajes del mundo criollo o con otros grandes caciques.
    También pesó cada vez más la riqueza, resultado esencialmente de los grandes malones y de los regalos y raciones con que el gobierno huinca procuraba garantizar la amistad o neutralizar ataques. Estos regalos, que incluían ganados, licores, tabaco, yerba, prendas de vestir, piezas de uniformes militares, sables, espadas, espuelas y piezas de plata, eran entregados al cacique. Ellos los distribuían entre sus guerreros, cuya lealtad era esencial a la hora de resolver conflictos en los parlamentos.

    Platería pampa
    Podríamos definir genéricamente como platería pampa a un estilo diferente de su contemporáneo, el llamado estilo criollo. La platería pampa es un conjunto compuesto por piezas pertenecientes a las distintas comunidades que poblaron la llanura, cada una de ellas con sus propios motivos y diseños. Las naciones indígenas, como se les llama a las parcialidades que pertenecían al mismo origen, se dividían en diferentes comunidades. Cada una de ellas se identifica por un patrón de diseño que está siempre presente en las piezas. La manera de organizar y plasmar las decoraciones se mantiene fiel al diseño de la tribu. Los plateros indígenas eran hábiles artesanos y aquellos de mayor oficio trabajaban para los caciques de más alto rango. Los caciques que pertenecían a comunidades más pobres y no contaban con plateros recurrían a talleres independientes. Es importante destacar que los artesanos de estos talleres fabricaban las piezas según el estilo propio de la estirpe de sus clientes.


    Platería ranquel
    Hábiles labradores y ganaderos, los ranqueles adquirieron importancia hacia fines del siglo XVIII y la incrementaron en el siglo XIX. Los plateros ranqueles eran eximios orfebres.
    Sensibles a la naturaleza, manejaban el cincel con tanto arte que los trazos parecen imitar los pastos más finos de la pampa. En la platería ranquel encontramos un pimpollo de rosa que posiblemente sea el emblema de la tribu del gran cacique ranquelino Mariano Rosas. También se observan la flor del cardo santo y abstracciones de ciertos pájaros que ellos veneraban como el nexo entre los seres vivientes y aquellos del más allá.
    Hay una marcada diferencia estilística entre los plateros del sur del río Colorado y aquellos de las tribus pampeanas: los primeros diseñaban motivos abstractos y los segundos se inspiraban en la flora y la fauna.

    Cacique ranquel Mariano Rosas
    El pimpollo de rosa que aparece en varias de las piezas aquí expuestas es ajeno a la flora autóctona. Posiblemente sea el símbolo de la tribu del cacique Panguitruz Güor, llamado Mariano Rosas. Hijo del cacique Painé, Panguitruz permaneció en su juventud cautivo en la provincia de Buenos Aires, donde Juan Manuel de Rosas lo hizo bautizar en la fe cristiana, lo apadrinó, le puso el nombre de Mariano y le dio su apellido. Muy posiblemente, Mariano Rosas adoptó el pimpollo del escudo de la familia de Juan Manuel como emblema de su cacicato. Dada la importancia de Mariano Rosas, quien fuera el gran cacique ranquel del siglo XIX, este símbolo se reitera con frecuencia en las piezas pertenecientes este grupo.

    El caballo indio
    El caballo indio es único. Está entrenado de tal manera que una combinación de mansedumbre, fortaleza y velocidad lo hacen imbatible. […] inalcanzable para sus parientes en propiedad del ejército o los gauchos. El caballo indio es especialmente fiel. Es muy manso pero sólo acepta como jinete a su dueño […]. Creemos que las extraordinarias características del animal se debieron, en gran medida, al especial respeto que por él sentía el indio.
    El indio jamás maltrataba a su caballo, jamás le hacía tener miedo. Y lo llenaba de afecto todo el tiempo. Era antes que nada su amigo. Alrededor de él creó una verdadera cultura en la que la utilización de la platería estuvo muy vinculada.

    Comercio e intercambios
    La desigual distribución de los recursos obligó a los pobladores de la región a movilizarse, alentando desde temprano la circulación de bienes valiosos. La presencia europea, la adopción del caballo y la disponibilidad de nuevos bienes intensificaron los intercambios entre los distintos grupos aborígenes de las pampas, la Araucanía y la Patagonia, y entre éstos y el mundo hispano-criollo. Así, a mediados del siglo XIX, una compleja red de caminos –las “rastrilladas” – atravesaba el territorio indígena y se prolongaba hasta las fronteras.
    Los intercambios con la sociedad criolla eran fundamentales en las fronteras con las provincias argentinas, donde los aborígenes colocaban los excedentes de su producción (cueros, pieles, plumas, talabartería, añil, ponchos) y obtenían harinas, azúcar, telas livianas, adornos, prendas de vestir, quincallería, tabaco, yerba mate y licores. A lo largo del río Negro se realizaban intercambios regulares con los tehuelches. Ellos llegaban hasta allí con plumas y las codiciadas pieles de guanaco, que los indios de la pampa adquirían para su uso o para revender en la frontera criolla. Desde la década de 1860, la colonia galesa del Chubut fue otro importante centro de intercambios. Algunos productos circulaban entre los cacicatos, como las largas cañas de la cordillera con que armaban sus lanzas; la sal, algunas piedras y sustancias colorantes, y muchos productos de origen europeo adquiridos en las fronteras.
    Pero el centro de esas actividades comerciales lo constituía el gran tráfico ganadero, que se apoyaba principalmente en la apropiación de animales en las haciendas o estancias de la frontera –objetivo fundamental de los malones– y en su posterior traslado al territorio trasandino, mercado normal de esos ganados. En torno al malón –la actividad más rentable para los indígenas– se unían los grupos y se aunaban esfuerzos, hombres y recursos. A este movimiento de ganados se vinculaba la principal actividad mercantil indígena, pues la venta de estos animales y de sal a los pueblos de la Araucanía o en las fronteras de Chile permitía obtener múltiples bienes de gran valor económico y sobre todo simbólico, como licores y vino, metales –sobre todo plata–, sombreros y prendas de vestir europeos, adornos y añil, entre otros.



    El poncho
    Es una prenda cotidiana de factura simple que se encontra en diversas culturas. En su formato es casi universal. Sin embargo, hoy se lo asocia geográficamente con el sur del continente americano y a la vida del jinete.
    Antes de la aparición del caballo traído por los europeos, el poncho ya estaba entre nosotros. Los ponchos tejidos surgieron gracias al desarrollo de una cultura textil.
    Desde el punto de vista utilitario, el poncho es sencillo y versátil: protege del viento y la lluvia, sirve de cama a quien duerme bajo las estrellas, y hasta de arma y escudo en el duelo a cuchillo.
    Si bien se han conservado algunos ponchos sureños del siglo XVIII, la mayoría de los ejemplares que han llegado a nuestras manos datan del siglo XIX, cuando esta prenda se popularizó al encontrar su lugar en la vida ecuestre.

    El poncho inglés
    El poncho inglés o poncho de paño, que llegó al Río de la Plata durante el auge de la era industrial británica a mediados del siglo XIX. Suplía las mismas necesidades que el poncho pampa tejido por las mujeres indígenas de las pampas y la Araucanía, pero era de mucho más fácil acceso por su bajo costo puesto que el poncho pampa estaba confeccionado enteramente a mano con lanas teñidas de modo artesanal. Generalmente los ponchos ingleses tenían fondos en una amplia gama en tonos de marrones o azules, con diseños inspirados en papeles pintados o estampados de la época victoriana. Como eran hechos en serie, los patrones de diseño se repetían y por eso es común encontrar ponchos ingleses muy similares.
    También en ese período existía el poncho patria, también confeccionado en Inglaterra, de paño grueso color azul oscuro y forro de bayoneta colorada; tenía cuello y una abertura que se cerraba con botones en el pecho y posiblemente haya sido una adaptación de las capas militares españolas. Antes de la Independencia, esta prenda era otorgada por el rey de España y por eso se la llamaba poncho reyuno. Posteriormente, por ser el Gobierno Nacional el que proporcionaba y regalaba a los caciques esta clase de prendas, muy popular entre ellos, se lo denominó poncho patria. Cueros y pieles eran provistos por los hombres mediante la caza, pero eran las mujeres quienes preparaban los cueros, confeccionaban los mantos y capas, y realizaban las pinturas que los adornaban.
    Además de su valor como abrigo –eran imprescindibles durante el crudo invierno patagónico–, mantos y capas expresaban, especialmente en los dibujos pintados en ellos, la identidad de quienes los usaban y la visión tehuelche del mundo social y simbólico. Los dibujos, de varios colores y carácter geométrico, se vinculan a aquellos que también aparecen en pinturas rupestres y piedras grabadas. Al menos en algunos casos, mantos y capas acompañaban a sus dueños después de la muerte.

    Visitas didácticas:
    El Departamento de Educación creó un programa integral especialmente pensado para la exhibición Las Pampas con visitas guiadas, actividades para escuelas, talleres para familias, material didáctico y una audioguía online en español e inglés que se puede descargar desde el sitio web de Proa.
    De martes a viernes a las 17 horas y los fines de semana a las 15 y a las 17 horas, se realizan visitas guiadas para público general. Y de manera permanente, un equipo de educadores se encuentra disponible en las salas para dialogar con los visitantes y acompañarlos en su recorrido por la exhibición.
    El Programa para escuelas ofrece visitas para estudiantes de los distintos niveles educativos con talleres de producción artística y charlas adaptadas a las necesidades de cada grupo. Además, se organizan encuentros con docentes, visitas e intercambios para dar a conocer la propuesta educativa de Proa.
    Todos los martes, los estudiantes y docentes pueden acceder libremente a las salas y cuentan con material en la Librería Proa para profundizar el estudio sobre algunos de los aspectos desarrollados en la muestra.
    Las actividades para familias comprenden talleres, actividades didácticas, juegos y espacios de reflexión y creación para chicos y adultos relacionados con los conceptos que se exponen en Las Pampas…
    Para esta exhibición, también se encuentra disponible para descargar desde el sitio web de Proa una audioguía que propone un recorrido interactivo por cada una de las salas, complementando el intercambio que se produce con los educadores.

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  • Título: Estética indígena de Las Pampas.
    Autor:
    Fecha: 09/11/2010
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    Ver nota original (Textura Cultural.)

    Visita guiada a una exhibición de joyería, textiles y otros objetos de diversos estilos de producción de indios de la zona pampeana. Fundación Proa.

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  • Título: Pampas 19th Century Art and Culture.
    Autor:
    Fecha: 09/11/2010
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    Ver nota original (The Independent Argentina.)

    Come and discover more about the Pampas region with PROA’s exhibition of artifacts and culture from the 19th Century.

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  • Título: La lección de Las Pampas.
    Autor: Alicia de Arteaga
    Fecha: 09/11/2010
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    Ver nota original (La Nación)

    El jueves, casi al mismo tiempo que se inauguraba en la Fundación Proa la soberbia muestra Las pampas: arte y cultura en el siglo XIX , en Sotheby´s, el retrato de un niña pintada por Boldini, en 1892, marcaba el récord de seis millones de dólares. ¿Qué relación hilvana un hecho con otro? ¿Qué tiene que ver la chica del récord con la recuperación de una cultura olvidada de mapuches, tehuelches y pehuenches? En este contrapunto está implícita la pregunta recurrente sobre nuestra identidad, que algunos suelen responder a quemarropa con la frase de Borges, "los argentinos descendemos de los barcos". Esa mirada europeizante, visible en la arquitectura francesa y en los interiores ingleses, se enfrenta ahora a la belleza del arte cotidiano de las pampas. La niña del récord es la hija de Josefina de Alvear, la mujer de Matías Errázuriz, el embajador que encargó a René Sergent el palacio que es hoy Museo de Arte Decorativo. Es tiempo de mirar lo nuestro con otros ojos. "No hubo nunca una muestra como ésta ni habrá otra igual", dice Claudia Caraballo de Quentin, directora del proyecto, escoltada por un bosque de ponchos y 500 piezas de platería. Adriana Rosenberg supo de entrada la dimensión de la muestra que ocupa la totalidad de las salas de Proa. Luis Fernando Benedit y el grupo Signo lograron el clima que da al conjunto la dimensión que merecen. Complementa la muestra, Arte en las pampas en el siglo XIX , de Ediciones Larivière, un trabajo de investigación digno y necesario.

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  • Título: Tesoros que dan a conocer un pasado de esplendor
    Autor: Ana Martínez Quijano
    Fecha: 09/11/2010
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    Un pasado esplendoroso y poco conocido hasta hoy para el común de la gente se descubre a través de «Las Pampas: Arte y cultura en el siglo XIX», una muestra de platería, textiles y algunos elementos utilizados por los aborígenes de nuestro territorio, que acaba de inaugurar la Fundación Proa de La Boca. El conjunto de las piezas reunidas deslumbra al visitante, al igual que la teatralidad del montaje. En la neutralidad de las salas blancas se presentan, como apariciones, las dramáticas figuras que protagonizan la muestra. Sus siluetas, envueltas en mantos negros y ostentando sus adornos de plata, se recortan sobre una enorme proyección de la inmensidad pampeana. La luz dorada del amanecer evoca, a pesar del contraste, el horizonte del turbulento cuadro de Ángel Della Valle«La vuelta del malón».
    Los objetos fueron elegidos por su belleza. Cada una de las 500 piezas se destaca por su valor estético y las distintas series configuran un campo cultural que facilita el acceso al conocimiento. Uno de los posibles abordajes para saber quiénes fueron, cómo pensaban y qué gustos y habilidades tenían los habitantes originarios del territorio casi abstracto de nuestra llanura, es analizar los diseños que lucen estas figuras enigmáticas. Los dibujos registran una cosmovisión, los mitos y leyendas y las más secretas tradiciones de estos pueblos que no tenían escritura.
    La muestra es especial por varias razones. En primer lugar, se evitó la distancia que generan las vitrinas y la clasificación taxonómica de los carteles y, de este modo, se potenció la visión estética. Así quedó a la vista el poder alcanzado en distintas áreas por la población indígena del XIX, perceptible a través de la calidad y sofisticación de los atuendos. Con estas claves que no son las del análisis tradicional, el visitante mantiene en todo su recorrido una sensación de cercanía difícil de establecer en los grandes museos. En segundo lugar, las piezas nos hablan de quienes las hicieron y de quienes las usaron, nos muestran la verdadera dimensión de sus valores.
    La historia que narra la exposición es la del apogeo, la de las joyas femeninas que otorgaban a los caciques la posibilidad de tener mayor cantidad de esposas bien ataviadas, la mayor demostración de su jerarquía. Como en la actualidad, las joyas se utilizaban para mostrar el poder y la riqueza.
    La plata que vinieron a buscar los españoles se encontraba en el Norte y desde allá bajaron los orfebres que acabaron por fundar una tradición y un estilo.
    Es preciso tener en cuenta que ya antes del siglo XIX, los pueblos aborígenes de La Pampa habían alcanzado un desarrollo autónomo y un orden social, político y económico, que está representado en el centro de una sala con las figuras envueltas en ponchos y sentadas en un círculo. Esa rueda de personajes muestra la rigurosa organización de las asambleas o parlamentos, «espacios de discusión y plataforma política de cada comunidad», integrada por los caciques con autoridad suficiente para optar por la guerra o por la paz. Nada autoriza a decirlo, pero la cantidad de rayas o las geometrías de los ponchos, podrían ser señales de linaje o jerarquía.
    Sobre una plataforma, en cajones y baúles que parecen recién abiertos por un viajero del XIX, ajenos a cualquier clasificación museística, están la sal, el tabaco y los licores, entre los principales productos de un comercio que supo ser activo.
    El caballo y su poderosa iconografía trae a la memoria la descarnada historia de las llanuras, donde el hombre está solo y solamente el caballo lo acompaña. En «Una excursión a los indios ranqueles» (1870), Lucio V. Mansilla describe «la combinación de mansedumbre, fortaleza y velocidad que lo hacen imbatible». En la muestra están los aperos y también los frenos, espuelas, cabezales, estribos y ornamentos de plata, sobre las cabezas azules de unos caballos que parecen surgidos de un sueño.
    Una de las pocas vitrinas resguarda los ponchos de MansillaJosé de San Martín y el cacique Calfucurá. La historia que rodea a esta muestra hace que el espectador de estos tesoros se inquiete por ella, lo coloca en la situación de cuestionarse qué hay de arcaico en lo moderno, y qué hay de atávico en el mundo nuevo, el mismo que estamos viviendo. Más, aún, cuando en rigor, hay conceptos de esta historia todavía en debate y cuando se conoce de antemano su penoso final. El tiempo que abarca la exposición es el mismo de la zanja surrealista de Adolfo Alsina y de la solución definitiva de Julio Argentino Roca.
    Según como se observen, las sofisticadas piezas de esta muestra, como los ponchos de origen inglés que utilizaban los indios, se erigen sobre sus pedestales con su belleza pero también con sus urgencias y sus enigmas, exigiendo una revisión que permita aflorar esos secretos que han permanecido ocultos. La cuidada exposición debe su curaduría y organización general, además del préstamo de algunas obras, a Claudia Caraballo de Quentin, el diseño de montaje a Luis Fernando Benedit, y están presentes piezas de las colecciones de los museos Etnográfico Juan Ambrosetti, Gauchesco Ricardo Güiraldes, Histórico Nacional y Pampeano de Chascomús, la Fundación García Uriburu y Matteo Goretti, entre otras privadas de la Argentina.
    Los dos excelentes y exhaustivos libros editados por Larivière, dedicados a la platería y los ponchos de las pampas, con textos de Caraballo de QuentinRaúl MandriniCarlos Aldunate del SolarRuth Corcuera, y las recopilaciones de citas de Mercedes Bullrich y María Herrera Vegas, completan una muestra que resulta fundamental, que disfrutarán los expertos y el público en general.

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  • Título: Tesoros que dan a conocer un pasado de esplendor
    Autor: Ana Martínez Quijano
    Fecha: 09/11/2010
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    Ver nota original (Ámbito Financiero)

    Un pasado esplendoroso y poco conocido hasta hoy para el común de la gente se descubre a través de «Las Pampas: Arte y cultura en el siglo XIX», una muestra de platería, textiles y algunos elementos utilizados por los aborígenes de nuestro territorio, que acaba de inaugurar la Fundación Proa de La Boca. El conjunto de las piezas reunidas deslumbra al visitante, al igual que la teatralidad del montaje. En la neutralidad de las salas blancas se presentan, como apariciones, las dramáticas figuras que protagonizan la muestra. Sus siluetas, envueltas en mantos negros y ostentando sus adornos de plata, se recortan sobre una enorme proyección de la inmensidad pampeana. La luz dorada del amanecer evoca, a pesar del contraste, el horizonte del turbulento cuadro de Ángel Della Valle«La vuelta del malón».
    Los objetos fueron elegidos por su belleza. Cada una de las 500 piezas se destaca por su valor estético y las distintas series configuran un campo cultural que facilita el acceso al conocimiento. Uno de los posibles abordajes para saber quiénes fueron, cómo pensaban y qué gustos y habilidades tenían los habitantes originarios del territorio casi abstracto de nuestra llanura, es analizar los diseños que lucen estas figuras enigmáticas. Los dibujos registran una cosmovisión, los mitos y leyendas y las más secretas tradiciones de estos pueblos que no tenían escritura.
    La muestra es especial por varias razones. En primer lugar, se evitó la distancia que generan las vitrinas y la clasificación taxonómica de los carteles y, de este modo, se potenció la visión estética. Así quedó a la vista el poder alcanzado en distintas áreas por la población indígena del XIX, perceptible a través de la calidad y sofisticación de los atuendos. Con estas claves que no son las del análisis tradicional, el visitante mantiene en todo su recorrido una sensación de cercanía difícil de establecer en los grandes museos. En segundo lugar, las piezas nos hablan de quienes las hicieron y de quienes las usaron, nos muestran la verdadera dimensión de sus valores.
    La historia que narra la exposición es la del apogeo, la de las joyas femeninas que otorgaban a los caciques la posibilidad de tener mayor cantidad de esposas bien ataviadas, la mayor demostración de su jerarquía. Como en la actualidad, las joyas se utilizaban para mostrar el poder y la riqueza.
    La plata que vinieron a buscar los españoles se encontraba en el Norte y desde allá bajaron los orfebres que acabaron por fundar una tradición y un estilo.
    Es preciso tener en cuenta que ya antes del siglo XIX, los pueblos aborígenes de La Pampa habían alcanzado un desarrollo autónomo y un orden social, político y económico, que está representado en el centro de una sala con las figuras envueltas en ponchos y sentadas en un círculo. Esa rueda de personajes muestra la rigurosa organización de las asambleas o parlamentos, «espacios de discusión y plataforma política de cada comunidad», integrada por los caciques con autoridad suficiente para optar por la guerra o por la paz. Nada autoriza a decirlo, pero la cantidad de rayas o las geometrías de los ponchos, podrían ser señales de linaje o jerarquía.
    Sobre una plataforma, en cajones y baúles que parecen recién abiertos por un viajero del XIX, ajenos a cualquier clasificación museística, están la sal, el tabaco y los licores, entre los principales productos de un comercio que supo ser activo.
    El caballo y su poderosa iconografía trae a la memoria la descarnada historia de las llanuras, donde el hombre está solo y solamente el caballo lo acompaña. En «Una excursión a los indios ranqueles» (1870), Lucio V. Mansilla describe «la combinación de mansedumbre, fortaleza y velocidad que lo hacen imbatible». En la muestra están los aperos y también los frenos, espuelas, cabezales, estribos y ornamentos de plata, sobre las cabezas azules de unos caballos que parecen surgidos de un sueño.
    Una de las pocas vitrinas resguarda los ponchos de MansillaJosé de San Martín y el cacique Calfucurá. La historia que rodea a esta muestra hace que el espectador de estos tesoros se inquiete por ella, lo coloca en la situación de cuestionarse qué hay de arcaico en lo moderno, y qué hay de atávico en el mundo nuevo, el mismo que estamos viviendo. Más, aún, cuando en rigor, hay conceptos de esta historia todavía en debate y cuando se conoce de antemano su penoso final. El tiempo que abarca la exposición es el mismo de la zanja surrealista de Adolfo Alsina y de la solución definitiva de Julio Argentino Roca.
    Según como se observen, las sofisticadas piezas de esta muestra, como los ponchos de origen inglés que utilizaban los indios, se erigen sobre sus pedestales con su belleza pero también con sus urgencias y sus enigmas, exigiendo una revisión que permita aflorar esos secretos que han permanecido ocultos. La cuidada exposición debe su curaduría y organización general, además del préstamo de algunas obras, a Claudia Caraballo de Quentin, el diseño de montaje a Luis Fernando Benedit, y están presentes piezas de las colecciones de los museos Etnográfico Juan Ambrosetti, Gauchesco Ricardo Güiraldes, Histórico Nacional y Pampeano de Chascomús, la Fundación García Uriburu y Matteo Goretti, entre otras privadas de la Argentina.
    Los dos excelentes y exhaustivos libros editados por Larivière, dedicados a la platería y los ponchos de las pampas, con textos de Caraballo de QuentinRaúl MandriniCarlos Aldunate del SolarRuth Corcuera, y las recopilaciones de citas de Mercedes Bullrich y María Herrera Vegas, completan una muestra que resulta fundamental, que disfrutarán los expertos y el público en general.

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  • Título: Proa pone el foco en objetos de las pampas en el siglo XIX.
    Autor:
    Fecha: 08/11/2010
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    Ver nota original (El Popular (Olavarría))

    Una muestra que reconstruye usos y costumbres de una época.
    Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Benedit, la exhibición está organizada en cuatro ejes -la mujer, el caballo, el poncho y la organización social y política- con el propósito de dejar de lado los estereotipos asociados con la pampa y las tribus indígenas.
    Mercedes Ezquiaga

    "Las Pampas: Arte y Cultura en el siglo XIX" es el título de la muestra que reúne en la Fundación Proa más de 500 piezas de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano, que dan cuenta de las diversas culturas que poblaban este territorio durante el convulsionado período de organización social y política.
    Objetos de museos públicos y colecciones privadas integran la exposición que permite reconstruir los usos y costumbres de una época, a la vez que permite comprender la diversidad y riqueza de aquella escena histórica a través de piezas ineludibles en la conformación de una iconografía de las pampas.
    Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Benedit, la exhibición está organizada en cuatro ejes -la mujer, el caballo, el poncho y la organización social y política- con el propósito de dejar de lado los estereotipos asociados con la pampa y las tribus indígenas.
    "El gran desafío es revalorar la concepción que existe del pueblo originario y de su producción artística, así como conocer un poco más estas comunidades, a través de estos objetos hechos durante el siglo XIX a partir de su relación con el mundo criollo, en su vínculo con el contexto", señaló a Télam Camila Villarruel, del departamento de educación de Proa, en una recorrida por la muestra.
    La idea es ofrecer un nuevo relato al espectador y que -a partir de la contemplación de estos objetos- pueda imaginar un paisaje poblado por caciques a caballo y sus mujeres enjoyadas, "lejos de una idea que viene desde la conquista del desierto, de un territorio donde supuestamente no había nada, excepto nómades y salvajes", agregó.
    Se trata de ampliar el concepto de "las pampas", un territorio muy extenso, donde conviven muchas comunidades indígenas muy distintas entre sí, con mucho diálogo y en hábitats muy disímiles, climas húmedos, cordillerano, el desierto o lo patagónico, mencionó Villarruel.
    "Hay que pensarlo como un vaivén, donde hubo muchos momentos de paz, donde se pudieron establecer alianzas, estrategias, y dejar de lado esa idea de que siempre hubo conflicto con el indio. Además, hubo mucho comercio, fue un territorio muy fluido", sostuvo.
    Los ponchos ocupan un espacio destacado en el recorrido: se puede ver el que le regalaron a José de San Martín durante el cruce de los Andes; el poncho que le dio el cacique ranquel Mariano Rosas al general Mansilla -mencionado en "Una excursión a los indios ranqueles"- y otro, que perteneció al gran cacique Calfucurá, cedido por el Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes.
    Esta sala enmarca un recorrido exhaustivo por los colores, motivos y diseños de una prenda fundamental en la dinámica social del siglo XIX, que aquí se divide en pehuenches, pampas y ranqueles, tejida en lana de oveja así como ejemplares del poncho inglés realizados en paño.
    Resulta llamativo el adorno y diseño de joyas de las mujeres mapuches y araucanas, en exhibición en la primera sala: piezas de playa, monedas y cuentas de vidrio de diferentes colores que se lucían en ocasiones especiales y presentaban una imagen de lujo y poder, que además, producían un sonido sensual por el movimiento provocado cuando iban a caballo.
    Las mujeres constituían la principal fuerza de trabajo: la labor doméstica, la atención de la familia, el cuidado de los rebaños, el suministro de agua y leña, la recolección, el tejido y el hilado eran sus obligaciones, a la vez que curtían cueros, confeccionaban enseres y herramientas en madera, se explica en las paredes de la sala.
    Además, un conjunto de piezas y objetos de uso cotidiano confeccionadas en cuero, madera y piedra resumen la vida diaria en las tolderías en el siglo XIX, el ámbito nuclear de la vida social aborigen.
    Un círculo de ponchos ubicado en el centro de la sala emula el modo en que se organizaban las asambleas y parlamentos, espacios de discusión y plataforma política de cada comunidad.
    "No hay que pensar el parlamento de una forma ordenada, los indígenas tienen una cultura completamente distinta a la nuestra. En el mundo indígena es importante la conexión con el más allá, con lo divino, y eso se logra a través de bebidas o de alucinógenos", explicó Villarruel.
    Piezas de platería que utilizaban los caciques para adornar con lujo sus caballos, con gran sofisticación de los rebenques, las rastras, los cuchillos, los estribos y las cabezadas definen el protagonismo que el caballo adquirió en tierras pampeanas durante el siglo XIX y completan el recorrido de la exhibición.
    "Las Pampas: Arte y Cultura en el siglo XIX" se podrá visitar hasta el 4 de enero en Fundación Proa, avenida Pedro de Mendoza 1929, en el barrio de La Boca, de martes a domingos de 11 a 19. Télam

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  • Título: Una muestra rescata a las pampas originarias.
    Autor:
    Fecha: 08/11/2010
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    Ver nota original (Tiempo Argentino)

    En la sede de la boca de la fundación proa
    Una muestra rescata a las pampas originarias

    Platería, ponchos y obejtos cotidianos de los indígenas de la región.
     
    Más de 500 piezas de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano de hace dos siglos conforman la muestra Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX, que la Fundación Proa está presentando en su sede del barrio porteño de La Boca.
    La exhibición, que cuenta con la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y el diseño expositivo de Luis Benedit, se organiza en cuatro ejes –la mujer, el caballo, el poncho y la organización social y política–, con el propósito de dejar de lado los estereotipos asociados con la pampa y los pueblos originarios que la habitaron, a través de objetos de esas culturas tanto de museos públicos como de colecciones privadas.
    “Se trata de ampliar el concepto de ‘las pampas’, un territorio muy extenso, donde convivieron muchas comunidades indígenas muy distintas entre sí, con mucho diálogo y en hábitat muy disímiles”, indicó Camila Villarruel, del Departamento de Educación de Proa. Y agregó: “Hay que pensarlo como un vaivén, donde hubo muchos momentos de paz, donde se pudieron establecer alianzas, estrategias, y dejar de lado esa idea de que siempre hubo conflicto con el indio.”
    El espectador estará frente a un nuevo relato compuesto por caciques a caballo y sus mujeres enjoyadas, lejos de la imagen construida durante la “conquista del desierto”, de un territorio donde supuestamente no había nada, excepto nómades y salvajes.
    Los ponchos ocupan un espacio destacado en el recorrido. Figura el que le regalaron a José de San Martín durante el cruce de los Andes y el que le dio el cacique ranquel Mariano Rosas al general Mansilla, mencionado en Una excursión a los indios ranqueles. La muestra podrá visitarse hasta el 4 de enero en Avenida Pedro de Mendoza 1929, de martes a domingos de 11 a 19.

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  • Título: Dica para a gauchada.
    Autor: Gisele Teixeira
    Fecha: 07/11/2010
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    “En cuanto al vestir de la gente del pueblo [...] llevan en vez de capa una especie de género rayado, con bandas (listas) de diferentes colores, abierta solamente al medio para pasar la cabeza. Este abrigo cae sobre los hombros y cubre hasta los puños, descendiendo hacia atrás y adelante hasta más abajo de la rodilla, teniendo, además, flecos a su alrededor; se le da el nombre de poncho”. (Dom Pernetty, em 1760)
    La exhibición inaugurada en la Fundación Proa es linda para todos, pero va atraer en especial a los guachos (RS-Brasil) que estén por la ciudad.
    La muestra se llama  “Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX” y reúne cerca de 500 piezas, entre plateria, ponchos y objetos de uso cotidiano, hechos por los pueblos originarios que habitaban la región de las Pampas, Patagonia y territorio mapuche.
    La exhibición fue dividida en cuatro ejes temáticos: las mujeres, el espacio social y el territorio político, el caballo y el poncho. En ese último caso, se puede ver, incluso, el poncho usado por el general  San Martín durante el famoso cruze de los Andes, en enero de 1817.

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  • Título: Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX.
    Autor: Daniel Molina
    Fecha: 06/11/2010
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    Por Daniel Molina

    Ficha:
    Las Pampas: Arte y Cultura en el siglo XIX
    En Fundación Proa
    Pedro de Mendoza 1929
    De Martes a domingo, de 11 a 19
    Entrada general: $10 (estudiantes $6 y jubilados $4). Martes, entrada libre para estudiantes y docentes
    Hasta el 4 de enero de 2011.

    No hay documento de cultura que no sea, a la vez, un documento de barbarie. La campaña del desierto, comandada por Roca, fue uno de los hechos fundantes de la Argentina moderna. Sin la incorporación violenta de los territorios que hasta 1879 estuvieron bajo dominio de diferentes tribus indígenas, la Argentina actual sería impensable. Al igual que sucedió en los Estados Unidos con la Conquista del Oeste, la Campaña del Desierto fue un episodio que gozó de un gran consenso en la época en que se la llevó a cabo. Sin embargo, desde hace unos años viene siendo criticada por el humanismo pacifista y rousseaniano, que mezcla su repudio a la guerra con una versión remozada de la teoría del “buen salvaje” (en especial, cuando ha sido vencido). La extraordinaria muestra “Las Pampas: Arte y Cultura en el siglo XIX” -que abarca cuatro salas y que incluye cientos de objetos- pone en evidencia que los vencidos, además, poseían una cultura notablemente sofisticada.   
        En las salas de Proa no se ve el conflicto. No hay rastros del enfrentamiento que signó la vida de frontera desde la Revolución de Mayo hasta 1880. El museo apacigua las pasiones turbulentas. Lo que se exhibe es el testimonio magnífico de una cultura desaparecida para siempre. Aunque menos antigua y grandiosa que la egipcia o la micénica, la cultura pampa produce una nostalgia parecida: deja testimonio de un camino trunco en la vida de la civilización. Como toda gran cultura, exhibe su hibridación, fruto del rico intercambio (comercial y militar) que las diversas tribus pampas mantuvieron durante todo el siglo XIX con los diversos gobiernos argentinos.
        En la primera sala se encuentran las piezas de platería (en su mayoría mapuches) que usaban las mujeres de los rangos más elevados. En la sala 2 se ven objetos de uso cotidiano (desde un juego de naipes en cuero hasta mantos tehuelches) que dan cuenta de la vida en la sociedad al sur del río Colorado. La tercera sala está dedicada a los objetos que engalanaban el caballo. Por último, la cuarta sala presenta una gran colección de ponchos, entre los que se destacan los del cacique Cafulcurá, el que Mariano Rosas le obsequió a Lucio V. Mansilla y el de manufactura pehuenche que recibió José de San Martín en 1817, antes de cruzar a Chile.
        Los pueblos pampas vivían en tolderías: fáciles de desmontar y volver a armar. El lujo y la ostentación se centraban en objetos que se podían portar (como las alhajas de las mujeres y los ponchos) o en los arneses del caballo. El caballo había venido con los conquistadores, pero fue adoptado tan profundamente por los indios del sur que se convirtieron en eximios jinetes, quizá los mejores que han existido jamás. El caballo era el amigo más íntimo y también la posesión más importante que un pampa podía imaginar.
        Entre 1870 y 1879, en Buenos Aires se discutió qué hacer con los indígenas pampas que ocupaban un territorio que la Constitución Argentina reconocía como propio. Al mismo tiempo se conocía un plan chileno de cruzar los Andes y conquistar esa enorme extensión en disputa. Roca triunfó: su campaña fue la que se impuso, porque muchos temieron que si no lo hacía el gobierno de Buenos Aires lo haría el de Santiago de Chile. Se entablaron combates feroces y muchos indios murieron, muchos fueron esclavizados y muchos se acomodaron en los márgenes de la sociedad que apenas si los toleraba. La cultura pampa desapareció. A 130 años de esos hechos nos quedan estas magníficas piezas. Son el testimonio material de una cultura a la que Mansilla supo retratar con tanta justicia en Una excursión a los indios ranqueles. No hay documento de cultura que no sea, también, un documento de barbarie.

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  • Título: Pampa y pompa.
    Autor: Maria Moreno
    Fecha: 06/11/2010
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    Ignoradas, olvidadas o desconocidas durante décadas, han sobrevivido hasta nuestros días una cantidad importante de piezas de las culturas indígenas de la frontera pampeana. Los significados de los colores en los ponchos, el idioma de la plata repujada, los símbolos que identificaban a cada cacique, el rito en sus instrumentos musicales y varios enigmas esperan ser interpretados en ellos. Claudia Caraballo de Quentin, sutil y perspicaz coleccionista desde hace años, ha comenzado con ayuda de amigos, historiadores y antropólogos, la delicada tarea de entenderlos. La muestra Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX, de la que es directora general y que se inauguró ayer en Proa, expone objetos de caciques como Namuncurá, Catriel, Foyel, próceres como San Martín y Rosas, plateros, cautivas, mestizos, Lucio V. Mansilla, y la sombra de una economía informal de trueque, regalo y robo durante la guerra entre los blancos y los indios.
    Por Maria Moreno

    Ni el Parlamento de Budapest con sus cuarenta y cinco kilos de oro en revestimientos, ni la iglesia de Santa Prisca en Taxco con más cantidad aún y sus columnas decoradas con granadas y conchas, ni la cueva de Alí Babá tienen la magnificencia de la última muestra de Proa: Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX. La lata del dato precisa: “más de quinientos trabajos de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano pertenecientes a la tradición de las pampas y la Patagonia argentina y chilena de hace dos siglos”. No podía haber estado en mejor lugar, nada de museos especializados, sino un Centro de Arte Contemporáneo, porque lo que la muestra prueba es que hubo una especie de Bauhaus de los pajonales que nunca se vio, como ahora, toda junta. No creo que ninguna otra muestra, ni allí, ni en ninguna otra parte, la emparde, al menos, durante este año.

    Leer en esta muestra una mera historia de vencedores y vencidos, sin sus matices, sus negociaciones, sus esencias rotas, sería equivalente a leer Operación Masacre como un policial. La dirección general es de Claudia Caraballo de Quentin (Luigi) y el diseño expositivo de Luis Fernando Benedit. Desde su oficina de la calle Libertador –piso sugestivamente 19 aunque no escrito XIX–, a Claudia Caraballo le gusta explayarse sobre esta patriada de patrimonios sobre cuyo espacio Adriana Rosemberg, la directora de Proa, no dudó un segundo. Para memorizar la muestra, que se inauguró el jueves, usa de machete sus dos libros, Arte de las pampas en el siglo XIX y Platería de las pampas (Ediciones La Rivière); al primero lo editó, al segundo lo coordinó, pero los dos tienen muchos especialistas invitados. Claudia es nieta de Alfredo Hirsch, presidente de Bunge y Born y fundador del Otto Krause –según ella un coleccionista ecléctico, mientras todos compraban sólo impresionistas– y que mereció una sala (la primera a la izquierda) en el Museo de Bellas Artes. También fue el tipo que se le plantó al general Roca para decirle: “Acá hay que hacer elevadores de granos para exportar”. “Pero usted ¿qué edad tiene?”, preguntó el autor de la Campaña al Desierto. “Veintitrés”, dijo el esteta-empresario.

    –Además, yo tenía un tío que era coleccionista de cosas criollas. El me regalaba siempre algo: una fusta, un cuchillito. Cuando tuve más o menos 16 años conocí a John Walter Maguire. Era muy amiga de la hija y con ella formábamos parte de un grupo de esos que siempre se juntan los sábados. Y este señor, coleccionista, tenía un cuartito y yo lo veía que estaba siempre haciendo algo. No sabía qué. Un día me invitó a entrar. Fue la primera vez que yo vi cosas que eran muy diferentes a las coloniales. Me acuerdo de unos calzoncillos cribados. Tenía muchas piezas de soga de tendón de avestruz. Fue muy amoroso. Me dedicó su libro Loncagüé sobre la vida y el arte en la llanura: “Para Claudia, de este admirador, para que Loncagüé la acompañe para siempre”.

    En las cuatro salas que ocupa la muestra hay series ordenadas de joyas y adornos de mujer, platería y objetos ecuestres, escenas de hogar y del comercio con sus puestas austeras de sillitas, morteros y bateas. Las vitrinas dejan bajarse a tomar agua –como diría el finado Miguel Briante a quien seguramente le gustaría Las Pampas...– en el espacio vacío entre piezas.

    –Fijate que hay muchísimos objetos y no dan sensación de abigarramiento –dice el historiador Raúl Mandrini, que colaboró en los libros y la muestra, mientras relojea un mate de plata con tres patas de cobre–. Ya me lo quisiera para mí. Pero a esas bombillas no las usaban todos, eh. En un texto de Armagna, el médico militar francés que anduvo por las pampas y que visitó a Catriel, en las tolderías de Cipriano, dice algo así: “El último día de nguillatun, los caciques y los invitados especiales tomamos mate con bombillas de plata, los demás indios con bombillas de latón”.

    La reconstrucción del parlamento podía sugerir un coloquio entre maniquíes o de espantapájaros, pero nada de eso. La luz baja sobre esos soportes antropomorfos de lana negra, de perfil bajísimo tras el lujo de los ponchos –lujo de diseño pero también de símbolos–, no sugiere la cita fashion de una derrota sino la de una conspiración, como la de 1874, en que Namuncurá, Pincén, Baigorrita y Juan José Catriel armaron “el malón grande”.

    “Pensé: ¿hacemos una carpa o un toldo? No. Eso es un cacherío. Patricio López Méndez respetó exactamente el diseño de Tato Benedit”, Claudia Caraballo siente que eligió bien.

    Es una pegada que a la primera sala la abra un piquete arty de mujeres con lloven ngutroe y tupu (imposible tentar un artículo determinante o indeterminante). Prefiero el que la ficha detalla como “lloven ngutroe: tocado de lana de oveja tejida y bordada, recubierta parcialmente por cupulitas de plata cosidas de factura mapuche; tupu: aguja de plata con disco de círculos concéntricos y centro floral de ocho pétalos”. Le hubiera quedado bien a Victoria Ocampo, que tenía algún rasgo de su antepasada, la india Agueda. Y hubiera matado de envidia a Coco Chanel.

    LAS PISTAS DE LOS CACIQUES
    Sobre la mesa de mármol grande como una pista, Claudia Caraballo manipula los dos libracos lujosos en donde ha sugerido, coordinado, propuesto, reclamado con esa obsesión de los fanáticos benignos que se disgusta por una mínima manchita y entonces hay que organizar una comisión para convencerlos de que es una cosa de nada, que el resto es monumental. Señala las fotografías y va contando los indicios.

    –Yo descubrí que en la platería pampa, sobre todo en la parte del sur del río Colorado, en cosas de mapuches, tehuelches y pehuenches, la presencia del triángulos y la semiesfera repujada. Entonces lo llamé a Aldunate (Carlos Aldunate del Solar, director del Museo Chileno de Arte Precolombino) y le dije: “Carlos, yo necesito entender el kultrum” (el instrumento de percusión mapuche). Entonces, divino, me indicó un artículo sobre el kultrum sin decir que era de él. El triángulo está muy presente porque la parte de arriba del kultrum se forma con cuatro triángulos. Yo no afirmo nunca nada: siempre digo “posiblemente”. Luego empecé a obsesionarme mirando las semiesferas repujadas. Diez días antes de cerrar este libro, me iluminé: ¡si es la parte convexa del kultrum! Acá adentro (señala la imagen de un tamborcito ritual) ellos ponían dos pepitas de oro, dos de plata, dos de trigo, dos de maíz –a mí me dijeron que eran dos, yo nunca abrí ninguno, por Dios que nunca lo hice–: eran signos para que no falte la comida, que no falte el dinero. La platería es muy abstracta, entonces representaron el kultrum en esta semiesfera. Yo digo posiblemente sea. ¿Ves en la agarradera de ese cuchillo los puntos del kultrum?

    No, no los miro, me obsesiona la pava de plata batida y burilada (en la muestra y en el libro), tan de entrecasa y de almacén de ramos generales, apenas arañada y con el asa y la perilla de una madera que parece no haber sido sobada hace mucho.

    –¿Esta pava? La compré en Saráchaga por cien dólares. Fui con mi marido y dije ¡esto es pehuenche! En todo el borde hay un pequeño puntilleo, ¿ves? No bien tuve mis primeras piezas empecé a hacer comparaciones. Hasta les pedí a mis amigos que me prestasen las suyas para poder estudiar. Todos dicen: “Esta es la colección de Claudia”. ¡No! Tengo amigos sumamente generosos porque me han dejado las piezas por un largo tiempo.

    Lo que hacés es empírico. Y por ahora no tenés quién te refute.
    –A mí me llamó la atención que nadie me haya escrito para decirme: “Esto no es así”. ¿Cómo empiezo el descubrimiento de estas piezas? Agarré las cuatro cabezadas de Maguire que he visto en lo de él y pensé: “Si Maguire dice que ésta le perteneció a Ramón Platero, ésta a Mariano Rosas, ésta a Vicente Pincén y ésta a Nahuel Payún, y las cadenas y los detalles son diferentes, quiere decir que cada cacique tiene sus diseños: un Nahuel Payún no se va a poner cosas que no sean propias. Porque cada uno tenía un platero o retrafe. Estaba Manuel Virhué, que trabajó para Calfucurá; Ramón Cabral, que también era cacique. Entonces empecé a agrupar los distintos tipos de eslabones (señala una cabezada hecha de semiesferas planas unidas por una argolla) para identificarlos.

    La diferencia está en los eslabones.

    –Y cada eslabón no se encuentra en piezas de ningún otro.

    Entonces el eslabón es el logo. Esa es tu hipótesis.
    –Puede que el cacique y los capitanejos usen la misma figura como una camisa de Gap. Pero te quiero contar cómo llego a descubrir que esta cabezada es realmente de Mariano Rosas. Vi ese adorno del capullo de rosa, una flor que no está en la fauna autóctona, como el cardo santo, por ejemplo, que usan mucho. ¿Cómo era posible una rosa? De repente me di cuenta. Una amiga mía, la mujer del embajador Carlos Ortiz de Rosas, tenía un anillo con las armas de familia de los Rosas y aparece la misma rosa que está en la platería. Porque Mariano había sido raptado por Rosas en su niñez, pasó tiempo con él y después se volvió a los toldos, siendo su ahijado.

    Una rosa que viene de “Rosas” y no de “las rosas”.
    –Y mirá esta flecha para abajo (señala un estribo, unos aros, un cuchillo), es de Pincén. El otro día vino Luis Pincén, si vieras la emoción que sintió.

    En una testera hay un rostro de mujer con tocado de plumas de ñandú. Las cadenas van formando v cortas. Claudia Caraballo –que ya no es la chica de 16 años que espiaba los calzoncillos cribados en el cuarto de Maguire– le discute al maestro que sean rayos estilizados, para ella son aves en vuelo, esa recurrencia de la pampa. La cabezada es de Ramón Platero posiblemente.

    –Yo veía esta carita acá y me preguntaba ¿va a ir un cacique a la guerra con la imagen de una mujer en la cabezada? Entonces pensé: “Esta debe ser la cabezada que él le hace a la mujer y tiene un tocado de plumas como para decir “blanca”.

    Entonces, ¡es Fermina Zárate, la de Una excusión a los indios ranqueles!
    Fermina Zárate (cautiva del cacique Ramón el Platero) se quedó en los toldos a causa de sus hijos mestizos, sin culpar a Dios de que la hubieran agarrado los indios, sino a los cristianos que no cuidaban a sus mujeres.

    –Mirá esto: ¿dónde hay huevos periformes? Los de ñancul (buteo polyosoma), uno de los pájaros que adoraban. Me di cuenta.

    Cada vez que asocia, Claudia Caraballo pone la cara de ¡Eureka! que Sherlock Holmes se negaba a poner –era flemático– cuando deducía por unas huellas en un piso en el que se había volcado creosota que el asesino era rengo.

    LA EVIDENCIA ESTA EN LOS PONCHOS
    Las imagino montadas de a tres, a lo dama y sobre la misma yegua –mujer principal, hermana, una cautiva– levantando en el galope un humo rosado como en aquella película de Solanas (efecto crepúsculo en la pampa), lloven ngutroe en tirabuzones de plata y tupu tamaño cd de estrellita central, chinas como las que venían zalameras a justificar ante Mansilla las vueltas de los principales de la tribu para mostrarse. Pero hubo también caperas tehuelches que hacían capas de chulengo nonato y las pintaban para cada uno –había de joven, de casada, de viuda, de solterona, de caballo, de perros–, para todos “un nombre dibujo” según el código descubierto por Sergio Caviglia (“animal-pelo-hacia afuera”, “hombre-pelo-hacia adentro”). Y tejedoras mapuches que, entre el corral y el toldo, desarrollaban técnicas más propias del matemático y del geómetra que de la tejedora que no escarda sino que va retorciendo la lana virgen con un palito: el ikat (se hacen ataduras en la urdimbre, hasta 1600, según cálculo para las guardas escalonadas y se cubren con greda que, después de teñir, se quita) y el plangit (se pellizca un poco de la urdimbre y se ata la base fuerte antes de teñir, luego se desata).

    ¿Cómo calculaban si siempre teñían antes de tejer? ¿A ojo sabio o con regla comprada? La escolástica del poncho habla de “teñido por reserva”. La experta Graciela Suárez menciona tramas múltiples alternadas y secuenciales múltiples, toda una ingeniería en blando. Fui a releer lo que alguna vez me dijo el músico Juan Namuncurá:

    –¿Tecnología huinca? No conozco muchas obras occidentales que sean como las de Machu Picchu. En la civilización incaica no hubo artesanos: hubo ingenieros, arquitectos, diseñadores. Pero, claro, el indígena no sabe. Al indígena hay que ayudarlo: “Tome esta beca y haga canastitas”. Pero si vamos a hacer revisionismo, el indígena al que todos consideran un simple artesano está así porque ha habido no sólo un robo de la tierra sino una destrucción en el plano artístico, cultural y científico. Yo siempre voy a comparar con otras culturas que han tenido continuidad, mientras la de nosotros ha sido destruida. Cuando los incas se reunieron para hacer la Puerta del Sol, indudablemente tienen que haber participado un astrónomo, un matemático, un físico... ¿Quién la hizo? ¿Quién la talló? ¿De dónde se trajeron las piedras? Para que toda esa gente se haya puesto a hacer eso de la noche a la mañana tiene que haber habido una escuela, una transmisión de esos conocimientos, que le dieron un formato académico a la usanza indígena. Pero ésa es la gente que fue asesinada: desde ideólogos hasta científicos. Con lo que nos ha quedado estamos empujando para salir adelante de nuevo. Pero durante mucho tiempo era mejor una copa soplada en Venecia que un cerámico de un horno aymará.

    Estas comunidades ágrafas de la pampa juntan en sus diseños estética, identidad, amenaza y fe, pero nunca gratuidad. Cada poncho habla como si escribiera pero el código es difícil de interpretar.

    –Así como para los caciques la plata no era una riqueza en sí misma sino un elemento de prestigio y cada pieza no sólo es de una gran habilidad técnica sino simbólica, el poncho tenía funciones que excedían lo meramente utilitario –dice Mandrini–. Era expresivo. Significaba poder y protección. Por eso Mariano Rosas le regaló un poncho a Mansilla diciéndole que mientras lo usara, aún en guerra, nadie lo iba a tocar. Para los distintos grupos de la pampa, es un código de adscripción en donde, si bien hay una tecnología común, hay pequeñas diferencias.

    El catálogo indica que el poncho de Mansilla está en la sala de arriba junto a uno de San Martín y otro de Calfucurá. No lo creo. En el nº 4 de la revista Las ranas, la mansillista Adriana Amante ha hecho un dossier sobre el general en donde figura una crónica de Miguel Angel Cárcano en que se cuenta que a ese poncho se lo ha comido la polilla. Este debe ser falso, me encocoro, me contagio el arte de la asociación de Claudia Caraballo y, antes de visitar la muestra, consulto la revista. Leo la crónica de Cárcano: “¡Mónica, Mónica! Traéme el poncho de Mariano Rozas”. “¡Miguel Angel!, has de creer que es el único objeto que me queda de aquella gran amistad y extraordinaria empresa (...).” “¡Mónica, Mónica!, traéme el poncho de mi compadre.” “Es la prenda que más quiero, Miguel Angel.”

    Mónica aparece en la puerta del escritorio con una caja de cartón atada con cintas de seda blanca. El general se apresura a colocarla sobre el escritorio y desata los moños rápidamente. El poncho está dormido ante tanto papel que lo envuelve. El general lo despierta, lo acaricia, lo toma con ambas manos y levantándolo frente a la ventana va desdoblándolo con cuidado. De pronto vuela de sus pliegues una polilla, después otra, son muchas las que revolotean doradas en los rayos del sol. El poncho suspendido contra la luz aparece cubierto de agujeros luminosos. El general lo estruja entre sus manos. Vuelan las últimas polillas. Hace de él un envoltorio y lo tira sobre el sofá.

    –Mónica, Mónica, ¿qué has hecho de mi poncho? ¡El único recuerdo que aún me quedaba de mis pasadas hazañas está destruido!

    ¡Proa, te agarré! ¡Este poncho no puede ser el legítimo! Camino a la muestra y voy paladeando mi triunfo, pero me detengo en los ponchos ingleses de tejido industrial con tramas de William Morris, en los Poncho Patria que también eran ingleses y usaban los blandengues.

    Ni miro el poncho que Mariano Rosas le regaló al general Mansilla. Leo: “Poncho con laboreo realizado en faz de urdimbre. Actualmente carece de flecos, y no se puede determinar si los tuvo porque en el borde de urdimbre se le ha cosido un ribete de una cinta de algodón. El borde de la boca también presenta un ribete cosido. Según documentación, podrían ser ribetes de protección adornado por el propio Mansilla, aunque la calidad de las cintas utilizadas es diferente. Se han realizado numerosas reparaciones, incluyendo retejidos” (las itálicas son mías) .¡Ah, bueno! ¡Es él! Todo coincide. Sigo leyendo: “Estos últimos (los retejidos) se hicieron por el derecho de la prenda (éste está claramente determinado por las terminaciones trenzadas del llancal) dejando allí bordes e hilos sueltos, lo que nos indicaría que fueron realizados por una persona que ignoraba las convenciones de uso de la pieza”. ¡¡¡¡Mónica, Mónica!!!!

    LA PLATA DE ABAJO
    Dice Mandrini que cada pieza ha sido comprada, conseguida, regalada o robada. Que el comercio con la Araucaria era fluido, que de ahí venían monedas, plata en barra y chafalonías que se cambiaban por ganado. La frontera era tutti frutti. Ramón Cabral (El Platero) era hijo de cautiva, Panguithruz Güor se hizo Mariano Rosas y gaucho de lujo. La tecnología huinca llegó hasta las mismas trutrukas, esos instrumentos de sonido tristísimo que acompañan la densidad monótona del kultrum en las rogativas: si antes eran de caña calentada, ahora son de manguera revestida con lana de colores. ¿En dónde terminan ellos? ¿En dónde terminamos nosotros?

    Pero no es lo mismo vender o regalar que haberse quedado en bolas. Ramón el platero fue sacado de Carriló y convertido en teniente coronel de indios; en 1882 formó parte de la expedición que fundó Victorica. Murió en La Blanca, bautizado en rigor mortis, lejos de sus fuelles fabricados con la panza seca de una vaca y cuyos picos estaban hechos con el caño de una carabina recortada. El gran Inacayal, “salvado” por el perito Francisco Moreno, murió en el Museo de La Plata, donde custodiaba las calaveras de otros guerreros de su raza (pasó sus años de cautiverio borracho y saludando al sol con el torso desnudo mientras murmuraba en su lengua y en pena porque sus mujeres eran sirvientas del huinca). Ignacia y Ramona Rosas, sobrinas tataranietas de Mariano, que todavía viven, ¿vendrán a reclamar el poncho? No, si ya era de Mansilla, lo único que le quedaba de sus hazañas.

    Claudia Caraballo: “Cabe decir que la mayoría de estas piezas están todavía enterradas. Yo estoy convencida de que sí. Cuando se aran los campos aparecen boleadoras, pero los enterratorios están tres metros más abajo. De vez en cuando aparece alguien y dice: “Yo sé en qué parte de la pampa están... Pero a esto no lo digas”.

    La pampa entonces no era esa ausencia de acontecimientos que decía el filósofo Vicente Fatone: es civilización en tesoros que llevan escrito a través de joyas y enseres el nombre en símbolo de la gente de Caulamantu, Nau Payán, Relmo, Pichún, Melideo, Raiman, Jacinto, Cristo, Pichún Gualá, Painé, Namuncurá, Catriel, Foyel y siguen los nombres.

    Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX
    Fundación Proa (Av. Pedro de Mendoza 1929, La Boca)
    Hasta el 4 de enero de 2011
    www.proa.org



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  • Título: Arte originario argentino.
    Autor:
    Fecha: 05/11/2010
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    Hasta el 4 de enero de 2011 permanecerá abierta al público la exposición “Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX”, inaugurada este 28 de octubre en la sede de la Fundación Proa, en Buenos Aires. La muestra reúne 500 trabajos de platería, tejidos y objetos de uso cotidiano, hechos por los pueblos originarios que durante el siglo XIX habitaron La Pampa, la Patagonia y el territorio mapuche. Un gran conjunto único de piezas, juntas por primera vez, provenientes de colecciones públicas y privadas, que permite conocer y revalorizar el destacado y complejo patrimonio de estos pueblos. La exhibición se articula alrededor de cuatro ejes temáticos: las mujeres; el espacio social y el territorio político; el caballo, y el poncho. La Fundación Proa ofrece, además, un programa educativo especialmente pensado para esta exposición, con visitas para escuelas, familias y público en general, que se puede consultar por medio del correo electrónico educacion@proa.org, o a través del teléfono 4104-1041. La Fundación Proa está ubicada en la avenida Pedro de Mendoza 1929, en La Boca, Caminito (Buenos Aires).

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  • Título: Las Pampas- Arte y Cultura en el Siglo XIX en Fundación Proa .
    Autor: Araceli Otamendi
    Fecha: 05/11/2010
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    Se inauguró en la Fundación Proa la muestra "Las Pampas- Arte y Cultura en el Siglo XIX". Se trata de una extraordinaria exposición que incluye colecciones de varios museos públicos y colecciones privadas, una muestra que presenta la cultura de una época, la historia,visitada desde la estética del presente, jerarquíza los valores de las culturas desde sus objetos artísticos y de la vida cotidiana.

    A partir de los relatos de viajeros e intelectuales –como Lucio V. Mansilla**–, la literatura permitió siempre comprender ese período. La exhibición Las Pampas… aporta un nuevo relato: a través de la contemplación de los objetos y de su valor estético, nos atrevemos a imaginar un paisaje poblado por caciques a caballo y mujeres enjoyadas dominando la inmensidad de la llanura.
     Las Pampas… está organizada en cuatro salas que representan los diversos temas fundantes de nuestra cultura: la mujer, el caballo, la organización social y política, el cacicato, la orfebrería y el adorno como símbolo de poder, junto al poncho con su riqueza de diseños y alusión a las jerarquías.
    San Martín, Mansilla y el cacique Calfucurá están presentes con sus prendas. El poncho de San Martín, cedido por el Museo Histórico Nacional, propone al espectador imaginar el cruce de los Andes y los sueños cumplidos del prócer, así como revivir el momento en el que Lucio V. Mansilla protegió su vida gracias al poncho regalado por el cacique.**
    Desde la escena del arte, Fundación Proa propone revisitar nuestra historia y valorar la riqueza y la creatividad que las diversas culturas produjeron en el pasado. Las piezas presentes son imágenes permanentes de nuestro acervo simbólico.
    Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX es posible gracias a museos públicos y colecciones privadas que cedieron sus obras para esta exhibición, y al auspicio de Tenaris – Organización Techint.
    “En la pampa las impresiones son rápidas, espasmódicas, para luego borrarse en la amplitud del ambiente, sin dejar huella.” Ricardo Güiraldes.
    Don Segundo Sombra *

    Los pueblos originarios en el siglo XIX
    Las pampas y la Patagonia eran el hogar de una población aborigen de varios miles de personas que se remontaba a más de doce mil años.
    A mediados del siglo XIX, estos pueblos originarios ocupaban el espacio delimitado por la frontera, un amplio arco con sus extremos apuntando al sur que se extendía desde el litoral atlántico bonaerense hasta la costa del Pacífico.
    La diversidad de paisajes y los escasos recursos de ese territorio obligaron a sus pobladores a movilizarse hacia el norte en búsqueda de tierras fértiles.
    El contacto con los europeos cambió la vida de los aborígenes de las pampas transformando su tecnología, economía y organización socio-política. Este proceso contribuyó a una creciente homogenización cultural y lingüística de la región que culminó en el siglo XIX, sin borrar las particularidades de cada grupo.
    A mediados del siglo XIX, los grandes cacicatos conducidos por poderosos jefes indígenas controlaban el territorio; la sociedad aborigen alcanzó entonces sus formas más complejas de organización económica, social y política.
    La consolidación del Estado argentino y su decisión de controlar las tierras dominadas por las sociedades aborígenes impulsaron, a partir de 1876, el avance militar sobre esos territorios con el fin de incorporarlos a la joven nación, sometiendo a sus pobladores originarios. El proceso duró algunas décadas y tuvo un alto costo para las poblaciones aborígenes; los descendientes de los que sobrevivieron a la ocupación son los que hoy mantienen vivas las tradiciones de sus ancestros, a quienes llaman “los antiguos”.

    Las mujeres, fuerza de trabajo y capital político
    Los procesos económicos que tuvieron lugar en el siglo XVIII contribuyeron a definir el orden social que caracterizó a los grandes cacicatos del siglo XIX, donde la riqueza –posesión de ganados, objetos de plata y esposas– se consolidó como factor determinante de jerarquía social. Las esposas, por las que se pagaban al padre bienes muchas veces cuantiosos, constituían –al igual que las cautivas y los niños– la principal fuerza de trabajo. Eran responsables de los quehaceres domésticos y la atención de la familia, cuidaban los rebaños, procuraban agua y leña, recolectaban semillas y frutos, hilaban y tejían prendas –sobre todo ponchos y mantas– para uso familiar y para comerciar, curtían los cueros, confeccionaban enseres y herramientas en madera –incluso arados–, y tenían a su cargo el acarreo de las pertenencias. También representaban un capital político, ya que los matrimonios consagraban y fortalecían lealtades y alianzas.

    La platería araucana o ecuestre mapuche
    En Chile, la platería de uso ecuestre es conocida como “platería ecuestre mapuche”, mientras que en Argentina se la denomina “platería araucana”.
    Esta platería tiene sus raíces en las postrimerías del siglo XVIII, cuando los plateros españoles llegaron a Chile. Establecidos en la zona de Arauco, enseñaron a los indígenas a confeccionar prendas de plata, sobre todo para el caballo. Al comienzo fueron los españoles quienes idearon modelos de arneses para los jefes indígenas y hacendados. Pronto, los plateros indígenas, habiendo aprendido el oficio de los europeos, crearon sus propios diseños en sus talleres. Como pasaba en las pampas, los jefes más pudientes tenían la mayor cantidad de objetos de plata, con lo que mostraban su importancia y su poder. Esto explica el auge de la platería durante el siglo XIX.
    La platería ecuestre araucana, si bien contemporánea de las joyas para la mujer, tiene un estilo propio. Sin embargo, en ciertas piezas de esta platería se pueden identificar los mismos motivos que se observan en la de uso femenino. Los motivos representados no son meras decoraciones, sino que están directamente relacionados con la cosmovisión mapuche.

    La platería pehuenche
    Los pehuenche habitaban al pie de ambas vertientes de la Cordillera de los Andes, en la zona donde crece el árbol de la araucaria o pehuén (Araucaria araucana), que corresponde al sur de Mendoza y al norte de Neuquén en el actual territorio argentino.
    Los pehuenche dominaban los pasos cordilleranos, permitiéndoles controlar el tráfico del ganado, de la sal y el comercio fronterizo que en esa época era muy abundante. Esta fue sin duda la fuente de su poder y riqueza.
    Antiguamente se pensaba erróneamente que toda la platería pampa carecía de ornamentación; hoy se sabe que la única que tiene la propiedad de ser lisa, salvo algunas excepciones,  es la pehuenche.

    La sociedad en la toldería
    La toldería fue el núcleo de la vida social y sus habitantes estaban, o se consideraban, unidos entre sí. Cada toldo reunía a una familia formada por padre, esposa o esposas, hijas solteras, hijos solteros y casados, nietos. A su vez, todas las familias de una toldería formaban un linaje que reconocía un antepasado común y llevaban un mismo nombre gentilicio, aunque no todas tenían la misma jerarquía. El jefe de una de ellas ejercía el mando del grupo y su importancia en el cacicato dependía de sus cualidades personales, la antigüedad de su linaje y la cantidad de guerreros que lo apoyaban. Junto a los descendientes del linaje, vivían en la toldería otros dos grupos: los cautivos, que se sumaban a la fuerza de trabajo familiar, y los agregados o allegados: indígenas y blancos refugiados que vivían a expensas del cacique y desempeñaban para él diversas tareas: lo acompañaban en los malones, participaban en juntas y parlamentos, actuaban como espías o informantes y, en el caso de los blancos que sabían escribir –y por ello gozaban una situación privilegiada-, como secretarios a cargo de la correspondencia.
    Una segunda distinción entre hombres y mujeres determinaba la división del trabajo. Los hombres tenían a su cargo la guerra y la obtención y circulación de ganados. Las mujeres y niños se ocupaban de las innumerables tareas domésticas.
    Los cautivos blancos, en su mayoría mujeres y niños, eran un núcleo importante. Su adaptación a la vida en la toldería era muy dura, aunque los niños pequeños eran incorporados a la familia y tratados como hijos propios. Las cautivas más afortunadas podían llegar a convertirse en concubinas del jefe del toldo, aunque eso no las libraba de las tareas más pesadas.
    Dentro de la toldería, existía una tercera división muy marcada entre el estrato dominante de los guerreros (conas) y la chusma, formada por indias, cautivas y cautivos, niños y ancianos. Sobre esta –principalmente sobre las mujeres– recaía la mayor carga laboral.

    Los parlamentos
    La institución más tradicional y característica de la vida política indígena eran las grandes asambleas, juntas o parlamentos. En ellos participaban todos los conas u hombres de lanza quienes, en ocasión de reuniones importantes, llegaban desde muy lejos. En esos parlamentos, que eran cuidadosamente preparados y podían durar varios días, los principales jefes exponían sus ideas en larguísimos y complejos discursos, haciendo gala de sus dotes oratoria.
    Hacia mediados del siglo XIX los grandes caciques fueron adquiriendo autoridad y poder en los parlamentos y esto les otorgó una influencia decisiva en las resoluciones A los parlamentos correspondía decidir sobre los asuntos fundamentales del mundo indígena y, en particular, consagrar a los grandes caciques y resolver los asuntos relacionados con la guerra y la paz.

    Los mantos tehuelche
    Quizá los bienes más característicos y preciados de la cultura tehuelche sean los grandes mantos y capas de piel o cuero pintados. Realizados originalmente con pieles de guanaco –recurso fundamental para la supervivencia de esas poblaciones–, se utilizaron más tarde cueros de caballo y oveja cuando este animal de origen europeo se incorporó a la vida de las poblaciones aborígenes meridionales. Cueros y pieles eran provistos por los hombres mediante la caza, pero eran las mujeres quienes preparaban los cueros, confeccionaban los mantos y capas, y realizaban las pinturas que los adornaban.
    Además de su valor como abrigo –eran imprescindibles durante el crudo invierno patagónico–, mantos y capas expresaban, especialmente en los dibujos pintados en ellos, la identidad de quienes los usaban y la visión tehuelche del mundo social y simbólico. Los dibujos, de varios colores y carácter geométrico, se vinculan a aquellos que también aparecen en pinturas rupestres y piedras grabadas. Al menos en algunos casos, mantos y capas acompañaban a sus dueños después de la muerte.

    El poder de los grandes cacicatos
    El cacicazgo era generalmente hereditario, pero contaban también otras condiciones personales. El cacique debía ser valeroso, magnífico jinete, hábil en el manejo de las armas, dotado de condiciones de mando, capaz de movilizar un gran número de conas y experto en cuestiones pecuarias. Además, debía poseer dotes de orador para dirigir y controlar las asambleas y parlamentos, en particular si había otros jefes que cuestionaran sus opiniones.
    Otro factor importante en el fortalecimiento de su autoridad era el manejo de información, que los caciques recogían a través de una vasta red de espías e informantes, por intermedio de los comerciantes o pulperos, y –gracias a las gestiones de sus secretarios– de los diarios que llegaban a sus manos y la correspondencia que intercambiaban con destacados personajes del mundo criollo o con otros grandes caciques.
    También pesó cada vez más la riqueza, resultado esencialmente de los grandes malones y de los regalos y raciones con que el gobierno huinca procuraba garantizar la amistad o neutralizar ataques. Estos regalos, que incluían ganados, licores, tabaco, yerba, prendas de vestir, piezas de uniformes militares, sables, espadas, espuelas y piezas de plata, eran entregados al cacique. Ellos los distribuían entre sus guerreros, cuya lealtad era esencial a la hora de resolver conflictos en los parlamentos.

    Platería pampa
    Podríamos definir genéricamente como platería pampa a un estilo diferente de su contemporáneo, el llamado estilo criollo.  La platería pampa es un conjunto compuesto por piezas pertenecientes a las distintas comunidades que poblaron la llanura, cada una de ellas con sus propios motivos y diseños.  Las naciones indígenas, como se les llama a las parcialidades que pertenecían al mismo origen, se dividían en diferentes comunidades.  Cada una de ellas se identifica por un patrón de diseño que está siempre presente en las piezas.  La manera de organizar y plasmar las decoraciones se mantiene fiel al diseño de la tribu.  Los plateros indígenas eran hábiles artesanos y aquellos de mayor oficio trabajaban para los caciques de más alto rango.  Los caciques que pertenecían a comunidades más pobres y no contaban con plateros recurrían a talleres independientes.  Es importante destacar que los artesanos de estos talleres fabricaban las piezas según el estilo propio de la estirpe de sus clientes.

    Platería ranquel
    Hábiles labradores y ganaderos, los ranqueles adquirieron importancia hacia fines del siglo XVIII y la incrementaron en el siglo XIX. Los plateros ranqueles eran eximios orfebres.
    Sensibles a la naturaleza, manejaban el cincel con tanto arte que los trazos parecen imitar los pastos más finos de la pampa. En la platería ranquel encontramos un pimpollo de rosa que posiblemente sea el emblema de la tribu del gran cacique ranquelino Mariano Rosas. También se observan la flor del cardo santo y abstracciones de ciertos pájaros que ellos veneraban como el nexo entre los seres vivientes y aquellos del más allá.
    Hay una marcada diferencia estilística entre los plateros del sur del río Colorado y aquellos de las tribus pampeanas: los primeros diseñaban motivos abstractos y los segundos se inspiraban en la flora y la fauna.

    Cacique ranquel Mariano Rosas
    El pimpollo de rosa que aparece en varias de las piezas aquí expuestas es ajeno a la flora autóctona. Posiblemente sea el símbolo de la tribu del cacique Panguitruz Güor, llamado Mariano Rosas. Hijo del cacique Painé, Panguitruz permaneció en su juventud cautivo en la provincia de Buenos Aires, donde Juan Manuel de Rosas lo hizo bautizar en la fe cristiana, lo apadrinó, le puso el nombre de Mariano y le dio su apellido. Muy posiblemente, Mariano Rosas adoptó el pimpollo del escudo de la familia de Juan Manuel como emblema de su cacicato. Dada la importancia de Mariano Rosas, quien fuera el gran cacique ranquel del siglo XIX, este símbolo se reitera con frecuencia en las piezas pertenecientes este grupo.

    El caballo indio
    El caballo indio es único. Está entrenado de tal manera que una combinación de mansedumbre, fortaleza y velocidad lo hacen imbatible. […] inalcanzable para sus parientes en propiedad del ejército o los gauchos. El caballo indio es especialmente fiel. Es muy manso pero sólo acepta como jinete a su dueño […]. Creemos que las extraordinarias características del animal se debieron, en gran medida, al especial respeto que por él sentía el indio.
    El indio jamás maltrataba a su caballo, jamás le hacía tener miedo. Y lo llenaba de afecto todo el tiempo. Era antes que nada su amigo. Alrededor de él creó una verdadera cultura en la que la utilización de la platería estuvo muy vinculada.
    Lucio V. Mansilla. Una Excusión a los indios ranqueles (1870).

    Comercio e intercambios
    La desigual distribución de los recursos obligó a los pobladores de la región a movilizarse, alentando desde temprano la circulación de bienes valiosos. La presencia europea, la adopción del caballo y la disponibilidad de nuevos bienes intensificaron los intercambios entre los distintos grupos aborígenes de las pampas, la Araucanía y la Patagonia, y entre éstos y el mundo hispano-criollo. Así, a mediados del siglo XIX, una compleja red de caminos –las “rastrilladas” – atravesaba el territorio indígena y se prolongaba hasta las fronteras.
    Los intercambios con la sociedad criolla eran fundamentales en las fronteras con las provincias argentinas, donde los aborígenes colocaban los excedentes de su producción (cueros, pieles, plumas, talabartería, añil, ponchos) y obtenían harinas, azúcar, telas livianas, adornos, prendas de vestir, quincallería, tabaco, yerba mate y licores. A lo largo del río Negro se realizaban intercambios regulares con los tehuelches. Ellos llegaban hasta allí con plumas y las codiciadas pieles de guanaco, que los indios de la pampa adquirían para su uso o para revender en la frontera criolla. Desde la década de 1860, la colonia galesa del Chubut fue otro importante centro de intercambios. Algunos productos circulaban entre los cacicatos, como las largas cañas de la cordillera con que armaban sus lanzas; la sal, algunas piedras y sustancias colorantes, y muchos productos de origen europeo adquiridos en las fronteras.
    Pero el centro de esas actividades comerciales lo constituía el gran tráfico ganadero, que se apoyaba principalmente en la apropiación de animales en las haciendas o estancias de la frontera –objetivo fundamental de los malones– y en su posterior traslado al territorio trasandino, mercado normal de esos ganados. En torno al malón –la actividad más rentable para los indígenas– se unían los grupos y se aunaban esfuerzos, hombres y recursos. A este movimiento de ganados se vinculaba la principal actividad mercantil indígena, pues la venta de estos animales y de sal a los pueblos de la Araucanía o en las fronteras de Chile permitía obtener múltiples bienes de gran valor económico y sobre todo simbólico, como licores y vino, metales –sobre todo plata–, sombreros y prendas de vestir europeos, adornos y añil, entre otros.

    El poncho
    Es una prenda cotidiana de factura simple que se encontra en diversas culturas. En su formato es casi universal. Sin embargo, hoy se lo asocia geográficamente con el sur del continente americano y a la vida del jinete.
    Antes de la aparición del caballo traído por los europeos, el poncho ya estaba entre nosotros. Los ponchos tejidos surgieron gracias al desarrollo de una cultura textil.
    Desde el punto de vista utilitario, el poncho es sencillo y versátil: protege del viento y la lluvia, sirve de cama a quien duerme bajo las estrellas, y hasta de arma y escudo en el duelo a cuchillo.
    Si bien se han conservado algunos ponchos sureños del siglo XVIII, la mayoría de los ejemplares que han llegado a nuestras manos datan del siglo XIX, cuando esta prenda se popularizó al encontrar su lugar en la vida ecuestre.

    El poncho inglés
    El poncho inglés o poncho de paño, que llegó al Río de la Plata durante el auge de la era industrial británica a mediados del siglo XIX. Suplía las mismas necesidades que el poncho pampa tejido por las mujeres indígenas de las pampas y la Araucanía, pero era de mucho más fácil acceso por su bajo costo puesto que el poncho pampa estaba confeccionado enteramente a mano con lanas teñidas de modo artesanal. Generalmente los ponchos ingleses tenían fondos en una amplia gama en tonos de marrones o azules, con diseños inspirados en papeles pintados o estampados de la época victoriana. Como eran hechos en serie, los patrones de diseño se repetían y por eso es común encontrar ponchos ingleses muy similares.
    También en ese período existía el poncho patria, también confeccionado en Inglaterra, de paño grueso color azul oscuro y forro de bayoneta colorada; tenía cuello y una abertura que se cerraba con botones en el pecho y posiblemente haya sido una adaptación de las capas militares españolas. Antes de la Independencia, esta prenda era otorgada por el rey de España y por eso se la llamaba poncho reyuno. Posteriormente, por ser el Gobierno Nacional el que proporcionaba y regalaba a los caciques esta clase de prendas, muy popular entre ellos, se lo denominó poncho patria. Cueros y pieles eran provistos por los hombres mediante la caza, pero eran las mujeres quienes preparaban los cueros, confeccionaban los mantos y capas, y realizaban las pinturas que los adornaban.
    Además de su valor como abrigo –eran imprescindibles durante el crudo invierno patagónico–, mantos y capas expresaban, especialmente en los dibujos pintados en ellos, la identidad de quienes los usaban y la visión tehuelche del mundo social y simbólico. Los dibujos, de varios colores y carácter geométrico, se vinculan a aquellos que también aparecen en pinturas rupestres y piedras grabadas. Al menos en algunos casos, mantos y capas acompañaban a sus dueños después de la muerte.

    Comercio e intercambios
    La desigual distribución de los recursos obligó a los pobladores de la región a movilizarse, alentando desde temprano la circulación de bienes valiosos. La presencia europea, la adopción del caballo y la disponibilidad de nuevos bienes intensificaron los intercambios entre los distintos grupos aborígenes de las pampas, la Araucanía y la Patagonia, y entre éstos y el mundo hispano-criollo. Así, a mediados del siglo XIX, una compleja red de caminos –las “rastrilladas” – atravesaba el territorio indígena y se prolongaba hasta las fronteras.
    Los intercambios con la sociedad criolla eran fundamentales en las fronteras con las provincias argentinas, donde los aborígenes colocaban los excedentes de su producción (cueros, pieles, plumas, talabartería, añil, ponchos) y obtenían harinas, azúcar, telas livianas, adornos, prendas de vestir, quincallería, tabaco, yerba mate y licores. A lo largo del río Negro se realizaban intercambios regulares con los tehuelches. Ellos llegaban hasta allí con plumas y las codiciadas pieles de guanaco, que los indios de la pampa adquirían para su uso o para revender en la frontera criolla. Desde la década de 1860, la colonia galesa del Chubut fue otro importante centro de intercambios. Algunos productos circulaban entre los cacicatos, como las largas cañas de la cordillera con que armaban sus lanzas; la sal, algunas piedras y sustancias colorantes, y muchos productos de origen europeo adquiridos en las fronteras.
    Pero el centro de esas actividades comerciales lo constituía el gran tráfico ganadero, que se apoyaba principalmente en la apropiación de animales en las haciendas o estancias de la frontera –objetivo fundamental de los malones– y en su posterior traslado al territorio trasandino, mercado normal de esos ganados. En torno al malón –la actividad más rentable para los indígenas– se unían los grupos y se aunaban esfuerzos, hombres y recursos. A este movimiento de ganados se vinculaba la principal actividad mercantil indígena, pues la venta de estos animales y de sal a los pueblos de la Araucanía o en las fronteras de Chile permitía obtener múltiples bienes de gran valor económico y sobre todo simbólico, como licores y vino, metales –sobre todo plata–, sombreros y prendas de vestir europeos, adornos y añil, entre otros.

    Visitas didácticas:
    El Departamento de Educación creó un programa integral especialmente pensado para la exhibición Las Pampas con visitas guiadas, actividades para escuelas, talleres para familias, material didáctico y una audioguía online en español e inglés que se puede descargar desde el sitio web de Proa.
    De martes a viernes a las 17 horas y los fines de semana a las 15 y a las 17 horas, se realizan visitas guiadas para público general. Y de manera permanente, un equipo de educadores se encuentra disponible en las salas para dialogar con los visitantes y acompañarlos en su recorrido por la exhibición.
    El Programa para escuelas ofrece visitas para estudiantes de los distintos niveles educativos con talleres de producción artística y charlas adaptadas a las necesidades de cada grupo. Además, se organizan encuentros con docentes, visitas e intercambios para dar a conocer la propuesta educativa de Proa.
    Todos los martes, los estudiantes y docentes pueden acceder libremente a las salas y cuentan con material en la Librería Proa para profundizar el estudio sobre algunos de los aspectos desarrollados en la muestra.
    Las actividades para familias comprenden talleres, actividades didácticas, juegos y espacios de reflexión y creación para chicos y adultos relacionados con los conceptos que se exponen en Las Pampas…
    Para esta exhibición, también se encuentra disponible para descargar desde el sitio web de Proa una audioguía que propone un recorrido interactivo por cada una de las salas, complementando el intercambio que se produce con los educadores.
    Consultas: educacion@proa.org / [54 11] 4104 1041-http://proa.org/esp/education.php

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  • Título: Proa pone el foco en objetos de las pampas en el siglo XIX
    Autor:
    Fecha: 05/11/2010
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    Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX es el título de la muestra que reúne en la Fundación Proa más de 500 piezas de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano, que dan cuenta de las diversas culturas que poblaban este territorio durante el convulsionado período de organización social y política.
    Objetos de museos públicos y colecciones privadas integran la exposición que permite reconstruir los usos y costumbres de una época, a la vez que permite comprender la diversidad y riqueza de aquella escena histórica a través de piezas ineludibles en la conformación de una iconografía de las pampas.
    Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Benedit, la exhibición está organizada en cuatro ejes -la mujer, el caballo, el poncho y la organización social y política- con el propósito de dejar de lado los estereotipos asociados con la pampa y las tribus indígenas.
    El gran desafío es revalorar la concepción que existe del pueblo originario y de su producción artística, así como conocer un poco más estas comunidades, a través de estos objetos hechos durante el siglo XIX a partir de su relación con el mundo criollo, en su vínculo con el contexto, señaló a Télam Camila Villarruel, del departamento de educación de Proa, en una recorrida por la muestra.
    La idea es ofrecer un nuevo relato al espectador y que -a partir de la contemplación de estos objetos- pueda imaginar un paisaje poblado por caciques a caballo y sus mujeres enjoyadas, lejos de una idea que viene desde la conquista del desierto, de un territorio donde supuestamente no había nada, excepto nómades y salvajes, agregó.
    Se trata de ampliar el concepto de `las pampas`, un territorio muy extenso, donde conviven muchas comunidades indígenas muy distintas entre sí, con mucho diálogo y en hábitats muy disímiles, climas húmedos, cordillerano, el desierto o lo patagónico, mencionó Villarruel.
    Hay que pensarlo como un vaivén, donde hubo muchos momentos de paz, donde se pudieron establecer alianzas, estrategias, y dejar de lado esa idea de que siempre hubo conflicto con el indio.
    Además, hubo mucho comercio, fue un territorio muy fluido, sostuvo.
    Los ponchos ocupan un espacio destacado en el recorrido: se puede ver el que le regalaron a José de San Martín durante el cruce de los Andes; el poncho que le dio el cacique ranquel Mariano Rosas al general Mansilla -mencionado en Una excursión a los indios ranqueles- y otro, que perteneció al gran cacique Calfucurá, cedido por el Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes.
    Esta sala enmarca un recorrido exhaustivo por los colores, motivos y diseños de una prenda fundamental en la dinámica social del siglo XIX, que aquí se divide en pehuenches, pampas y ranqueles tejidas en lana de oveja así como ejemplares del poncho inglés realizados en paño.
    Resulta llamativo el adorno y diseño de joyas de las mujeres mapuches y araucanas, en exhibición en la primera sala: piezas de playa, monedas y cuentas de vidrio de diferentes colores que se lucían en ocasiones especiales y presentaban una imagen de lujo y poder, que además, producían un sonido sensual por el movimiento provocado cuando iban a caballo.
    Las mujeres constituían la principal fuerza de trabajo: la labor doméstica, la atención de la familia, el cuidado de los rebaños, el suministro de agua y leña, la recolección, el tejido y el hilado eran sus obligaciones, a la vez que curtía cueros, confeccionaba enseres y herramientas en madera, se explica en las paredes de la sala.
    Además, un conjunto de piezas y objetos de uso cotidiano confeccionadas en cuero, madera y piedra resumen la vida diaria en las tolderías en el siglo XIX, el ámbito nuclear de la vida social aborigen.
    Un círculo de ponchos ubicado en el centro de la sala emula el modo en que se organizaban las asambleas y parlamentos, espacios de discusión y plataforma política de cada comunidad.
    No hay que pensar el parlamento de una forma ordenada, los indígenas tiene una cultura completamente distinta a la nuestra. En el mundo indígena es importante la conexión con el mas allá, con lo divino, y eso se logra a través de bebidas o de alucinógenos, explicó Villarruel.
    Piezas de platería que utilizaban los caciques para adornar con lujo sus caballos, con gran sofisticación de los rebenques, las rastras, los cuchillos, los estribos y las cabezadas definen el protagonismo que el caballo adquirió en tierras pampeanas durante el siglo XIX y completan el recorrido de la exhibición.
    Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX se podrá visitar hasta el 4 de enero en Fundación Proa, Avenida Pedro de Mendoza 1929, en el barrio de La Boca, de martes a domingos de 11 a 19.

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  • Título: Proa pone el foco en objetos de las pampas en el siglo XIX.
    Autor: Mercedes Ezquiaga
    Fecha: 05/11/2010
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    "Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX" es el título de la muestra que reúne en la Fundación Proa más de 500 piezas de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano, que dan cuenta de las diversas culturas que poblaban este territorio durante el convulsionado período de organización social y política.
    Objetos de museos públicos y colecciones privadas integran la exposición que permite reconstruir los usos y costumbres de una época, a la vez que permite comprender la diversidad y riqueza de aquella escena histórica a través de piezas ineludibles en la conformación de una iconografía de las pampas.
    Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Benedit, la exhibición está organizada en cuatro ejes -la mujer, el caballo, el poncho y la organización social y política- con el propósito de dejar de lado los estereotipos asociados con la pampa y las tribus indígenas.
    "El gran desafío es revalorar la concepción que existe del pueblo originario y de su producción artística, así como conocer un poco más estas comunidades, a través de estos objetos hechos durante el siglo XIX a partir de su relación con el mundo criollo, en su vínculo con el contexto", señaló a Télam Camila Villarruel, del departamento de educación de Proa, en una recorrida por la muestra.
    La idea es ofrecer un nuevo relato al espectador y que -a partir de la contemplación de estos objetos- pueda imaginar un paisaje poblado por caciques a caballo y sus mujeres enjoyadas, "lejos de una idea que viene desde la conquista del desierto, de un territorio donde supuestamente no había nada, excepto nómades y salvajes", agregó.
    Se trata de ampliar el concepto de `las pampas`, un territorio muy extenso, donde conviven muchas comunidades indígenas muy distintas entre sí, con mucho diálogo y en hábitats muy disímiles, climas húmedos, cordillerano, el desierto o lo patagónico, mencionó Villarruel.
    "Hay que pensarlo como un vaivén, donde hubo muchos momentos de paz, donde se pudieron establecer alianzas, estrategias, y dejar de lado esa idea de que siempre hubo conflicto con el indio. Además, hubo mucho comercio, fue un territorio muy fluido", sostuvo.
    Los ponchos ocupan un espacio destacado en el recorrido: se puede ver el que le regalaron a José de San Martín durante el cruce de los Andes; el poncho que le dio el cacique ranquel Mariano Rosas al general Mansilla -mencionado en "Una excursión a los indios ranqueles"- y otro, que perteneció al gran cacique Calfucurá, cedido por el Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes.
    Esta sala enmarca un recorrido exhaustivo por los colores, motivos y diseños de una prenda fundamental en la dinámica social del siglo XIX, que aquí se divide en pehuenches, pampas y ranqueles tejidas en lana de oveja así como ejemplares del poncho inglés realizados en paño.
    Resulta llamativo el adorno y diseño de joyas de las mujeres mapuches y araucanas, en exhibición en la primera sala: piezas de playa, monedas y cuentas de vidrio de diferentes colores que se lucían en ocasiones especiales y presentaban una imagen de lujo y poder, que además, producían un sonido sensual por el movimiento provocado cuando iban a caballo.
    Las mujeres constituían la principal fuerza de trabajo: la labor doméstica, la atención de la familia, el cuidado de los rebaños, el suministro de agua y leña, la recolección, el tejido y el hilado eran sus obligaciones, a la vez que curtía cueros, confeccionaba enseres y herramientas en madera, se explica en las paredes de la sala.
    Además, un conjunto de piezas y objetos de uso cotidiano confeccionadas en cuero, madera y piedra resumen la vida diaria en las tolderías en el siglo XIX, el ámbito nuclear de la vida social aborigen.
    Un círculo de ponchos ubicado en el centro de la sala emula el modo en que se organizaban las asambleas y parlamentos, espacios de discusión y plataforma política de cada comunidad.
    "No hay que pensar el parlamento de una forma ordenada, los indígenas tiene una cultura completamente distinta a la nuestra. En el mundo indígena es importante la conexión con el mas allá, con lo divino, y eso se logra a través de bebidas o de alucinógenos", explicó Villarruel.
    Piezas de platería que utilizaban los caciques para adornar con lujo sus caballos, con gran sofisticación de los rebenques, las rastras, los cuchillos, los estribos y las cabezadas definen el protagonismo que el caballo adquirió en tierras pampeanas durante el siglo XIX y completan el recorrido de la exhibición.
    "Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX" se podrá visitar hasta el 4 de enero en Fundación Proa, Avenida Pedro de Mendoza 1929, en el barrio de La Boca, de martes a domingos de 11 a 19.

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  • Título: Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX.
    Autor:
    Fecha: 04/11/2010
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    La exhibición reúne más de 500 objetos y piezas de platería y textiles, pertenecientes a museos públicos y colecciones privadas. Tiene como propósito descubrir el intercambio de técnicas y modalidades que se dieron en la producción artística de las culturas de los pobladores originarios en las llanuras del Cono Sur de América. La muestra plantea una serie de núcleos que dan cuenta de la identidad de cada una de ellas, a través de las diversas técnicas empleadas en las distintas zonas geográficas.

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  • Título: Las Pampas. Arte y Cultura en el Siglo XIX - Fundación Proa.
    Autor:
    Fecha: 04/11/2010
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    Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX reúne un conjunto único de piezas que da cuenta de las diversas culturas que poblaban este territorio durante el convulsionado período de organización social y política. Más de 500 trabajos de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano son apreciados en la exhibición por su extraordinario capital artístico, el valor de la artesanía en plata y los diseños textiles. Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Fernando Benedit, Las Pampas… nos permite comprender la diversidad y riqueza de aquella escena histórica a través de la contemplación de piezas ineludibles en la conformación de una iconografía de las pampas.... (leer más)
    Del 30 de Octubre de 2010 al 4 de Enero de 2011

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  • Título: Se inaugura hoy en Proa: Las Pampas: Arte y Cultura en el siglo XIX.
    Autor: Araceli Otamendi
    Fecha: 04/11/2010
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    Ver nota original (Revista Archivos del Sur)

    Se inaugura hoy en la Fundación Proa la muestra Las Pampas: Arte y Cultura en el
    siglo XIX, un conjunto único de piezas reunidas por primera vez en el marco de una
    histórica exhibición. Más de 500 trabajos de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano
    pertenecientes a la tradición de las pampas y la Patagonia argentina y chilena
    de hace dos siglos. Un extraordinario capital artístico, huella de un territorio privilegiado
    para el arte y la literatura argentina de todos los tiempos. Bajo la dirección
    general de Claudia Caraballo de Quentin, y con el diseño expositivo de Luis Fernando
    Benedit, Las Pampas… atraviesa una escena histórica ineludible de la Argentina.
    La primera sala exhibe la joyería de la mujer mapuche: pectorales, gargantillas, aros,
    tupus realizados en plata que sorprendieron a los viajeros europeos que recorrieron
    este territorio. La riqueza de las piezas y la singularidad de los diseños revelan el
    poder que adquirieron los grandes caciques en el siglo XIX y la organización jerárquica
    de las comunidades. Las mujeres, cubiertas en alhajas, encarnaban el poder
    simbólico de sus maridos. A la vez, constituían la principal fuerza de trabajo en las
    tolderías, encargadas de los quehaceres domésticos y la producción textil.
    Platería araucana y pehuenche y objetos de uso cotidiano confeccionados en cuero,
    madera y piedra revelan la organización social de las tolderías en la Patagonia. En
    esta segunda sala, también se exhiben dos valiosos mantos tehuelches y un conjunto
    de ponchos ubicados en círculo que emulan la organización en asambleas, la
    vida política y el poder de los caciques en estos territorios.
    El caballo y la diversidad de diseños de platería pampa aplicados a rebenques, rastras,
    cuchillos, estribos y cabezadas son el núcleo de la sala 3. Desde su penetración en las
    pampas, el caballo permitió recorrer grandes distancias, facilitó el comercio y el intercambio
    cultural entre las poblaciones originarias y el mundo criollo. La función simbólica de la
    ornamentación de los caballos proporcionó a los plateros una posición preeminente.
    Por último, la sala 4, dedicada al poncho, la prenda más característica de las llanuras,
    despliega una gran cantidad de piezas pehuenches, pampas y ranqueles junto
    a ponchos ingleses que llegaron al Río de la Plata a mediados del siglo XIX. Un lugar
    destacado ocupan los ponchos que pertenecieron a José de San Martín, Lucio V.
    Mansilla y el cacique Calfucurá. Mansilla relata en Una excursión a los indios ranqueles
    (1870) la ceremonia en la que el cacique ranquel Mariano Rosas le regala el
    poncho que se exhibe en esta sala: “El poncho tejido por la mujer principal es entre
    los indios un gaje de amor; es como el anillo nupcial entre los cristianos”.
    Las Pampas... es posible gracias a museos públicos y colecciones privadas que cedieron
    sus obras para esta exhibición, y al aporte de tenaris – Organización techint.

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  • Título: Las Pampas en la Fundación Proa.
    Autor:
    Fecha: 03/11/2010
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    Ver nota original (La maja descalza.)

    500 trabajos de platería, tejidos y objetos de uso cotidiano, hechos por los pueblos originarios que habitaron La Pampa, la Patagonia y el territorio mapuche, en Argentina, durante el siglo XIX.

    La Fundación Proa presenta Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX, un conjunto único de piezas reunidas por primera vez en el marco de una histórica exhibición. Más de 500 trabajos de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano son preciados en la exhibición por su extraordinario capital artístico, el valor de la artesanía en plata y los diseños textiles. Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Fernando Benedit, Las Pampas… nos permite comprender la diversidad y riqueza de aquella escena histórica a través de la contemplación de piezas ineludibles en la conformación de
    una iconografía de las pampas. Museos públicos y colecciones privadas integran el patrimonio que permite reconstruir los usos y costumbres de una época. La historia, visitada desde la estética del presente, jerarquiza los valores de las culturas desde sus objetos artísticos y de la vida cotidiana.
    A partir de los relatos de viajeros e intelectuales –como Lucio V. Mansilla–, la literatura permitió siempre comprender ese período. La exhibición Las Pampas… aporta un nuevo relato: a través de la contemplación de los objetos y de su valor estético, nos atrevemos a imaginar un paisaje poblado por caciques a caballo y mujeres enjoyadas dominando la inmensidad de la llanura.
    Las Pampas… está organizada en cuatro salas que representan los diversos temas fundantes de nuestra cultura: la mujer, el caballo, la organización social y política, el cacicato, la orfebrería y el adorno como símbolo de poder, junto al poncho con su riqueza de diseños y alusión a las jerarquías. San Martín, Mansilla y el cacique Calfucurá están presentes con sus prendas. El poncho de San Martín, cedido por el Museo Histórico Nacional, propone al espectador imaginar el cruce de los Andes y los sueños cumplidos del prócer, así como revivir el momento en el que Lucio V. Mansilla protegió su vida gracias al poncho regalado por el cacique. Desde la escena del arte, Fundación Proa propone revisitar nuestra historia y valorar la riqueza y la creatividad que las diversas culturas produjeron en el pasado. Las
    piezas presentes son imágenes permanentes de nuestro acervo simbólico.
    Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX es posible gracias a museos públicos y colecciones privadas que cedieron sus obras para esta exhibición, y al auspicio de Tenaris – Organización Techint.

    Las mujeres, fuerza de trabajo y capital político
    A partir de la mujer, sus adornos y el diseño de sus joyas, se inicia la exhibición Las Pampas. Las mujeres de los destacados caciques que poblaban el territorio en el siglo XIX ocupan un lugar de importancia. A través de su ornamentación, sus delicadas y sutiles joyas realizadas en plata, conforman símbolos que dieron cuenta del poder económico y el capital político del cacique.
    Las piezas de variado y singular diseño eran creadas por un artesanado altamente profesionalizado, inserto en una economía activa. El platero realizaba joyas imponentes que generaban sonidos a partir del movimiento de la mujer, creando una música que era, simultáneamente, alianza y seducción.
    La mujer adornaba con numerosas joyas diferentes zonas de su cuerpo, cabeza, cuello y pecho. Este conjunto presentaba una imagen de lujo y poder, y la zona del cuerpo elegida se destacaba sobre todo arriba del caballo que, en movimiento, producía un sensual sonido. Si bien son principalmente de plata, algunos trabajos se realizaban con monedas, cuentas de vidrio de diferentes colores y dedales de origen
    industrial horadados, entre otros materiales.
    Como señala Carlos Aldunate: “Aunque la posesión de objetos de plata aparece como uno de los elementos comunes a todo ajuar femenino durante el siglo XIX, no hay duda que aquellos se encontraban concentrados en poder de los principales lonko o caciques […]. Los viajeros […]  describen las interminables procesiones de mujeres que van detrás del cacique, en ceremonias y actos públicos, cuyos pectorales, prendedores, collares, adornos cefálicos, cintas para las trenzas y campanillas, todas de plata, producen un espectáculo y sonido tal, que hacen decir a un alemán: ‘Eran aquello un chinesco de una banda de música de un regimiento’ (Treutler 1861). “[…] Hay viajeros que insinúan el uso de ciertas prendas por una mujer, tales como ‘anillos de plata anchos de cuatro a seis dedos… en los brazos y piernas abajo de la pantorilla’, como indicadores de virginidad (Treuler 1861).” Las joyas acompañaban a la difunta mujer en su tumba: “Eugenio Robles (1942), relata el funeral de una mujer […] donde ‘una de las parientes avanzó ambas manos sobre la fosa, sosteniendo gran cantidad de joyas de la difunta[...]’”.
    Las mujeres, por las que se pagaban bienes cuantiosos, constituían –al igual que las cautivas y los niños– la principal fuerza de trabajo: la labor doméstica, la atención de la familia, el cuidado de los rebaños, el suministro de agua y leña, la recolección, el tejido y el hilado eran sus obligaciones. La mujer curtía cueros, confeccionaba enseres y herramientas en madera y debe acarrear las pertenencias. El cacique tenía muchas mujeres; todas ellas vivían juntas y cuidaban de la casa mientras él recorría las pampas con su caballo. La costumbre de las mujeres de ornamentarse con sus joyas de plata continúa en la actualidad, sobre todo para las ceremonias.

    Espacio social y territorio político
    Un conjunto de piezas y objetos de uso cotidiano dan cuentan de las costumbres de los pueblos originarios en las llamadas pampas. Las piezas, confeccionadas en cuero, madera y piedra, muestran la vida diaria en las tolderías en el siglo XIX.
    “La toldería fue [...] el ámbito nuclear de la vida social aborigen [...]. El sostenimiento de la vida de la toldería se apoyaba en una activa economía de carácter doméstico o comunal. Es aquí donde se nota más el impacto del largo contacto con la sociedad criolla y la incorporación de elementos de origen europeo y mapuche. En torno a los toldos, el pastoreo de rebaños en pequeña o mediana escala proveía alimento [...] para consumo familiar y distintas materias primas, principalmente cueros y lana [...]. Las tolderías eran el centro de una importante actividad artesanal que, además de cubrir necesidades internas, dejaba saldos para intercambiar”, apunta Raúl Mandrini en Los pueblos originarios de las regiones meridionales en el siglo XIX. Un círculo de ponchos ubicado en el centro de la sala emula el modo en que se organizaban las asambleas y parlamentos, espacios de discusión y plataforma política de cada comunidad. Mandrini explica: “La institución tradicional y característica de la vida política indígena eran las asambleas, juntas o parlamentos en los que participaban todos los conas u hombres de lanza. En ellas residía, en principio, el poder supremo y les correspondía decidir los asuntos fundamentales, consagrar a los grandes caciques y resolver cuestiones relacionadas con la guerra o la paz.
    […] A mediados de ese último siglo [XIX], eran ya el centro de la vida política y su autoridad e influencia excedían sus tradicionales funciones guerreras. En efecto, aunque carecían de aparatos formales –como leyes escritas, fuerza pública y un aparato administrativo–, los grandes caciques, cuya creciente autoridad se asentaba en el prestigio de su linaje y en el número de conas que eran capaces de movilizar, ejercían influencia determinante en las decisiones fundamentales y las resoluciones de las asambleas. […] La riqueza concentrada por cada cacique se redistribuía a través de la compra de esposas, que implicaban alianzas políticas con otros linajes; de los repartos de licor y los permanentes banquetes con que se agasajaba a los invitados; de la manutención de los allegados, indígenas o blancos que solían vivir junto con él, desempeñaban distintas tareas y lo acompañaban en los malones y las asambleas. Cuanto más generosos se mostraban los caciques, mayores eran, seguramente, su prestigio y la autoridad sobre sus seguidores, cuyo apoyo era esencial a la hora de tomar decisiones en los parlamentos, donde debían demostrar su poder de convencimiento y su autoridad”.

    El caballo. Desplazamiento, comercio y poder
    La diversidad y sofisticación de los rebenques, las rastras, los cuchillos, los estribos y las cabezadas definen el protagonismo que el caballo adquirió en tierras pampeanas durante el siglo XIX. Así, el hábito de ornamentar subraya el poder y el desarrollo experimentado por el caballo en un territorio en el que antes de su llegada el habitante caminaba por la vasta planicie.
    El coronel Juan Carlos Walther describe en su libro La conquista del desierto (1948): “Antes de la introducción del caballo en las pampas, andaban y combatían a pie, pero cuando adaptaron el cuadrúpedo a sus costumbres, se convirtieron en habilísimos jinetes, transformando a los equinos en valiosos auxiliares para la guerra. Ello les permitió ganar movilidad y rapidez de acción en sus  correrías.[…]” “[…] una cosa es el indio de a pie, ese que conocemos a través de los primeros cronistas, y otra el indio a caballo. El indio de las pampas fue el que más resistió a la conquista.
    Y la causa no reside sólo en su alma indómita, en su coraje, en su despierta codicia, en su connaturalización con la libertad de la llanura. La causa es material: el indio de las pampas era un indio de a caballo. Era jinete. ¡Y qué jinete y qué caballos!”, relata Alvaro Yunque en el prólogo de Fronteras y Territorios de las Pampas del Sur, de Alvaro Barros. Lucio V. Mansilla escribió en Una excursión a los indios ranqueles, publicado en 1870: “El caballo indio es único. Está entrenado de tal manera que una combinación de mansedumbre, fortaleza y velocidad lo hacen imbatible [...]. Creemos que las extraordinarias características del animal se debieron, en gran medida, al especial respeto que por él sentía el indio [...]. Era antes que nada su amigo. Alrededor de él creó una verdadera cultura en la que la utilización de la platería estuvo muy vinculada”. Esa amistad tipificó una imagen de las pampas y el caballo alcanzó un estatuto propio: “Huesos y dientes de caballos acompañan los ajuares funerarios […] mientras en otras partes de América se vivía ya entre sedas y porcelanas de la China”, anota Ruth Corcuera en Herencia textil andina.
    Se exhiben las piezas de platería que utilizaban los caciques para adornar con lujo sus caballos, realizadas por el mismo orfebre que labraba las joyas de sus mujeres. Los plateros diseñaron diversos estilos, con motivos florales en las llanuras y piezas diseñadas con menor ornamentación en la Patagonia argentina y chilena.
    El caballo, al igual que la mujer, indicaba –según la ornamentación– el estatus del cacique y su jerarquía. Imaginar en el paisaje de la llanura a un cacique arriba de su caballo lleno de joyas seguido por un numeroso grupo de mujeres, con el sonido y el brillo de su platería, pareciera ser una imagen sorprendente que narraron los
    cronistas de las pampas.
    El caballo y la platería modificaron el paisaje y permitieron el comercio con el mundo criollo. Como refiere Raúl Mandrini en Los pueblos originarios de las regiones meridionales en el siglo XIX: “Las relaciones entre ambas sociedades, que habían conocido momentos de extrema violencia y etapas relativamente pacíficas, habían impactado en la vida de los pueblos aborígenes introduciendo entre ellos nuevos productos y bienes, prácticas económicas, sociales y políticas desconocidas, otras creencias y modos de pensamiento, que fueron pronto incorporados y adaptados a sus intereses y condiciones de vida [...] los aborígenes transformaron su economía, su organización sociopolítica y sus sistemas de ideas y creencias.”

    El poncho
    José de San Martín, Lucio V. Mansilla y el cacique Calfucurá, tres sujetos históricos y tres ponchos atravesados por el espesor de la historia. Estos ponchos junto a un numeroso conjunto proveniente de colecciones privadas integran esta sala, dedicada al producto más característico de la llanura, con piezas pehuenches, pampas y ranqueles tejidas en lana de oveja y ejemplares del poncho inglés realizados en paño.
    El poncho que le regalaron al General San Martín durante el cruce de los Andes, facilitado por el Museo Histórico Nacional; el poncho que le regaló el cacique ranquel Mariano Rosas al general Mansilla –mencionado en Una excursión a los indios ranqueles– y otro, que perteneció al gran cacique Calfucurá, cedido por el Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes, enmarcan un recorrido exhaustivo por los colores, motivos y diseños de una prenda fundamental en la dinámica social del siglo XIX.
    El poncho, simple y elegante, es una prenda masculina realizada por la mano de la mujer. Capaz de cubrir la necesidad de abrigo y posibilitar, al mismo tiempo, libertad de movimientos, es el permanente y fiel acompañante del habitante de las pampas. Existen notables testimonios de viajeros que describen el poncho. Dom Pernetty, en 1760, relata: “En cuanto al vestir de la gente del pueblo [...] llevan en vez de capa una especie de género rayado, con bandas (listas) de diferentes colores, abierta solamente al medio para pasar la cabeza. Este abrigo cae sobre los hombros y cubre hasta los puños, descendiendo hacia atrás y adelante hasta más abajo de la rodilla, teniendo, además, flecos a su alrededor; se le da el nombre de poncho”. Este testimonio nos habla de ponchos de importante tamaño y de rayas, como fueron los primeros que utilizó el gaucho. El pintor y viajero E. E. Vidal (1820) escribe que en el Perú y en Salta “es famosa la manufactura de ponchos y son hechos de algodón, de gran belleza y alto precio; pero los ejecutados por los humildes indios de las pampas son de lana, tupidos y fuertes como para resistir una lluvia grande, los decorados son curiosos y originales, los colores son sobrios, pero duraderos; aunque tienen tinturas de los colores más brillantes, que emplean para otros fines”.
    “A comienzos del siglo XIX, el poncho estuvo presente en la  preparación de las campañas libertadoras. Durante la época de la independencia, los ejércitos expedicionarios de Ortiz de Ocampo al Alto Perú, Belgrano al Paraguay (y al norte después), y el de los Andes, a su paso por las poblaciones del interior, reciben donaciones consistentes en reales, caballos, mulas, frazadas, cordobanes y principalmente ponchos”, consigna Ruth Corcuera en Herencia textil andina.
    Inglaterra era el gran productor textil de la época y exportaba hilados de algodón, lana y variadas telas para la confección de trajes y vestidos. El poncho inglés era una prenda codiciada, sobre todo por los indios, quienes podían cambiar varios ponchos tejidos a mano, de gran valor artesanal, por solo una de estas piezas industriales, cuyo uso fue muy difundido. Si bien algunos de estos ponchos reproducen diseños florales propios de la época victoriana, la mayor parte presenta motivos ajenos a la tradición inglesa.
    Fabricados para el mercado local, incluyen una enorme gama de tonos marrones o azules, asociados a los colores de la tierra y de los cielos nocturnos: representaciones estilizadas de plumas de ñandú, mantos de gato montés, soles, estrellas, lunas, rayos, motivos llamados ojo de perdiz, grecas y guardas. El poncho patria, también confeccionado en Inglaterra, tenía cuello y una abertura que se cerraba con botones en el pecho. Posible adaptación de las capas militares españolas, las autoridades criollas los regalaban a los caciques. Su uso también fue muy popular.
    “La mujer tiene la obligación imprescindible de hilar y tejer para vestir al marido, a más de proveer de estas telas a sus hijos”, describe Federico Bárbara en Usos y costumbres de los indios pampas (1856).
    Fuente: Prensa Fundación Proa.com

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  • Título: La Iconografía de las Pampas en la Exposición 'Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX'
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    Fecha: 02/11/2010
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    A partir del 4 de noviembre, Fundación Proa presenta Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX, un conjunto único de piezas reunidas por primera vez en el marco de una histórica exhibición. Más de 500 trabajos de platería, ponchos y objetos de uso cotidiano son apreciados en la exhibición por su extraordinario capital artístico, el valor de la artesanía en plata y los diseños textiles. Bajo la dirección general de Claudia Caraballo de Quentin y con el diseño expositivo de Luis Fernando Benedit, Las Pampas… nos permite comprender la diversidad y riqueza de aquella escena histórica a través de la contemplación de piezas ineludibles en la conformación de una iconografía de las pampas.
    Museos públicos y colecciones privadas integran el patrimonio que permite reconstruir los usos y costumbres de una época. La historia, visitada desde la estética del presente, jerarquiza los valores de las culturas desde sus objetos artísticos y de la vida cotidiana.
    A partir de los relatos de viajeros e intelectuales –como Lucio V. Mansilla–, la literatura permitió siempre comprender ese período. La exhibición Las Pampas… aporta un nuevo relato: a través de la contemplación de los objetos y de su valor estético, nos atrevemos a imaginar un paisaje poblado por caciques a caballo y mujeres enjoyadas dominando la inmensidad de la llanura.
    Las Pampas… está organizada en cuatro salas que representan los diversos temas fundantes de nuestra cultura: la mujer, el caballo, la organización social y política, el cacicato, la orfebrería y el adorno como símbolo de poder, junto al poncho con su riqueza de diseños y alusión a las jerarquías. San Martín, Mansilla y el cacique Calfucurá están presentes con sus prendas. El poncho de San Martín, cedido por el Museo Histórico Nacional, propone al espectador imaginar el cruce de los Andes y los sueños cumplidos del prócer, así como revivir el momento en el que Lucio V. Mansilla protegió su vida gracias al poncho regalado por el cacique.
    Desde la escena del arte, Fundación Proa propone revisitar nuestra historia y valorar la riqueza y la creatividad que las diversas culturas produjeron en el pasado. Las piezas presentes son imágenes permanentes de nuestro acervo simbólico.
    Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX es posible gracias a museos públicos y colecciones privadas que cedieron sus obras para esta exhibición, y al auspicio de Tenaris – Organización Techint.

    Sala 1
    Las mujeres, fuerza de trabajo y capital político

    A partir de la mujer, sus adornos y el diseño de sus joyas, se inicia la exhibición Las Pampas. Las mujeres de los destacados caciques que poblaban el territorio en el siglo XIX ocupan un lugar de importancia. A través de su ornamentación, sus delicadas y sutiles joyas realizadas en plata, conforman símbolos que dieron cuenta del poder económico y el capital político del cacique.

    Las piezas de variado y singular diseño eran creadas por un artesanado altamente profesionalizado, inserto en una economía activa. El platero realizaba joyas imponentes que generaban sonidos a partir del movimiento de la mujer, creando una música que era, simultáneamente, alianza y seducción.
    La mujer adornaba con numerosas joyas diferentes zonas de su cuerpo, cabeza, cuello y pecho. Este conjunto presentaba una imagen de lujo y poder, y la zona del cuerpo elegida se destacaba sobre todo arriba del caballo que, en movimiento, producía un sensual sonido. Si bien son principalmente de plata, algunos trabajos se realizaban con monedas, cuentas de vidrio de diferentes colores y dedales de origen industrial horadados, entre otros materiales.
    Como señala Carlos Aldunate: “Aunque la posesión de objetos de plata aparece como uno de los elementos comunes a todo ajuar femenino durante el siglo XIX, no hay duda que aquellos se encontraban concentrados en poder de los principales lonko o caciques […]. Los viajeros […] describen las interminables procesiones de mujeres que van detrás del cacique, en ceremonias y actos públicos, cuyos pectorales, prendedores, collares, adornos cefálicos, cintas para las trenzas y campanillas, todas de plata, producen un espectáculo y sonido tal, que hacen decir a un alemán: ‘Eran aquello un chinesco de una banda de música de un regimiento’ (Treutler 1861).
    “[…] Hay viajeros que insinúan el uso de ciertas prendas por una mujer, tales como ‘anillos de pla-a anchos de cuatro a seis dedos… en los brazos y piernas abajo de la pantorilla’, como indicadores de virginidad (Treuler 1861).” Las joyas acompañaban a la difunta mujer en su tumba: “Eugenio Robles (1942), relata el funeral de una mujer […] donde ‘una de las parientes avanzó ambas manos sobre la fosa, sosteniendo gran cantidad de joyas de la difunta[...]’”.
    Las mujeres, por las que se pagaban bienes cuantiosos, constituían –al igual que las cautivas y los niños– la principal fuerza de trabajo: la labor doméstica, la atención de la familia, el cuidado de los rebaños, el suministro de agua y leña, la recolección, el tejido y el hilado eran sus obligaciones. La mujer curtía cueros, confeccionaba enseres y herramientas en madera y debe acarrear las pertenencias. El cacique tenía muchas mujeres; todas ellas vivían juntas y cuidaban de la casa mientras él recorría las pampas con su caballo.
    La costumbre de las mujeres de ornamentarse con sus joyas de plata continúa en la actualidad, sobre todo para las ceremonias.

    Sala 2
    Espacio social y territorio político

    En esta sala un conjunto de piezas y objetos de uso cotidiano dan cuentan de las costumbres de los pueblos originarios en las llamadas pampas. Las piezas, confeccionadas en cuero, madera y piedra, muestran la vida diaria en las tolderías en el siglo XIX.
    “La toldería fue [...] el ámbito nuclear de la vida social aborigen [...]. El sostenimiento de la vida de la toldería se apoyaba en una activa economía de carácter doméstico o comunal. Es aquí donde se nota más el impacto del largo contacto con la sociedad criolla y la incorporación de elementos de origen europeo y mapuche. En torno a los toldos, el pastoreo de rebaños en pequeña o mediana escala proveía alimento [...] para consumo familiar y distintas materias primas, principalmente cueros y lana [...]. Las tolderías eran el centro de una importante actividad artesanal que, además de cubrir necesidades internas, dejaba saldos para intercambiar”, apunta Raúl Mandrini en Los pueblos originarios de las regiones meridionales en el siglo XIX.
    Un círculo de ponchos ubicado en el centro de la sala emula el modo en que se organizaban las asambleas y parlamentos, espacios de discusión y plataforma política de cada comunidad. Mandrini explica: “La institución tradicional y característica de la vida política indígena eran las asambleas, juntas o parlamentos en los que participaban todos los conas u hombres de lanza. En ellas residía, en principio, el poder supremo y les correspondía decidir los asuntos fundamentales, consagrar a los grandes caciques y resolver cuestiones relacionadas con la guerra o la paz.
    […] A mediados de ese último siglo [XIX], eran ya el centro de la vida política y su autoridad e influencia excedían sus tradicionales funciones guerreras. En efecto, aunque carecían de aparatos formales –como leyes escritas, fuerza pública y un aparato administrativo–, los grandes caciques, cuya creciente autoridad se asentaba en el prestigio de su linaje y en el número de conas que eran capaces de movilizar, ejercían influencia determinante en las decisiones fundamentales y las resoluciones de las asambleas. […] La riqueza concentrada por cada cacique se redistribuía a través de la compra de esposas, que implicaban alianzas políticas con otros linajes; de los repartos de licor y los permanentes banquetes con que se agasajaba a los invitados; de la manutención de los allegados, indígenas o blancos que solían vivir junto con él, desempeñaban distintas tareas y lo acompañaban en los malones y las asambleas. Cuanto más generosos se mostraban los caciques, mayores eran, seguramente, su prestigio y la autoridad sobre sus seguidores, cuyo apoyo era esencial a la hora de tomar decisiones en los parlamentos, donde debían demostrar su poder de convencimiento y su autoridad”.

    Sala 3
    El caballo. Desplazamiento, comercio y poder

    La diversidad y sofisticación de los rebenques, las rastras, los cuchillos, los estribos y las cabezadas definen el protagonismo que el caballo adquirió en tierras pampeanas durante el siglo XIX. Así, el hábito de ornamentar subraya el poder y el desarrollo experimentado por el caballo en un territorio en el que antes de su llegada el habitante caminaba por la vasta planicie.
    El coronel Juan Carlos Walther describe en su libro La conquista del desierto (1948): “Antes de la introducción del caballo en las pampas, andaban y combatían a pie, pero cuando adaptaron el cuadrúpedo a sus costumbres, se convirtieron en habilísimos jinetes, transformando a los equinos en valiosos auxiliares para la guerra.

    Ello les permitió ganar movilidad y rapidez de acción en sus correrías.[…]” “[…] una cosa es el indio de a pie, ese que conocemos a través de los primeros cronistas, y otra el indio a caballo. El indio de las pampas fue el que más resistió a la conquista. Y la causa no reside sólo en su alma indómita, en su coraje, en su despierta codicia, en su connaturalización con la libertad de la llanura. La causa es material: el indio de las pampas era un indio de a caballo. Era jinete. ¡Y qué jinete y qué caballos!”, relata Alvaro Yunque en el prólogo de Fronteras y Territorios de las Pampas del Sur, de Alvaro Barros.
    Lucio V. Mansilla escribió en Una excursión a los indios ranqueles, publicado en 1870: “El caballo indio es único. Está entrenado de tal manera que una combinación de mansedumbre, fortaleza y velocidad lo hacen imbatible [...]. Creemos que las extraordinarias características del animal se debieron, en gran medida, al especial respeto que por él sentía el indio [...]. Era antes que nada su amigo.
    Alrededor de él creó una verdadera cultura en la que la utilización de la platería estuvo muy vinculada”.
    Esa amistad tipificó una imagen de las pampas y el caballo alcanzó un estatuto propio: “Huesos y dientes de caballos acompañan los ajuares funerarios […] mientras en otras partes de América se vivía ya entre sedas y porcelanas de la China”, anota Ruth Corcuera en Herencia textil andina.
    En esta sala se exhiben las piezas de platería que utilizaban los caciques para adornar con lujo sus caballos, realizadas por el mismo orfebre que labraba las joyas de sus mujeres. Los plateros diseñaron diversos estilos, con motivos florales en las llanuras y piezas diseñadas con menor ornamentación en la Patagonia argentina y chilena. El caballo, al igual que la mujer, indicaba –según la ornamentación– el estatus del cacique y su jerarquía. Imaginar en el paisaje de la llanura a un cacique arriba de su caballo lleno de joyas seguido por un numeroso grupo de mujeres, con el sonido y el brillo de su platería, pareciera ser una imagen sorprendente que narraron los cronistas de las pampas.
    El caballo y la platería modificaron el paisaje y permitieron el comercio con el mundo criollo. Como refiere Raúl Mandrini en Los pueblos originarios de las regiones meridionales en el siglo XIX: “Las relaciones entre ambas sociedades, que habían conocido momentos de extrema violencia y etapas relativamente pacíficas, habían impactado en la vida de los pueblos aborígenes introduciendo entre ellos nuevos productos y bienes, prácticas económicas, sociales y políticas desconocidas, otras creencias y modos de pensamiento, que fueron pronto incorporados y adaptados a sus intereses y condiciones de vida [...] los aborígenes transformaron su economía, su organización sociopolítica y sus sistemas de ideas y creencias.”

    Sala 4
    El poncho

    José de San Martín, Lucio V. Mansilla y el cacique Calfucurá, tres sujetos históricos y tres ponchos atravesados por el espesor de la historia. Estos ponchos junto a un numeroso conjunto proveniente de colecciones privadas integran esta sala, dedicada al producto más característico de la llanura, con piezas pehuenches, pampas y ranqueles tejidas en lana de oveja y ejemplares del poncho inglés realizados en paño.
    El poncho que le regalaron al General San Martín durante el cruce de los Andes, facilitado por el Museo Histórico Nacional; el poncho que le regaló el cacique ranquel Mariano Rosas al general Mansilla –mencionado en Una excursión a los indios ranqueles– y otro, que perteneció al gran cacique Calfucurá, cedido por el Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes, enmarcan un recorrido exhaustivo por los colores, motivos y diseños de una prenda fundamental en la dinámica social del siglo XIX.
    El poncho, simple y elegante, es una prenda masculina realizada por la mano de la mujer. Capaz de cubrir la necesidad de abrigo y posibilitar, al mismo tiempo, libertad de movimientos, es el permanente y fiel acompañante del habitante de las pampas. Existen notables testimonios de viajeros que describen el poncho. Dom Pernetty, en 1760, relata: “En cuanto al vestir de la gente del pueblo [...] llevan en vez de capa una especie de género rayado, con bandas (listas) de diferentes colores, abierta solamente al medio para pasar la cabeza. Este abrigo cae sobre los hombros y cubre hasta los puños, descendiendo hacia atrás y adelante hasta más abajo de la rodilla, teniendo, además, flecos a su alrededor; se le da el nombre de poncho”. Este testimonio nos habla de ponchos de importante tamaño y de rayas, como fueron los primeros que utilizó el gaucho. El pintor y viajero E. E. Vidal (1820) escribe que en el Perú y en Salta “es famosa la manufactura de ponchos y son hechos de algodón, de gran belleza y alto precio; pero los ejecutados por los humildes indios de las pampas son de lana, tupidos y fuertes como para resistir una lluvia grande, los decorados son curiosos y originales, los colores son sobrios, pero duraderos; aunque tienen tinturas de los colores más brillantes, que emplean para otros fines”.
    “A comienzos del siglo XIX, el poncho estuvo presente en la preparación de las campañas libertadoras. Durante la época de la independencia, los ejércitos expedicionarios de Ortiz de Ocampo al Alto Perú, Belgrano al Paraguay (y al norte después), y el de los Andes, a su paso por las poblaciones del interior, reciben donaciones consistentes en reales, caballos, mulas, frazadas, cordobanes y principalmente ponchos”, consigna Ruth Corcuera en Herencia textil andina.
    Inglaterra era el gran productor textil de la época y exportaba hilados de algodón, lana y variadas telas para la confección de trajes y vestidos. El poncho inglés era una prenda codiciada, sobre todo por los indios, quienes podían cambiar varios ponchos tejidos a mano, de gran valor artesanal, por solo una de estas piezas industriales, cuyo uso fue muy difundido. Si bien algunos de estos ponchos reproducen diseños florales propios de la época victoriana, la mayor parte presenta motivos ajenos a la tradición inglesa. Fabricados para el mercado local, incluyen una enorme gama de tonos marrones o azules, asociados a los colores de la tierra y de los cielos nocturnos: representaciones estilizadas de plumas de ñandú, mantos de gato montés, soles, estrellas, lunas, rayos, motivos llamados ojo de perdiz, grecas y guardas.

    El poncho patria, también confeccionado en Inglaterra, tenía cuello y una abertura que se cerraba con botones en el pecho. Posible adaptación de las capas militares españolas, las autoridades criollas los regalaban a los caciques. Su uso también fue muy popular.
    “La mujer tiene la obligación imprescindible de hilar y tejer para vestir al marido, a más de proveer de estas telas a sus hijos”, describe Federico Bárbara en Usos y costumbres de los indios pampas (1856).

    Bibliografía:
    - Clara M. Abal de Russo, Arte textil incaico, Fund. CEPPA, Buenos Aires, 2010
    - Ruth Corcuera, Herencia textil andina, Fund. CEPPA, Buenos Aires, 2010
    - Ruth Corcuera, Diseños y colores en la llanura
    - Juan Carlos Garavaglia, “El poncho: una historia multiétnica” en Guillaume Boccara (ed.), Colonización, resistencia y mestizaje en las Américas (siglos XVI-XX). IFEA / Abya-Yala, Quito, 2002
    - Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles, Buenos Aires, 1870. http:// es.wikisource.org/wiki/Una_excursi%C3%B3n_a_los_indios_ranqueles

    EDUCACIÓN
    El Departamento de Educación creó un programa integral especialmente pensado para la exhibición Las Pampas con visitas guiadas, actividades para escuelas, talleres para familias, material didáctico y una audioguía online en español e inglés que se puede descargar desde el sitio web de Proa.
    De martes a viernes a las 17 horas y los fines de semana a las 15 y a las 17 horas, se realizan visitas guiadas para público general. Y de manera permanente, un equipo de educadores se encuentra disponible en las salas para dialogar con los visitantes y acompañarlos en su recorrido por la exhibición.
    El Programa para escuelas ofrece visitas para estudiantes de los distintos niveles educativos con talleres de producción artística y charlas adaptadas a las necesidades de cada grupo. Además, se organizan encuentros con docentes, visitas e intercambios para dar a conocer la propuesta educativa de Proa.
    Todos los martes, los estudiantes y docentes pueden acceder libremente a las salas y cuentan con material en la Librería Proa para profundizar el estudio sobre algunos de los aspectos desarrollados en la muestra.
    Las actividades para familias comprenden talleres, actividades didácticas, juegos y espacios de reflexión y creación para chicos y adultos relacionados con los conceptos que xse exponen en Las Pampas...
    Para esta exhibición, también se encuentra disponible para descargar desde el sitio web de Proa una audioguía que propone un recorrido interactivo por cada una de las salas, complementando el intercambio que se produce con los educadores.
    Consultas: educacion@proa.org / [54 11] 4104 1001
    http://proa.org/esp/education.php
    Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX



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  • Título: Arte de Las Pampas en la Fundación Proa.
    Autor:
    Fecha: 02/11/2010
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    Ver nota original (Eterna Buenos Aires)

    Como todos sabemos estamos en el año del Bicentenario y muchas actividades y muestras se hicieron, y continúan haciéndolo, para celebrar los 200 años de nuestro país. La muestra de la que quiero contarles hoy no aclara si está dentro de lo planificado por el Bicentenario, pero perfectamente podría estar dentro del marco. Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX es el nombre de la muestra que reúne objetos de pueblos que habitaron La Pampa, la Patagonia y los pueblos mapuches el siglo XIX y que puede disfrutarse en la Fundación Proa desde hace pocos días.
    El conjunto de las piezas expuestas provienen de diferentes colecciones, públicas y privadas, y girarán en torno a cuatro ejes temáticos principales, las mujeres, donde nos encontraremos con piezas de joyería que eran usadas por las esposas de los caciques, el espacio social y el territorio político, con objetos de platería araucana y pehuenche y de uso cotidiano, el caballo, con diseños de platería pampa y ranquel, rastras, estribos y cuchillos. Finalmente el poncho, donde podremos ver desde algunas prendas de este tipo usadas por los caciques hasta uno que se le obsequió a José de San Martín (que es patrimonio del Museo Histórico Nacional).
    Como complemento a la muestra la Fundación Proa tiene previsto un programa educativo apuntado a escuelas y público en general. Para los que estén interesados solo tienen que consultar por mail, educacion@proa.org o al teléfono 4104-1041.
    Los más de 500 objetos que estarán en exhibición hasta el 4 de enero próximo (no digan que no van a tener tiempo para ir) representan la identidad de los primeros pueblos que nos habitaron. Gracias a ellos fuimos construyendo nuestra historia. ¡No dejemos de ir!

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  • Título: Arte de Las Pampas en la Fundación Proa.
    Autor:
    Fecha: 02/11/2010
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    Ver nota original (Eterna Buenos Aires)

    Como todos sabemos estamos en el año del Bicentenario y muchas actividades y muestras se hicieron, y continúan haciéndolo, para celebrar los 200 años de nuestro país. La muestra de la que quiero contarles hoy no aclara si está dentro de lo planificado por el Bicentenario, pero perfectamente podría estar dentro del marco. Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX es el nombre de la muestra que reúne objetos de pueblos que habitaron La Pampa, la Patagonia y los pueblos mapuches el siglo XIX y que puede disfrutarse en la Fundación Proa desde hace pocos días.
    El conjunto de las piezas expuestas provienen de diferentes colecciones, públicas y privadas, y girarán en torno a cuatro ejes temáticos principales, las mujeres, donde nos encontraremos con piezas de joyería que eran usadas por las esposas de los caciques, el espacio social y el territorio político, con objetos de platería araucana y pehuenche y de uso cotidiano, el caballo, con diseños de platería pampa y ranquel, rastras, estribos y cuchillos. Finalmente el poncho, donde podremos ver desde algunas prendas de este tipo usadas por los caciques hasta uno que se le obsequió a José de San Martín (que es patrimonio del Museo Histórico Nacional).
    Como complemento a la muestra la Fundación Proa tiene previsto un programa educativo apuntado a escuelas y público en general. Para los que estén interesados solo tienen que consultar por mail, educacion@proa.org o al teléfono 4104-1041.
    Los más de 500 objetos que estarán en exhibición hasta el 4 de enero próximo (no digan que no van a tener tiempo para ir) representan la identidad de los primeros pueblos que nos habitaron. Gracias a ellos fuimos construyendo nuestra historia. ¡No dejemos de ir!

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  • Título: En la Fundación PROA: Arte y cultura del siglo XIX.
    Autor:
    Fecha: 30/10/2010
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    Ver nota original (Argentina Indymedia)

    Laura Casanovas
    LA NACION
    En su libro Una excursión a los indios ranqueles , de 1870, el general Lucio V. Mansilla relata cuando el cacique ranquel, Mariano Rosas, le obsequió su poncho pampa, tejido por su principal mujer. Una prenda cuya significación, señala Mansilla en su texto, es para los indios "como el anillo nupcial entre los cristianos".
    Ese histórico poncho se podrá ver en la Fundación Proa, cuando pasado mañana se inaugure la exposición Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX , que reúne 500 trabajos de platería, tejidos y objetos de uso cotidiano, hechos por los pueblos originarios que habitaron La Pampa, la Patagonia y el territorio mapuche, durante el siglo XIX.
    Un gran conjunto único de piezas, juntas por primera vez, provenientes de colecciones públicas y privadas, que permite conocer y revalorizar el destacado y complejo patrimonio de estos pueblos.
    Se trata de una exposición de "gran impacto tanto histórico como cultural, porque cada pieza es un objeto único, que tiene los signos de la cosmovisión de los pueblos originarios que habitaron el territorio argentino", señaló a LA NACION Claudia Caraballo de Quentín, directora general de la muestra, en un recorrido previo a su apertura.
    La exhibición se articula alrededor de cuatro ejes temáticos: las mujeres; el espacio social y el territorio político; el caballo, y el poncho.
    En la primera sala, el público se encontrará con joyas de platería que usaban las mujeres de los caciques, en su mayoría de confección mapuche, que devenían elementos de comunicación simbólica, puesto que revelaban la organización jerárquica y la riqueza de los grandes caciques.
    Sigue el núcleo dedicado al espacio social y político, al sur del río Colorado, en el que se despliegan objetos de platería araucana y pehuenche, como otros de uso cotidiano realizados en cuero, madera y piedra. También hay dos mantos tehuelches ceremoniales, de cuero pintado, de los cuales se conocen unos pocos en el mundo.
    En la misma sala, además, hallamos un conjunto de ponchos ubicados en círculo que emula la forma en que se organizaban las asambleas.
    El diseño expositivo de esta muestra, a cargo del destacado artista argentino Luis Benedit, potencia la riqueza visual y simbólica de las piezas, desde una estética contemporánea.
    El recorrido luego se detiene en el caballo y en la riqueza de los diseños de platería pampa y ranquel en rebenques, rastras, estribos, cuchillos y cabezas, que denotan el protagonismo de este animal -que había llegado con la conquista- en tierras pampeanas durante el siglo XIX.
    Una de las características de la platería pampa y ranquel son los diseños en torno de la flora y de la fauna.
    Cuando llegamos al último núcleo, descubrimos que junto al poncho de Mansilla hay otros dos que compiten en importancia histórica: el poncho que los pehuenches le regalaron al general José de San Martín durante el cruce de los Andes, en enero de 1817, y el de factura araucana, que perteneció al gran cacique de las pampas Calfucurá, que encabezó los malones más cruentos en la provincia de Buenos Aires entre mediados del siglo XIX hasta 1872 cuando fue derrotado por el general Ignacio Rivas en una batalla en la que murieron 200 indios.
    Los ponchos de San Martín y Mansilla son patrimonio del Museo Histórico Nacional y, el de Calfucurá, pertenece al Museo Ricardo Güiraldes de San Antonio de Areco.
    Pero, además, el público podrá apreciar un impactante conjunto de otras piezas tejidas en lana de oveja, así como ejemplares del poncho inglés. Este último llegó al Río de la Plata a mediados del siglo XIX, especialmente fabricado para el mercado local, y su presencia permite, asimismo, analizar el rol de Inglaterra como potencia exportadora de bienes manufacturados. "Esta agrupación de ponchos es una invitación a los expertos del tejido a investigar sobre el tema", propuso Caraballo de Quentín.
    La Fundación Proa ofrece, además, un programa educativo especialmente pensado para esta exposición, con visitas para escuelas, familias y público en general. Se puede consultar por medio del correo electrónico educacion@proa.org, o por teléfono al 4104-1041.
    La exposición permanecerá abierta al público hasta el 4 de enero próximo, en la avenida Pedro de Mendoza 1929.

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  • Título: Sobremesa en Proa.
    Autor: Alicia de Arteaga
    Fecha: 29/10/2010
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    Ver nota original (ADN Cultura)

    Una tarde primaveral, un almuerzo tardío de amigos de la casa con la presidenta de la Fundación Proa y una sorpresa. Sentado, con camisa de lino y actitud zen, está Douglas Crimp, crítico neoyorquino de alta fama, referente de los años 70. Segunda sorpresa, está "de paso" por Buenos Aires. El objetivo de su viaje fue participar, en Córdoba, de ¡Afuera! (mega de arte público), invitado por Pancho Marchiaro, del Centro Cultural España. Sigue impresionado por la energía y la juventud de los participantes, todavía shockeados por el asado-obra de Tiravanija, del que habla todo el mundo. Crimp, perdón, dice barbecue para referirse al encuentro montado por el tailandés en un camping suburbano, mientras da cuenta de su ensalada de rúcula, brie y láminas de almendras. Al comentar la escena neoyorquina dedica un párrafo a los poderosos galeristas, como Larry Gagosian, con más presupuesto que los museos, capaz de montar un gran show del "último Monet", en su galería de Chelsea. ...ste sigue siendo el mejor vecindario para mostrar y vender arte contemporáneo. A Douglas no le gusta el Meatpacking District "es un lugar un tanto artificial, fabricado, puede funcionar más para diseño y moda, no para arte", remata y va por el flan con dulce de leche. Metros más allá, Claudia Caraballo y "Tatato" Benedit ajustan los criterios expositivos de la formidable muestra inaugurada anoche. Platería, utensilios de la vida cotidiana, atalajes y enseres de caciques y tribus de la pampa, en un corte histórico. Una lección magistral para profundizar en cuestiones de identidad, pero también para entender el refinamiento de los textiles y piezas de platería, obra de manos indias. Allí está también un tesoro bien guardado: el poncho bayo que fue del general José de San Martín.

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  • Título: Fundación Proa.
    Autor: Mirta Cincunegui
    Fecha: 29/10/2010
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    Ver nota original (Blog Cincunegui Prensa y RRPP)

    Muestra “Las pampas: Arte y cultura en el siglo XIX”Fundación Proa, Avenida Pedro de Mendoza 1929, a las 19 hsLa Fundación Proa con el permanente auspicio de Tenaris presenta la muestra Las Pampas: Arte y Cultura en el siglo XIX. Esta contará con objetos de las siguientes colecciones: Museo Etnográfico Juan B Ambrosetti, Museo Gauchesco y Parque Criollo Ricardo Güiraldes, Museo Histórico Nacional, Museo Pampeano de Chascomús, Fundación García Uriburu y colecciones privadas. La inauguración fue postergada para el día jueves 4 de noviembre a las 19 hs. Puede encontrar más información: www.proa.org.ar

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  • Título: Platería y ponchos históricos.
    Autor: Susana Micone
    Fecha: 27/10/2010
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    Ver nota original (Faro Cultural)

    LAS PAMPAS: ARTE Y CULTURA EN EL SIGLO XIX  Reúne trabajos de platería, tejidos y objetos de uso cotidiano, hechos por los pueblos originarios que habitaron La Pampa, la Patagonia y el territorio mapuche, durante el siglo XIX.

     

    Piezas únicas,  provenientes de colecciones públicas y privadas, de gran impacto cultural, representa la cosmovisión de los pueblos originarios que habitaron el territorio argentino.
La exhibición se articula alrededor de cuatro ejes temáticos: las mujeres; el espacio social y el territorio político; el caballo, y el poncho.
    

    Entre las piezas destacadas, el poncho de Mansilla, el poncho que los pehuenches le regalaron al general José de San Martín durante el cruce de los Andes, en enero de 1817, y el de factura araucana, que perteneció al gran cacique de las pampas Calfucurá, que encabezó los malones más cruentos en la provincia de Buenos Aires entre mediados del siglo XIX hasta 1872. Los ponchos nombrados son patrimonio del Museo Histórico Nacional y del Museo Ricardo Güiraldes de San Antonio de Areco.
La Fundación Proa ofrece visitas para escuelas, familias y público en general.

    INFO educacion@proa.org o por teléfono al 4104-1041.

    La exposición permanecerá abierta hasta el 4 de enero. PROA, Avenida Pedro de Mendoza 1929, CABA



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  • Título: Las Pampas: Saldar una deuda con los pueblos originarios.
    Autor: Mario Gilardoni
    Fecha: 27/10/2010
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    Ver nota original (Trastienda Plus.)

    “A medida que progresa del montaje y se van ordenando las piezas, estableciendo un diálogo entre las distintas salas, veo cómo se va consolidando una idea que me llevó siete años estudiar y elaborar. Al mismo tiempo, me invade un sentimiento que me conmueve al sentir que por primera vez se le da un lugar de respeto a una cultura que ha hecho cosas maravillosas y que los argentinos hemos descuidado totalmente y olvidado”.
    Así, más allá del cansancio de jornadas completas corrigiendo hasta el mínimo detalle la ubicación de cada una de la 500 piezas que componen la muestra “Las Pampas: Arte y cultura en el siglo XIX” a inaugurarse en Proa el próximo jueves 28, Claudia Caraballo de Quentín nos expresaba su pensamiento, más allá de su pasión como coleccionista, señalando la intención de saldar una deuda con esas comunidades relegadas por el prejuicio y algún sentimiento de culpa que aún ronda en la comunidad cultural.
    Hasta la elección del lugar sirve para descontextualizar la exhibición al quitarle una estructura exclusivamente museológica, permitiendo un acercamiento al mensaje cultural más libre gracias a la excelente arquitectura del lugar y al diseño expositivo del multifacético Luis Fernando Benedit, que logró resaltar cada faceta de esta cultura en un contexto contemporáneo.“Para este propósito resultó fundamental el interés y apoyo de la Fundación Proa que a través de Adriana Rosenberg, no vaciló en comprometerse con un proyecto de estas características. No menor fue la respuesta positiva de las asociaciones amigos de los museos, especialmente la dirección del Histórico Nacional y la generosidad de los coleccionistas privados, que no dudaron en aportar sus piezas más preciadas”, agrega Caraballo.
    Se puede sintetizar el proyecto de la muestra en establecimiento de un hilo conductor que pasa por mostrar fundamentalmente los roles de la mujer y el hombre en sus aspectos diferenciados de participación social y política, así como la mecánica del funcionamiento de las jerarquías y cacicatos para el gobierno del territorio Pampa y las naciones que la integraban.
    La platería -genéricamente denominada mapuche- ocupa un lugar preponderante. Allí se pueden apreciar las características propias de la cosmovisión de cada uno de estos pueblos originarios y donde un personaje considerado iluminado (el platero) crea los elementos utilizados por las mujeres como símbolo de posición social y poder económico.
    El mismo nivel de importancia ocupan las piezas textiles, como los íconos de la especialidad: los ponchos. Nunca se reunió un número tan importante de la misma época y distintos orígenes (pehuenches, pampas, ranqueles). Como si ello resultara poco, esa sala se ve coronada por tres de los ponchos históricos más importantes: el de San Martín (de origen pehuenche), el del cacique Calfucurá y el que el cacique ranquel Mariano Rosas obsequiara al general Mansilla. Completan la exhibición objetos de uso, “pilchas” y cabezadas del caballo, boleadoras, etc.
    “Espero que Las Pampas… contribuya a que exista una mayor comprensión de estos pueblos, su organización y cultura. Si es así comenzaremos a saldar una cuenta pendiente con nuestros pueblos originarios”, concluye Claudia Caraballo.

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  • Título: Exhibición de ponchos históricos, platería y objetos de uso cotidiano.
    Autor:
    Fecha: 26/10/2010
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    Ver nota original ( Ciudad Portenia)

    Son 500 piezas de pueblos originarios asentados en La Pampa, la Patagonia y la región mapuche

    En su libro Una excursión a los indios ranqueles , de 1870, el general Lucio V. Mansilla relata cuando el cacique ranquel, Mariano Rosas, le obsequió su poncho pampa, tejido por su principal mujer. Una prenda cuya significación, señala Mansilla en su texto, es para los indios “como el anillo nupcial entre los cristianos”.

    Ese histórico poncho se podrá ver en la Fundación Proa, cuando pasado mañana se inaugure la exposición Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX , que reúne 500 trabajos de platería, tejidos y objetos de uso cotidiano, hechos por los pueblos originarios que habitaron La Pampa, la Patagonia y el territorio mapuche, durante el siglo XIX.

    Un gran conjunto único de piezas, juntas por primera vez, provenientes de colecciones públicas y privadas, que permite conocer y revalorizar el destacado y complejo patrimonio de estos pueblos.

    Se trata de una exposición de “gran impacto tanto histórico como cultural, porque cada pieza es un objeto único, que tiene los signos de la cosmovisión de los pueblos originarios que habitaron el territorio argentino”, señaló a LA NACION Claudia Caraballo de Quentín, directora general de la muestra, en un recorrido previo a su apertura.

    La exhibición se articula alrededor de cuatro ejes temáticos: las mujeres; el espacio social y el territorio político; el caballo, y el poncho.

    En la primera sala, el público se encontrará con joyas de platería que usaban las mujeres de los caciques, en su mayoría de confección mapuche, que devenían elementos de comunicación simbólica, puesto que revelaban la organización jerárquica y la riqueza de los grandes caciques.

    Sigue el núcleo dedicado al espacio social y político, al sur del río Colorado, en el que se despliegan objetos de platería araucana y pehuenche, como otros de uso cotidiano realizados en cuero, madera y piedra. También hay dos mantos tehuelches ceremoniales, de cuero pintado, de los cuales se conocen unos pocos en el mundo.

    En la misma sala, además, hallamos un conjunto de ponchos ubicados en círculo que emula la forma en que se organizaban las asambleas.

    El diseño expositivo de esta muestra, a cargo del destacado artista argentino Luis Benedit, potencia la riqueza visual y simbólica de las piezas, desde una estética contemporánea.

    El recorrido luego se detiene en el caballo y en la riqueza de los diseños de platería pampa y ranquel en rebenques, rastras, estribos, cuchillos y cabezas, que denotan el protagonismo de este animal -que había llegado con la conquista- en tierras pampeanas durante el siglo XIX.

    Una de las características de la platería pampa y ranquel son los diseños en torno de la flora y de la fauna.

    Cuando llegamos al último núcleo, descubrimos que junto al poncho de Mansilla hay otros dos que compiten en importancia histórica: el poncho que los pehuenches le regalaron al general José de San Martín durante el cruce de los Andes, en enero de 1817, y el de factura araucana, que perteneció al gran cacique de las pampas Calfucurá, que encabezó los malones más cruentos en la provincia de Buenos Aires entre mediados del siglo XIX hasta 1872 cuando fue derrotado por el general Ignacio Rivas en una batalla en la que murieron 200 indios.

    Los ponchos de San Martín y Mansilla son patrimonio del Museo Histórico Nacional y, el de Calfucurá, pertenece al Museo Ricardo Güiraldes de San Antonio de Areco.

    Pero, además, el público podrá apreciar un impactante conjunto de otras piezas tejidas en lana de oveja, así como ejemplares del poncho inglés. Este último llegó al Río de la Plata a mediados del siglo XIX, especialmente fabricado para el mercado local, y su presencia permite, asimismo, analizar el rol de Inglaterra como potencia exportadora de bienes manufacturados. “Esta agrupación de ponchos es una invitación a los expertos del tejido a investigar sobre el tema”, propuso Caraballo de Quentín.

    La Fundación Proa ofrece, además, un programa educativo especialmente pensado para esta exposición, con visitas para escuelas, familias y público en general. Se puede consultar por medio del correo electrónico educacion@proa.org, o por teléfono al 4104-1041.

    La exposición permanecerá abierta al público hasta el 4 de enero próximo, en la avenida Pedro de Mendoza 1929.



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  • Título: Las Pampas: Arte y Cultura en el Siglo XIX, en Fundación Proa.
    Autor:
    Fecha: 26/10/2010
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    Ver nota original (Blog The Whole Enchilada)

    En su libro Una excursión a los indios ranqueles , de 1870, el general Lucio V. Mansilla relata cuando el cacique ranquel, Mariano Rosas, le obsequió su poncho pampa, tejido por su principal mujer.

    Una prenda cuya significación, señala Mansilla en su texto, es para los indios “como el anillo nupcial entre los cristianos”

    Ese histórico poncho se podrá ver en la Fundación Proa, cuando pasado mañana se inaugure la exposición Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX , que reúne 500 trabajos de platería, tejidos y objetos de uso cotidiano, hechos por los pueblos originarios que habitaron La Pampa, la Patagonia y el territorio mapuche, durante el siglo XIX.

    Un gran conjunto único de piezas, juntas por primera vez, provenientes de colecciones públicas y privadas, que permite conocer y revalorizar el destacado y complejo patrimonio de estos pueblos.

    Se trata de una exposición de “gran impacto tanto histórico como cultural, porque cada pieza es un objeto único, que tiene los signos de la cosmovisión de los pueblos originarios que habitaron el territorio argentino”, señaló Claudia Caraballo de Quentín, directora general de la muestra.

    4 EJES TEMÁTICOS 4

    La exhibición se articula alrededor de cuatro ejes temáticos:

    * Las mujeres

    * El espacio social y el territorio político

    *  El caballo

    * El poncho

    En la primera sala, el público se encontrará con joyas de platería que usaban las mujeres de los caciques, en su mayoría de confección mapuche, que devenían elementos de comunicación simbólica, puesto que revelaban la organización jerárquica y la riqueza de los grandes caciques.

    Sigue el núcleo dedicado al espacio social y político, al sur del río Colorado, en el que se despliegan objetos de platería araucana y pehuenche, como otros de uso cotidiano realizados en cuero, madera y piedra.

    También hay dos mantos tehuelches ceremoniales, de cuero pintado, de los cuales se conocen unos pocos en el mundo.

    En la misma sala, además, hallamos un conjunto de ponchos ubicados en círculo que emula la forma en que se organizaban las asambleas.

    El diseño expositivo de esta muestra, a cargo del destacado artista argentino Luis Benedit, potencia la riqueza visual y simbólica de las piezas, desde una estética contemporánea.

    El recorrido luego se detiene en el caballo y en la riqueza de los diseños de platería pampa y ranquel en rebenques, rastras, estribos, cuchillos y cabezas, que denotan el protagonismo de este animal – que había llegado con la conquista – en tierras pampeanas durante el siglo XIX.

    Una de las características de la platería pampa y ranquel son los diseños en torno de la flora y de la fauna.

    Cuando llegamos al último núcleo, descubrimos que junto al poncho de Mansilla hay otros dos que compiten en importancia histórica: el poncho que los pehuenches le regalaron al general José de San Martín durante el cruce de los Andes, en enero de 1817, y el de factura araucana, que perteneció al gran cacique de las pampas Calfucurá, que encabezó los malones más cruentos en la provincia de Buenos Aires entre mediados del siglo XIX hasta 1872 cuando fue derrotado por el general Ignacio Rivas en una batalla en la que murieron 200 indios.

    Los ponchos de San Martín y Mansilla son patrimonio del Museo Histórico Nacional y, el de Calfucurá, pertenece al Museo Ricardo Güiraldes de San Antonio de Areco.

    Pero, además, el público podrá apreciar un impactante conjunto de otras piezas tejidas en lana de oveja, así como ejemplares del poncho inglés.

    Este último llegó al Río de la Plata a mediados del siglo XIX, especialmente fabricado para el mercado local, y su presencia permite, asimismo, analizar el rol de Inglaterra como potencia exportadora de bienes manufacturados.

    “Esta agrupación de ponchos es una invitación a los expertos del tejido a investigar sobre el tema”, propuso Caraballo de Quentín.

    La Fundación Proa ofrece, además, un programa educativo especialmente pensado para esta exposición, con visitas para escuelas, familias y público en general.

    Texto de Laura Casanova

    LUGAR: Fundación Proa

    DIRECCIÓN: Avenida Pedro de Mendoza 1929 / Buenos Aires, Argentina

    FECHAS: Octubre 29, 2010- enero 4, 2011

    Fuente: lanacion.com.ar / fotos: Fundación Proa en Facebook



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  • Título: Ponchos y Artesanía.
    Autor:
    Fecha: 26/10/2010
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    Ver nota original (Culturar)

    La exposición de la Fundación Proa, Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX,  reúne 500 piezas de pueblos originarios asentados en La Pampa, la Patagonia y la región mapuche. Cada objeto tiene los signos de la cosmovisión de los pobladores de la época.

    En su libro Una excursión a los indios ranqueles , de 1870, el general Lucio V. Mansilla relata cuando el cacique ranquel, Mariano Rosas, le obsequió su poncho pampa, tejido por su principal mujer. Una prenda cuya significación, señala Mansilla en su texto, es para los indios “como el anillo nupcial entre los cristianos”.
    Ese histórico poncho se podrá ver en la Fundación Proa, cuando pasado mañana se inaugure la exposición Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX , que reúne 500 trabajos de platería, tejidos y objetos de uso cotidiano, hechos por los pueblos originarios que habitaron La Pampa, la Patagonia y el territorio mapuche, durante el siglo XIX.
    Un gran conjunto único de piezas, juntas por primera vez, provenientes de colecciones públicas y privadas, que permite conocer y revalorizar el destacado y complejo patrimonio de estos pueblos.
    Se trata de una exposición de “gran impacto tanto histórico como cultural, porque cada pieza es un objeto único, que tiene los signos de la cosmovisión de los pueblos originarios que habitaron el territorio argentino”, señaló a LA NACION Claudia Caraballo de Quentín, directora general de la muestra, en un recorrido previo a su apertura.
    La exhibición se articula alrededor de cuatro ejes temáticos: las mujeres; el espacio social y el territorio político; el caballo, y el poncho.
    En la primera sala, el público se encontrará con joyas de platería que usaban las mujeres de los caciques, en su mayoría de confección mapuche, que devenían elementos de comunicación simbólica, puesto que revelaban la organización jerárquica y la riqueza de los grandes caciques.

    Sigue el núcleo dedicado al espacio social y político, al sur del río Colorado, en el que se despliegan objetos de platería araucana y pehuenche, como otros de uso cotidiano realizados en cuero, madera y piedra. También hay dos mantos tehuelches ceremoniales, de cuero pintado, de los cuales se conocen unos pocos en el mundo.
    En la misma sala, además, hallamos un conjunto de ponchos ubicados en círculo que emula la forma en que se organizaban las asambleas.
    El diseño expositivo de esta muestra, a cargo del destacado artista argentino Luis Benedit, potencia la riqueza visual y simbólica de las piezas, desde una estética contemporánea.
    El recorrido luego se detiene en el caballo y en la riqueza de los diseños de platería pampa y ranquel en rebenques, rastras, estribos, cuchillos y cabezas, que denotan el protagonismo de este animal -que había llegado con la conquista- en tierras pampeanas durante el siglo XIX.
    Una de las características de la platería pampa y ranquel son los diseños en torno de la flora y de la fauna.
    Cuando llegamos al último núcleo, descubrimos que junto al poncho de Mansilla hay otros dos que compiten en importancia histórica: el poncho que los pehuenches le regalaron al general José de San Martín durante el cruce de los Andes, en enero de 1817, y el de factura araucana, que perteneció al gran cacique de las pampas Calfucurá, que encabezó los malones más cruentos en la provincia de Buenos Aires entre mediados del siglo XIX hasta 1872 cuando fue derrotado por el general Ignacio Rivas en una batalla en la que murieron 200 indios.
    Los ponchos de San Martín y Mansilla son patrimonio del Museo Histórico Nacional y, el de Calfucurá, pertenece al Museo Ricardo Güiraldes de San Antonio de Areco.
    Pero, además, el público podrá apreciar un impactante conjunto de otras piezas tejidas en lana de oveja, así como ejemplares del poncho inglés. Este último llegó al Río de la Plata a mediados del siglo XIX, especialmente fabricado para el mercado local, y su presencia permite, asimismo, analizar el rol de Inglaterra como potencia exportadora de bienes manufacturados. “Esta agrupación de ponchos es una invitación a los expertos del tejido a investigar sobre el tema”, propuso Caraballo de Quentín.
    La Fundación Proa ofrece, además, un programa educativo especialmente pensado para esta exposición, con visitas para escuelas, familias y público en general. Se puede consultar a educacion@proa.org, o por teléfono al 4104-1041.
    La exposición permanecerá abierta al público hasta el 4 de enero próximo.
    Avenida Pedro de Mendoza 1929
    Fuente: Fundación Proa y lanacion.com



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  • Título: Exhibición de ponchos históricos, platería y objetos de uso cotidiano.
    Autor: Laura Casanovas
    Fecha: 26/10/2010
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    Ver nota original (La Nación)

    Son 500 piezas de pueblos originarios asentados en La Pampa, la Patagonia y la región mapuche

     

    En su libro Una excursión a los indios ranqueles , de 1870, el general Lucio V. Mansilla relata cuando el cacique ranquel, Mariano Rosas, le obsequió su poncho pampa, tejido por su principal mujer. Una prenda cuya significación, señala Mansilla en su texto, es para los indios "como el anillo nupcial entre los cristianos".

    Ese histórico poncho se podrá ver en la Fundación Proa, cuando pasado mañana se inaugure la exposición Las Pampas: arte y cultura en el siglo XIX, que reúne 500 trabajos de platería, tejidos y objetos de uso cotidiano, hechos por los pueblos originarios que habitaron La Pampa, la Patagonia y el territorio mapuche, durante el siglo XIX.

    Un gran conjunto único de piezas, juntas por primera vez, provenientes de colecciones públicas y privadas, que permite conocer y revalorizar el destacado y complejo patrimonio de estos pueblos.
    Se trata de una exposición de "gran impacto tanto histórico como cultural, porque cada pieza es un objeto único, que tiene los signos de la cosmovisión de los pueblos originarios que habitaron el territorio argentino", señaló a LA NACION Claudia Caraballo de Quentín, directora general de la muestra, en un recorrido previo a su apertura.

    La exhibición se articula alrededor de cuatro ejes temáticos: las mujeres; el espacio social y el territorio político; el caballo, y el poncho.

    En la primera sala, el público se encontrará con joyas de platería que usaban las mujeres de los caciques, en su mayoría de confección mapuche, que devenían elementos de comunicación simbólica, puesto que revelaban la organización jerárquica y la riqueza de los grandes caciques.

    Sigue el núcleo dedicado al espacio social y político, al sur del río Colorado, en el que se despliegan objetos de platería araucana y pehuenche, como otros de uso cotidiano realizados en cuero, madera y piedra. También hay dos mantos tehuelches ceremoniales, de cuero pintado, de los cuales se conocen unos pocos en el mundo.

    En la misma sala, además, hallamos un conjunto de ponchos ubicados en círculo que emula la forma en que se organizaban las asambleas.

    El diseño expositivo de esta muestra, a cargo del destacado artista argentino Luis Benedit, potencia la riqueza visual y simbólica de las piezas, desde una estética contemporánea.

    El recorrido luego se detiene en el caballo y en la riqueza de los diseños de platería pampa y ranquel en rebenques, rastras, estribos, cuchillos y cabezas, que denotan el protagonismo de este animal -que había llegado con la conquista- en tierras pampeanas durante el siglo XIX.

    Una de las características de la platería pampa y ranquel son los diseños en torno de la flora y de la fauna.

    Cuando llegamos al último núcleo, descubrimos que junto al poncho de Mansilla hay otros dos que compiten en importancia histórica: el poncho que los pehuenches le regalaron al general José de San Martín durante el cruce de los Andes, en enero de 1817, y el de factura araucana, que perteneció al gran cacique de las pampas Calfucurá, que encabezó los malones más cruentos en la provincia de Buenos Aires entre mediados del siglo XIX hasta 1872 cuando fue derrotado por el general Ignacio Rivas en una batalla en la que murieron 200 indios.

    Los ponchos de San Martín y Mansilla son patrimonio del Museo Histórico Nacional y, el de Calfucurá, pertenece al Museo Ricardo Güiraldes de San Antonio de Areco.

    Pero, además, el público podrá apreciar un impactante conjunto de otras piezas tejidas en lana de oveja, así como ejemplares del poncho inglés. Este último llegó al Río de la Plata a mediados del siglo XIX, especialmente fabricado para el mercado local, y su presencia permite, asimismo, analizar el rol de Inglaterra como potencia exportadora de bienes manufacturados. "Esta agrupación de ponchos es una invitación a los expertos del tejido a investigar sobre el tema", propuso Caraballo de Quentín.

    La Fundación Proa ofrece, además, un programa educativo especialmente pensado para esta exposición, con visitas para escuelas, familias y público en general. Se puede consultar por medio del correo electrónico educacion@proa.org, o por teléfono al 4104-1041.

    La exposición permanecerá abierta al público hasta el 4 de enero próximo, en la avenida Pedro de Mendoza 1929.



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