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  • Título: La coleccin de Jacques y Natasha Gelman en Proa Asunto de familia
    Autor: Dolores Graa
    Fecha: 30/05/1999
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    Él era ruso, ella checoslovaca, pero fue en México donde armaron su impresionante colección de obras de arte. A la muerte de ambos, la colección se convirtió en una eterna muestra itinerante que ahora llega a Buenos Aires. Hasta el 1º de agosto pueden verse en la Fundación Proa (Pedro de Mendoza 1929, frente a Caminito) cuarenta y dos piezas de la Colección Gelman, desde Diego Rivera y Frida Kahlo a Leonora Carrington, pasando por David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo y José Clemente Orozco.
    El calificativo “vida de novela” muchas veces es usado con facilismo. La de Jacques Gelman es una de las pocas que acepta con soltura tal definición. Tenía ocho años cuando estalló la Revolución de Octubre y unos pocos más cuando sus padres decidieron enviarlo a Berlín, acompañado únicamente por el ama de llaves y un surtido de valiosos bibelots firmados por Fabergé –el renombrado orfebre del zar– escondidos amorosamente entre sus ropas. Pero, a diferencia de la gran mayoría de emigrados rusos, Gelman no tuvo mayores problemas para dedicarse a lo que había sido su pasatiempo preferido en Rusia: el cine. En el curso de los tres años que permaneció en Berlín, consiguió un trabajo en la poderosísima distribuidora Pathé Films, haciendo foto fija (la fotografía de rodaje que luego se coloca en las vidrieras de los cines para mostrar escenas de la película o de sus protagonistas). El joven Gelman, sin embargo, prefería dar órdenes antes que recibirlas y seguía considerando al cine un pasatiempo, no su actividad principal. Por esa razón decidió instalarse en París, donde fundó precozmente una distribuidora cinematográfica y logró dar rienda suelta a su verdadera pasión: coleccionar obras de arte. “Existen dos categorías de coleccionistas: aquellos que poseen y aquellos que son poseídos. Jacques Gelman pertenecía a esta última categoría”, dice Pierre Schneider.
    Luego de conseguir unos valiosos dibujos de Renoir (que se consideran perdidos en la actualidad, por haber sido vendidos o confiscados por la ocupación nazi), en 1938 viaja a México huyendo nuevamente de la guerra e intentando ampliar su red de distribución a América latina. En el hotel en donde se hospeda observa con asombro a una hermosa mujer rubia que lee un diario en francés. Milagrosamente –ya que nadie puede darle alguna pista de su identidad en el hotel– vuelve a encontrarla unos días después en la avenida Juárez, mientras la exótica mujer está embarcada en una nada exótica tarea: intentar estacionar su auto. Su nombre es Natasha Zahalka y es checoslovaca. Luego de que Gelman logre llevar a cabo la proeza iniciarán un romance que culminará, tres años después, en casamiento. La guerra parece no terminar nunca y sus países de origen están ocupados por los nazis: los Gelman se quedan en México para siempre.
    La feliz pareja se convierte rápidamente en protagonista de la vida nocturna en el DF. Un sábado a la noche llegan al Follies Bergères de la Plaza Garibaldi, en donde se presentaba un cómico que hacía chistes políticos dentro de una carpa. El petiso de bigotes caídos, pensó Gelman, podría funcionar muy bien en el cine, y decidió ofrecerle un contrato tentador que el cómico aceptó de inmediato. A los pocos meses se estrenaba Ni sangre ni arena, una parodia de las películas hollywoodenses de toreros. A partir de ese momento, Cantinflas nunca más necesitó del Follies Bergères y Gelman pudo dedicarse sin distracciones a su pasión de coleccionista. En 1943, con Cantinflas rodando dos películas por año que eran éxitos seguros ya antes de su estreno, el matrimonio decide encargar un retrato de Natasha a Diego Rivera. Éste la pinta de frente, recostada en un sofá, lo que no hace sino reforzar esa imagen de diva de Hollywood y aristócrata en el exilio que cultivaba sin esfuerzos. Según Sylvia Navarrete, en esa tela “Rivera cae en cierto convencionalismo rayano en lo kitsch”. Pero de todos sus retratos, es el que Natasha prefiere: “Diego se tardó un año en entregármelo. En ese momento había mucho teatro en México. La troupe de Louis Jouvet había llegado de una gira por Sudamérica y en Bellas Artes había un evento cada noche. Era muy divertida esa época. Por supuesto, él no tenía tiempo de trabajar en mi retrato”. Con ese retrato –sumado a otros seis óleos, un gouache, una acuarela y un dibujo de Rivera fechados entre 1915 y 1943– la colección Gelman comenzó a tomar forma. En realidad, debería hablarse de las colecciones, ya que el interés del matrimonio por el arte y su solvencia económica les permitió reunir una de las colecciones más sólidas del mundo sobre la escuela de París (actualmente en el Metropolitan de Nueva York) así como de las vanguardias de los ‘60 y el arte precolombino. Pero debe aclararse que la situación del mercado del arte no alcanzaba las cifras exorbitantes de hoy en día: “No hay que olvidar que un Picasso o un Monet, después de la guerra, no costaban más de tres mil dólares. Y Jacques me contó que un día, caminando por la calle 57 de Nueva York, vio un Frida Kahlo en el aparador de una galería. Se lo dieron en trescientos dólares”, recuerda Günther Gerzso, íntimo amigo de los Gelman y autor de cuarenta de los noventa y nueve cuadros mexicanos de la colección.
    En 1943 Frida Kahlo (que para entonces ya había sido tapa de la revista Vogue y expuesto en París y Nueva York) conoce al matrimonio por medio de Rivera y casi inmediatamente realiza ella también un retrato de Natasha. “Poco tiempo después, Frida nos invitó a un cóctel en la casa del modisto Henri de Chatillon, donde presentaba una pequeña exposición. Apenas entramos vi Diego en mi pensamiento y le supliqué a Jacques que me lo comprara. Él se quedó estupefacto: Pero Natasha, ¿cómo vas a comprar un Frida Kahlo? ¡Si hace tres meses en París estabas enloquecida con Braque!”. Ninguna de las once obras de Kahlo en la colección Gelman (entre las que se destacan Autorretrato con monos, La novia que se espanta de ver la vida abierta, ambas de 1943, y El abrazo de amor del universo, la tierra, yo, Diego y el señor Xolotl, de 1949) refleja el calvario de su enfermedad, elección que las diferencia nítidamente de las de museos. Sin embargo, cuando se proyectó la primera gran retrospectiva de Frida Kahlo, la tapa del catálogo pertenecía a un cuadro de la colección del matrimonio. Los Gelman se inclinaban por los artistas mexicanos que ya tenían una reputación en los Estados Unidos (como era el caso de Rivera, Kahlo, Orozco y Tamayo), lo que no hizo sino aumentar su prestigio y fomentar la fiebre del arte latinoamericano en los Estados Unidos a partir de los años ‘30. “Cuando los Gelman se enamoraban de un artista, se esforzaban por apuntalar su convicción comprándole numerosas obras. A Frida Kahlo y Diego Rivera les compraron cuando sus obras apenas se vendían, por ejemplo”, recuerda Robert Littman, curador de la muestra y amigo personal del matrimonio.
    David Alfaro Siqueiros realizó el último retrato figurativo de la colección Gelman (Mujer con rebozo, de 1949). A pesar de haber redactado el manifiesto del Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y Escultores (que repudiaba “todo cenáculo ultra-intelectual por aristocrático” y exaltaba “las manifestaciones del arte monumental por ser de utilidad pública”), Siqueiros nunca dejó de pintar al caballete, su segunda pasión después de las discusiones. “Siqueiros vino una tarde a tomar el té. Allí se encontró con Diego. Y empezaron las discusiones. Dieron las dos de la mañana y ellos seguían con el té”, recordaría después Natasha. Otro de los afiliados al sindicato, José Clemente Orozco –el mismo que pregonaba que “hay que pintar con mierda”– nunca congenió con los Gelman, ni se prestó a pintar a la dueña de casa, a diferencia de Rufino Tamayo, que conoció a los Gelman cuando se le encargó el Retrato de la señora Natasha Gelman en 1948. Aunque el matrimonio adquirió cinco piezas de Orozco, lo más parecido a un retrato que consiguieron del irascible y vanidoso pintor fue su Autorretrato de 1932, adquirido a fines de los setenta, en donde puede apreciarse “el temperamento taciturno y arisco del autor a través de sus trazos imperativos”.
    En la muestra de Proa también puede apreciarse el único cuadro de Leonora Carrington que pertenece a la colección Gelman: Autorretrato en el albergue del caballo del alba (1936-37). Carrington no recibió de los Gelman un apoyo tan intenso como otros artistas residentes en México, pero su autorretrato resume metafóricamente su accidentada vida: nacida en 1917 en Lancashire (Inglaterra), Carrington conoció a Max Ernst en 1936, vivió durante dos años en Francia, en pleno auge del surrealismo y, con la llegada de la guerra, terminó internada en una clínica psiquiátrica en España, de donde consiguió escapar rumbo a Lisboa y casarse con Renato Leduc, diplomático y escritor mexicano que la llevó a México en 1942. “El verdadero fanático era Jacques. Hicieron juntos la colección pero quien se quedaba sin dormir hasta obtener el cuadro anhelado era él”, dice Günther Gerzso. De hecho, luego de la muerte de Jacques, en 1986, son pocas las piezas que se suman. Cuando Natasha murió, en 1998, la colección mexicana de los Gelman comenzó a ser codiciada por todos los museos del mundo, pero terminó convertida en una perenne muestra itinerante: viene de presentarse en París y luego partirá hacia Río de Janeiro y Madrid. Lo que distingue a esta colección de las colecciones estables de museos es el toque personal y arbitrario (“Los Gelman no dieron jamás las razones de sus elecciones”, dice Pierre Schneider) de una pareja de coleccionistas por amor al arte y a los artistas, no al dinero. Impertérritos ante las modas pero no a los caprichos y amistades personales. Capaces de descubrir talentos e ignorar otros con la misma pericia con la que descubrieron a Cantinflas y supieron conservar los bibelots de Fabergé.



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  • Título: ARTE MEXICANO COLECCIN JACQUES Y NATASHA GELMAN
    Autor: Santiago Garca Navarro
    Fecha: 28/05/1999
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    En Proa se expone parte de la impresionante colección Gelman de arte mexicano. El cuadro reproducido en la tapa de este número es el retrato de la checoslovaca Natasha Gelman, coleccionista, con su marido, de la pintura mexicana que se expone hoy en Buenos Aires. La obra fue pintada en 1943. La mujer -muy bella, muy elegante, muy rica- está lánguidamente recostada sobre una lit de repos.
    Tal vez admira a Greta Garbo, en esos años arquetipo de estilo mundano. Además del uso del color, de la pincelada, los alcatraces que coronan a la modelo delatan la firma de Diego Rivera. Es de esos Rivera condescendientes con la moda, muy alejados en intención y resultado a los poderosos murales políticos que le trajeron al autor celebridad y, también, más de un problema. Sin duda, un cuadro atípico en la producción del vocero del trotskismo azteca.
    Dos años antes de la ejecución de esta obra, Natasha se había casado en México con el productor de cine ruso Jacques Gelman. Y como la Segunda Guerra Mundial hacía difícil la vuelta a Europa, la pareja resolvió instalarse allí. Una decisión acertada, porque fue en esas tierras donde el señor Gelman descubrió a Mario Moreno Cantinflas y lo lanzó a la fama. El éxito de la sociedad con el actor cómico permitió a Gelman recuperar, e incluso mejorar, la posición económica de la que había gozado en su país de origen, y que la Primera Guerra había evaporado. Desde entonces, su nombre pasó a ser sinónimo de gran coleccionismo.
    El retrato hecho por Rivera es una de las 41 pinturas de la colección Gelman que acaban de ser presentadas en la Fundación Proa. El conjunto -casi la mitad de las 99 obras mexicanas que pertenecieron al matrimonio- está formado por impactantes cuadros de Rivera (9), Frida Kahlo (10), David Alfaro Siqueiros (3), José Clemente Orozco (4), Rufino Tamayo (2), María Izquierdo (1), Agustín Lazo (2), Gunther Gerzso (1), Angel Zárraga (1), Miguel Covarrubias (1), Rafael Cidoncha (1) y Juan Soriano (2). Un resumen, por supuesto parcial, de cien años de arte mexicano, con algunas de sus cumbres, muchas piezas de gran calidad y también un par de deslices.
    Pero como dice Pierre Schneider en un antológico texto sobre el coleccionismo, "las debilidades que molestan en las colecciones de los grandes museos son, al contrario, en las colecciones privadas, reposos, respiros, en definitiva, signos de vida. La grandeza y los errores, la toma de partida personal, el olfato casi infalible y sus ocasionales somnolencias, todo eso es evidente en las colecciones de Jacques y Natasha Gelman y hace que el visitante no se encuentre con dificultades de acceso". El plural de colecciones hace referencia a las distintas vertientes del patrimonio artístico de la pareja: además de la sección mexicana, y la de arte precolombino, los Gelman poseían obras de Picasso, Braque, Gris, Léger y otros artistas de la Escuela de París, que constituyeron la mayor donación recibida por el MoMA de Nueva York en toda su historia.
    No es un dato menor, entonces, afirmar que el sentido de este acervo no estaría completo sin la figura de los que lo formaron: los Gelman llegaron a estar entre los más grandes coleccionistas del siglo XX. La gestación y el crecimiento de su patrimonio artístico, además, coincidieron con una época de particular proyección de la cultura mexicana hacia el mundo. En los años 40, la capital se había transformado en el segundo foco del surrealismo, detrás de París, y la inglesa Leonora Carrington brillaba como uno de sus principales exponentes; Siqueiros, Rivera y Orozco venían de transformar el paisaje del D. F. con sus murales y trabajaban en Estados Unidos; Siqueiros, con el taller experimental que había instalado en Nueva York en 1936, influiría en forma decisiva en la obra de Jackson Pollock, y Rufino Tamayo, que en la década del 50 había alcanzado la total madurez pictórica, trabajaba en su país, Estados Unidos, Francia y Puerto Rico, y era fervorosamente acogido en París.
    La relación de los Gelman con muchos de ellos fue clave para la conformación del perfil de la colección. Durante el medio siglo, cuatro artistas retrataron a Natasha: Rivera -ya mencionado-, Kahlo (en 1943), Tamayo (en 1948) y Cidoncha (en 1996). Este último, español nacido en 1952, pintó a Zahalka en su quinta de Cuernavaca con el Autorretrato con monos, de Kahlo, como fondo. Dos años más tarde, la señora Gelman moría.
    Tantos retratos juntos, a los que hay que añadir los de Jacques pintados por Gerzso y Zárraga, el de Cantinflas, también de Tamayo, los de Rivera, obra de Covarrubias y Kahlo, los muchos que ésta hizo de sí misma, y los autorretratos de Orozco y Siqueiros, arman un catálogo perfecto de los personajes que orbitaban en el mundo Gelman.
    La obra de Kahlo citada por Cidoncha es de 1943, el mismo año en que aquélla retrató a Natasha. Como el resto de las piezas que la pareja compró a la mujer de Rivera, corresponde al período anterior a 1950, signado por un estilo personalísimo, lleno de referencias simbólicas, de elementos fetichistas y autobiográficos. Gracias a los Gelman, algunas obras de Kahlo integraron decisivas muestras itinerantes que la consagraron en el plano internacional. En formas diversas, el matrimonio hizo lo propio con la mayoría de los artistas mexicanos coetáneos.
    Proa decidió agregar a la muestra cuatro cuadros de otra colección particular: dos Kahlo, un Rivera y un Carrington, que hacen un total de 45 pinturas de grandes nombres, muchos de ellos bien conocidos por el público. Por su calidad, y por el perfil casi legendario que la define, esta exposición promete ser una de las más importantes del año.



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